Si alguna vez me ves por la calle, abrázame
de Andrés Falconer
El día 31 del mes de enero del año en curso, un jurado compuesto por tres editores y el editor general de la revista otorgaron una mención honorífica del concurso de cuentos de Perpetuo a “Si alguna vez me ves por la calle, abrázame” del escritor costarricense Andrés Falconer.
Nerea estaba sentada en el redondeado borde de una de las desvencijadas bancas del viejo quiosco del parque de La Merced. Intentaba resguardarse inútilmente de los primeros vientos gélidos de la tarde, y aún no se había percatado de que llevaba quince minutos desconchando nerviosamente el escaso barniz que cubría la madera, mientras alternaba su visión entre la esquina por la que Pablo debía de haber aparecido hacía media hora y los agujeros a medio reparar de lo que alguna vez había sido un techo en condiciones.
Se preguntaba si después de tanto tiempo sin verse, el chico habría olvidado las reglas del juego. Esperaba que no. Después de todo, ella no había olvidado ni los besos, ni los abrazos: aún se veía caminando por las calles de San José con la cabeza apoyada sobre su hombro, sintiendo la textura del cuero auténtico de su chaqueta de segunda, y el subyacente sabor picante de los tabacos Burley y Virginia de los Chesterfield rojos que quedaba impregnado en sus labios, luego del primer impacto frutal del Oldboy que solían beber los viernes de comedia en el Jazz Café, mientras escuchaban el monólogo de Mr. Cloaca y se partían de risa en sus butacas al lado de la barra.
Las cosas, en definitiva, habían cambiado. En otros tiempos ella nunca habría estado sola en el parque bajo una lluvia incipiente que tintaba todo de tristeza. En cambio, habría estado escuchando esa misma lluvia desde el asiento del copiloto del viejo Corolla Amarillo de Pablo, mientras pintaba sus labios bermellón en el espejito del parasol, y sentía el aliento caliente y jadeante de Bonnie sobre su nuca erizada.
Nerea se levantó mirándose las uñas: desconchar la banca durante tanto tiempo le había roto bajo la punta del pulgar, así que se llevó este a la boca y saboreó el dejo metálico de la sangre hasta que esta dejó de brotar. Luego estiró un poco las piernas y miró a su alrededor. Todo lo que veía carecía de amor: la ciudad que había dejado atrás hacía siete años se percibía casi tan abandonada como los perros que rumiaban su propia sarna en las aceras; y las personas, a las que antes ni siquiera notaba, caminaban cabizbajas sumidas en su propia soledad: San José estaba convirtiéndose en una ciudad sin perdón.
La garúa leve, muy parecida a las que había dejado atrás en Buenos Aires, comenzó a filtrarse por el agujereado techo del quiosco. Nerea se dijo que si Pablo no aparecía en diez minutos, tendría que marcharse al hotel y entonces habría venido al país en vano. A final de cuentas, pensó, todo aquello era una locura: Nadie en su sano juicio sería capaz de volar cinco mil kilómetros por los cielos grises de Sudamérica para pasar tan solo una noche con un amor que la vida misma se había encargado de apartar de su lado. Porque ¿quién tomaría semejante riesgo? ¿Qué clase de imbécil cambiaría la tranquila vista de las luces nocturnas en la Plaza de Mayo, por una precipitación irrevocable hacia la boca sangrante de un coyote pardo? Quizá solo Nerea. Y quizá fuera solo por volver a tocar su piel.
Seguidamente la chica sacó de su bolso una pequeña guayaca de cuero desteñido y la recorrió lentamente con el borde de los dedos, confirmándose a sí misma que, en definitiva, uno podía viajar kilómetros por la sola esperanza de una caricia. De pronto una vibración rápida y doble en el muslo izquierdo la sacó de sus cavilaciones. Era Pablo. Su mensaje era conciso: Llego en diez minutos. Escampá la lluvia en la parada de buses del este. Llevo el Corolla de siempre. P.D.: Mosca envía saludos. Bonnie y Clyde también.
