¿Qué pasa con tus datos cuando mueres? La digitalización de la privacidad
La tentación de quedarse: Vida y muerte en la red
El estelar es nuestra historia insignia de la semana: textos que lees una tarde y piensas toda tu vida. En ediciones pasadas, hemos hablado de osos en peligro de extinción o de la crisis en Cuba. Si quieres recibirla, suscríbete a Perpetuo.
Esta semana, el Estelar de Perpetuo es cortesía de PoloTab.
PoloTab es una startup mexicana que decidió resolver un problema que pesa mucho para cafeterías y restaurantes: la administración y operación. Construyen el punto de venta completo: la terminal, los reportes, el inventario, el cobro, la factura, para que un local opere sin interrupciones desde el primer minuto.
Son impresionantes. La orden promedio les toma nueve segundos (eso es menos de lo que te ha tomado leer el párrafo anterior). Los resultados se pueden medir: 74% menos errores de cobro y 68% menos mermas. Más de 800 negocios del país ya operan con PoloTab y, en conjunto, procesan 22.8 millones de comandas al año.
Les tenemos mucha estima porque comparten nuestra convicción de que desde México se pueden hacer cosas grandes y nuestra obsesión por el detalle: la misma que exige editar un ensayo o calibrar un espresso.
Si tienes un café o restaurante y quieres dejar de pelearte con tu punto de venta:
P.D.: Del 29 de julio al 1 de agosto, PoloTab estará en Mexipan, en el Centro Banamex. Si tienes una panadería o cafetería y andas por ahí, pasa a saludarlos al stand 838.
Ahora, sin más, ¡volvemos al estelar!
-JL Sabau, Editor General
Este ensayo fue escrito por Karla Córdoba Brenes. Puedes leer más de la autora y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.
«Por motivos de salud, no estaré disponible hasta el lunes 9 de septiembre. Le contestaré en cuanto me sea posible. Gracias por la comprensión».
Ese fue el último mensaje que recibí de Jose. Un mensaje automático. Algunos días antes trabajábamos en los últimos detalles del octavo episodio de un podcast que producíamos juntos; al mes, estaba sentada en su funeral. Durante esos días que estuvo internado en cuidados intensivos, sin celular y sin computadora, yo le seguí escribiendo por WhatsApp.
«Te voy a ir contando lo que pasa mientras estás en el hospital, porque así me doy auto terapia y te dejo un diario», le escribí. «Todos te extrañamos».
Su página web seguía incólume. Lo mismo su trabajado perfil de Instagram con su grid de fotos en perfecto orden y estéticamente alineadas. Su LinkedIn. Su foto en WhatsApp. Todo igual. El Jose virtual seguía tomando fotos, produciendo videos y organizando eventos. Sonriendo. El de carne y hueso, estaba fuera del área de cobertura.
La primera semana que Jose estuvo hospitalizado, un grupo de amigos del área creativa ensamblamos una especie de Vengadores de la Economía Naranja para ponernos a disposición de su familia cercana: dos adultos mayores. Jose era hijo único. Una persona alegre, energética, con un impulso creativo que lo llenó de múltiples círculos de amigos y otros tantos proyectos comerciales, individuales y colaborativos. Sabíamos que habría clientes a medio camino, esperando respuestas que tardarían. Podríamos ayudar a mantener su negocio a flote mientras Jose se recuperaba. En ese entonces nos asegurábamos mutuamente con total convicción y poco fundamento médico, que se recuperaría.
Un par de semanas después, pasé caminando por el edificio donde tenía su apartamento y su estudio, ahí mismo donde grabamos el último episodio del podcast poco menos de un mes antes. Estaba vacío.
En el sistema financiero y legal tradicional, la familia de sangre hereda el hardware, pero la familia elegida, en este caso la comunidad creativa, es la que realmente sabría qué hacer con el tesoro oculto que quedó. Sin acceso a sus archivos o a su equipo y con una familia abrumada por una situación imposible, más que en la Era de Ultron nos sentimos en la de Endgame.
Para empresas como Meta y Google, es mi responsabilidad definir un contacto de legado, esa persona que podrá administrar mi cuenta y mis bienes digitales en caso de fallecimiento. Cuando morimos, nuestras cuentas de Gmail, iCloud o GitHub entran en una especie de «tierra de nadie». No pertenecen del todo a tu familia (porque no tienen las claves), pero tampoco a las empresas (que solo nos dan una licencia de uso, no la propiedad). Son territorio global sin ley clara.
