Este ensayo fue escrito por Consuelo González Dávila Boy.
Otra vez voy tarde.
Trabajo de nueve a seis en la cafetería junto a donde cursé la primaria. Un barrio bonito de ricos con todo lo que los barrios bonitos de ricos tienen: árboles de distintas especies, jacarandas esporádicas, música en las esquinas. Música. Eso es lo que más me impacta.
Escribí sobre eso el otro día, cuando iba de regreso a mi casa y me topé con un saxofonista tocando una pieza apasionadamente. Pasó frente a él una señora que se notaba que llevaba prisa y, sin pensarlo dos veces, dejó una moneda en el estuche del saxofón. Siguió su camino y yo no pude evitar detener el mío, pues ante mí había presenciado un acto religioso. Hasta me dieron ganas de decir amén.
Carajo, ya son las 9:02. Voy tarde. Pero siempre voy tarde porque encuentro cosas poéticas a todo lo que veo, a todo lo que escucho, a todo lo que siento. Ese creo que es mi mayor problema: que no me puedo concentrar porque la poesía se apodera de mí. Es como un demonio que quiere salir, un je ne sais pas que murmura algo que no logro distinguir. He leído tanto a Cortázar, a Mistral, al Gabo y a Castellanos que ya no puedo ver a la vida como la vida sino como capítulos de un libro o páginas de un poemario.
En primavera, escribo cosas sobre otoño y en otoño escribo cosas sobre primavera y así sucesivamente. Supongo que, por eso, me gusta pensar que la poesía es mi religión. Soy creyente de los versos. Ojalá alguien más practicara esta religión para poder crear una nueva sociedad. Tal vez ya existe y solo no le enseña sus escritos a nadie.
Saliendo de mi casa y girando hacia la derecha, camino por una calle suspendida en el tiempo. Paso una iglesia al mismo tiempo que una camioneta de la Guardia Nacional—con guardias cubiertos de pies a cabeza y sólo dejando libres sus miradas, sus ojitos cafés y negro—s. ¿Ellos sabrán que también forman parte de una religión? Al llegar a la esquina volteo a ver a los cinco hombres que toman sus metralletas como si fueran trofeos y uno de ellos nota la iglesia al mismo tiempo que la luz temprana de la mañana. Se persigna. Otra vez me dieron ganas de decir amén.
Llego al trabajo y me la paso pensando en que hace mucho que no llueve, en lo que pensaría Ruiz Safón de semejante calor; pienso en la falta que me hace salir a tomar cervezas y en la falta que le hace a la cerveza ser bebida por mí. Pienso en francés a veces, para no perder la práctica. Pienso en el olor del librero de mis abuelos, en lo rápido que pasa el tiempo. Pienso en ti, también, porque sería interesante saber qué piensas tú de todas estas cosas. En fin, así me la paso todo el día: pensando en cosas que escribir y escribiendo cosas en las que pensar.
Mi día transcurre con normalidad. Uno que otro cuate que llega a preguntar por títulos rarísimos sobre historia, física, el tarot y demás. Una que otra señora llega con su lista de libros para la escuela de sus hijos. Le sirvo café a un sinfín de gente como si fuera la medicina para algún mal. Supongo que de alguna manera soy una enfermera atendiendo a mis pacientes, preguntándoles cómo están y distrayéndolos del caos que se presenta saliendo de las puertas del local. Très poetique. Un señor de unos 68 años me acaba de dejar cinco pesos de propina. De alguna manera también me dieron ganas de decir amén.
Son las 6:05 y salgo de trabajar. De camino regreso a casa paso a comprar pan dulce para cenar y un vinito rosado para acompañar. Piso algunas flores de jacaranda y trato de evitar otras, como si fueran charcos de mediados de junio. A veces, me gusta pisar los charcos pero siento que con las flores es diferente: también sienten aunque se hayan desprendido de su árbol, de su raíz. Creo que al final se evaporan o algo por el estilo y por eso llueve a partir de abril. Sí, tiene sentido. Llego a mi casa y me quito el abrigo que traía (que no sé por qué lo llevé si hacía un calor del diablo). Me siento en mi sillón y suspiro. Qué rápido se pasan los días. Se me había olvidado lo que era sentarme a esperar a que den las diez para poder dormir.
