Relatos de la frontera
Sobre la migración, el tesón y la crueldad
Esta crónica fue escrita por Marina de la Sierra. Puedes leer más de la autora y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.
La cotidianeidad de la vida fronteriza entre Guatemala y México revela, primero, que no somos tan diferentes como pensamos; luego, que nuestras diferencias tienden a exagerarse a razón de una línea impuesta que se ha trazado y fortificado, asimétricamente, alrededor de la prosperidad; tercero, que los privilegios o pesares que surgen por nacer de tal o cual lado de la frontera caen sobre una total arbitrariedad moral semejante a los privilegios feudales de tiempos pasados.
El sentimiento de vivir en la entrada a México significa, para muchos chapines—como se autodenominan los guatemaltecos—, vivir el comienzo de un recorrido hostil, que se interpone entre ellos y el sueño americano. Significa, también, estar continuamente conscientes de la posibilidad de realizarlo: de ello les recuerdan los retornados; los que ahorran para emprender el viaje; los que reciben dinero de fuera y fotos de Houston o Los Ángeles; los que vienen del sur y se encuentran a la mitad del camino. Fuera de una pequeña élite—generalmente capitalina o de lo contrario terrateniente—, que envía a sus hijos e hijas a estudiar en universidades estadounidenses, que viaja una vez al año al extranjero y que tarda no más de seis horas en pisar otro país, la imagen de ese recorrido y lo que cuesta cruzarlo atraviesa la vida del chapín profundamente.
En este punto de contraste y tensión entre dos realidades institucionales, pero con un contraste cultural menos marcado, nos hemos dividido categóricamente según nuestra ubicación en relación a una línea imaginaria—es ahí donde ciertos aspectos de nuestra vida diaria y nuestra propia supervivencia resaltan—. Comprender cómo el poder económico-espacial construye formas de vida, visualizar la manera en la que las asimetrías materiales movilizan personas y aproximarnos a algo así como la justicia nos invita también a acercarnos a las personas cuyas vidas han sido más trastocadas por la posibilidad de franquear fronteras.
Adelante, una serie de tres relatos.
I. Mi’n Pon B’aj1
A menos de dos kilómetros de sus plazas principales, el Río Suchiate parte en dos lo que algún día fue uno. De un lado, Tecún Umán, en el municipio de Ayutla, San Marcos, Guatemala. Cruzando, Ciudad Hidalgo, en el municipio de Suchiate, Chiapas, México. Ambas demarcaciones muestran índices de desarrollo humano, en promedio, similares, con altos porcentajes de población en pobreza y alta marginación—especialmente en el caso de la población rural e indígena—. La diferencia es que, mientras que Chiapas se posiciona como el estado con mayor pobreza y marginación de México, en Guatemala, San Marcos no figura ni siquiera dentro de los cinco departamentos con mayor nivel de pobreza en el país. Lo que las estadísticas no dicen es que, para los habitantes de Tecún, subir a Tapachula, en Chiapas, significa transitar carreteras mínimamente señalizadas e iluminadas, acceder a servicios médicos de mayor calidad, comprar medicinas que el otro lado no abastece en ningún municipio cercano y tener la seguridad de que las reglas de tránsito se aplican, cuando menos, un poquito.
En Tecún, casi cada tres o cuatro cuadras, se escucha a alguien predicando sermones cristianos, desesperadamente, con un micrófono y una bocina. Se escuchan gallos y guajolotes, la venta de atole, pan y tamales, música de banda y regional mexicana, el sonido de las motos. Los triciclos—carretas que fungen como el principal medio de transporte—levantan el polvo de las calles medio pavimentadas, las motos se cruzan cargando, casi siempre, a más de una persona. Abundan las casas de cambio, las casas de empeño, las pacas de ropa y los locales para hacer llamadas internacionales: USA, México, El Salvador, Honduras.
Los policías municipales rondan cerca de MoneyGram y Western Union, atentos a las remesas y a sus destinatarios. Antes de las lluvias, que empiezan en mayo y terminan en noviembre, el río prácticamente se cruza caminando si uno está dispuesto a mojarse hasta las rodillas; si no, diez quetzales (poco más de un dólar) bastan para cruzar flotando en madera y llantas de hule. Los niños juegan en el Suchiate. La Guardia Nacional mexicana observa, tranquilamente, lo que ha llegado a llamarse El Paso del Coyote: la entrada a México por fuera del cruce fronterizo peatonal oficial. La mayoría de los sanmarquenses portan su Tarjeta de Visitante Regional, que les permite cruzar, hacer compras, visitas médicas o solo pasearse por el sur de México— las redadas, los cateos, los asaltos y las detenciones no comienzan, generalmente, hasta subir a Tapachula—.
Los migrantes cruzan, observan, miden, regresan, discuten, planean, rezan. La humedad y el calor sofocan. El polvo de Tecún, aislado del verdor de la constante primavera guatemalteca, condenado al destino casi inescapable de la ciudad-frontera, se siente denso en la garganta.
La atención a la población migrante ha sido delegada, en gran parte, a la caridad común. En la orilla del río, la iglesia católica, a través de los Misioneros de San Carlos scalabrinianos, fundó la Casa del Migrante Mi’n Pon B’aj (en idioma mam, «sin límites» o «sin fronteras»). Desde su fundación, guatemaltecos, hondureños y salvadoreños son quienes más la utilizan, de ida y de regreso (cuando son deportados y regresan en camiones apachurrados, tristes). Los nicaragüenses, haitianos y venezolanos se presentan cada vez más, según cuentan quienes trabajan ahí. Pero por la puerta, color verde pino con una pequeña ventanilla para ver quién timbra, han entrado también brasileños, ecuatorianos, chinos, sirios, palestinos, peruanos, congoleses, pakistaníes, afganos, costarricenses, ghaneses, colombianos, filipinos, panameños, indonesios y así, cientos de fronteras se han cruzado, cientos de bordes se han franqueado, de alguna u otra forma, para llegar a este.
