Con 19 años recorría las asimétricas calles de la Colonia Roma o Juárez—ya no lo recuerdo bien—. Mi mirada se perdió al observar el ventanal de una tienda que me pareció excéntrica. Entre los artículos que alcancé a ver se encontraban cartas, incienso, artesanías indígenas y antigüedades europeas. Decidí entrar por curiosidad.
El ambiente era esotérico. La mezcla de antigüedades y modernidades, que combinaba prendas de ropa lujosas y muñecos tenebrosos, me pareció horrenda. El lugar despertó en mí una profunda incomodidad, hasta que una amable vendedora, vestida con algo similar a una túnica, me hizo la pregunta que repiten los comerciantes de todo el mundo: «¿Se le ofrece algo?», a lo que respondí genéricamente: «No, gracias, sólo estoy viendo».
Mantuve mi presencia un poco más de tiempo porque eran tantos los objetos por observar que todos mis estímulos se satisfacían. Al adentrarme en el lugar encontré una colección de libros y vinilos bastante interesante. Al centro de una vitrina que compartía literatura gnóstica y álbumes de música contracultural se encontraba la portada de un disco que me pareció asombrosa. Con un contraste magnífico de blanco y negro: una bella y delgada mujer, vestida con traje masculino y desafiando los estereotipos de su tiempo, sostenía una mirada hipnótica. Alcancé a leer el título del álbum y el nombre de la artista de aquella joya musical que cambiaría mi vida: en negro, la inscripción ilustraba Patti Smith y, en blanco, leí Horses.
Me interesó demasiado escuchar algo de aquel álbum por una sencilla razón: el dueño de la tienda, parecía tener un gusto musical increíble. La vitrina estaba repleta de leyendas musicales. Al lado derecho de Horses se encontraba American IV: The Man Comes Around, de Johnny Cash; debajo de él vi el enigmático rostro de Bob Dylan en New Morning; hasta arriba alcancé a identificar el disco On the Beach, de Neil Young. Con el tiempo llegué a considerar a esa tienda como un resguardo secreto de lo sagrado y lo místico—aún si, ahora, no recuerdo ni el nombre ni la ubicación—. El dueño no esperaba que, por lo menos, dos de sus artistas exhibidos y a la venta serían galardonados con premios de la alta cultura artística y literaria. Un año después de mi visita, a Bob Dylan le entregaron el Nobel de Literatura; diez años más tarde, Patti Smith obtuvo el Premio Princesa de Asturias de las Artes.
Con Dylan estuve obsesionado desde la preparatoria. No por nada mi Wrapped de Spotify lleva diez años identificándolo como uno de mis cinco artistas más escuchados. Su voz ronca y su energía, que denota un constante desprecio por las reglas de la mundanidad, me atrajeron desde el inicio, sin quitarle reconocimiento a sus letras, que oscilan entre lo sacro y lo profano. Like a Rolling Stone fue la primera canción que escuché de él. Lo hice en la radio; era tanta mi ignorancia musical que hasta ese momento confundía a Bob Dylan con Bob Marley. Contemplé su letra, me excité con la melodía y su ritmo, ansié la libertad y el anonimato del errante que fluye y pregunté con emoción:
«How does it feel?
To be without a home
Like a complete unknown
Like a rolling stone»
(«¿Qué se siente
estar sin un hogar,
como un completo desconocido,
como una piedra rodante?»).
En ese tiempo de mi adolescencia estaba sometido a las presiones sociales y a la inmensidad de opciones que ofrece el capitalismo feroz; encontré en la música del cantante estadounidense un recinto que me permitía encontrarme a mí mismo. Mi conexión se volvió personal. Al escucharlo sentía que alguien me entendía completamente por primera vez en mi vida. Creo que comparto con Bobby D y miles de almas solitarias y atormentadas la constante necesidad de realizar complejos procesos de introspección. Esa condición no es buena del todo. Ya lo decía Mishima en Confesiones de una máscara:
«Cuando un muchacho de 14 o 15 años descubre que es más dado a la introspección y a la conciencia de sí mismo que la mayoría de los chicos de su misma edad, incurre fácilmente en el error de creer que ello se debe a que ha alcanzado una madurez superior a la de sus compañeros. Ciertamente cometí ese error. En realidad, aquella tendencia a la introspección se debía, en mi caso, a que yo tenía mayor necesidad que los demás de comprenderme a mí mismo. Ellos podían comportarse de acuerdo con su natural manera de ser, en tanto que yo debía interpretar un papel, lo cual exigía notable comprensión y estudio de mí mismo. En consecuencia, no se debía a la madurez, sino a mi sensación de incertidumbre, de incomodidad, que era la que me obligaba a tener pleno conocimiento de mí. Esa conciencia era un puente que me llevaba a la aberración, y entonces mi manera de pensar tenía que limitarse a la incertidumbre, a la formulación de hipótesis».
Al escuchar al Nobel de Literatura y observar su comportamiento sentía que compartía con alguien plenamente esa necesidad de comprenderme a mí mismo y, a través de sus palabras, saciaba la desenfrenada búsqueda que mi alma emprendía por experimentar melancólicamente un sinfín de emociones.
Con 16 años leí su autobiografía poco fidedigna —porque en Dylan nada es fiable, describe los sucesos como los percibe, no como en realidad son (a todo esto, ¿alguien puede ser objetivo?)—. Por su libro Chronicles: Volume One un mundo ajeno al mío me fue revelado. Me he le adentrado por más de una década: la contracultura y los rastros de la verdadera American Music.
