Este texto es parte de Los anteojos, nuestra newsletter de coyuntura. Cada semana, comisionamos dos crónicas de temas que todo mundo habla pero nadie te explica. Para recibirla en tu correo:
Si en 2019, cuando aterrizaba en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez para iniciar el exilio a los 25 años, hubiera sabido que mis oídos serían de los primeros en escuchar cómo se gestaba uno de los mayores operativos de injerencia política en América Latina —el Hondurasgate— quizá habría desperdiciado menos noches preguntándome si había hecho lo correcto al dejar Bolivia, el país que me vio nacer. Siempre he creído que ningún paso es casual. Que cada decisión tiene consecuencias y que las personas que aparecen en nuestro camino, los lugares a los que llegamos y las conversaciones a las que decidimos prestar atención van trazando, casi imperceptiblemente, el mapa del destino que terminaremos recorriendo.
Con el tiempo entendí que el exilio fue mi primer acercamiento a Honduras, incluso antes de saberlo. En 2020, en plena pandemia de COVID-19, participaba en un círculo de lectura virtual feminista para discutir qué representaba Penélope y su eterna espera en la isla de Ítaca en la Odisea. Allí conocí a un grupo de compañeras que luego me conectarían a hondureños que, como yo, también habían encontrado un nuevo propósito en México. Muchos de ellos habían vivido durante su juventud, el golpe de Estado contra el presidente Manuel Zelaya. Comenzaron a narrarme, con una mezcla de dolor y esperanza, la realidad de su país: el gobierno de Juan Orlando Hernández, la violencia, la persecución política, la corrupción, la inseguridad y el anhelo permanente de que algún día las cosas cambiaran.
La historia por contar comienza en 2009. El golpe de Estado contra Zelaya marcó un punto de inflexión para toda la región. Lo veo como el primer gran laboratorio de una nueva modalidad de ruptura democrática que posteriormente se repetiría con distintas características en varios países latinoamericanos. Honduras abrió una puerta que después atravesaron Brasil, Argentina, Bolivia y Ecuador con procesos de desestabilización política dirigidos contra gobiernos progresistas.
Cuando Rafael Correa, expresidente ecuatoriano (2007-2017) denunciaba en 2016 el vaciamiento de la democracia ecuatoriana y la existencia de un «Plan Cóndor 2.0» —tras la traición política de su sucesor, Lenín Moreno— probablemente no imaginaba hasta qué punto esa advertencia terminaría materializándose años después. Hondurasgate demostraría que aquello no era una metáfora política, sino un manual de operación.
Escuchar el poder desde adentro
Después de que mi fuente me hiciera llegar los audios, por la naturaleza y sensibilidad de lo que exponían, me dirigí con Pablo Iglesias, director del canal en el que me desempeño. Desde el primer minuto, ambos comprendimos que no estábamos frente a una filtración cualquiera; durante varios días fuimos las únicas personas que tuvimos acceso. El material revelaba una operación coordinada de injerencia política y desestabilización regional. Esta era la forma en que el poder planea, calcula y ejecuta sus operaciones sobre América Latina.
Los audios involucran al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado por narcotráfico en Estados Unidos; al actual presidente Nasry Asfura; al presidente del Congreso Nacional, Tomás Zambrano; y a la exconsejera electoral Cossette López, entre otros operadores políticos. Las grabaciones describen —con un nivel de detalle inédito— mecanismos de coordinación y corrupción entre actores políticos hondureños, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu y el presidente de Argentina, Javier Milei para intervenir en la política latinoamericana.
Se plasma abiertamente la persecución contra los gobiernos progresistas de Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum, dirigentes de izquierda; elaboración de listas para vigilar, detener, torturar e incluso ejecutar opositores; cesión de territorios estratégicos a capitales privados mediante zonas económicas especiales; judicialización de la política; expansión de bases militares; coordinación con iglesias evangélicas como estructuras de influencia; redes de espionaje; campañas mediáticas destinadas a moldear la opinión pública; reformas legales orientadas a reducir la soberanía de los Estados y proyectos vinculados con inteligencia artificial y biotecnología aplicados al control político.
No era una conversación aislada; era un manual de dominación.