El albergue da ropa, comida, medicinas, atención legal y médica, colchonetas, insumos de higiene personal, baños, internet, llamadas y, en general, un espacio seguro para descansar y planear el siguiente paso hacia el norte o hacia el retorno. Se sostiene, por una parte, con donaciones, tanto de insumos como de trabajo: todos en Guatemala saben lo difícil que es migrar (todos somos migrantes) y los sanmarquenses envían desde ropa hasta personas voluntarias para cocinar.
Pero el trabajo más exhaustivo lo ejecutan los pocos empleados del albergue que, como ellos, nunca descansa (en Guatemala hacemos cualquier cosa por unos cuantos quetzales; si mi familia come, es gracias a los migrantes). Acostumbrados al sonido del timbre todo el día y toda la noche, la Casa del Migrante Mi’n Pon B’aj recibe a los migrantes exhaustos: grupos de hasta 30 personas a la vez, primos en búsqueda de un familiar, madres que viajan con sus hijos, mujeres embarazadas, familias agotadas, parejas que se hacen en el camino, personas con poco español que se comunican con señas, grupos alegres de hombres jóvenes o de repente, un solitario. Rechazan a quienes huelen a alcohol y arrastran las palabras, a los coyotes disfrazados que han sido descubiertos, a menores no acompañados y, cuando no hay mucho espacio, al típico local, embriagado por el efecto ciudad-frontera, que se hace pasar por migrante para tener donde pasar la noche.
Al poco tiempo de estar ahí, se puede generalizar que, cuando se habla de las motivaciones para emigrar, los hondureños y salvadoreños hablan de huir de las pandillas y la violencia. Los nicaragüenses, de la persecución política. Los venezolanos resienten la crisis generalizada de su país, pero también los impulsan los prospectos de asilo que el gobierno de Estados Unidos promete con su típico estilo de chantaje político, antes de echarse para atrás. Los chapines y los haitianos hablan de escapar, más que nada, de la pobreza y el desempleo. Todos, casi, escapan del trabajo precario.
Hay quienes ya han cruzado antes, pero regresan por algún evento importante—como la muerte de algún familiar— y deciden emprender el viaje de nuevo. Hay los que, habiéndose establecido en Estados Unidos, regresan para ayudar a sus familiares a pasar. Los que pasaron mucho tiempo atrás, por lo general, recuerdan con desesperanza: antes era más sencillo, ahora, sin coyote, uno no pasa. Hay quienes han sido deportados de México o Estados Unidos una o dos veces y deciden jugársela una última. Hay quienes han sido detenidos en la Estación Migratoria Siglo XXI en Tapachula o secuestrados por algún cártel y se sientan, en desesperanza, a pensar si todo eso vale la pena.
Hay quienes se conforman con salir de Centroamérica y discuten con las personas venezolanas sobre qué país está peor— reclaman, si está tan mal Venezuela, ¿por qué no se quedan en Honduras o Guatemala?—. Hay quienes se arrepienten (si yo hubiera sabido lo difícil que era el viaje no lo hacía, menos con las niñas). La gran mayoría, en su paso por Guatemala, han sido asaltados por policías. La gran mayoría sabe también que, si llegan a Estados Unidos, no van a nada más que a trabajar, a veces más de lo que trabajaban en sus países, pero lo importante es que ahí sí retribuye. A pesar de saberlo, son precavidos: así como se gana, se gasta.
El ambiente dentro de la Casa del Migrante es muy alegre. Los migrantes, a pesar de todo, tienen esperanza y ánimo y, sobre todo, fuerza. El patio central no se usa mucho durante el día porque el sol no lo permite, pero en las noches es el centro de reuniones. En los viejos columpios, los niños ríen, sin advertir las preocupaciones de sus papás. Juegan juntos, sin preguntarse desde dónde viene cada quien y hacia dónde van. En las pilas se lava la ropa, los trapos de la cocina y se bañan los bebés. En la azotea cuelgan infinitas sábanas después de interminables rondas de lavado y se secan más rápido de lo que uno tarda en colgarlas. Un gato negro descansa siempre en la sombra de un árbol de mangos que los migrantes disfrutan con sal y limón. Siempre hay música y siempre hay quienes no pueden escucharla sin bailar.
La gente va y viene; desde la pandemia, la regla general es que las personas que llegan deben irse un día después. Quien permite alargar la estancia, tras un análisis meticuloso de cada caso particular, es Ivonne, la trabajadora social. Durante las entrevistas que hace a cada nuevo ingreso, en una pequeña oficina a un lado de los baños de hombres, escucha las historias del continente americano. Calma llantos, distrae con juguetes a los niños, entrega víveres, canaliza a las oficinas de asesoría jurídica, a ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), Tierra Nueva o la Procuraduría de la Niñez: explica que nosotros no somos Migración, aquí nadie te va a deportar, pero tampoco podemos ayudarte a cruzar. Es buena identificando líderes naturales y les pide, siempre con éxito, que le ayuden a dirigir a los grupos al comedor durante las horas de comidas, a hacer limpieza en cada parte de la casa, sacar la basura o ir a recoger banano; a cambio, les permite a los buenos voluntarios más días de estancia. Su puesto, como todos los demás, es dinámico: hay veces que, junto con Allison, la secretaria, tiene que encargarse de cocinar, lavar sábanas o hacer limpieza. En una casa así, siempre se necesitan más manos.
