Este texto fue publicado en el volumen VI de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Presentamos Quiere como llover, cuento con el que Joan Manuel Millán Torres resultó ganador de una de las plazas de La Cantera. A lo largo de esta primera edición, el equipo de Perpetuo acompañó su proceso de creación y edición de éste y otros ocho relatos fantásticos. Después de tres meses, presentamos un poco del resultado.
Conoce más del autor al final del cuento.
Quizás la única diferencia que Aminta ve en estas nuevas fileteadoras chinas es que hacen menos ruido. Siruba. Como una uva, la verdad. Los dedos deslizan suavemente la muselina sin que se enrede, como si la platina estuviese hetcha de un metal distinto, más liso. También la luz es más suave y esa solapa de pasta que sale del compartimento tiene todo el sentido: enfoca la luz en la tela y evita que el bombillo les pegue de lleno en la cara. Qué pereza que le manden gafas a uno tan joven; las gafas envejecen, piensa. También son menos ruidosas y eso acelera el flujo, tanto que Aminta nota que en estos días ha podido pensar más. Con tanta cosa que hay para pensar. Se ha sorprendido incluso planeando paso a paso lo que va a decir si es que la ponen a dar la instrucción al resto de las operarias sobre las Siruba. Eso si la prueba sale bien, pero primero lo primero: llegar a la meta y pulirse, no dejarle todo a las máquinas. Ya si es el caso, que hable mejor Patricia, que se le da mejor eso. No es que a Aminta le de pena, es que no le gusta cuando sobresale entre las demás. Con qué necesidad.
Aminta es una de las más antiguas de la empresa, aunque esta planta es bastante reciente. De ningún modo hubiera aceptado este traslado a Yumbo si no es porque se les ofreció transporte en ruta por parte de la compañía. Imagínese si no, desde Villa del Prado. Tantos años uno se puede acostumbrar al traqueteo constante de tanta máquina; a las hilachas que flotan en el aire; a estar usando tapabocas; a los tableros con la meta del día chuzando la jornada; a los patinadores de supervisión toposos con las viejas y majaderos con las nuevas, y que llevan la cuenta de cada ida al baño, de cada chuzón desviado en la tela, de cada deshilache. A trabajar todo el día en Yumbo cosiendo ropa que se van a poner en Canadá y en Europa, a todo se acostumbra una. Pero a coger dos, tres buses para ir a trabajar, no. Pocas se animan.
A pesar de todo, han sido agradables esta semana y media en el cuarto en la que la pusieron junto con las otras tres para probar estas máquinas chinas. De ellas depende que implementen una cuadrilla entera de Sirubas en el piso general, con la que estaría liderando esa nueva licitación de calzón tipo Canadá. No debe llamarse así el calzón ese cuando llegue a Canadá, claro, pero así le llaman los supervisores aquí: un calzón beige de una tela suavecita que quién sabe cómo agarre, eso tan liso que es. En todo lo demás, aparte de algunas inscripciones en chino, éstas se parecen a las fileteadoras clásicas, pero sí es cierto que tienen mejores tiempos.
Patricia insiste en que es por el pedal, la flaca dice que es por el motor y la velocidad de la aguja, pero Aminta cree que es por lo silenciosas. Una trabaja mejor sin ese traqueteo en la cabeza, ¿no?, dice; A mí me parece que el pedal me queda más a mi altura, responde Patricia; Es que las chinas son más como nosotras, bajitas, agrega la flaca —¿cómo es que se llama ella?— riéndose. Es miércoles y van muy bien con la meta. Otra cosa es que este salón de prueba está en el segundo piso y a los patinadores les da pereza estar subiendo y bajando, y es mucho más rico trabajar así, solas. Si alguien les preguntara, piensa Aminta, diría que trabajan mucho mejor sin los supervisores. Y hasta rendirían más, pero vaya y diga eso, a ver qué le responden.
Es media tarde ahora. Patricia está en el baño, la flaca fue abajo por más hilo beige y la otra, la india, es como si no estuviera. Que hoy no vino porque está de permiso médico. En realidad, no dan tantos permisos médicos, sólo que ésta… ¿Cuánto lleva, dos meses? Encima, fea no es. Aminta está pensando en que suban las otras rápido para no dejar el salón solo. Quiere usar su llamada diaria en el pasillo para llamar a su hija que a esta hora recién habrá llegado a la casa del colegio y debe estar sola, porque no es sino hasta las siete que llega su cuñado y su hermana Sandra Jineth para cuidarla.
Quizá es en ese descuido de estar mirando la puerta y pensando en la niña que sucede que Aminta se entierra una aguja en el dedo, pero jamás se le ocurriría culpar a Isabela por eso, ni más faltaba. Frena tan rápido como puede la máquina y suelta el pedal, pero éstas, ya lo ha dicho la flaca, parece que hicieran más chuzadas en el mismo tiempo que las otras. En el intento de pararse rápido se mete más profundo la aguja y se desprende de la abrazadera, partiéndose. Con la otra mano Aminta levanta rápido la palanca para abrir el compartimento y ver mejor: el dedo se le ha quedado atrancado en el percutidor; la zapata está corrida y manchada de sangre. Jueputa, piensa, pero no grita. Levantó tan rápido la palanca que la puertica del compartimento se zafó. No parece partido, pero al intentar cerrarlo de nuevo, no encaja. Y ahora, ¿cómo la cierra?
En realidad es normal que se abra y se gire así la puertica, pero Aminta no lo sabe, piensa que la ha dañado, y por eso no llama al supervisor de inmediato. Intenta forzar la mano un poco para sacar el dedo y así usar las dos manos. Fuerza la compuerta y al fin logra sacar el dedo, ahora sí zafando la puertica del compartimento. Escucha pasos en la escalera. Con una mano logra empujarla del todo y quiebra media bisagra.
Aminta se mira el dedo debajo de la mesa sin llorar, mientras es la flaca quien viene con un paquete de hilos y le pone un rollo en la mesa, sin darse cuenta de nada. Aminta nota que la aguja se ha partido de su sostén y se ha enterrado al menos un centímetro dentro de su falange. La sangre ha hecho una mancha rápida sobre el calzón a medio hacer y sabe que le cargarán del salario ese retazo, a menos que lo oculte pronto. Lo saca rápido de la zapata corrida y se lo pone en la entrepierna cuando entra Patricia haciéndole un chiste fecal que no logra escuchar bien. Recién la adrenalina le baja; empieza el dolor. Ahoga el grito para que no la oigan, y justo entra el supervisor, atraído por el traqueteo inusual. Pregunta si todo está bien. Aminta disimula cambiando la tela, y se tapa la mano, sí, claro que todo está bien.
—¿Me escuchaste? —Patricia empieza de nuevo.
Es curioso el tiempo que Aminta se demora en contarle a Patricia, mientras finge sacar hebras a otro retazo con el pulidor para disimular y le escucha sobre su hallazgo en el baño, algo que el dolor en la mano por fortuna le inhibe de oír. Cuando al fin le muestra la mano, Patricia se lleva la suya a la boca del asombro. Aminta no quiere que la flaca ni nadie más se entere y se pone el otro dedo en los labios, el bueno, para indicarle que guarde silencio.