Nerea dejó escapar una inevitable sonrisa. Pablo por fin estaba en camino, y al parecer Mosca los acompañaría esta noche, como en los viejos tiempos.
Le sorprendió un poco que Bonnie y Clyde vinieran. Los creía muertos. Y se preguntaba cómo habían sobrevivido a la horrenda noche en la que ella tuvo que abandonar el país. Se dijo que ahora, sin duda, debían estar viejos y que al final de cuentas el tiempo nunca pasaba en vano.
Seguramente, aquel día llevarían a cabo su último juego.
La garúa había comenzado a arreciar. Nerea se encaminó apresurada hacia la parada de autobuses, cruzando el parque. Presionaba fuertemente la guayaca contra su pecho, como si pretendiera amalgamar el cuero seco contra su piel, y agachaba la cabeza para evitar que el agua le entrara en los ojos. Su cabello rubio y espeso ondeaba empapado al viento y las botas negras de estilo militar que reservaba para esos días ocasionaban pequeñas olas de sucesión especular al entrar en los charcos, en un juego infinito de luces y sombras.
Cuando llegó a la parada, Pablo la estaba esperando; le había mentido para sorprenderla, y seguía tan flaco y desgarbado como siempre. La única diferencia era que unas cuantas canas prematuras se asomaban descaradamente en sus sienes. El chico abrió la ventana trasera y un par de hocicos húmedos se asomaron curiosos. Eran Bonnie y Clyde, y efectivamente el tiempo les había pasado factura.
—Te vas a empapar, Nerea.
—Seguís siendo el rey de la obviedad, mi amor.
Pablo sonrió y abrió la puerta del copiloto para que la chica entrara. Nerea se acomodó en el viejo asiento y luego se giró.
—¿Cómo has estado, Mosca?
—Los malos nunca estamos mal, chica. Bueno... quizá vos sí.
Nerea sonrió y levantó su mano para mostrarle el dedo del corazón. Luego se inclinó sobre el respaldar del asiento y dejó que Bonnie y Clyde le lamieran las palmas de las manos, mientras le pedía un cigarrillo a Pablo.
—Ya no se puede fumar en lugares públicos, mi amor.
—El hecho de que este proxeneta —dijo Nerea señalando a Mosca— haya hecho pasar a tantas... personas por tu carro, no lo convierte en un lugar público, Pablo.
—No has perdido ni un poco el filo, mi amor —dijo Pablo con una media sonrisa. Mosca soltó una carcajada estridente.
—Chica, estoy orgulloso de ser lo que soy. Es más, si yo no lo fuera, ustedes no tendrían diversión. Tu preciada colección, la has formado gracias a mi buen gusto, que no se te olvide eso.
—No —dijo Nerea con algo de altivez—, no se me olvida.
Luego echó una mirada más atenta a Bonnie y Clyde. Los perros tenían enormes cicatrices ramificadas en el rostro. Clyde, que tenía las patas delanteras posadas sobre una maleta de cuero negro y buscaba insistentemente que Nerea lo acariciara, era quien se había llevado la peor parte. La chica le pasó con cariño el dedo índice por el lugar donde había estado su oreja derecha y luego dijo:
—¿Son de aquella noche, cierto?
—Sí —dijo Pablo tendiéndole un cigarrillo—. Fue uno de los mejores juegos, fue tan bueno que terminaste en Argentina y te olvidaste un poco de nosotros.
Nerea le dio una calada profunda al Chesterfield y luego dejó ir el humo por la ventanilla. Por un momento le pareció que las grises nubes josefinas habían bajado lo suficiente como para tocarlas.
—¿Uno de los mejores? —dijo Nerea—. Nos emboscaron, Pablo. Huimos de puro milagro. Si no hubiera sido por estos chicos —dijo mirando a Bonnie y a Clyde—, ni siquiera hubiéramos podido concluir.