Ivonne es madre soltera. Vive con su hija, su hermana, su sobrina y su mamá en una aldea a casi 15 kilómetros de la casa. Tiene que tomar dos triciclos y un camión para llegar al trabajo todos los días; su horario de salida es a las cinco de la tarde, pero por la carga de trabajo, se va siempre pasando las seis. Cuando hay eventos inesperados, caravanas o celebraciones, se queda a dormir en uno de los cuartos que tiene la casa en el área donde duerme el director, un joven cura nacido en Perú. Siempre dice que, a pesar de las dificultades y el enorme peso que carga, su trabajo le apasiona. Sabe que ser migrante no es algo lejano a sus posibilidades.2 En sus tardes libres baila danzas folclóricas. Tiene dos primos en Estados Unidos que le envían, una vez al año, zapatos o blusas de calidad. Los demás trabajadores de la casa, como Allison, discuten con ella por defender a los migrantes, hasta a los que se portan mal. No es raro que algún migrante, a la hora de partir, le obsequie algo que decide no llevar consigo, como agradecimiento: una pulserita, una libreta, una bolsita de café de Honduras, un pequeño adorno que cargaban por el puro valor sentimental. Ivonne los guarda en su oficina. Siempre está riendo.
Los migrantes deben comenzar las comidas con una oración, enunciada por algún voluntario. Agradecen a quienes han puesto el plato lleno frente a ellos, piden fuerza y protección a quienes recorrerán el camino.
La cocina es, tal vez, el punto de mayor tensión en la casa—calcular la comida del día es un arte que solamente la encargada de la cocina, Carmen, después de once años atendiendo migrantes, ha llegado a dominar. Se ha acostumbrado a que, por las tardes, cuando todo parece estar tranquilo, Noé, quien trabaja en la oficina de atención de la Casa del Migrante en el Centro de Recepción de Retornados, le avise que llegaron dos camiones llenos de deportados desde México. Entonces, a ingeniárselas: huevo cocido, más arroz, más tamales, frijoles del día anterior, pasta; pero nadie, nunca, se queda sin comer.
Es de suma importancia, además, dar parejo. Ella tiene cuatro hijos, trabaja de lunes a sábado y, cuando no hay voluntarios que la cubran, llega a trabajar con sus hijos los domingos. Vive a quince minutos en bicicleta de la casa, pero después de sufrir un atropello de una motocicleta que no la vio pedaleando en la carretera una noche después del trabajo, prefiere pedir aventón o caminar. Su esposo, un guardia de seguridad de la enorme finca de banano y palma aceitera en la costa de Ocós, llega a la casa para acompañarla en el regreso cuando no consigue quien la lleve. Hablan de emprender su camino hacia Estados Unidos cuando logren pagar sus deudas y ahorrar.3 Él la ayuda con los últimos quehaceres del día en el albergue, su presencia es familiar y bien recibida entre el resto del personal. Sus hijos, se dicen entre ellos, pronto serán mayores de edad y emprenderán su propio camino; por lo pronto, el mayor se entrena para ser policía, las dos de en medio son disciplinadas para la escuela y el menor, más rebelde, llega los sábados a pintar los muros viejos del albergue como castigo por juntarse con la gente equivocada.
Cuando hay comidas para el personal de la casa o invitados del cura, Carmen se encarga de atenderlos, así como atiende al padre diariamente: limpia su casa, lava y plancha su ropa y le cocina su almuerzo personal. A su parecer, lo más difícil de su trabajo no es lavar las inmensas ollas con arroz pegado, ni picar vegetales toda la mañana, tampoco limpiar los refrigeradores con pollo congelado; el verdadero reto es organizarse para cocinar los alimentos según su fecha de vencimiento y lidiar con el temperamento inestable del cura. Estropear comida es lo peor que puede pasar, aunque a veces, por desaciertos naturales y la permanente incertidumbre del arribo de viajeros, sea inevitable. El padre mantiene apretadas las finanzas de la casa con un estricto control de los gastos y, por consecuencia, del trabajo de Carmen.
El buen comportamiento y la colaboración se premian bien, porque permite la flexibilidad de las reglas, aunque a espaldas del padre (en caso de ganarse la confianza del personal, un migrante puede sentarse en la mesa con ellos durante el almuerzo y comer un par de tortillas, entrar a la cocina por sal y limón para condimentar sus antojos, salir a la tienda discretamente fuera de horario, repartir las colchonetas en donde duermen los hombres en la noche y escoger la suya; si tiene mucha suerte, hasta usar las regaderas fuera del horario).
El asistente de trabajo social, David, se encarga de la casa oficialmente a partir de las cinco de la tarde y hasta las nueve de la mañana del día siguiente. Es un supervisor firme, aunque simpático y comprensivo. No tolera el cigarro, el acoso o las peleas. Su cuarto está a un lado de los dormitorios para mujeres; debe permanecer despierto hasta las diez de la noche atento al timbre y a lo que necesiten los migrantes, pero casi nunca se acuesta sino hasta la medianoche porque le pesa demasiado la responsabilidad. No duerme profundamente, sino que se mantiene alerta con una linterna a la mano. Sabe que hay espíritus rondando, o eso dice, porque la muerte está cerca: en el río han muerto muchos migrantes y la casa antes era un basurero donde, según cuenta, tiraban cuerpos. De cualquier forma, no siente miedo: su trabajo anterior, de conductor de camiones de carga, era mucho peor. Es experto en cocinar el atole en las mañanas y le sonroja que se lo digan; es bromista con todo el mundo y cariñoso con sus amigos. Es, sin duda, el que aliviana el ambiente entre sus compañeros.
Los sábados toma el lugar de la trabajadora social y, como se queda desde la noche anterior, llegan sus hijas por la mañana en motocicleta, de 15 y 11 años de edad, a dejarle ropa limpia y una Coca Cola fría. Cuando sabe que la vigilancia de Migración se intensifica en Tapachula, accede a levantarse en la madrugada para dejar a los migrantes salir antes de que amanezca para darles ventaja, a pesar de que la hora de salida oficial es a partir de las seis de la mañana. Él sabe, de primera mano, lo difícil que es migrar.4 Conoce bien las rutas y los aconseja. Siempre está atento a las conversaciones de los migrantes para ver si descubre a algún coyote, encubierto, intentando conseguir clientes. Toma con mucha seriedad su trabajo y aunque sabe que por ello se ha ganado la confianza del padre, le incomoda recibir más beneficios de los que reciben sus compañeros.