Vamos a la enfermería, que te la saquen, susurra Patricia. No, esta me la saco con una pinza en la casa, dice Aminta, o en el puesto de salud del barrio. Ahora le preocupa más cómo reparar el compartimento ése que quedó flojo. Cambian la aguja; afortunadamente ven que la abrazadera aún está en buen estado.
Vení, correte Ami, te ayudo y de paso yo practico, dice Patricia en voz alta para que no sospeche nada la flaca y mientras, en voz baja, intenta convencerla de que vayan al cuarto de enfermería. Quién está ahora allí, pregunta Aminta; Me parece que la paisa, dice Patricia. Aminta le dice que prefiere seguir, que no confía en la paisa, que ya falta nada para salir y que si arman un alboroto con la máquina cancelan la prueba. O ponen a otra. O vuelven y las llevan para abajo con las otras. Eso es ir al baño y pegarse un jalón, un solo dolor y listo, dice Patricia. Quedan cuarenta y cinco minutos, yo aguanto, dice Aminta, además ya fui al baño en la tarde, con la otra mano avanzo otra cosa, sigámosle.
Llegan las cinco, el patinador pasa recogiendo. Aminta se escabulle al baño antes de salir. Camina rápido por el puente; trata de no dejarse ver por las de abajo que ya se han parado a recoger, no vayan a pensar que las privilegiadas de la prueba tienen corona por usar el baño del segundo piso.
En el inodoro intenta sacar la aguja, pero no puede. Le duele. Mejor hacerlo más tarde, con algo que me inyecten para que salga más fácil, piensa, y también para que le contengan si sangra. Ahora pareciera que la aguja se hubiese incrustado en un modo en que retiene a la sangre. Eso es bueno de algún modo: menos escándalo. Recuerda lo que le decía la tía Mabel cuando era niña: Cuidado con las agujas, las astillas de la madera y los novios patanes, que el corazón chupa, jala, pero no suelta. Algo así decía. Aminta se echa agua, se limpia el delantal, bota en la caneca el jirón sangrado de calzón tipo Canadá y se encamina a su locker.
Antes de salir, Aminta aprovecha para ir al teléfono del pasillo: no ha hecho su llamada del día. Timbra a la casa. El cuñado le dice que aquí está Toño, que quiere ver a la niña, que qué le digo. Aprovechado ése, insolente. Sabe a qué hora arrimarse a la casa, justo cuando no ha llegado ella ni la hermana para ver si entre hombres fluye mejor la cosa. Parar en el puesto de salud de la Rivera le va a demorar más, piensa, y piensa también que ya llegó el momento de ponerle un par de puntos sobre sus íes a Toño, eh, Ave María, que ya le he dicho que en semana no, que la niña tiene tareas y usted no es el que se las va a ayudar a hacer, que en qué habíamos quedado. Cuando Aminta llega, una hora y media de bus después, no encuentra a la niña en la casa y se le sube toda la sangre a la cabeza. Están en el parque, relájese, le dice Raúl; Que me relaje de qué, si usted no es el que estuvo casado con ese tipo nueve años, responde Aminta.
Los encuentra en el parque y al verlos de lejos se detiene. La niña no parece alterada. Además, tampoco quiere hacerle un show allí, si eso es lo que busca Toño, que le haga una escena para que él siga sintiéndose el marido al que le hacen escenas. Pues no. Aminta espera. Se sienta en una banca donde los puede ver y donde seguro la van a ver cuando vengan de regreso, porque más allá de las siete de la noche no va a tener a la niña afuera. Mientras, observa su dedo por si puede ir sacando la aguja sobando desde arriba, empujándola como al tubo de la crema dental. Pero no. La sangre no sale porque está toda embutida allí en la punta del dedo. Afortunadamente la aguja se ha acomodado a medias en la primer falange y no está del todo diagonal, sino derechita con el dedo: Seguro fue ahora en la rabia que me la topetié sin ver con el muslo o con la pared, quién sabe, piensa.
No hay mucho intercambio con Toño, no hay mucho de qué hablar, y además es incómodo hablar con él con el tufito ese del brandy. La quería ver, dice. Ya la vio, responde Aminta con una mano en la espalda. Nos vemos el sábado, Isabela, le dice él, vamos a donde le dije, que es bonito, agrega con un gesto de círculo suave con la mano. Despídase de su papá, dice cortante Aminta, que hay que hacer la tarea.
A Aminta le queda una mano el resto de la noche para ayudarle a la niña con la tarea de la cordillera de los Andes. La plastilina es más rápida y más fácil de moldear que el papel maché. Eso sí, es más cara. No le duele tanto la mano. Siempre pasa lo mismo con las rabias de Toño: le hacen olvidar los dolores: el de vejiga, las migrañas, el dolor de espalda. Se puso a prometerle que va a llevar a la niña a la Rueda el sábado en la tarde y ahora seguro que llama el mismo sábado a la una y media todo enguayabado para decirle a la niña ya vestida que no va a ir. Como si no lo conociera. Páseme a la niña, yo le explico, va a decir él. Para qué, va a responder ella. Puede que sea su teléfono, pero es mi hija, va a decir él. No, no se la paso porque la va a poner a llorar, va a decir ella. Y así, igualito, una vez al mes este cólico.
Es tarde y además la niña se está quedando dormidita encima de las nieves de colbón. Sandra Jineth le ayuda a cargar la niña hasta la cama; Aminta le oculta el brazo completo con el saco: ahora no va a cometer el mismo error que con Patricia, ponerse a asustarlos con algo que ella va a solucionar ahora mismo.
Son casi las doce, Raúl está entretenido viendo Las Juanas con Sandra Jineth dormida en el sofá. Hay una pinza en la cocina y alcohol en el baño. Cierra la puerta, pone una vela e intenta sacarla. Está más dura, o le duele más, quién sabe. No sabe si por tratar de sacarla se la mete más adentro, pero lo cierto es que a la aguja apenas se le ve un tercio. No es zurda Aminta, de modo que al maniobrar la pinza con esa mano hace la fuerza torcida y es imposible sacarla derechita; también es que el dolor en serio es más fuerte. Busca un acetaminofén en la gaveta. Ni uno. Piensa que si, por ejemplo, pone un hilo doble y lo amarra al agarradero del clóset de un extremo y al cuello partido de la aguja por el otro, y le da un solo jalón recto, puede que salga fácil, sin comprometer el ñerbo. Pero va a doler tanto, y va a gritar tan fuerte, que va a despertar la niña y a todo el mundo. Eso si en el jalón el hilo no se resbala de la cabeza de la aguja. Mejor mañana, piensa. Mañana pide permiso para ir al centro de salud. Subirá primero donde el supervisor, mostrará la mano y, viéndola así, le firmará el permiso.