A Patti Smith, la madrina del punk, la conocí un poco más tarde, pero cuando lo hice se volvió una artista referente en todos los ámbitos de mi vida. La primera vez que la escuché estaba atorado en el tráfico. Puse el disco Horses y reproduje su primera canción. Al escuchar «Jesus died for somebody’s sins, but not mine», detenido en el tráfico, un proceso de catarsis despertó en mi interior. La canción crecía con el tiempo; su voz ronca y el ritmo ascendente, acompañado de una instrumentalización punkosa, me llevaron a un viaje inmanente que con pocos artistas experimento. En ese momento entendí que descubrí a alguien que va más allá de la música. Ahí entendí que algunos músicos terminan convirtiéndose en otra cosa.
Gloria: In Excelsis Deo es, al igual que casi toda la obra de Patti Smith, simbólica, al nivel de las mejores letras de Bob Dylan. Algo los hace tan distintos del resto. Nadie puede negar que es su calidad literaria, pero hay algo más. Hay algo místico en ellos. Sus canciones parecen mirar la vida desde un lugar que rebasa lo cotidiano.
Los dos son hijos de su tiempo, artistas que resplandecieron en los años setenta, estadounidenses, inmersos en la paranoia que reinaba en su nación de escándalos políticos, la posibilidad de otra guerra mundial, las ansias de libertad contrapuestas a las tendencias autoritarias y la demonización de la contracultura. Smith surgió como una luminaria de fuerza para aquellas mujeres rebeldes que querían seguir ganando terreno en la escena de la contracultura. Todo en ella era disruptivo. Dylan, consagrado, seguía evolucionando su música y desafinando su voz para intentar mantenerse vivo en el transcurso de una década, con nuevos sonidos a los que el folk sucumbía con facilidad.
La historia les dio la razón; superaron las décadas al grado de consagrarse en la cumbre de las artes liberales. Se mantienen vigentes. ¡Envejecieron bien! No se pueden encasillar en el folk o en el punk; ningún género los determina. Exploraron y encontraron su propio camino, desafiándolo todo, rompiendo moldes, sin superficialidades; atravesaron lo banal y encontraron lo esencial.
Cuando uno se adentra en sus personajes se da cuenta de que son irrepetibles. Son cercanos a lo lejano, artistas que impregnan la cultura popular pero, al mismo tiempo, la desbordan; observan la realidad con una mirada atenta y profunda. Con detenimiento exploran la complejidad de la condición humana y la expresan de forma poética, sin dejarse arrastrar por los estereotipos de la industria. Su mensaje es político porque representa una contracultura que se infiltra en la masificación para cuestionarla. Conviven con la sociedad productiva, alcanzan la fama y la riqueza, pero nunca terminan de creer en ellas. Su actitud crítica nace de una mirada libre que les permite describir el entorno con sensibilidad. Son vecinos de la humanidad, sin ser como los demás. Aprehenden la otredad y la transforman en poesía.
Los dos norteamericanos desafían las enfermizas estructuras injustas de su país. Smith lo hace de forma directa; Dylan es escurridizo, aparece y desaparece. Independientemente de ello, son auténticos.
Me encantan porque no se pueden descifrar con facilidad. A pesar de que sé que son los mismos con el pasar del tiempo, no siempre los comprendo igual. Maduro con su música; la repito en distintas etapas e interpreto algo diferente. Les admiro la capacidad de construirse a sí mismos y creo que la clave de su capacidad de reinvención es que no están buscando nada; sólo encuentran trozos de ellos en distintos momentos de su caminar, al igual que yo cuando entré en aquella tienda extraña. Dylan, con su ironía indiscutible, lo dejó en claro en los sesenta cuando, al ser cuestionado sobre el mensaje de sus canciones, respondió: «Lo que más puedo esperar es cantar lo que pienso, y quizás evocar algo en los demás. No me insultes diciéndome que soy una persona con mensaje. Mis canciones no son más que un diálogo conmigo mismo».
Con el paso de los años los he interpretado de forma distinta; su grandeza radica en que no están en una búsqueda activa, se mantienen en una espera serena, miran fijamente la realidad y la entienden, la interpretan anclados en su rica subjetividad. No se aferran a transformarla. Así como me sucedió en aquella tienda misteriosa en donde, sin buscar algo concreto ni tener una tarea fija, encontré a una gran artista que me humaniza, me hace deleitarme, llorar, sufrir y gritar. Despiertan en mí al rebelde que llevo dentro, aquel que quiere romperlo todo, como cuando Patti Smith les reclama a los idólatras de la riqueza y grita: «Free money, free money, free money…».
Sólo una artista contemporánea me ha provocado un éxtasis parecido al de aquellas experiencias religiosas que, como buen niño, vivía en la iglesia: Rosalía. La he bautizado como la mística beguina del siglo XXI, sobre todo por su último disco, LUX; pero mi encuentro redentor con ella y su música merece otro ensayo para Perpetuo.
Juan Puebla (@juanpu21). Sonorense apasionado de historias redentoras que afrontan la ley de la tierra. Melómano y lector empedernido. Iluso creyente en el poder de las ideas y en la transformación de la realidad.