Quienes llevan suficiente tiempo trabajando en la casa recuerdan al padre Ademar, quien fue el que la fundó 25 años atrás. Lo describen como un brasileño tosco y malhumorado; señalan siempre que los padres van y vienen, quienes nos quedamos somos nosotros.
Al parecer hay un común denominador entre todos los curas que han llegado a dirigir la casa: desarrollan, tarde o temprano, el vicio de beber regularmente. Y es que Tecún Umán es una ciudad particularmente hostil para realizar actividades recreativas: no se recomienda estar fuera de noche, se aconseja ser prudente con lo que se habla en las calles, no responder al acoso callejero, no hablar de los narcos o de los políticos en voz alta cuando uno va a un puesto de comida o restaurante, mantener distancia de los militares, procurar no embriagarse en la calle a riesgo de ser llevado al anexo El Buen Samaritano, donde entra la gente pero no se sabe si sale. Antes, dicen en la Casa, Tecún era mucho peor, hasta que llegó El Pocho, el exalcalde que «limpió» las calles inundadas de «adictos, locos y delincuentes». El Pocho nunca disimuló sus nexos y negocios con el Cártel de Sinaloa. Murió de cáncer poco después de entregarse a la Administración para el Control de Drogas (DEA) de EE. UU. en el 2020, tras ser extraditado a ese país.
Lo mejor de Tecún no está en Tecún: a veinte minutos en carro, se llega a la costa de Ocós, donde el mar es caliente y agresivo y los atardeceres pintan el horizonte de rosa y naranja, lleno de gruesas palmas africanas y de banano. Los lunes el padre descansa y pasa el día en la playa. Los curas de las parroquias aledañas, el jefe de terreno de ACNUR, el finquero ultra rico de Ocós, algunos militares, jueces, aduaneros, cónsules, autoridades migratorias, tres jóvenes seminaristas, personal del ministerio público, un italiano ingenioso que dice haber formado parte de la Legión Extranjera Francesa y parece huir de alguien o algo, entre otras notables personalidades que usualmente rondan por las fronteras, también pasan de vez en cuando a la terraza del padre en la Casa del Migrante para tomar cerveza mientras los migrantes duermen o planean en silencio las movidas del día siguiente. Es mejor mantener buena relación con todos, afirma. Además, se intuye, ser parte de una comunidad marcada por el constante tránsito de personas conduce, inevitablemente, a la soledad.
II. Alexa Estefanía5
Alexa, risueña, bailaba mientras cocinaba el almuerzo. Era domingo y, como de costumbre, la Casa del Migrante no estaba demasiado llena, se escuchaba música de la iglesia evangélica que colinda con la casa y se sentía un aire de tranquilidad. La ventana frente al fregadero en la cocina da al patio trasero del área de hombres y algunos se acercaban, oliendo el pollo y el arroz, a preguntar a qué hora se come, a coquetear con las cocineras y a hablar de la comida en sus países.
Desde la llegada de Alexa, en la cocina se escuchaban gritos, reggaetón y risas. Su naturaleza viva y bromista hizo que, en menos de una semana, pudiera entrar y salir de la cocina con confianza, sentarse a comer con las cocineras después de servir a los demás migrantes, repartir colchonetas en la noche y dirigir la limpieza. Entre la ropa que llegaba de las donaciones encontró faldas, poco útiles para cualquiera recorriendo el continente en esas condiciones, pero que ella lucía con un abanico de mano y extensiones de pelo. Por su carácter, los demás migrantes la respetaban, a pesar de ser objeto de burlas de vez en cuando. Rápidamente, a pesar de confusiones iniciales, preguntas incómodas y unos cuantos comentarios de mala fe, consiguió que todos en la casa la llamaran, ya no por el nombre con el que se vio obligada a registrarse en la entrada al entregar su documento de identidad, sino con el que ella misma se bautizó: Alexa Estefanía. Con la rápida confianza que se obtiene cuando uno encuentra un hogar temporal entre la incertidumbre y dificultad, Alexa logró dar respuesta a las inquietudes y preguntas que el personal, poco a poco, externó sobre su identidad.
Alexa nació en Guastatoya—la cabecera del departamento El Progreso, en la región nororiental de Guatemala—, el primero de septiembre del 2001. A pesar de su juventud, siente que ha vivido más de una vez: describe su propia vida como una serie de sucesos dolorosos, con breves momentos bellos de vez en cuando. Su padre era agricultor en una pequeña parcela donde se cultivaba caña de azúcar, café, maíz y frutas; Alexa vivía con él, con su madre, quien era ama de casa, y sus dos hermanos menores.
Los ciclos de la agricultura eran inestables y nunca demasiado buenos, algo semejante a la relación de sus papás. Sobrevivían, cuenta Alexa, con lo indispensable. El campo se vaciaba cuando los hombres, la mayoría agricultores y ganaderos, se mudaban hacia la capital o hacia el norte y, de repente, quedaban solo las mujeres para ayudarse entre sí. Esto dejó una marca en el corazón de Alexa, quien se relaciona mejor, naturalmente, con las mujeres. El calor de Tecún no le molestaba tanto como el de Guastatoya—el clima allá es árido y seco y mucho peor que el tropical, cuenta ella—. Cuando cumplió 12 años, sus papás tuvieron una ruda separación y su abuela materna la adoptó, junto con sus dos hermanos. Como era el mayor—en ese entonces, aún usaba su nombre de nacimiento y ropa de hombre, pues era evidente la discriminación en su comunidad—tuvo que abandonar la escuela para apoyar con los gastos de la casa. Consiguió trabajo haciendo limpieza en casas, un trabajo que, a su parecer, era mal pagado y mal agradecido, pero era algo. Por razones que prefiere no relatar, nunca ha vuelto a ver a sus padres.