Mañana va a ser más fácil, sí, porque mañana la mano va a estar peor; estos tipos no firman un permiso si no ven sangre o el morado bien hinchado. No es que pueda ir a cualquier centro de salud, además. Aminta tendrá que ir al que está afiliada la empresa, que queda llegando al centro por la Terminal, y eso es una hora y media mínimo, tanto de ida como de venida y sin contar la revisión. Eso si es que le toca turno y la revisan. Qué desastre. Yo mejor me saco esto ya, piensa. Intenta otra vez sacar la aguja de un jalón, pero el dolor es insoportable y ahora la mano izquierda le tiembla, dificultando incluso agarrar la pinza. Mañana, mejor: hacer esa vuelta rápido, volver antes de las doce para que no le descuenten todo el día por estar fuera del puesto; ir viendo.
Aminta, afortunadamente, es de esas con sueño pesado; en la posición en que se acuesta, así mismo se levanta. Abre los ojos antes que el despertador. La niña está desparramada en la cama. Tan bella, da pesar despertarla. Las cordilleras quedaron tan bonitas, piensa, mientras el sol de la ventana ilumina las cumbres como si fueran de verdad. Seguro se va a ir entusiasmada en la ruta mostrándola a todo el mundo. Que no se le olvide ahora ponerle una bolsa negra para cubrirla, se recuerda, pues está como lloviendo seguido este mes. Por ahí debe tener también un poquito de escarcha plateada del sistema solar del período pasado, para que le eche un poquito espolvoriadito encima de los picos con el colbón que aún está fresco. Pero tiene que recordarle: que se lo eche cuando ya esté la profe revisando para que no manche las sillas de la ruta y el uniforme con esa escarcha que es tan difícil de sacar.
Seis y media. El tiempo preciso para hacer la comida. Se mira la mano, pero la aguja ya no está allí. Qué raro. El dedo todavía está morado, eso es bueno. La aguja seguro se habrá caído durmiendo. Isa, mi amor, le susurra a la niña. Despierte, hermosa.
De pronto le dieron sobrebarriga cruda anoche al tipo en la casa y por eso amaneció de buenas pulgas, dice Patricia con risa socarrona. Y sí, no es tan usual que los supervisores den permiso si uno no se los pide desde el día anterior. Menos un jueves. Bastó con el dedo morado y con cogerlo cortico en la fila, en medio del alboroto del comienzo de jornada. Y eso que aquí ha habido unas pasadas de fiebre, con cólicos y hasta vómito, y así y todo les han negado permiso. Aminta le deja el bolso a Patricia antes de que el supervisor se arrepienta y Patricia le dice que aproveche y se quede por allá; Hágase revisar bien, Ami, le dice. Le gusta decirle «Ami»: Ami de amiga, Ami de Aminta. No, yo creo que vuelvo hoy mismo, le responde Aminta, si cojo la Río Cali en la recta voy y vuelvo en un momentico, cuídeme el bolso.
La Río Cali va a toda máquina por la tercera norte. Es como si esas vueltas sin pasajeros después de la hora pico se las quisieran sacar de encima como sea. Aminta odia esa ruta y la Recreativos por la 70; no se sabe cuál va más endemoniada, como si no llevaran gente que los esperan hijos en la casa, sino ganado. No sabe si el mal genio que tiene ahora es por eso o por la migraña que le empieza a taladrar desde que salió de la planta, o fue que el cambio de aire la pateó. O el huevo duro del desayuno. Ya como que también le está cayendo mal el huevo, qué piedra. Necesita concentrarse bien para detectar si el dolor del dedo se le ha empezado a subir a la muñeca o es impresión suya. Se toca y siente una incomodidad aguda; se palpa y le duele. Pensaba que podía darse un sueñito en el bus, pero con todo junto es imposible. Llega a la rotonda frente a la clínica. Aquí deberían poner un semáforo, piensa, mientras espera un respiro del tráfico para darle la vuelta al Monumento a la Solidaridad. Recién ahora lo detalla, ¿por qué le llaman así, si van todos amarrados hacia el precipicio?
A la doctora que la ve sí le parece raro que la sangre se haya devuelto en vez de manar hacia afuera. Teme la posibilidad de un coágulo, le dice: Un coágulo es de cuidado, ojo con eso. Le manda rayos X y le advierte que éstos toman dos horas más o menos, y ella qué se va a ir por allá de nuevo a la casa a gastar tiempo y plata, así que mejor se toma un café con leche en la panadería al otro lado del terminal. Se lo toma a sorbos lentos, aunque no le gusta nada así, frío. Pero es que es peor que la vean con la tacita vacía y le empiecen a hacer indirectas para que compre otro o para que desocupe la mesa. Dos horas, dos tazas. Afuera está haciendo de nuevo calor. Qué raro, si quería como llover.
Se pasan las dos horas rápido: mira los vestidos de las que pasan, trata de figurarse cortes y medidas, imagina cómo le habrá ido a la niña con la tarea de los Andes y piensa que apenas llegue a la casa tiene que esculcar ese colchón para arriba y para abajo y encontrar esa bendita aguja. Seguro que se quedó enredada en la cobija, mucha tonta, se dice y se reclama por qué no revisó antes de salir, ahora llega la niña del colegio directo a la cama y qué peligro.
El resultado de los rayos X es muy desconcertante. No tanto para ella, que de esas cosas no entiende mucho, sino para la doctora, que no ha dejado de mirarla con esa cara de que mató un cura en Semana Santa. ¿Eso que se ve allí larguito y brillante es la aguja?, pregunta Aminta, y la doctora, que se llama María Cecilia, y que en toda su vida había visto algo así, no sabe si está más perpleja por la radiografía o por la frialdad de la paciente. Lo que son capaces de inventar estas mujeres, piensa. En realidad no es frialdad ni mentira por parte de Aminta, sino ganas de salir de esto rápido, volver a la planta, ahora que ha caído en cuenta de que el calzón que tiró en la caneca del baño estaba casi terminado. Le ha entrado la ansiedad de que Eugenia, la del aseo, lo encuentre y piensen lo peor: que se está robando los calzones y en una de ésas lo manchó con el período. Es raro que vayan a pensar eso de ella, pero no le extrañaría. También es raro que los cortes de los pantalones para mujeres no vengan con bolsillo, o que a la salida los vigilantes les revisen hasta las cocas de la comida a las operarias. De allí su cara: necesita regresar pronto a la planta antes de que Eugenia cambie las canecas y se encuentre eso, qué vergüenza.
¿De pronto una enfermera te puso mal una inyección en el brazo?, pregunta María Cecilia como por curiosidad, pero con un tono de obviedad que casi es acusante. Qué voy a saber yo, yo no soy enfermera, piensa Aminta, pero no le dice eso; cuando la migraña aparece, no es ella misma. No, doctora, la otra vez que vine fue por otra cosa, le dice, sin mirarla a la cara. Quiere darle más detalles sobre el accidente con la máquina, pero el dolor de cabeza no le deja calcular si es que decir eso no le va a traer problemas con el trabajo después. Sabe de antes que se hablan entre ellos. Yo casi nunca me enfermo, doctora, dice finalmente, yo estoy bien, ¿hay manera de sacar la aguja?
