Hoy dejé que pintaran mi cuarto. Cambiar un vibrante morado y sombras que combinan por un lúgubre gris. Mi mamá dice que es por mi bien, porque las paredes se rompían, el color era antinatural y no era algo que me hiciera bien.
“Mamá, pero a mi me gusta mi morado, ¿por qué lo quieres pintar?”
Ella me dice, que ese color no va con ella y tampoco con la casa.
No sería la primera vez que, por ella, algo mío tiene que disfrazarse. A veces me hace vestir de gris. Los preciosos arcoíris que adornan mi vida, ahora visten de secretos infames. Me dijo que tenía que cambiar de ropas, aquellos colores no iban con sus creencias.
También me hizo cambiar mis sábanas de azules a blancas. Miles de recuerdos almacenados en el closet una vez más. Descansan profundamente en repisas, almacenando recuerdos, míos y de mi Pecas, de cuerpos nocturnos amándose detrás de la privacidad de la puerta. Sábanas que marcaron el principio de un amor, cuando llegue un día de verano con una sonrisa post-beso a dormir; así como su fin, cuando me oyeron sollozar después de una millonésima despedida.
“Mamá no las tires”, le dije. Ella me respondió que era necesario, que nadie quiere a las niñas que no honran el color blanco. Y menos si sus sábanas tienen rastros de besos adornados de labial.
Me hizo remodelar el baño. Con la excusa de que las paredes no dejaban de gritar y que el mármol del lavabo no dejaba ir las manchas de sangre. Ella, sin darse cuenta, destruyó mi campo de guerra. Donde se conmemoraron un total de 56 batallas, de las que llevo cicatrices en todo mi cuerpo. En ese lugar, más de una vida, derramaba océanos de lágrimas; gotitas de tristeza con las que me lavaba los dientes. Donde tres eternidades perdí y un milenio le gané a las navajas, hasta que las desterré por completo. Donde lloré por ella y por él. Mis recuerdos, antes embarrados en todas las paredes, reemplazados por un tapiz nuevo.
A mi mamá no solo le gustaba remodelar la casa, también le gustaba cambiarme a mi; pero creo que nadie le explicó que esconder y tapar, no hace que la gente cambie por dentro, solo que se escondan de sí mismos y del mundo.
Este poema fue escrito por María Díaz para Perpetuo.