Cuando cumplió la mayoría de edad, en su mismo municipio, decidió entrar a la carrera técnica para convertirse en cultora de belleza. En este ambiente, un nuevo horizonte se desplegó ante ella: comenzó a maquillarse, usar extensiones de cabello y pelucas, vestirse con ropa ajustada, pintarse las uñas y a probar, aunque levemente, lo que sería una vida sin miedo. Su transición comenzó y, con ello, su imaginación se disparó. Se imaginaba trabajando, bajo un nuevo nombre, en su propia estética: Alexa Estefanía.
La realidad llegó. Mientras trabajaba en una estética, en la cual tenía prospectos de convertirse en socia, comenzaron las extorsiones. El Progreso, recuerda Alexa, es un departamento inseguro, con alta presencia de pandillas y cárteles que operan desde México hasta El Salvador. Cuando la agricultura y la ganadería ya no rinden y emigrar se vuelve muy costoso, muchos jóvenes voltean hacia esa oportunidad de trabajo que aparenta ser dinero fácil. Todos tienen sueños, suspira y muchos, tristemente, piensan que ese es el único camino.
Ella nunca se imaginó ser «de los que se van», pero cada día contemplaba más la posibilidad. Alexa comenzó a indagar con conocidos que habían intentado llegar y todos le dijeron, cautelosos, que tenga mucho cuidado, porque ahora ya no es como antes y las cosas se han puesto peor, tanto en México como en Estados Unidos. Al mismo tiempo, veía en redes la vida de muchos inmigrantes allá: podían, parecía, vivir más allá del miedo a no tener cómo sobrevivir, especialmente siendo parte de la comunidad LGBT. Decidió conseguir el teléfono de una tía, a quien nunca había conocido o contactado, con la única información de que vivía en Estados Unidos desde hace mucho tiempo y tenía papeles. Cuando se intensificaron las extorsiones, amenazas, demandas de derecho de piso y se intensificó la discriminación, cerrar la estética fue la única opción y, para ella, esa fue la señal para salir de Guatemala. Su tía le prometió ayudarle a pagar un coyote a cambio de que ella, llegando, no le ocasionara problemas y le ayudara con los gastos trabajando.
Alexa subió al norte por primera vez 16 días después de cumplir 20 años. No recuerda con claridad el trayecto, ni tiene muchas ganas de hacerlo. Lo que recuerda son momentos, aunque tiene poco claro el orden. Viajó en bus desde El Progreso hasta San Marcos; en Chiapas se reunió con el coyote y un grupo de personas que habían pagado un viaje también. El trayecto dependía de lo pagado—lo que ella pagó significó estar en un tráiler apretada junto con decenas de personas, caminar a ratos y estar mucho tiempo encerrada en bodegas, dormir en el suelo y comer poco—. Iba sola y no se detuvo en ningún albergue.
Recuerda que, ya en el norte de México, la Guardia Nacional les quitó, a ella y al resto del grupo, todo el dinero con el que cargaban, entre amenazas e intimidaciones. La desilusión y el cansancio comenzaban a pesar y muchos, como ella, decidieron entregarse en la frontera Miguel Alemán, cruzando por Tamaulipas, con la esperanza de ser admitidos por razones humanitarias. Después de un mes de trayectoria, no le quedaba mucha fuerza. Se equivocó.
Sin tan siquiera escuchar sus razones de estar ahí, la subieron a un avión rumbo a Guatemala. Encadenada de manos y pies, se sintió humillada, pensando que había intentado cruzar para huir de la delincuencia y ahora la trataban como criminal. Llegó a la capital y emprendió, sin pensarlo demasiado, un nuevo viaje a la frontera. Cuando le pagas a un coyote, explica Alexa, tienes tres oportunidades para intentar cruzar. Fue por la segunda.
La segunda vez, el coyote le pidió guiar el camino al resto del grupo, ya que ella tenía experiencia cruzando. Eran alrededor de 40 personas y ella, desconfiada como los demás, orientaba al grupo. Más tráileres, más bodegas, más asaltos. Cuando llegó a Monterrey, el coyote, un hombre de mediana edad, irritable, con ojos marrones y afilados, la amenazó con entregarla al narco si no pagaba más. Alexa sintió cómo todo se desmoronó.
El miedo que sentía en Guastatoya no era como el miedo que se apoderó de ella en Monterrey: aquí no soy nadie, pensó. Con pocas alternativas, le habló a su tía para pedirle más dinero y ella, abrumada por los gastos, no quiso enviarle más.
Enseguida, Alexa percibió la ya conocida soledad, pero ella es inteligente y, desde los 12 años, completamente independiente. Sabe cuidarse y sabe sobrepasar obstáculos. Entre los dueños de las bodegas y los migrantes que conoció en el camino, consiguió contactar a un nuevo coyote, que la llevó a Nuevo Laredo por poco dinero. Ahí escaló el muro, esta vez sin ninguna intención de entregarse. Ya del otro lado, caminó media hora, sintiendo un agujero en el estómago, nudos en la garganta y una presión insoportable en el pecho.
No sabía a dónde ir y tenía muy presente que ningún rincón de la frontera está sin vigilarse, así como la crueldad e incomprensión de los policías estadounidenses. Mientras procuraba calmarse para resolver sus siguientes pasos, un policía fronterizo la detuvo, hablándole en inglés. Ella, intentando explicar algo, solamente comprendía cuando él le repetía que no entiende nada y que, I don’t care, se va de regreso a su país. El policía la condujo a las «hieleras»6, donde pasó cuatro días, casi sin dormir, acostada en una banca de cemento. Había muchos migrantes, recuerda, algunos empapados por cruzar el Río Bravo, que resentían más las bajas temperaturas. Las luces blancas nunca se apagaron. Alexa rezó. Cuando la sacaron de ahí para deportarla de nuevo, un policía que hablaba español la tomó bruscamente del brazo: da gracias a Dios que vas de regreso a tu país.