María Cecilia no sigue mucho la línea aquella de la enfermera negligente por obvias razones, y tampoco ve mucho futuro en sorprender a la paciente en una supuesta mentira. Aunque es la única explicación de cómo pudo haber llegado un objeto afilado al interior de su arteria y que ahora esté siendo arrastrado por su torrente sanguíneo brazo arriba. Por supuesto no va a arriesgar que quede mal la clínica con esto: imagínese una demanda por quién sabe qué bruta que la habrá inyectado así tan mal. Eso pasa por tener practicantes del Universitario aquí, lo barato sale caro, piensa María Cecilia. Decide rápidamente que tampoco se va a exponer ella: recién llegó del Uribe Uribe a esta clínica. No ha cumplido un año y ya notó que el pago es mejor; además, está terminando de pagar la cuota inicial de la casa. No. Si en una demanda por mala práctica no encuentran a la enfermera que le hizo esto a alguien van a tener que responsabilizar.
A este punto ambas han mirado para otro lado y se enfocan en el presente: hay que sacar la aguja. Si, como dice Aminta, la había sentido hace unas diez horas a la altura de la muñeca y mirá ya por dónde va, quién sabe dónde se vaya a encontrar en la noche. La realidad es que la aguja, en el momento en que fue tomada la radiografía, estaba ladeada en la vena y por eso —y también porque los equipos de radiología que tienen son más bien sencillos, no como los de Lili o Imbanaco—, es que parece una aguja hipodérmica, pero nada que ver: si volvieran a tomar una radiografía ahora, verían que la aguja tiene el ojo en la punta, como los peces, y unas marcas horizontales en la cabeza, como casi todas las agujas de costura industrial; verían que ahora va dejando la arteria radial y se va abriendo camino hacia el canal sanguíneo más grueso, que es donde converge con la arteria cubital y que seguramente desde allí avance más rápido.
Lamentablemente esto ya sería de cirugía, tendrías que revisar con tu ARP, dice María Cecilia. Y Aminta, en medio de ese olor a formol del consultorio que le tiene podrida su migraña, recuerda que P es por Profesionales y que pronto tendrá que estar peleando para comprobar que esto le pasó fue allá en la empresa, trabajando, no jugando. Trata de alentarse, pensando que si la escogieron entre las más de cien mujeres de la planta a probar ésas benditas máquinas chinas es por algo y que seguir llevando este asunto más adelante sólo va a empeorar las cosas. Está a nada de que la devuelvan al piso de abajo, con ese calor y ese gallinero de chismes que es la planta general; volverle a ver la cara a la tonta intrigosa palmirana esa, con lo bien que está allí en el cuartico de prueba, con Pato y el baño que no está tan lejos… No. Para qué arriesgar todo eso.
—Pero esto me pasó trabajando, dice Aminta, sobándose la sien—. ¿Usted cree que me pongan problema en la empresa?
Sí y no, le responde María Cecilia, sin sangre es muy difícil sostener accidente por Riesgo Profesional. Por supuesto se refiere no literalmente a que tenga que estar sangrando, sino a que haya pruebas que respalden el reclamo, a que cuente con el tiempo suficiente que requiere reclamar eso. Aminta recuerda otra vez el calzón ensangrentado en la caneca, y le vuelve a dar ese afán de irse. Venga más tarde, le propone María Cecilia, yo intento hablar con un cirujano del Uribe Uribe con el que somos muy amigos porque fue profe de mi hija en la Santiago. Eso sí, sin compromiso, le dice, llámeme a este número después de almuerzo, o no, mentiras, no tan pegadito… mejor llámeme tipo tres y vemos qué podemos hacer, pero por fuera de aquí, ¿le parece?
Aminta dice que sí, como le dice que sí a tantas cosas.
Ahora, en el regreso, no le enoja tanto que la Río Cali vaya rápido, antes le estresa que estando lleno el bus siga frenando cada ratico para recoger más gente. Y ese olor a chucha con champú fresco. Y este bendito dolor de cabeza.
Llega a la fábrica, entra a la planta, marca la tarjeta. No va directo a hablar con el supervisor. Si se lo van a descontar que se lo descuenten, de todos modos no le salieron con nada allá en la clínica. Eugenia debe estar barriendo por el almacén y seguro aún no ha subido al segundo piso. Llega al cubículo: allí están todavía, debajo de cuánta porquería, pero ahí están. Dios es grande. Los pone en una bolsita blanca bien doblados y se une a las tres horas y media que quedan de turno. No demora en venir el patinador a preguntar, piensa, y fijo, allí viene. Por dónde es que lo ven a uno llegar, dónde es que tienen las cámaras escondidas, o es que los contratan con olfato de perro para que le huelan el culo a uno apenas separa para o se sienta en la butaca, que jartera, piensa.
—¿Cómo le fue, qué le dijeron?
—Bien, que llame más tarde, que me van a sacar otra cita.
—¿Pero bien?
Sí, responde Aminta al supervisor, como responde sí a tantas cosas. El supervisor se va sin hacer más preguntas, pero deja la puerta abierta, tan cansón. Patricia le mira la mano, y qué raro, mirá que sigue inflamado, pero al menos ya no lo ve morado; Esta mañana lo tenías violeta, ¿te acordás? ¿Y te dieron algo?, pregunta; No, pero no alcancé a almorzar y estoy torcida del hambre, le dice Aminta. La verdad es que Patricia es la única a la que le tiene confianza para hablarle así. Y es por este tipo de cosas, piensa, mientras Patricia le saca un pan integral que no se alcanzó a comer, porque trajo pastas y eso es doble harina, amiga, hay que cuidarse.
¿Será que todavía tiene derecho a la llamada diaria habiendo llegado a esta hora?, se pregunta Aminta y le hace eco a su compañera; Obvio que sí, le alienta Patricia, sino, les decís que estás usando la mía, total yo a quién llamo con este verano eterno. Igual es mejor esperar un rato, sacarse unas cinco piezas, decide Aminta, decir que está colgada con la tarea semanal es poquito. Y mientras, se decide si usar la llamada diaria para llamar a la doctora —¿dónde dejó el papelito?—, o llamar a la niña a ver cómo le fue con esa cordillera de los Andes tan hermosa, qué le dijo la profe. Al final no se decide por ninguna; debe terminar con el trabajo.
Prestame la talega, Patricia, miro a ver si traje un tarrito con café, dice Aminta, pero mentiras, es para ver cómo mete dentro de ella la chuspa con los calzones manchados sin que nadie la vea. El tema con los vigilantes no es que esculquen. De todos modos ellos están cumpliendo con su trabajo y aquí hay cualquier cantidad de zánganas que se llevan hilos debajo de las tetas o retazos de esos finos ocultos en los bolsillos interiores de los bolsos, o incluso meten sedas finas embutidas en los termos de café para llegarse a coser vestidos en la casa. El problema es que creen que una es caída del zarzo, que no se dan cuenta con qué intención es que van metiendo la mano donde sea, según ellos disimulando: les encanta manosear mientras ponen esa cara de gente seria. El sol está rojísimo afuera, agónico, y Aminta respira. Había logrado meter la chuspa con el calzón al fondo del bolso, aplanadita, pero tampoco como si la estuviera ocultando: siempre es mejor ocultar las cosas a plena vista, dicen por ahí.