—Sí, estuvieron magníficos. Nunca los había visto tan fieros, los aniquilaron a todos. Creo que precisamente por esa emboscada fue uno de los mejores, no siempre uno tiene la oportunidad de estar del otro lado. Ayuda a empatizar, ¿sabes?
Mosca soltó una risotada estridente y luego dijo:
—Me parece un descaro que, precisamente vos, hablés de empatizar. No conozco a nadie peor que vos, Pablo... Bueno, quizá Nerea cuando hace lo de las pieles; te juro que la he visto salivar.
Nerea sonrió de una forma extraña, algo oblicua. Luego se humedeció los labios rápidamente y le dio otra calada al cigarrillo.
—Eso es cierto. Y también es cierto que se nos hace tarde —dijo Pablo buscando redirigir la atención—. Es mejor que nos vayamos de una vez, la calle está comenzando a llenarse de autos y los perros ya no están para estas cosas. Llevan mucho tiempo sin pasar una noche en vela.
Pablo arrancó el Corolla, que emitió un sonido ronco y agonizante antes de comenzar a moverse lentamente.
Estaba comenzando a oscurecer, y la ciudad de pronto parecía más limpia.
—Deberíamos actualizar un poco las cosas, Nerea —dijo Pablo mientras esquivaba un bache—. No sé si lo recordás, pero llevás algún tiempo fuera.
—No seás llorón, Pablo. Sabés que no me fui porque quise. ¿Ha habido cambios en el procedimiento?
—En el procedimiento no, pero sí nos movimos a otra zona... creo que podés intuir la razón.
Nerea caviló un instante, y luego dijo:
—¿Entonces sí fueron los Méndez los de la emboscada?
—Sí, nos costó años tranquilizarlos. Son un grupo grande, y si no fuera por los perros, lo serían aún más. La condición que pusieron para no matarnos fue que no volvieras... y que abandonáramos el territorio. Solo cumplimos una, como bien sabrás.
Pablo pasó un poco más rápido de lo normal sobre un bache, provocando una fuerte sacudida en la suspensión del Corolla.
—Tené más cuidado, Pablo, la vas a lastimar —Nerea se dirigió a Mosca—. ¿Eso no ha cambiado, cierto? Seguís prefiriendo mujeres.
—Por supuesto que no. Como comprenderás es lo que tengo a mano.
—¿Y quién es el nuevo líder? —continuó Nerea.
Cuando Pablo habló, Nerea notó de inmediato que había algo extraño en su voz. Era algo que casi había olvidado: una levísima inflexión que actuaba como una suerte de velo entre dos realidades superpuestas: una completa y otra dicha a medias. Algo, en su opinión, muy propio de los niños.
—La nueva líder, querrás decir. Kim ocupó el lugar de su hermano.
Nerea se hundió en el asiento del copiloto. Era obvio que la iban a elegir a ella, no había otra opción. De pronto tuvo la sensación de que, debido a la velocidad del auto, las luces de los faros municipales adelgazaban hasta mezclarse en una línea fina y brillante, como la que la luz forma al pasar por debajo de las puertas, y escuchó con una sorprendente claridad la respiración agitada de Bonnie a su lado mientras sentía la rugosidad del cemento mal colado raspando ligeramente sus rodillas.
Estaba en el bosque, en una cabaña malvenida. La chica se había escapado por culpa de esos malditos. La sombra de las botas militares de Marcos Méndez interrumpía acompasadamente el paso de la luz por el resquicio de la puerta. ¿Por qué diablos estaban ahí? Aquel no era su territorio. Los pasos cesaron y la sombra se tornó estática. No había salida. Nerea le dio dos palmaditas a Bonnie en el lomo y la perra se colocó en posición de ataque a un costado de la entrada, y cuando la puerta se abrió de golpe a Nerea solo le bastó un silbido agudo para que todo terminara cubierto de sangre.