Alexa caminaba con cadenas en las manos y los pies, igual que el resto de los chapines que llenaban el avión. Llegando a Guatemala pensó en rendirse, pero no, se dijo a sí misma, esta vez voy sola. Pasó unos meses en la capital trabajando para poder pagar el viaje una vez más y, a pesar de juntar muy poco, desesperada, tomó un bus que tardó poco más de cuatro horas en llegar a Tecún Umán. Un martes por la mañana, llegó a la puerta de la Casa del Migrante.
Quería analizar sus opciones, esperar un rato, hablar con otra gente. Al llegar, rápidamente se encariñó con la trabajadora social, quien la tranquilizó y le dijo que, siempre y cuando cumpliera con las reglas de la casa y apoyara al personal, se podía quedar hasta decidir qué hacer. De no contarla, nadie se hubiera imaginado su trayectoria: se mostraba segura, animada y agradecida, a pesar de sentirse perdida y angustiada. Mientras bailaba cocinando ese domingo soleado, cada vez que hacíamos agua de carambola o de horchata, cada vez que trapeábamos el comedor y colgábamos sábanas, todos esos días que salimos a dar la vuelta por la plaza para comprar mangos enchilados y pupusas, mientras nos reíamos discretamente de la amplia gama de personajes que pasaban por la casa, Alexa se preocupaba en silencio. Pasó quince días en la casa que hoy recuerda con amor; despedirse, dice Alexa, le costó trabajo, pero llegó el momento en que tuvo que emprender su viaje por última vez.
Cruzó el Suchiate con diez quetzales y tomó una combi de Ciudad Hidalgo a Tapachula, en donde sufrió un asalto. Quedándose sin dinero, pensó en regresar, pero una mexicana que iba sentada junto a ella le ofreció el piso de su casa para pasar la noche.
Sin dinero, sin comer, al día siguiente, Alexa fue a las oficinas de migración en Tapachula para solicitar una visa humanitaria, como le recomendó la trabajadora social de la Casa del Migrante. Moviéndose de un lugar a otro, encontró trabajo en un minibar. Le pidió a la mujer del camión que la dejara quedarse hasta que le pagaran, pero después de una semana de trabajar, se dio cuenta que el dueño no quería pagarle y la amenazaba con hablarle a migración. Resolvió, entonces, que haría la limpieza en la casa de la mujer que la acogió hasta encontrar algo más.
Después de un mes, obtuvo la visa humanitaria y consiguió trabajo como camarera. Tranquilizada por cómo se acomodaba todo a su alrededor, trabajó otro mes en lo que ahorró para un pasaje hasta Tijuana. Llegando, intentó procesar una solicitud de asilo en Estados Unidos y encontró un albergue para personas trans llamado el Jardín De Las Mariposas. Sintiéndose más segura y repuesta, alegrando el ambiente como lo hizo en el albergue de Tecún Umán, pasó dos meses esperando que le notificaran si podría cruzar. Pasado ese tiempo, le informaron que en Tijuana cerraron los procesos de asilo para Estados Unidos y tendría que movilizarse a Mexicali; sin dudarlo, se trasladó. En Mexicali pasó dos semanas hasta que, finalmente, la entrevistaron y le dieron la oportunidad de entrar a Estados Unidos para un proceso de consideración de refugio, bajo la condición de que entregara los datos de algún sponsor que cubriera sus gastos, puesto que no le otorgaron permiso para trabajar. Su tía aceptó recibirla.
El clima es frío en Seattle, Washington y eso que ni siquiera ha llegado el invierno. Claro que se extraña el calor, pero de eso me quejaba todo el tiempo estando allá, dice Alexa, riendo. Integrarse no ha sido fácil—la comida no le gusta, todo es comida rápida, comprada, no es la comida recién cosechada a la que ella está acostumbrada—. El inglés es difícil, la gente es distante, su humor es poco comprendido. Su impresión, al poco tiempo de estar ahí, es que es un país de reglas y uno tiene que acoplarse. A pesar de ello, sabe que tiene que encontrar un trabajo, aún sin el permiso de hacerlo y aunque signifique ponerse en riesgo. Nadie la va a mantener.
El riesgo, comenta, es costumbre. Sabe que, como el dueño del minibar en Tapachula, hay quienes se van a aprovechar de ella por ser migrante, pero también sabe que Guatemala está peor. Ahí viste como quiere, se maquilla, usa su nuevo nombre. Habla regularmente con sus hermanos y su abuela; los extraña, pero se siente aliviada de estar en donde está y poder ser quien es. Su fecha de audiencia en la corte migratoria es en mayo del 2024 y tendrá que ir ante un juez para resolver su estatus. Su plan, por ahora, es empezar una nueva vida. A pesar de los golpes, si uno tiene la fe y el entusiasmo para cumplir un objetivo, lo puede lograr, dice Alexa, inspirada. El ser humano es muy inteligente y puede alcanzar su destino, pero siempre con la ayuda de Dios.
III. Activismo en el altiplano7
Manejando dos horas al noreste de Tecún Umán, subiendo al altiplano, se llega a la cabecera del departamento—la ciudad de San Marcos—. Es el primer viernes del mes y según lo establecido, se lleva a cabo la junta pastoral de la diócesis. En un salón colindando con la parroquia, rodeado de nubes y montes, se reúnen los 17 representantes de cada parroquia que forma parte de la pastoral de movilidad humana.8 El frío y la neblina que humedece ligeramente el aire se siente en los huesos, especialmente cuando uno viene del clima tropical de Tecún. Es un día de febrero a las siete de la mañana, el mes y la hora de temperaturas más bajas, y los chapines toman atole para amortiguarlo.
Familiares, amigos y demás activistas comunitarios acompañan a los representantes. Las mujeres usan faldas y medias y los hombres pantalón y rompevientos. Se sientan en un círculo mientras el padre, director de la Casa del Migrante y líder de la pastoral para la diócesis de San Marcos, inicia la reunión con una oración.
Lo primero en la agenda a discutir es el caso de Egon Hidalgo Salvador, abogado notario, trabajador de la pastoral, activista y colaborador de la Casa del Migrante. Bien conocido por la comunidad de San Marcos, Egon fue exhibido ante el resto del país después de un circo mediático que lo mostró detenido y rodeado de patrullas, policías y a bordo de un helicóptero que luego lo llevó a un penal en la Ciudad de Guatemala.