Gracias a Dios a la niña le fue muy bien con la tarea y vino lo más de contenta. Que hubo unos con una maqueta mucho más grande, cuenta, un grupo que le dio por meter dizque la Sierra Nevada de Santa Marta. Decían que la Sierra antes era parte de la cordillera de los Andes y que se fue dizque corriendo. No señor, la tarea era sobre la cordillera, la gente se pone a hacer de más por gusto, salte aquí. Que la profe había dicho que muy bonito los Andes de Isabela, que le gustó mucho cómo hizo las arruguitas del macizo; lo de la escarcha de la nieve fue buenísima idea. Que cómo hicieron para que los ríos de silicona les quedaran azules, había preguntado la profe. Ah, mija, para que vea. Cuando le está preparando la caspiroleta a la niña para celebrarle —que le encanta—, es que Aminta nota cómo se le va tensionando la cara del lado derecho. No le para bolas, pero es como un tirón que le viene desde la quijada abajo y sube por encima del párpado. Es la niña la que se lo hace ver. Mami, ¿qué te pasó en la cara?, le pregunta. Y sí, mirá, le dice Sandra Jineth pasándole un espejo, se te está torciendo la cara, Aminta, sacate una cita mañana a primera hora.
Lo mismo sugiere el supervisor cuando la ve sentada en la máquina en la mañana de ese viernes, con esa cara de asco, tan bobo. ¿Al fin pidió la cita que me había dicho ayer? ¿Qué le dijeron?, pregunta. Aminta no responde, pues tampoco tiene qué responder. Usted lo que necesita son mis manos derechas, no mi cara, responde, agregándole una sonrisa medio torcida para que no piense que le está contestando mal. Pero pues hágase mirar, le dice el tipo, si todavía no le dicen qué es lo que tenía ayer y mire ahora.
—Lo de ayer era para la mano, esto es otra cosa, seguro ahora más rato se me pasa.
Mantener la cara abajo para que Patricia, la flaca y la india no la vean hace que Aminta se concentre mejor en la máquina. También es cierto que el clima ha ido enfriando y Aminta trabaja mil veces mejor bajo el frío que con calor. La cara que tenía la niña contándole lo que dijo la profe la pone a pensar cosas tan lindas. Es un indicio de que por fin se está acoplando al cambio de colegio. Ah, trabajar así es más fácil: cuando uno se puede concentrar y se tiene un sueño entre ceja y ceja, un objetivo. Antes de irse, el supervisor les anuncia que a partir del próximo lunes vuelven al piso de abajo; que los testeos han sido muy positivos y ya se están autorizando las órdenes de compra para el resto de ejemplares de estas fileteadoras chinas, que en realidad ya están en Medellín. Que ellas tres tendrán unos primeros días de la semana para entrenar a las otras trabajadoras en este flujo de trabajo. Todo lindo.
Se escuchan los tres lánguidos aplausos. Hay algo de orgullo en el día. Gracias a ella, a Patricia, a la flaca y a la india hicieron venir esas máquinas desde la China hasta Medellín y luego a Yumbo, y es gracias a ellas que se van a hacer miles de esos calzones tipo Canadá. Dan las doce y Aminta se ha puesto más o menos al día con las métricas. Hace la cuenta: si le mete velocidad, va a terminar la semana en paz y a salvo, quién lo hubiera dicho. Y si le queda faltando, pide horas extras mañana sábado en la tarde y listo. Pero de ningún modo va a dejar que llegue el lunes para pararse a darle instrucciones a esa palmirana debiendo calzones en la tabla de registro. Aquí todo se sabe. Sin embargo, llega la tarde y la parálisis facial le obstruye cada vez más la visibilidad. El dolor de la cara ahora le viene bajando por el cuello y todo el brazo derecho. La flaca y Patricia insisten que ellas pueden hacer la parte que le falta, que vaya al médico, pero Aminta está tan cerca de la cifra… Se deja convencer de al menos tomarse un ratico para hacer su llamada diaria. Va al pasillo. Descuelga la bocina. Se queda dudando si llamar a la doctora, o a Toño para preguntarle si al fin es verdad que va a sacar a pasear a la niña mañana, así ella sabe si pide o no las horas extras del sábado.
—Sí, claro, Aminta, firme con la Rueda, cuente con eso —le dice Toño por la bocina.
Es increíble cómo llega a conocer uno a una persona. Incluso por teléfono se puede oler ese aliento de trago trasnochado. Mire que anoche me volvió a preguntar, le miente Aminta. Cuento con eso porque mañana además tengo turno extra, le dice, ¿oyó?
—¿Oyó? —reitera.
—Sí, Aminta, todo bien, yo recojo a la niña después de almuerzo —responde Toño, aclarándose la garganta.
La mañana del sábado con sus horas extras le fluyen bastante más rápido que cualquier día de esta semana horrible. También es más fácil si no te están poniendo conversa en medio del trabajo: Patricia es un amor, pero habla hasta por los codos.
El dolor se ha instalado ahora a la altura del hombro derecho de Aminta, acompañado de uno de esos hormigueos insoportables que uno no sabe por dónde es que viene ni por dónde es que debe rascarse, si por la clavícula, si atrás en el omóplato, debajo del seno pero atrás. Y ni hablar de la cara: nada que le baja ese tirón, el pómulo cada vez más tieso, casi se echa la media hora del descanso tratando de masticar. En la llamada diaria, Aminta aprovecha que es sábado y no hay supervisores ni tantas mujeres y se demora una moneda más con Jineth, que aparte de contarle que Toño sí recogió a la niña, le cuenta que fue a ver unas casas de interés social no tan caras por Valle Grande, que eso por allá se está expandiendo mucho, que piensa llevar a Raúl apenas tenga un descanso para irlas a ver con él y que ella también debería. Qué raro, Toño cumpliendo una promesa… ¿Estará cambiando de verdad como dijo ese día en el parque, o habrá tenido que ver que ella lo llamara un día antes a chuzarlo? Nunca lo sabrá, porque eso significaría hablar con él de algo distinto a la hija y eso simplemente no va a suceder.
Hay un aviso con letras rojas colgado en el pasillo que va hacia los almacenes, ese que da a la puerta exterior de descarga, que dice que está expresamente prohibido llamar a cualquier ambulancia de una institución médica diferente a la de la empresa. Es una política reciente que empezó tras aquel incendio de la planta de Medellín donde la empresa no salió bien librada del asunto en términos legales con las afectadas. El punto es que el reporte médico de la ambulancia confirmaba por escrito las versiones de las operarias adentro, pasando por alto lo complejo que es una planta textil: tanta gente, tanto hilo, tanta actividad eléctrica al lado de tanta tela. No murió nadie, afortunadamente, pero en una tragedia así pierde la empresa y pierden todos: se cierran sedes, se crea mala prensa, se pierden puestos. Son muchas las familias que dependen de esto como para delegar la salud y la atención de emergencias a un tercero. Tal fue el argumento de la empresa. Desde ese momento y a nivel nacional, se decidió que aquello que no pueda resolver de lunes a viernes la enfermería interina, se atiende con la ambulancia privada de la empresa; y si no es de vida o muerte, se usa el carro de algún supervisor o uno de los taxistas de la lista elaborada por seguridad.
