Saldando deudas
Sobre leer a Neruda en Machu Picchu
Para Mark Mancall.
«la más alta vasija que contuvo el silencio: una vida de piedra después de tantas vidas»- Alturas de Machu Picchu, Pablo Neruda.
Estábamos solos cuando lo dijo. Eso—la atención—ya era costumbre.
Estábamos en un cuarto de su casa al que entrabas tras dejar tus zapatos en el corredor—casi siempre, la puerta la atendía uno de sus nietos que aparecían fugaces; él, a lo lejos, te gritaba para que entraras—. Se sentaba en un sofá que parecía, más bien, una cama, cubierto siempre de una manta afelpada con una jarra de agua gigantesca y un platón con trocitos de queso; yo, me quedaba en una silla acolchada a un costado. Fuera de una vez que visité su baño—una emergencia técnica—, no conocí otra parte del edificio. Las visitas eran siempre así. Entraba, me quitaba los zapatos y me preguntaba: «Bueno, José, ¿qué has leído esta semana?». No había tiempo de más; de admirar las artesanías butanesas que consiguió cuando escribió la constitución de ese país o el arte soviético de cuando fue el primer gringo en entrar a la URSS. Entrabas y te hacía preguntas; te cuestionaba y te empujaba. Así era Mark Mancall, quizá el académico más entrañable que tuvo Stanford y el primer mentor que tuve en esta vida.
Hablábamos de todo un poco. Sobre todo de política; principalmente, de México. Mark sabía que mi sueño era volver y que mis estudios eran un pequeño intermedio. Le interesaba ese patriotismo insensato mío; me lo criticó varias veces. Me daba lecturas para pensar en el mundo entero y luego me preguntaba cómo aplicarlas a México. Fue una bella tradición en esos primeros años de mi formación real.
Ese día, a la pregunta habitual, contesté que había iniciado a leer el Canto General de Neruda. Con una facilidad de quien ha amaestrado todos los libros, solo agregó: «Uy, así no cuenta. ¿Por qué lo lees en California? Tienes que ir a Machu Picchu y leer “Alturas de Macchu Picchu” una vez entres a la ciudad; algún día lo harás y te acordarás de mí». Seguro se rió con esas carcajadas que acababan en tos y que lo obligaban a buscar un vaso de agua como si sus brazos fueran tentáculos. Seguro se había quitado sus anteojos para que pareciera dramático y luego, ya pasado el achaque, se varía apretujado la manta.
De ahí no recuerdo con certeza lo que pasó. Le habré dicho que sí, que lo haría y le habría hecho un par de preguntas sobre Neruda y la izquierda. Me habré ido al cumplirse la hora cuando llegaba, siempre, otro alumno al que Mark abría sus puertas.
Recuerdo, eso sí, que por la noche, me adelanté en las páginas de Neruda y leí Alturas de Macchu Picchu. Del aire al aire como red vacía… Pensé en Mark, claro; me imaginé estar en esos templos rocosos. Habrá durado un instante. Luego seguí leyendo a Marx o a Mariátegui o quien fuera que me recomendara esa semana sabiendo que tenía, tan solo, siete días para llegar a discutir con él de nuevo.
No pensé en esa tarde hasta unos años después, cuando recibí la noticia, a mitad de la pandemia, que había fallecido. Una complicación respiratoria, me parece; el correo fue vago y mis ganas de indagar fueron nulas. Cuando muere alguien a quien quieres, las memorias regresan de golpe; los detalles de ese cuarto al que nunca volví y los gestos; las frases tan locuaces con las que se justificaba como revolucionario hasta la muerte y los chistes ha tiempo añejos pero que, aún así, te hacían reír. Así llegaron todas en fila.
Había perdido al maestro más querido; al que me abrió las puertas cuando iba, apenas, en primer año de la carrera y seguía sufriendo por mi educación básica insuficiente. Al que me invitó a su casa y me dio lectura tras lectura. Me inculcó que había que leer hasta que los ojos dolieran y la cabeza diera vueltas; quien una vez me dijo que, al morir, me encontraría a San Pedro y su única pregunta sería si leí suficiente; a quien, cuando le pregunté por qué me veía cada sábado, me dijo que la generosidad vale más cuando es en tiempo que en dinero. A quien, carajo, nunca me pidió nada más que ir a Machu Picchu y leer un poema.
Hasta este año tuve la oportunidad de llegar a las alturas del Perú; de andar por la jungla hasta encontrarme con Machu Picchu. Hasta este año, siento que pude despedirme de Mark y decirle cuánto lo quise.
Pero lo hice.
