En los folletos turísticos, el Caribe siempre es representado como un espacio idealizado con cocoteros meciéndose en la brisa, arenas blancas y mar azul que invita al descanso y la relajación. La belleza natural del Caribe es innegable, pero este modelo tiende a convertir las islas no en espacios con su propia cultura e historia, sino en decorados para los turistas.
El libro A Small Place (Un pequeño lugar) de Jamaica Kincaid, publicado en 1988, nos ofrece una crónica de la visita a la isla de Antigua desde la perspectiva de un turista americano o europeo. Kincaid contrasta la belleza natural de esta isla caribeña con la pobreza de sus habitantes y las malas prácticas ambientales. Por ejemplo, en un pasaje el turista admira el agua “pálida y plateada” sin darse cuenta de que los desechos de su cuarto de hotel van a parar en esta misma agua ya que “en Antigua no existe un sistema adecuado de tratamiento de aguas residuales”. El libro de Kincaid fue de los primeros en mostrar los peligros del turismo masivo que hoy en día afecta no solo al Caribe, sino también a lugares como Barcelona, Bali, Perú… entre muchos otros.
Volviendo al Caribe, el libro de Kincaid podría referirse también a las islas de San Andrés y Providencia, un archipiélago a 1,200 kilómetros de la costa continental de Colombia. Históricamente, estas islas fueron primero una colonia inglesa, antes de integrarse a Colombia en el siglo XIX. Su cultura, lengua y religión fueron por muchos años diferentes a las del continente: los habitantes de estas islas se llaman a sí mismo raizales, descendientes de los colonos ingleses y la población africana esclavizada que trajeron a las islas, angloparlantes y protestantes. A lo largo del siglo XX hubo varios intentos de asimilación, convirtiendo a los isleños al catolicismo e imponiendo el uso del español en las escuelas, lo que ha llevado a tensiones con el gobierno de Colombia.
Uno de estos procesos de integración fue el llamado Puerto Libre, en 1953. La medida buscaba traer prosperidad a la isla, afectada por una fuerte crisis debido a una plaga en las plantaciones de coco que habían sido la base de la economía isleña desde el siglo XIX. El Puerto Libre fue un régimen especial como territorio aduanero donde se exonera el pago de impuestos y tributos a la importación, lo que atrajo comerciantes y turistas del interior a San Andrés. Hoy en día el modelo del Puerto Libre perdió su atractivo comercial, pero el turismo sigue siendo la principal fuente de ingresos de la isla con cientos de hoteles y varios vuelos nacionales e internacionales diarios.
Sin embargo, los escritores isleños han mostrado que detrás del idealizado imaginario colombiano del “mar de siete colores” y las playas coralinas de San Andrés, hay varios problemas con la llegada del turismo a las islas, que han ido escalando a lo largo de los años.
En su libro sobre la historia de las islas, Martin Pomare dice que estos problemas vienen de la pérdida de la identidad cultural isleña: en San Andrés se impone un modelo turístico que viene del interior del país que poco o nada tiene que ver con la cultura e historia local. Por ejemplo, menciona la comida que se le ofrece a los turistas, “platos de Colombia continental” (192) en lugar de los platos típicos isleños, como el rondón. Este plato viene de la tradición culinaria del Caribe anglófono y también puede encontrarse en lugares donde hay comunidades sanandresanas, como en Panamá y Nicaragua. No es común verlo en restaurantes de San Andrés porque su preparación es demorada y hoy en día algunos de sus ingredientes son difíciles de conseguir. Es más un plato de preparación familiar para ocasiones especiales.
Otro problema que resalta Pomare es la pérdida del creole isleño a favor del inglés estándar en el turismo internacional que llega a las islas. San Andrés y Providencia tienen un creole de base inglesa que nació en la época de colonización. Este creole estuvo en riesgo de perderse por las campañas de imposición del español por parte del gobierno colombiano a comienzos del siglo XX, pero se ha recuperado en años recientes si bien la población joven prefiere el inglés estándar, al verlo como más útil para la educación y el trabajo.