Un viento suave entra por la ventana que no cerré bien en la mañana y algo en mi abrigo se mueve. Casi imperceptible, pero algo se movió en la superficie. Ajusto mis ojos para intentar ver mejor qué clase de insecto había traído de vuelta a casa, pero para mi mala suerte no era un insecto. Era un pelo. Un cabello, mejor dicho. Yo tengo el cabello de color miel: clarito, suave, lacio y largo. No, no es mío. Con poca precisión, simulo una pinza con mi dedo índice y mi pulgar derecho y tomo el cabello con delicadeza y curiosidad. Es un cabello corto, color café oscuro, color tierra mojada. El cabello es rizado. El cabello es tuyo.
Mi olvido había tomado un curso casi perfecto: te pensaba solo cuando era necesario y te lloraba los domingos en la noche, naturalmente. Te recordaba en cada pedazo de mis lecturas e incluso te soñaba con más frecuencia, pero de alguna manera había hecho las paces contigo y con nuestra nula funcionalidad. De alguna manera me había acostumbrado a que no estuvieras. Tus huellas dactilares las había borrado de mi espejo, de mi celular y de todos los lugares en los que pudiste haber puesto tus manos, incluso de mi piel. Ahora, me tallo con más cuidado cada vez que me baño, por si las dudas.
Pero nunca pensé encontrar ese cabello así. ¡Hasta lo sentí como burla! Y escribí mil poemas en mi mente y enloquecí al pensar en todas las posibilidades que teníamos de lograrlo, de casarnos e irnos a vivir lejos; de viajar y ser libres con todo y el tiempo encima. Se hicieron mil gráficas en mi cabeza sobre puras asíntotas y creo que derramé una lágrima o dos. Pero siento enojo, también, y creo que las lágrimas no son de tristeza sino de rabia por haber encontrado un cabello tuyo en MI abrigo, en MI casa, en MI tiempo libre. Qué invasivo se ha vuelto tu recuerdo. Qué invasivo y qué incoherente que ahora sí tienes tiempo para venir a visitarme cuando nunca tenías tiempo de nada.
Me sirvo mi copa de vino con toda la calma del mundo y te miro ahí, encima de la palma de mi mano, con curiosidad, empatía, soledad. El sol de media tarde pega perfecto en las líneas de mis manos y me imagino que son ríos y colinas llenas de vida. Mi tez blanca me permite ver mis venas con un poco más de claridad, y también me permite contar cada pequeño lunar que tengo alrededor de mis brazos, sobre todo el que está al principio de mi dedo anular de la mano izquierda. Ahí iba el anillo. Le doy un sorbo a mi copa y suspiro, porque no encuentro otra forma de expresar lo que quiero decir. No hay cantidad de rimas ni de versos ni de cartas que me permitan decir lo que necesito gritar. Es tan loco pensar que ya no te puedo contar de esta experiencia espiritual porque, de alguna manera, ya no te incumbe. Ahora lo tengo que platicar conmigo misma y unas uvas fermentadas.
Me paro junto a la ventana mientras las ramas de los árboles de abril van ocultando románticamente el día que está a punto de acabar. Pongo mi mano a la altura de mis labios y soplo suavemente para que el cabello se vaya con el viento, igual que tú lo hiciste aquella noche. Y lo veo irse. Y le agradezco. Y lo único que puedo decir es amén.
Consuelo González Dávila Boy. El arte y la escritura son los dos ejes que orientan mi vida. Egresada de la Facultad de Psicología de la UNAM, cultivo un profundo interés por comprender la experiencia humana a través de las palabras. Escribir ha sido siempre el lente desde el cual observo, interpreto y experimento el mundo. Entre los cuentos de Cortázar y Garro, los poemas de Castellanos y las novelas de Bolaño y García Márquez, he encontrado refugio, preguntas y caminos. Ahí descubrí mi impulso por crear nuevos mundos a partir de las rimas y la prosa. Mi trabajo busca dialogar con esas influencias mientras exploro las emociones, la memoria y los gestos cotidianos que conforman lo humano. Ah, y tengo una hija, mi cuenta de poesía @rimasamarillas.