Egon fue vinculado a proceso por el delito de «falsedad ideológica», es decir, de otorgar declaraciones falsas sobre un hecho en un documento público, al ser acusado de formar parte de una estructura de coyotaje implicada en el tráfico de 16 guatemaltecos del municipio de Comitancillo, que fueron masacrados y calcinados en Tamaulipas, México, el 22 de enero de 2021. La prueba del gobierno, según lo comentado en la asamblea, es que Egon, como notario, acreditó las escrituras de un terreno a un coyote, también detenido, que utilizó el terreno como cobro del tráfico.
La información no es nueva para nadie: los detalles del suceso circularon rápido, de boca en boca, por la comunidad. En el eco del salón se oyen quejas y protestas y se percibe la ansiedad. Todos quieren hablar. El padre da la palabra a Celeste, abogada líder de la pastoral, vieja amiga de Egon y activista, quien declara: la ONU ha presionado al gobierno de Guatemala para mostrar evidencia de que está investigando el caso y persiguiendo a los culpables; el gobierno, a falta de una verdadera investigación, responde orquestando montajes en medios sobre la detención de culpables fabricados, incluyendo a un defensor de los derechos de los migrantes que ha denunciado abiertamente las estructuras de coyotaje en Guatemala. Los peces gordos quedan libres y a nadie le importa, responde el cura.
Ahí, nadie duda de la inocencia de Egon, quien, desde hace más de 20 años, ha recibido amenazas de desaparición y muerte por parte de grupos involucrados en el coyotaje y ha recibido el respaldo de organizaciones como Amnistía Internacional. El resto de los participantes en la asamblea deliberan si deben pronunciarse al respecto como organización. Preocupados por las consecuencias de ese pronunciamiento sobre el juicio, resuelven que, por ahora, deben orar. Se impone un religioso silencio sobre el salón.
Luego, hay desdén hacia los medios y el gobierno, se habla de los nexos de las redes de coyotaje con cárteles más grandes y se cierra de nuevo recalcando la honestidad de Egon. Entre todos, juntan dinero para mandarle a su esposa y que ella lo envíe al penal, para asegurarse de que esté protegido dentro. Se escucha decir, más de una vez, algo por el estilo de: si lo hicieron con Jesús, cómo no lo harán con nosotros.
Después de largas deliberaciones, pasan al siguiente punto en la agenda: el viacrucis del migrante, una procesión que se hace desde la entrada del municipio de Ayutla hasta el Suchiate, organizada por la Casa del Migrante y donde participan migrantes, el arzobispo, activistas y estudiantes. El grupo, en general, está indignado, pues ha sido cancelado los últimos dos años por la pandemia y este año, el arzobispo, ausente, piensa que es mejor posponerlo una vez más.
Al escuchar eso, un hombre de mediana edad, tez morena y voz imponente pide la palabra. Se presenta como el Lic. Duarle y, entusiasmado, manifiesta: el pueblo hace a la parroquia y el sacerdote no existe sin el pueblo. En resumen: los sacerdotes van y vienen, quien debe decidir sobre sus asuntos es la propia comunidad. Aboga por organizarse, democratizar y eliminar las jerarquías marcadas de la diócesis, aunque más sutilmente, al ver rostros consternados. Algunos aplauden, otros parecen dudar en silencio, otros defienden al arzobispo.
Para finalizar, comienzan una radiotransmisión en vivo, desde el salón hacia todo San Marcos, a través del programa La Voz de la Buena Nueva. Los representantes se presentan, hablan de sus experiencias con la movilidad humana y de los orígenes de su interés y activismo en el tema. La mayoría ha sido o tiene familiares migrantes. Todos, sin excepción, mencionan la falta de empleo en el país. Un hombre agachado, con voz sutil y bastón, expresa que los humanos nacemos libres y los gobiernos son quienes imponen las fronteras; los demás, conmovidos, aplauden.
El padre anuncia la posible llegada de una caravana desde Honduras y asegura al público que él no promueve la migración, pero aconseja a quienes piensan unirse en desistir y más bien pasar «desapercibidos». Una mujer estadounidense habla sobre su experiencia realizando trabajo voluntario en la Casa del Migrante y extiende una invitación a acercarse a dios mediante actos de sacrificio.
Al terminar la asamblea, hay pequeños círculos de conversación entre los participantes. Varias personas se acercan a la voluntaria: hay cierta admiración hacia ella por ser gringa y mucha confusión por su presencia en Guatemala. El Lic. Duarle se acerca para contarle que él emigró a Estados Unidos en los años setenta, que ahí estudió high school y también un rato de college. Se regresó, lamenta, porque no tenía papeles, sin ahondar más en el tema. Eso inspira la participación de un hombre, mayor que él, que lo escuchaba a un lado en silencio. Se atreve a contar que, a él, en 1999, lo agarraron los policías fronterizos de Estados Unidos y pasó cinco meses en un centro de detención de migrantes en Colorado. La voluntaria, sorprendida, responde que ella nació en Colorado, sin saber qué más decir. Él, en un intento por reanimar la conversación, le responde que al final algo bueno salió de eso, pues ahí aprendí a tocar la guitarra.
Más tarde, en un patio que aloja conejos y pollos, un grupo exclusivo de la asamblea desayuna en casa de la abogada Celeste. Los cerros bordean cuidadosamente la pequeña ciudad y el sol se asoma, tímido, aunque lo caliente del té y el café lo sustituyen bien. El tema de conversación es, por supuesto, Egon.
Su esposa, dice Celeste, está inconsolable: no tiene cómo pagar nada y hablan para amenazarla con golpearlo todas las noches.