Es uno de esos taxistas, Gerardo, quien recibe la llamada de la planta Teser en la zona franca y puede llegar en pocos minutos. Acelera en el parqueadero cuando ve que vienen tres personas cargando a una operaria: el vigilante, un almacenista y otra muchacha. También hay uno más atrás que debió ser el que llamó, uno de cargo más alto, a juzgar por cómo vestía. La operaria viene con una parte del cuero cabelludo rasgado y sangrando. Algunos jirones de cabello vienen pegados con sangre del delantal, que no es mucha, la verdad, pero ya se sabe cómo es la sangre de escandalosa. El vigilante no se mete al taxi porque no puede dejar la caseta sola y el almacenero estaba en medio del papeleo de un descargo, pero no trabaja allí. Así que es la chica, una pelada joven y bonita, la que se mete al taxi a acompañarla.
Gerardo acelera tan pronto como puede cuando se da cuenta de que el cabello arrancado es el menor de los problemas de la muchacha —no es tan muchacha, solo que el pelo restante le tapa la cara—: parece que está teniendo un infarto. Justo se le paralizó el brazo manejando una de las máquinas y se fue para adelante, cuenta la bonita, se le enredó el pelo entre los rodillos de la máquina y qué problema para sacarla de allí, si no es porque esa máquina suena duro. Eso es grave, dice Gerardo. Cuando el brazo derecho se tuerce siempre es el corazón. Aminta se llama, no sé el apellido, dice la joven. No es que la conozca muy bien. Yo la he visto, agrega, ella es de lencería, o la pusieron hace poco en lencería… creo que se le quedó el brazo metido entre los rodillos, qué horrible, si no cómo. Si quiere la llevo a la Clínica del Lili, dice Gerardo. No, llévenos al Saludcoop de la Terminal que esa es la clínica de la empresa, dice la chica mientras trata de examinar si Aminta aún respira. ¿Usted por allí por la radio puede llamar a algún teléfono?, pregunta ingenua.
Los 400 microgramos de nitroglicerina y el oxígeno presurizado ayudan a acelerar el flujo sanguíneo, haciendo que la aguja desbloquee el infarto de momento. Sin embargo, el nuevo impulso facilita que la aguja abandone la recta axilar y trate de trepar la cresta de la arteria subclavia. Sólo la gravedad propiciada por la inclinación de la camilla evita que la aguja trepe dicha cresta segundos antes de ser estabilizada. De llegar allí, sólo era cuestión de tiempo antes que descendiera el corto tramo corto en ángulo agudo que la separa del corazón. De modo que en realidad es sólo el azar lo que la mantiene viva: las camillas reclinables de la unidad de cuidados intensivos del tercer piso rara vez están en la recepción de urgencias —donde son casi todas planas—, a menos que se hubieran liberado el día anterior por causa de muerte —que es cuando las bajan a los sótanos de la morgue por el ascensor—, y sólo frenan en el piso de urgencias porque allí el ascensor debe parar siempre. En pocas palabras: la medicina privada obra de maneras misteriosas.
Por más que tratan de sacarle información a la joven Nydia —que es como se llama la operaria acompañante—, no pueden obtener información del historial médico de Aminta. No es un nombre tan común, y solo hay otra más en el sistema, una Góngora. Nydia encuentra al fin el número de la planta textil en las páginas amarillas y en recepción le informan de una Aminta Tamayo, 37 años, operaria, afiliada a través del Régimen Contributivo por la empresa Textiles Teser S.A. En su historial hallan la radiografía de hace un par de días, donde se distingue la presencia de un objeto intruso de tipo metálico, posiblemente aguja hipodérmica, en brazo derecho e incrustado en la cara interior del músculo extensor radial largo o en el interior de la arteria radial. Es en una nueva radiografía, un par de horas después, donde puede verse con claridad que la paciente tiene viajando por su arteria subclavia, a la altura del seno derecho, una aguja microtex alemana de costura industrial 80/12 de marca Schmetz, y que, impulsada por los bombeos inevitables de su sistema cardíaco, es atraída invariablemente hacia el cayado aórtico, donde desembocará finalmente en el ventrículo izquierdo para buscar asilo en su pobre corazón si no se le opera a tiempo.
El siguiente es domingo, día de chicas, día de paseo. Antes de salir, Aminta se peina de lado, logrando cubrir el lado derecho lo mejor que puede. Cuando madre e hija ya están sentadas en el bus, Aminta quiere saberlo todo, con pelos y señales: A dónde la llevó el papi, qué hicieron, Isabela, qué comieron. Después de todo, el amor entra por el estómago.
Aminta tiene planeado que su hija se empache de helado todo lo que quiera hoy. Y mientras el bus va entrando a Valle Grande, empieza a prestar atención en el camino en busca de una heladería grande y con colores, para más tarde, sin dejar de escucharle a Isabela cómo se veían todas las casitas chirriquiticas desde arriba, en la Rueda, y cómo la manzana acaramelada ésa se veía dulce por fuera pero por dentro sólo era manzana, y no tan dulce. Hoy preguntamos si existe el helado de manzana, ¿te gustaría?, pregunta Aminta en tono de alcahueta, y escucha un sí con muchas íes agudas en respuesta.
Es un día de sol templado, excepcional para lo frío y gris que se ha puesto el clima ahora último. Aminta lleva a la niña de la mano buena. Trata de no sacar a la niña de su ritmo saltarín, de su plácido domingo, pero al mismo tiempo tiene que jalarle un poquito hacia adelante, pues también es visita de venir a ver por el futuro. Por eso salieron tan temprano: quiere ver cómo están esas casas de interés social que le había contado Sandra Jineth. Quiere hablar con alguien personalmente, ver si podría cumplir con los requisitos para el crédito y a cuántas cuotas. Se recrimina haber tardado tanto en buscar un plan para una casa: a dónde iba a crecer la niña si ella el día de mañana Dios no lo quiera y falta.
Ojalá no estén tan caras las baletas esas, piensa también Aminta. Hace cuánto que la niña le viene diciendo que las Maryjanes, que las Maryjanes, y ella que no, que no, que esos zapatos no se los aceptan en el colegio, y ella que sí, que porqué Jésica y no-sé-quién-cita sí lo tienen y no les dicen nada. Ahora, por alguna razón, a Aminta no le importa. Sólo quiere que la niña tenga sus baletas bailarinas blancas y que ojalá las tengan en su talla para que no le tallen en las clases, sólo eso. Y si le van a devolver la niña a la casa por unos zapatos, que sea por tener algo bonito encima, o si no ella misma se va a sacudirles el avispero: ¿por qué Jésica y la otra sí, y su hija no?