Del acto de leer el poema no hay mucho que decir. Lo hice en una esquina que ve a los desniveles que los incas usaban para cultivar y que, en la modernidad, figuran a modo de entrada y pastizales desproporcionados para llamas y alpacas. Lo hice llorando, claro; mi corazón, a diferencia del de Machu Picchu, no es de piedra y la figura de Mark estaba tan presente como esas tardes. Lo hice en voz alta, como Mark quería—aunque, un par de veces, me percataba que bajaba el tono para aguantarme las ganas del sollozo—. Un par de turistas me vieron intrigados pero nadie preguntó lo que hacía. El único interesado fue el guía del tour con el que entré a la ciudad, quien moderadamente irritado me dejó atrás para tener el momento con Mark y leerle el poema.
Lo que vale más—en lo que pensé una vez había terminado—fue en las circunstancias que me habían llevado a ese día. Estaba ahí, en Machu Picchu, tras atravesar parte de la jungla peruana y visto las maravillas que los incas ocultaron en sus junglas; tras recorrer los mismos caminos que los antiguos siguieron y quizá tomó Neruda y, en una de esas, deambuló Mark cuando vino al Perú. Nunca había hecho algo similar y sentía, de entrada, cierto logro de haberlo andado.
Estaba, pues, en medio de la nada, con el poema en mi teléfono tras varios días de saber que ahí estaría, solo en las ruinas, leyendo doce páginas de poesía a un hombre muerto.
Estaba lejos de México; de mi país. Mismo al que amo tanto que, cuando terminé la carrera en Estados Unidos, salí en el primer vuelo disponible al día siguiente hacia México. Ese donde me mudé sin trabajo ni certeza más que una beca para trabajar en un periódico ese verano y un cuarto en casa de una familiar complicada. Al que ahora añoro y que espero poder editar estas palabras cuando esté de vuelta. Lejos de mi patria que es mi todo y que es mi mayor vicio. Y que Mark sabía perfectamente. Que me contaba de los tiempos que pasó en el país y las charlas que tuvo con Luis Echeverría; que me preguntaba cuánto había leído de Octavio Paz y se decepcionaba si no tenía opiniones sobre Carlos Fuentes.
Mark sabía, pues, que mi mundo era México y que mi vida me llevaría de vuelta. Aun así, en tantos fines de semana que pasamos juntos—en tantas horas que le hablé de mi patria—nunca me dijo que ahí le hiciera algo. No me pidió que leyera Piedra del Sol en el Museo de Antropología o Alta Traición viendo la cuenca de algún río. Me pidió que fuera a las partes remotas de América Latina—quizá, a su corazón—y ahí, haciendo calma entre los vientos de turistas, pudiera sepultar, al fin, nuestros adioses.
Yo, que siempre he añorado volver a México cuando salgo. Yo, que veo mi muerte en estas tierras y me agobia la posibilidad que así no pase. Yo, que estoy ciego de nacionalismos, ese día, leyéndole a Mark, los versos de un poeta chileno, sentí por vez primera que el mundo es tanto más grande que México. Que es montañas que ocultan ciudades perdidas por siglos. Que es piedras bien talladas para hacer hogares y templos. Que es el estar ahí, en una ciudad de no más de dos mil habitantes y sentir maravilla que fue nuestra especie la que la hizo. Es el sentir un asombro del camino recorrido y sentir que hay tantos otros caminos por recorrer; hay otros tantos Machupichus.
Es probable—quizá, incluso, certero—que el comentario de Mark fuera solo uno pasajero; que lo dijera para hacerme reír de la ironía de leer a Neruda tan lejos de América Latina. Su intención tampoco importa mucho ya. Sé solo que esa tarde, en Machu Picchu, sentí que el muy desgraciado sonreía al notar que mi patriotismo se veía desafiado y, ante el mundo, me consumía la misma maravilla que reservaba para mi México. Como si pudiera sentirme, entonces, parte de algo más grande; de una especie entera y no de una nación. Como si fuera un humano y no sintiera más que alegría por serlo. De los mismos que hace siglos andaban por estos senderos y que erigieron ciudades donde el tiempo hizo las cúspides del aire.
No creo en una vida después de la muerte. Tampoco creo que Mark lo hiciera. Era un izquierdista de hueso colorado; sus padres fueron miembros del partido comunista estadounidense y le inculcaron que no había nada cuando acabaran estos años. Aún así, me gusta pensar que Mark estaba ahí y escuchó cuando le daba las gracias ante la maravilla que me causaba. Tras tantos años de sentarnos solos, seguía dándome cátedras el muy cabrón. Seguía viviendo en estas piedras y lo seguirá haciendo mientras haya gente que las visite.
Espero ver más de este mundo. Espero poder sentir que Mark, también, está ahí.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.




