Viéndose al espejo, exhausta tras el día, María notó cómo los brillos de su vestido se pegaban sobre la piel desnuda. En un par de años, cuando la vista comenzara a fallarle, habría pensado que su cuerpo se asimilaba a una noche estrellada y sus pezones eran dos planetas nacientes; desconocidos. Entonces, cuando la memoria hubiera borrado toda fijación infantil por la victoria en contra del azar, habría sido una de esas imágenes dignas de recordar al cerrar los ojos por vez postrera.
Pero no.
Esto pasó en la juventud, donde los días se sienten como años y los años como días; cuando todo gira alrededor de obsesiones impuestas por ajenos—llámeseles padres, amigos; el sueño colectivo—. Entonces, en lo único que pudo pensar fue en una metáfora evidente—ausente de mérito poético por su obviedad, pero plagada del más genuino pesar—: el carnaval se le había pegado hasta en la piel; se negaba a dejarla.
Sintió, de inmediato, unas ganas de llorar tremendas, estando sola por primera vez desde el despertar y con el vestido—ese vestido que había diseñado desde que vio su primera coronación—, aún colgándole de la cintura. Frente suyo, entre las manchas de un espejo mal lavado, notaba con desdén que los brillos azules y rosados, sobre de sí, armaban la astrología de un mundo ajeno aún en piel propia.
Desesperada, se desvistió con rapidez hasta que solo traía, sobre de sí, unos calzones rosados—quizá muy sensuales
para su edad—, unas calcetas hechas amarillas por el sudor y las lágrimas que corrían por su rostro agarrando, con su paso, pedazos de diamantina. Un dolor, sobre todo, posado en su cabeza.
Tiró, con la poca fuerza que permitía el cansancio, su traje tan caro con rumbo a un cesto de ropa sucia al otro lado del baño. Lo hizo sin percatarse—¿cómo se hubiera percatado?—que la mitad del atuendo yacía levitando sobre el suelo en el borde de la ropa sucia; que un par de cristales de diseñador se desplomaron sobre el escusado cuando ya no aguantaron sus costuras; que, su furia, creó un sendero considerable de diamantina sobre el suelo del baño que pondría aún más brillos sobre sus pies cuando emprendiera rumbo a la ducha.
Le dolía el cuerpo entero. Los brazos, entumecidos, sufrían las consecuencias de pasar horas en movimientos circulares para captar la atención del que se les pusiera enfrente. Las piernas, sin duda, de tanto bailar, en las setenta y dos colonias que su comparsa visitó en dos semanas; tantas que, en el pie izquierdo, se le cayeron tres uñas—incluida la del dedo gordo— atribuidas a un zapato mal ajustado. Mismas que cubrió con vaselina prestada—o comprada, qué sé yo—y unas curitas de caricaturas compradas en la farmacia más cercana con tal de seguir bailando.
Lo que más le dolía sin embargo, era la cabeza de tanto esfuerzo y de sentir como, entre sus cabellos arrubiados por el tinte de hace tres días, se aferraba la corona de su desdicha; esa que le dieron escasas horas atrás, cuando todavía la palabra “carnaval” traía consigo los recuerdos gratos de febreros pasados—esos que solo el olvido podría restaurar en unos cuantos años o el partir de su isla natal podría otorgarle, por la virtud siempre oculta de la distancia—.
Esa jodida y maldita corona que le quedaba pequeña y, más que alegría, venía plagada con pesares: esos que nunca había, siquiera, pensado, podrían ser una posibilidad. Así, frente al espejo, veía aquel trofeo que decía, a su reverso, en palabras diminutas—palabras que María jamás llegó a ver—“Reina de la Alegría” y debajo del título insensato, “Chimilquiapan; 2024”—lo primero, un eufemismo local para el segundo lugar que le otorgaron los votos del pueblo; lo segundo, el lugar de su derrota que, hasta entonces, veía con el más profundo de los afectos—. Por tan solo veinte votos—cuyos nombres, probablemente, conocía—, se había quedado sin el título a secas de la soberanía carnavalera. Grave ironía; la monarquía llegaba por democracia.
Esa corona, aún sobre de ella, que le recordaba un innegable fracaso, dolía más sobre su alma que todos los males acumulados en los años tan contados de su vida hasta ese momento. Los momentos más dulces de su niñez, todos relacionados con el carnaval, iban reescribiéndose como un calvario; una de esas letanías afines a las de una vaca pensando en los pastizales donde dejaron andar antes de entrar al matadero. Primero, sin duda, los recuerdos que tenía no por cuenta propia, sino por haberlos visto en un par de fotografías y haberlos escuchado de boca de familiares innumerables; ir en carriola a su primer paseo, ponerse su primer disfraz cuando aún usaba pañal. Luego, esos más sinceros que iba otorgando la edad, como su primera comparsa—Los Danzantes de la Luna—o su coronación como reina infantil antes, siquiera, de haber terminado la primaria. Por último, los últimos meses repitiéndose en secuencia una y otra vez; tratando de encontrar error alguno: las promesas que todo saldría a a su favor; la certeza—ahora falaz—de que su familia había comprado suficientes votos a su favor—pues en el carnaval, como en la monarquía, la corona no la da Dios; la gana el mejor postor—. Solo el olvido de los años podría eliminar tantos recuerdos.