Sandra Jineth le había prestado suficiente plata para su plan de domingo: buses, arroz chino, helado y las Maryjanes. Pero estaría bueno regresar con algo de plata, no gastársela toda. Ya ella le prestó el mes pasado para completar la mensualidad del colegio y se supone que es Aminta la que la está ayudando a ella y al esposo, y no al revés. Sandra igual no estaba preocupada por la plata, como sí por la locura de salir en su estado y sin dormir, pero a Aminta quién le dice qué hacer. Eso es Sandra Jineth que no tiene hijos, no sabe lo mucho que Aminta necesita ahora ver a la niña sonriendo y feliz porque comió rico, porque comió helado y porque, a fin de cuentas, pasó el fin de semana con sus dos papás.
Tras varias cuadras desde la parada y siguiendo las indicaciones de Sandra Jineth, Aminta y la niña llegan hasta la reja que separa el apartamento modelo del plan de vivienda. Más o menos se ve el tamaño, el ladrillo pulido, bonito, no como ese ladrillo farol. Y dos pisos, mirá. Pero está cerrado y un vigilante de bastante edad para ser vigilante le dice que hasta el lunes está la asesora para mostrarlo. Yo mañana ya trabajo, no podría, le dice Aminta. Si quiere le digo yo más o menos qué tiene, dice él, mire: son dos cuartos arriba, tipo dúplex, y abajo el baño debajo de la escalera, la sala y un patio con reja y candado. Son bonitos, están muy cotizados, añade el vigilante. Eso sí, ya de precios no le puedo yo dar información, tendría que preguntarle a la asesora de la constructora que se llama Marisol, anchita ella, con el pelo como rojizo, escucha Aminta, mientras trata de disimular la comezón y el hormigueo del hombro.
—Qué le pasó en la cara, mi doña, perdone que le pregunte.
Aminta le quita la mirada y se queda en la fachada del apartamento modelo tras la reja. Se pregunta si ese barrio de casas tan parecidas que está allá al fondo es del mismo programa de vivienda y qué tan próximo estará de Puertas del Sol, que es tan peligroso, y si no serán asequibles estos créditos justamente por eso. La manita de Isabela está jugando hace rato con su mano derecha, que ya no siente: se da cuenta por las sonrisas del vigilante con la niña.
—Nada, una parálisis, un nervio que se me pellizcó —dice—. Pero estaba peor. Ya me está bajando. Muchas gracias, vuelvo entonces en semana.
La niña tampoco parece darse cuenta de nada de lo que le pasa a su madre. Se sientan en la mesita rimax del primer restaurante con letrero llamativo que ven. Les sirven el arroz chino en una caja de icopor. En realidad se trata de arroz mixto, pues no ve que le hayan puesto camarones. Aminta empieza a comer con la mano izquierda; a Isabela sólo le parece que está comiendo más lento y se ríen, ya han aprendido a reírse de la cara torcida haciéndose muecas. A Aminta le sorprende una repentina falta de aire y le empieza a doler el muslo derecho por detrás, cómo es que se llama esa parte, esto es un pedazo del muslo, mija, cómaselo que a usted le gusta y no me separe las arvejitas.
Las nubes se avecinan grises por encima de los tejados y cables. Aminta pide que le den las dos bolas de helado en vaso y no en cucurucho, que es más engorroso mientras se carga paquetes; para que vayan saliendo, pues quiere como llover. El bus para justo cuando se suelta la lluvia, así que logran sentarse en el momento exacto en que las gotas empiezan a pegar con fuerza en la ventana. Isabela está encaramelada con su helado en una mano y su caja de zapatos en la otra. Te quiero mucho, le dice Aminta. Y no hay cosa más bella en el mundo que tu hija diciéndote que también te quiere mucho con la naricita llena de helado veteado de mora. Aminta piensa que ser madre entonces es esto: administrar bien los tiempos y las extremidades del cuerpo, actuar rápido.
—¿Pero qué se puede hacer, Ami? —le pregunta Sandra Jineth cuando ya ha acabado de dormir la niña, de vuelta en casa, entrada la noche.
—A esta altura, muy poco —dice Aminta con tranquilidad—. Sería una operación muy delicada. Rogar porque no llegue allí, o no llegue tan rápido.
—Allí dónde
—O que así como la fue chupando hacia dentro, en algún momento la vaya escupiendo hacia fuera, donde quede luego más fácil sacarla.
—Si quiere yo hablo con don Eladio otra vez y miro…
No ha terminado de pronunciar ese nombre y ya Aminta le ha interrumpido con gesto fiero, pero susurrado, para que ese nombre no despierte a la niña y menos que llegue a oídos de Raúl. Con ese señor nada, Sandra Jineth, ¿me escucha? Nada, repite.
—Pensando ideas para llevarla a la del Lili, Aminta, tranquila, deje la bobada. ¿Acaso yo?
—Acaso nada —dice Aminta. Primero muerta a que usted hable con ése señor otra vez. Primero muerta.
—No diga eso —dice Sandra acariciándola—. No diga eso.
Es casi medianoche cuando Aminta llama a Toño. Sandra le había contado que estuvo llamando insistente todo el día, preocupado por ella.Y sobrio. Después de que Aminta recobró el conocimiento en la madrugada del domingo y se vio en esa camilla de hospital, no se sintió particularmente incapacitada, aparte de la piquiña en el cuero cabelludo y el dolor punzante en el pecho. El médico a esa hora ya no estaba en las instalaciones y Sandra Jineth, que había llegado hace poco, preguntaba en todas partes cuál sería el paso siguiente y por qué su hermana seguía en una camilla en el pasillo. Desde lejos, Aminta logró escuchar lo que ya sospechaba: la ARP tenía que aprobar antes la operación y eso dependía de la empresa. Ese trámite podría tomar días, así que cuando Aminta mostró tanta vehemencia en salir de allí, ni su hermana ni los enfermeros opusieron demasiada resistencia. Aunque Sandra era la sana, le costó seguirle el paso a Aminta por la escalera. Ya afuera, cogieron el primer taxi que vieron parqueado frente a la rotonda.
—Gracias por el paseo de ayer, Antonio —le dice Aminta por el teléfono—. Ella lo pasó bien, me contó. Ella lo quiere, Toño. Como papá, lo quiere mucho. No vaya a romper eso.
Después no hablan mucho más. En parte porque ya está tarde y mañana tiene que madrugar, y en parte porque hace años que ella y él no tienen mucho de qué hablar. Él le insiste que debería guardar reposo, descansar, que los médicos le digan bien qué es lo que tiene. Como si fuera cuestión de saber.