En una rápida búsqueda encuentro múltiples artículos firmados por abogados que me invitan a hacer un Testamento Digital (lo que me recuerda que nunca he hecho un testamento, menos uno digital), para consignar mi última voluntad sobre mis archivos digitales. Hago un listado: mi cuenta de Facebook para fulanita, creo que podría disfrutar el chisme; mi cuenta de Instagram, cuidadosamente curada para ver y no publicar… ¿a quién dársela? La recomendación es que guardemos las claves actualizadas en un lugar fiable pero accesible, como una caja fuerte, y mantener a alguien de confianza informado de que están allí. La realidad es que las llaves de acceso a tu tesoro digital seguramente viven expuestas en la última página de esa agenda que cargas a todos lados. La fragilidad de lo conveniente.
Hay compañías, por supuesto, que ofrecen el servicio de cerrar perfiles de redes sociales, cuentas de correo y suscripciones, transferir los archivos alojados en la nube a los herederos o limpiar nuestro rastro digital. Todo por una módica suma. Si se invierte tan poco en ello, está claro que deseamos conservarlos. De ahí el éxito de los testamentos digitales.
La mayoría de artículos que encontré sobre el tema son publicados por funerarias. No exactamente mi fuente de información habitual.
Algunos servicios de pago se extinguen al fallecer: somos inquilinos, no dueños. El contrato expira con nuestro último aliento. Otros te informan que la cuenta se mantendrá activa por seis meses o un año después de que se reporte la muerte… ¿Quién le reportará mi muerte a Meta? ¿Y la de Jose? ¿Cómo se avisa algo así?
Para reportar un fallecimiento te piden el acta de defunción y solo familiares pueden solicitar el cierre de tu cuenta si falleces. En 2017 el gobierno catalán aprobó un proyecto de ley de voluntades digitales para que sus ciudadanos puedan designar herederos digitales que reclamen ante las empresas de tecnología la información de la persona difunta. Si me muero hoy, no me imagino a mi madre escribiéndole a los de las Big Five mañana.
Entre el contacto delegado de Meta, el administrador de cuentas inactivas de Google y la desactivación en X, pude contar por lo menos diez reglas, requisitos, períodos y consecuencias diferentes de ese proceso de herencia virtual. Es decir, cada empresa decide la mejor manera en que nosotros deberíamos manejar nuestro legado. Al mismo tiempo, en países como México, el Código Civil de la capital —reformado mediante el Decreto publicado en la Gaceta Oficial de la CDMX el 4 de agosto de 2021— ya reconoce el patrimonio virtual. En el código civil, los bits son míos, pero ante el servidor de California soy solo una usuaria que dejó de pagar.
En la novela Daemon de Daniel Suarez, un excéntrico millonario deja una pieza de código de computadora al fallecer: el Daemon, que fue programado para seguir actuando a su nombre aun después de su muerte. No le deja herencia a nadie, su voluntad sigue actuando a través del código. A esto, en el mundo de la web3, le dicen contratos inteligentes.
Varias startups han intentado esta propuesta de valor o algo similar, como bóvedas cifradas que solo uno o dos herederos previamente asignados pueden abrir, tal vez juntos, o apps con un dead man switch que se activa cuando no te reportas después de un periodo preestablecido: si no hay registro, la app asume que estás fuera de juego. Sin embargo, y siendo yo fundadora en tecnología, aún siento que Daemon es la fantasía del control total y las startups de herencia digital son la realidad precaria…
¿Confiar un legado a un smart contract de un tercero sin saber si la startup—o siquiera la red—seguirá activa en 50 años o más? Es que yo no pienso morirme pronto, queridos.
Estoy segura de que mi cadáver digital será más pesado que el biológico. Ya decidí que mi cuerpo físico será para la ciencia, pero nunca me había planteado cuál sería el lugar de reposo de mi yo digital.
En el último día de la madre, le regalé a mi mamá un libro titulado Comparte conmigo la historia de tu vida: una especie de diario guiado, diseñado para recolectar historias y detalles curiosos de su vida; un refugio de sus recuerdos para que, cuando ya no esté con nosotras, mi hermana y yo podamos acudir a él. Me pareció lindo. Dándole una ojeada a las preguntas, una me detuvo en seco: «¿Tienes algún objeto de valor heredado de tu familia?».