El 10 de noviembre de 2019, cuando Bolivia sufrió el golpe de Estado contra Evo Morales, la memoria de las dictaduras latinoamericanas dejó de ser un recuerdo para convertirse nuevamente en presente. La exigencia militar de renuncia al presidente constitucional, los tanques recorriendo las ciudades, los helicópteros y aviones militares sobrevolando el país, la persecución política y el miedo devolvieron a la región imágenes que muchos creíamos superadas. Durante años parecía que cada crisis respondía únicamente a circunstancias nacionales, hoy resulta mucho más difícil sostener esa idea.
Los acontecimientos ocurridos en Honduras, Bolivia, Ecuador, Brasil, Perú o Colombia empiezan a mostrar patrones comunes. La repetición de determinadas estrategias sugiere que no se trata solamente de procesos internos, sino de una arquitectura regional de intervención donde distintos gobiernos actúan coordinadamente con centros de poder externos. Hondurasgate aporta precisamente esa pieza que faltaba para comprender el conjunto.
No hubo un solo instante de duda, Pablo y yo sabíamos que investigar la filtración, además de ser una responsabilidad periodística, era una responsabilidad política. Comenzaron entonces semanas de trabajo ininterrumpido: escuchar horas de grabaciones, contrastar información, reconstruir contextos, buscar antecedentes, elaborar cronologías, verificar nombres, redactar borradores, seleccionar fragmentos, comprender las conexiones que unían cada pieza del rompecabezas y recibir muchas correcciones.
Mientras más avanzaba la investigación, crecía el nivel de alarma. Escuchar cómo piensan los operadores del poder, cómo diseñan estrategias, cómo clasifican países, cómo deciden quién debe gobernar y quién debe caer, eriza la piel. Escuchar desde dentro cómo hablan quienes toman decisiones sobre millones de personas produce una sensación difícil de describir
En retrospectiva, veo el proceso como una especie de bautizo como periodista. Entre las cosas más valiosas que me llevo en lo personal es que el análisis haya sido al lado de Daniela Pastrana, Directora de Diario Red América Latina —quien, con las mejores herramientas— me enseñó a pulir el texto para ser difundido en todo el mundo.
El tan esperado día de la publicación llegó con muchas ansias de que las cosas salieran bien. Esa jornada al lado del equipo del Canal Red y Diario Red fue larga. Una vez que el material fue publicado, su impacto se salía de nuestro control. La respuesta prácticamente inmediata de Juan Orlando y la cobertura mediática me comprobaron que el tema ya no estaba en mis manos. En redes sociales, en un abrir y cerrar de ojos, la investigación se replicó. El trabajo conjunto con el excelente equipo del Hondurasgate tuvo su tan esperado resultado: el foco estaba en Honduras y Estados Unidos.
México, el lugar donde confluyen las historias
Para mí como boliviana recorrer México nunca ha sido sencillo. La ciudad levantada sobre Tenochtitlan me resulta imponente; da la impresión de que aquí comienzan muchas de las grandes historias de nuestro continente. Es un territorio donde se cruzan los caminos del exilio, de la resistencia y de la memoria; un lugar donde siempre aparece alguien dispuesto a completar una historia que parecía incompleta.
Hondurasgate también pertenece a México porque fue aquí —en esta ciudad inmensa— donde tomó forma la investigación. Se escribió entre madrugadas interminables, cafés que se enfriaban sobre la mesa, conversaciones que abrían nuevas pistas, reuniones discretas, silencios prolongados y el miedo inevitable que produce acercarse demasiado al poder.
Nació aquí, en estas calles, la convicción de que el periodismo siga siendo una herramienta capaz de disputar la verdad y la política. Al final, esta investigación le dio otra cara al exilio que durante mucho tiempo significó un alejamiento de Bolivia. Me trajo exactamente al lugar desde donde pude comprender una parte fundamental de la historia contemporánea de América Latina y el porqué aún habemos muchas y muchos que nos vemos obligados a salir de nuestras tierras sin siquiera quererlo.
Valeria Duarte Galleguillos es politóloga e investigadora en Canal Red América Latina. Trabaja temas de injerencia política, integración regional y teoría de Estado.