Es un lunes gris lino, rasposo. Aminta llega como todos los días en la ruta, cargando ahora el sobre grande de la radiografía, y unos espaguetis con carne molida en el vianda, que es lo más rápido de cocinar. Lleva su mochila colgada en el hombro derecho, para que al marcar la tarjeta con la mano izquierda no se le note tanto hasta donde ha llegado su parálisis. Quiere hablar con el gerente, ver qué se puede hacer, pero también va lista por si el turno le toca normal, como todos los días. Y en últimas, si se va a complicar mucho el asunto, son muchas las labores que Aminta podría hacer con una mano mientras se recupera: deshilachar, pasar hoja fina por los cortes grandes del almacén, empaquetar, podrían hablarlo. Cuando entra a la planta, ve la sección de las nuevas máquinas chinas instaladas en el piso inferior. Las operarias están maravilladas, como si fuera veinticinco de diciembre y amanecieran corriendo hacia el árbol de regalos. Miran y curiosean los detalles de las fileteadoras chinas, hacen chistes de chinos, tratan de entender las inscripciones. El supervisor ve a Aminta entre el montón y la llama. El gerente quiere hablar con ella.
La conversación es amable. Es verdad lo que decían del gerente, piensa ella: es un tipo muy joven, un Santiago, rolo. Aminta trata de explicarle que fue un accidente lo del sábado, que no sabe en qué momento se le fueron las luces, y faltando tan poco tiempo para cerrar el turno. Él le dice que tranquila, que lo importante es que ella esté bien. Miran la radiografía con asombro. Un asombro fingido, en realidad, porque él ya la ha visto en su bandeja de correo en su Compaq hace una hora, y ella porque se había pasado la noche en vela —con una vela literalmente— mirando la aguja plateada contra la hoja azul; imaginando por qué tramo de la red fluvial de su sistema nervioso iría navegando ahora.
Esas máquinas eran de prueba, dice Santiago. Pero la prueba terminó el viernes y el reporte fue satisfactorio, por eso hicimos despachar la orden, no sé si las vio. Sí señor, sí las vi, responde ella, muy bonitas. Pero imagínese, sigue él, si esto hubiera pasado el viernes, antes del reporte, comprenderá usted que yo no las recibo. No las recibo. Por más que haya sido un error de maniobra, agrega, esas berracas deberían tener un apagado más directo, ¿no?
—Sí, señor, pero esto no fue en las Siruba—agrega Aminta, que lo que menos quiere es aguar la fiesta que se vive ahora abajo, en la planta general—. Fue en la relajadora, la máquina esa grande del almacén.
—¿La relajadora de tejido? —pregunta de vuelta el gerente, como si hubiera varias—. ¿Y usted qué hacía operando esa máquina?
—Yo ya iba de salida —empieza a contar Aminta con la voz quebrada— y una operaria venía muy cargada con los rollos de lino, y me pidió que si le podía hundir el botón de apagado, entonces yo… me acerqué y… hasta ahí me acuerdo, don… ¿Don Santiago?
—Santiago, sí.
La pausa va seguida de la espalda de Santiago inclinándose hacia atrás, agregando un gesto de qué vamos a hacer con usted. Aminta tiene las manos en el regazo y con su mano izquierda masajea suavemente la mano paralizada, rogando que vuelva en sí.
—Yo anoche hablé por su caso dentro del hospital para preguntar por usted, pero me dijeron que había dejado la clínica.
—Sí señor, de eso mismo yo le quería hablar —responde Aminta, recobrando el valor—. No entiendo por qué la ARP no me cubre la operación.
Desde abajo empieza a sonar un sonido que Aminta reconoce, sólo que multiplicado en número: el segueteo de las fileteadoras Siruba y la voz de Patricia liderando la orquesta. Dentro de la oficina de Santiago, sin embargo, hay un relativo silencio, gracias a la masilla aislante en el ventanal. Santiago le explica en baja voz que hará todo lo posible pero que le toca a ella entutelar a la clínica. Los enfermeros no debieron dejarla salir en su estado y la doctora que la vio primero debió haber ordenado la cirugía allí mismo, cuando la aguja estaba en el brazo. Ahora mire lo arriesgadas que son las operaciones de corazón abierto, y ni hablar del trámite para eso.
—Pero esto me pasó aquí, don Santiago. Usted tiene que ayudarme.
—Con todo el respeto que me merece, Aminta —responde el gerente—, Pero como dice el dicho, lo único que uno tiene que hacer es morirse.
Aminta conoce el dicho, pero apenas puede sonrojarse con la presión tan bajita como la tiene. Yo en principio pensé que estábamos ante un caso de error en la manipulación de una máquina de prueba, agrega Santiago, pero afortunadamente logré hablar con Nydia y en realidad es un caso de negligencia contributiva, al intervenir usted en la operación de una máquina que no le había sido asignada, mucho menos en su estado, por no mencionar la negligencia médica de la que usted también fue parte por no ir a tiempo… y luego por irse.
Son casi las once de la mañana cuando Aminta sale de la planta. Cruza el parqueadero para buscar la salida trasera que lleva a la parada de bus en la recta, en el arbolito, donde paran todos los intermunicipales. Patricia había visto a Aminta cogiendo sus cosas en el locker. Menos mal que la inducción de las máquinas ya había terminado, de modo que pudo salir de la planta guiñándole un ojo al vigilante y alcanzar a Aminta a gritos en el parqueadero; quiere saber cómo está, cómo le fue con el gerente. Pero Aminta no quiere hablar. Y encima la parálisis. Y las lágrimas. Le cuenta que no recuerda mucho lo que hablaron en esa oficina. Es la verdad. Que ella le explicó lo sucedido, que en un momento él le pidió que la esperara fuera y estuvo esperando junto al revistero como media hora. Que después vino un tipo de corbata sudando y habló con Santiago. Que luego otra vez la hicieron entrar y entonces el papel éste, que no se entiende. Cuando Patricia abre el documento, tampoco tiene claro si se trata de una indemnización por despido o de un bono anticipado. Esa gente escribe tan enredado de todos modos. Los números sí son más fáciles de entender: tan raro que esté fechada con el 21 de febrero de 1997, si hoy es 24, Ami… ¿este es un uno o un cuatro?
—Me quiero ir, Pato, tengo sueño.
—Pero mire el lado bueno, amiga —le dice Patricia—. Aquí dice que le dan la suma de 6 salarios mínimos. Cuánto es eso, multiplique, 172 por 6, cuánto es.
—Luego miro eso, Pati —dice Aminta, débil—. Yo me voy ya para la casa, mejor.
—No, amiga. Usted así sola no se va. Tampoco se puede dormir. Deme un minuto hablo con el vigilante. Yo la acompaño al banco para que cobre eso y luego vamos a la Clínica del Lili, ¿sí? ¿Sí?
Bueno, le responde Aminta con una sonrisa; Me espera, le dice Patricia, que me echen si no les sirvo cuando vuelva, que me despidan, pero usted no se va sola, ¿oyó?
Está lejos y se ve borrosa, pero Aminta la escucha. Cómo no, si es que Patricia está casi gritando. Luego da unos pasitos coquetos, bamboléandole un gesto al vigilante mientras entra a la caseta por sus cosas. Aminta espera. Examina el tiempo en el cielo. El rigor en sus extremidades. Espera. Quiere como llover.
Joan Manuel Millán Torres (Cali, Colombia). Es escritor, guionista y cineasta de animación. Cofundó en 2019 MINA & MANU Studio-Atelier para la auto publicación editorial.