¿Qué le quedaba entonces, más que llorar y contemplar las mentiras del destino; ese que le habían prometido? Era inevitable. En una isla tan pequeña como Chimilquiapan, no había más opción que la de aferrarse a las tradiciones—o bueno, estaba, a su vez, el vivir encerrado o pasarse las horas frente al mar, aunque ningún isleño de verdad caería en esos caminos tan impropios—. No había de otra; como a tantas chicas antes de ella en Chimilquiapan, le impusieron, sus padres, el carnaval. Eso sin saber que, tantos años después, frente a un espejo mal colgado y un foco singular que iluminaba, intermitentemente, el baño compartido con su hermana, María se arrancaría la corona de la derrota, perforando, hasta entonces, su cráneo como espinas—con ella, un puñado de cabellos—y la estrellaría contra la pared frente suyo.
Ella no escuchó el estruendo de vidrio roto que resultó de su enojo; ese que llevó a su madre, decepcionada tras la ceremonia de coronación, a preguntar, desde la sala, con un grito plagado de fatiga, «Mer, ¿estás bien?». No, a sus oídos solo llegaba el pitido agudo que resultaba de escuchar música a tan alto volumen por horas sin contar, mientras que en su mente: «Damas y caballeros»—resonaban—«niños y niñas»—todavía—«con trescientos veinte votos»—el sonido—«la siguiente reina»—que marcaban—«del carnaval de Chimilquiapan»—su derrota—«es...»—; su cruel derrota.
Así que contestó, solo tras llegar otro grito soporado, «Sí, mamá, solo se me cayó el perfume»—ese que se acabó hace unos días y había tirado ya su botella a la basura. Fue entonces que sintió el primer sollozo de su llanto.
Carajo. Tantos años de promesas entre bailes; tantos votos dizque ganados; sutiles saludos donde ya la llamaban «reina» aún sin el título. Tanto intentar para que, al final, recibiera una corona como símbolo de su derrota y la irracional expectativa que debía de usarla una semana entera por el bien común del carnaval. Una corona rota en mil pedazos, eso es lo que quedaba. Una corona, de la que se había desecho y la maldita diamantina que le cubría, todavía, el cuerpo desnudo. Su cuerpo esbelto en exceso por los nervios que la carcomieron hasta entonces y la presión de verse perfecta—sinónimo de flaca—ante tantos espectadores cómodamente sentados; sin necesidad de moverse.
Aún deseando que se desvaneciera ese último vestigio de su aflicción, la diamantina seguía. Indomable a diferencia de la corona; inesquivable. Cuando había recuperado sus fuerzas, se hizo el nuevo objeto de su furia al no poderla dirigir a la isla entera. La atacó con una barra de jabón con tanta fuerza que la piel suya se puso roja cual fierro al fuego. Que arrancó desesperada, esas diminutas partículas con las puntas de sus uñas de acrílico. Hizo todo por deshacerse de ese último recuerdo carnavalero, ignorando que, mañana, estaba citada en el Palacio Municipal para otro evento. Que tendría que ponerse el disfraz de nuevo y fingir gratitud con la gente que le había arrebatado su sueño. Que debía reparar su corona—como hizo su madre, la mañana siguiente, con pegamento—y desfilar por el malecón en un carro alegórico pagado, en parte, con su fondo universitario.
Lo único que quería entonces era olvidarse del carnaval—olvidarse de Chimilquiapan—y ver su cuerpo propio; su cuerpo sin destellos. Como si fuera solo una mujer y no los rescoldos de tantos bailes sonambuleando hacia el fracaso. Por eso, he de suponer, talló tan fuerte cuando caía, sobre su cuerpo, el agua caliente de la regadera. Cerraba los ojos al hacerlo. Quería olvidarlo todo. Raspaba, entonces, con fuerza. Quería que todo desapareciera. Más fuerte. Que todo. Tallaba. No fuera. Lavaba. Más que un sueño cruel.
Cuando abrió los ojos de nuevo, vio cómo aún quedaban pedazos de diamantina sobre de sí. A pesar de su fuerza—de sus deseos—, el carnaval seguía ahí, mientras corría, desenfrenada, el agua sobre su cuerpo.
No pudo hacer otra cosa que resignarse al llanto callado, tomando nota de cómo el destino le negaba su libertad. Lloró otra hora en su regadera percatándose, entre sollozos, de la crueldad más sutil del carnaval. Por años, le había hecho creer que el destino estaba de su lado y no del azar. Ahora, cuando es momento de enfrentarse a la realidad, el carnaval la obligaba a toparse con el destino cara a cara y hacerlo, como el nombre de su título sugería, con una sonrisa; con alegría sin igual. En su afán de festejo, la había preparado para la única batalla que no podía ganar; la batalla contra el destino. Ahora, en la derrota, como en la vida, estaba obligada a participar.
Concluyendo que de nada servían los llantos, cerró la llave y buscó su toalla. Sin mayor sentimiento, quitó todo rastro de maquillaje combinado con sus lágrimas y comenzó la marcha predestinada, hasta ese momento ignorada.
Viéndose al espejo, supo que era María Alejo. Pero, también, era Reina de la Alegría. Aunque quisiera quedarse, por siempre, llorando, mañana tenía que bailar. Sus deseos y sueños no eran nada contra el peso de la costumbre.
El carnaval debía continuar.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo.