El Lic. Duarle, inquieto, habla de su propia experiencia en la cárcel y su propio proceso judicial. A él lo acusaron, hace unos años, de secuestrar a dos trabajadores de construcción de una hidroeléctrica en San Pablo—él era un organizador activo de la oposición al proyecto multimillonario en su comunidad, junto con consejos Maya Mam–. Como a Egon, se le impuso prisión preventiva de manera deliberada y pasó más de un mes en un penal hasta que logró continuar su proceso bajo libertad.
La plática toma un curso distinto y se intensifica: la estadounidense, escandalizada, no comprende cómo pueden suceder estas cosas. El padre comienza, colérico, a predicar sobre la corrupción de los jueces, el gobierno y los medios, pero el Lic. Duarle lo interrumpe: estos, en realidad, actúan a favor de los agronegocios, los grandes empresarios latifundistas y las empresas extranjeras que tienen enormes intereses en estos proyectos. El padre protesta que, en realidad, los proyectos benefician a todos; el problema es la corrupción, alega, porque Guatemala es tan rico en agua que puede producir energía barata para el resto de la región y dar miles de empleos. La estadounidense intenta tomar la palabra, con esperanzas de reducir la tensión, sin éxito.
El Lic. Duarle interrumpe de nuevo para preguntar ¿quién paga los costos? Sin esperar respuesta, enfatiza que nunca se reconocen los resultados de las consultas asamblearias que convocan las municipalidades en donde, casi siempre, se vota en contra de los proyectos. Prosigue: el gobierno subsidia al sector privado con deducciones y exoneraciones, las empresas estadounidenses, canadienses y españolas se llevan jugosas concesiones y mientras, en las comunidades, violan el derecho al agua, al territorio, a la consulta previa y discriminan abiertamente.
El padre intenta disimular su disgusto dando un trago a su café. Celeste, precavida de no disgustarlo más, le cuenta el caso de una hidroeléctrica en Huehuetenango, explicándole que él, siendo extranjero, probablemente no se enteró porque además los medios, cómplices, ignoraban la realidad y construían un relato favorable de «responsabilidad social empresarial». La hidroeléctrica bloqueó el paso al río y las cascadas para la población local, dejándolos sin acceso a los recursos. Cuando comenzó la organización en contra del proyecto, la empresa infiltró a las organizaciones comunitarias y el entonces presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, envió al ejército y la policía, decretando un Estado de Sitio.
Mandaron órdenes de captura y encarcelaron a los líderes comunitarios, como lo hicieron en mi comunidad en San Pablo, dice el Lic. Duarle, y tuvieron juicios plagados de irregularidades, como el de Egon ahora. Duarle se recompone, mencionando que, al menos, la resistencia fue exitosa y la empresa española canceló el proyecto después de diez años. La hidroeléctrica se situaba en la Franja Transversal del Norte, en donde el gobierno guatemalteco, asesorado del Banco Mundial y el gobierno de Estados Unidos, desmanteló la reforma agraria de Jacobo Árbenz luego del golpe de estado. La plática se aliviana cuando entra el esposo de Celeste a saludar y bromear con los invitados.
Egon salió de la cárcel después de dos meses y varias deudas contraídas para resguardar su integridad física. Hoy, sigue enfrentando un proceso judicial, pero, como la atención internacional ya se desvió del tema de los 19 guatemaltecos calcinados en Tamaulipas, parece que ya no hay mucho impulso por declararlo culpable.
Marina de la Sierra nació en la Ciudad de México y actualmente reside en São Paulo, Brasil, donde cursa una maestría en Integración Latinoamericana en la Universidad de São Paulo. Profesionalmente, colabora con Empower LLC, una asociación dedicada al periodismo y la investigación, donde se enfoca en temas como tecnología y derechos humanos, los flujos financieros que profundizan la desigualdad social y la captura corporativa del Estado. En su escritura, Marina fusiona géneros como la narrativa y la crónica dentro del análisis ensayístico, con el fin de visibilizar los efectos concretos de las complejas relaciones de poder en la vida cotidiana de las personas.
Este relato lo conforman observaciones personales y testimonios recopilados durante mi estancia en la Casa del Migrante en Tecún Umán, Guatemala, en 2022. Las imágenes son propias.
En noviembre del 2023, Ivonne, junto con su familia, tuvo que huir de Guatemala por la violencia de las pandillas en su aldea. Actualmente se encuentra en Tijuana, en un albergue de migrantes, esperando su turno para ser procesada como solicitante de asilo en Estados Unidos. Pasé de atender migrantes a ser una de ellos, me dijo.
Actualmente, Carmen se encuentra en Memphis, Tennessee, después de emprender su camino en enero de 2024. El viaje no fue muy difícil para ella, pero acumuló una deuda enorme con el coyote que hoy amenaza con embargarle la casa en la que vive su familia en Guatemala. Aún no logra encontrar trabajo y dice que nunca había sentido tanto frío.
Desde el año pasado, David se desplaza una vez al mes a Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, para que su hija menor reciba quimioterapia. Ha hablado con personal de ACNUR, que le expresa que podrían recibir el estatus de refugiados y trasladarse a Coahuila o Querétaro, pero no quiere dejar Guatemala ni que su hija esté lejos de casa.
El primer contacto con Alexa lo tuve durante mi estancia en la Casa del Migrante en Tecún Umán, en abril de 2022. Este testimonio oral fue recopilado en octubre del 2022 a través de una llamada telefónica con ella.
Nombre coloquial que se da a las celdas de detención temporal de migrantes en Estados Unidos que denota las frías temperaturas que mantienen.
Estos acontecimientos ocurrieron en una visita a San Marcos durante mi estancia en la Casa del Migrante en febrero de 2022. Las imágenes son propias.
La Pastoral de Movilidad Humana, de la Comisión Episcopal de Justicia y Solidaridad de la Conferencia Episcopal de Guatemala, es la organización eclesial con la misión de acoger, proteger, promover e integrar a personas migrantes, refugiadas y víctimas de trata.






