Como lo muestra Pomare, a pesar de la cercanía de los isleños con el inglés el turismo en la isla está en manos de los continentales o pañas. Este término se usa en las islas para referirse a los extranjeros y viene de la palabra Spanish man (hombre español). En las novelas de Fanny Buitrago (Barranquilla, 1943) podemos ver la imagen negativa del pañaman. Buitrago vivió varios años en San Andrés en la década de los 70 y en su obra se ven las tensiones entre los locales (raizales) y los extranjeros (pañas), en especial los policías que llegaron a las islas del interior del país. Los cuentos y las novelas de Buitrago también muestran la degradación ambiental de la isla, por el aumento descontrolado de la población que siguió al Puerto Libre (hoy San Andrés es la segunda isla más poblada del Caribe, con una densidad de más de 2.000 habitantes por km²) y el desplazamiento de la población nativa de su territorio ancestral para darle espacio a las grandes cadenas hoteleras.
Los efectos nocivos del turismo aparecen también en la novela Los cristales de la sal (2021) de Cristina Bendek. Esta novela gira alrededor del regreso de Verónica a San Andrés, después de varios años de ausencia. Desde las primeras páginas de esta novela tenemos el contraste entre la belleza natural de las islas y su pobreza: “La gente aplaudió el aterrizaje, llegaron al paraíso, aunque al lado y lado de la pista las casitas de material están casi todas descascaradas, las calles destapadas y polvorientes” (19). A través de las descripciones de Verónica vemos el San Andrés que los turistas normalmente no ven, de calles destapadas, llenas de basura y aguas estancadas, donde los isleños tratan de sobrevivir.
En la novela, Bendek también resalta como el turismo está en manos de extranjeros: “Cruzando la calle me extrañaron algunas fachadas que anunciaban habitaciones o posadas para turistas, un grupo de cuatro manes probablemente paisas, con trencitas de esas que hacen las cartageneras en la playa” (21). A San Andrés le han impuesto entonces un modelo de turismo que viene del Caribe continental. Pero también nos muestra cómo los habitantes de las islas se aprovechan de los turistas, cobrándoles otros precios: “Caminé por el corredor del aeropuerto hacia la fila de taxis, dos hombres se pelearon por llevarme, yo pregunté el precio aclarando que soy local, no me iban a cobrar como se le cobra a un turista” (21).
Todos estos ejemplos que hemos mencionado se refieran a San Andrés. El archipiélago tiene otra isla, al igual que la Antigua y Barbuda del texto de Jamaica Kinkaid: Providencia. En la época colonial Providencia era el centro poblacional, sus acantilados y corales la protegían de los ataques de los piratas. Hoy en día su población es mucho más pequeña que la de San Andrés, apenas 6,000 habitantes. Providencia no tiene un aeropuerto internacional, para llegar hay que tomar una avioneta desde San Andrés y estas dificultades de acceso la han protegido del turismo masivo. Pomare la describe como “una isla de tranquilidad y paz” (196). Aunque Pomare también advierte que: “Aunque Providencia aparentemente no está pasando por el mismo proceso de decadencia que San Andrés, existe el temor de un deterioro futuro, debido a la negligencia de la población” (191).
En todo caso, la isla de Providencia es un ejemplo del tipo de turismo que defienden estos autores: un turismo pequeño y consciente, que mantiene viva la identidad raizal, en lugar del turismo masivo de los grandes hoteles todo incluido y los cruceros, que no dejan nada a los isleños y que llevan a la degradación ambiental del archipiélago.
San Andrés y Providencia es un ejemplo claro de la complicada dinámica entre dependencia y explotación alrededor de las prácticas turísticas. Como en muchas otras islas del Caribe, los habitantes del archipiélago dependen del turismo como principal fuente de ingresos. Pero, por otro lado, el turismo ha sido apropiado por personas del continente y lleva a la pérdida de la identidad cultural de la isla por presiones externas y a la pérdida de los recursos naturales por un turismo depredador. Al visitar las islas somos partícipes de esta dinámica. En mi opinión, la respuesta no es cerrar la isla a los turistas, pero ser conscientes del tipo de turismo en el que participamos, informarse y tomar decisiones que favorezcan a los isleños.
Laura López Martínez es doctora en Lenguas Modernas de Swansea University. También es traductora francés-español e investigadora en temas como literatura comparada, literatura del Caribe y estudios de género. Ha trabajado en varias universidades y centros educativos en Colombia.