Por vueltas de la vida, conservo un anillo de plata de mi bisabuela; un trozo del vestido de mi abuela materna, que cosí a mano al delantal que uso todos los días —ella era costurera, me pareció apropiado—; y una taza de café de porcelana de mi abuela paterna, en donde cuelgo mis aretes. De uno de los abuelos tengo una camisa de franela a cuadros grises con azul que uso cada vez que el clima tropical lo permite; después de varias décadas, se está desintegrando de a poco. De los otros no tengo nada.
Del listado anterior, podríamos decir que son objetos de valor. Yo les tengo estima… ¿Habrán pensado en eso sus anteriores dueños, en el valor que daría a esas cosas que, como antes ellos y ahora yo, se van quedando viejas?
Yo no pienso dejar nada. Al menos nada físico.
Mi trabajo, mis escritos, los archivos de mi empresa; mis fotos, cuentas, datos médicos. Todo es digital. Desde hace unos años llevo una vida nómada entre Costa Rica y Brasil, viviendo con lo que cabe en una maleta y algunas cajas que guardan personas queridas en los extremos de esa ruta transcontinental. Para quienes somos profesionales digitales, —siempre online, nunca offline—, la gestión del patrimonio es jodida.
Hasta hace poco tiempo, conservaba un estuche negro lleno de DVDs quemados por mí con una colección, digamos, ecléctica: películas de anime japonés, juegos pirata para la computadora y nueva trova latinoamericana descargada con Ares —no incluye los virus, que se quedaron en mi vieja PC—. De más está decir que no poseo un reproductor de DVD desde hace diez años. Ya no puedo escucharlos.
La obsolescencia de formatos—o una suscripción sin pagar— pueden borrar toda una vida de trabajo creativo digital.
Imagino las torres de discos duros de Jose apiladas en la bodega de la casa de sus padres, llenas de años de fotos y proyectos organizados nítidamente por año y cliente. Este tema me viene dando vueltas en la cabeza desde su muerte, hace más de un año.
Recientemente lo comentaba con una amiga en común, también del mundo creativo y digital, quien vive fuera de su país. Con los ojos muy abiertos me dijo: «Mi familia tampoco sabría qué hacer con los restos digitales de mi vida».
He comenzado a preguntarme: para heredar las cosas físicas contamos con reglas claras, ¿qué sucede con los bits? ¿Cómo heredar eso que también nos pertenece, pero no podemos tocar? ¿Y para heredar los bits que forman lo que somos? ¿Interesará a alguien preservar mis 9,576 correos de Gmail sin leer, mi Substack episódico y mi incipiente GitHub?
Descubrí la sorprendente historia de Michel Majerus gracias a un artículo de The New Yorker. Majerus, un joven pintor de Luxemburgo, falleció en un accidente de avión; no así el disco duro de su computador portátil PowerBook, que, de alguna manera, sobrevivió al impacto.
Eso fue en el 2002. El disco duro procedió a formar parte de la herencia del pintor y estuvo resguardado por décadas, hasta que un curioso colega se dio cuenta y lo rescató. No solo descubrió archivos de obras inéditas, sino que logró emular el sistema operativo y el entorno del computador del artista, incluyendo la configuración de los programas que usaba. Efectivamente, se abrió una nueva puerta al mundo de Majerus.
Veinte años estuvo el disco duro guardado, esperando que alguien revelara su interior.
Pienso en Majerus y me pregunto: ¿qué de todo lo que tengo digital vale la pena heredar? ¿Las fotos? ¿Los videos? Y, lo más importante, ¿a quién se heredan?
Los recuerdos digitales de pronto aparecen y ni sé cómo llegaron ahí, de dónde provienen. Como la foto en blanco y negro de mi tía abuela protestando por sus derechos laborales, que salió publicada en algún diario nacional en una fecha que no quedó registrada y que encontré en mis archivos del 2023.
En mis discos duros de respaldo hay de todo: archivos contables que ya no hace falta guardar; diarios, ideas sueltas, el borrador de un best seller —en potencia—; un juego de trivia que vibecodié con mi sobrino en una tarde. Mis recetas. Información sensible. Información aburrida.
El colega de Majerus no solo descubrió unas cuantas obras de arte en sus archivos; sino que creó nuevas piezas —con la autorización de la familia— y dio una vida extendida a la obra del pintor. Nuevos ingresos también. ¿Podrían los papás de Jose recibir ingresos adicionales de sus fotos y videos guardados en la polvorienta torre de discos duros en la sala? Seguro. ¿Lo harán? Probablemente no.