Cuando todo terminó, observó a Clyde en el descampado. Estaba prendido del cuello de uno de los perros de los Méndez y tenía una herida abierta en el rostro. Pablo estaba atrincherado tras un eucalipto y cargaba la escopeta apresuradamente. Nerea dio un paso en su dirección, pero una mano sudorosa la detuvo. Era Mosca.
—Ni se te ocurra, chica, tenemos que recuperar a la presa.
—Debe estar a kilómetros.
—Le tenés demasiada fe a una puta, Nerea.
—Es una puta asustada, imbécil.
—Entonces es mejor que te des prisa. No pueden quedar cabos sueltos. Esa es la única regla, lo sabés.
Nerea asintió. Sacó la guayaca de su bolsillo derecho y se la dio a oler a Bonnie.
—Vamos, chica, no nos falles.
La perra comenzó a salivar profusamente. Olisqueó un poco el aire y luego se puso en camino.
—¡Chica! —Mosca examinaba con curiosidad la cabeza destrozada de Marcos Méndez—. Vas a tener que irte. ¿Lo sabés, no? Era su líder.
—Lo sé. ¿Qué van a hacer ustedes?
—Ahora, terminar con estos tipos. Date prisa. Te esperamos acá.
Bonnie ladró dos veces y apuntó el hocico hacia el este. Era momento de correr…
Nerea no supo si se había quedado dormida, o si, como le solía pasar con frecuencia, se había sumido tanto en sus pensamientos que el tiempo había dejado de tener importancia. En aquel momento la voz de Mosca diciéndole que ya habían llegado parecía provenir de un lugar lejano, casi fantasmal. Y la visión de Bonnie acorralando a la chica contra un árbol, no parecía más que un falso recuerdo.
Nerea se bajó del Corolla algo atolondrada y miró a su alrededor. Le costaba enfocar, pero reconoció el lugar de inmediato.
—Es el Braulio Carrillo, ¿cierto?
—Sí, queríamos hacerlo en grande, no hay un bosque más profundo en el país —dijo Mosca mientras se rascaba la barbilla.
—Sabés que nos la puede quitar algún puma, ¿verdad? No quiero que un animal me quite la gloria. Hace mucho que no hago esto, Mosca.
—No va a pasar, no te preocupés. Además, este lugar aún no es territorio de nadie.
Pablo orilló el auto, camuflándolo entre unos arbustos altos, y cuando terminó abrió la puerta trasera y sacó la maleta de cuero por las manijas. Luego llamó a Nerea y a Mosca.
—Son casi las doce. Tenemos que empezar. La adrenalina está en la guantera, Mosca. Hay dos dosis, como siempre.
Pablo siguió a Mosca con la mirada, mientras este rodeaba el auto, y luego fijó sus ojos en los de Nerea mientras la tomaba de la mano. Bonnie y Clyde los miraban desde el interior.
—Seguís teniéndolas frías todo el tiempo, mi amor.
—Qué puedo decir, estoy más muerta que viva.
—Me alegra que hayas venido.
—Más vale que valga la pena. No me gustan demasiado los imprevistos, Pablo.
—Va a ser increíble, te lo prometo.
—Bueno, tortolitos, después cogen... empecemos.
—Sos un idiota, Mosca —dijo Nerea con una sonrisa.
Pablo sacó las llaves del auto de su bolsillo y abrió la cajuela. Adentro había una chica desnuda, de piel morena, cabello ondulado y espeso. Estaba completamente inconsciente. Cuando la sacaron, sin demasiado cuidado, Nerea notó que tenía quemaduras de cuerda en las muñecas y en los tobillos, también que estaba muy delgada, por lo que concluyó que la habían tenido presa un buen tiempo. Eso no le gustó demasiado; quizá les facilitaría demasiado las cosas.
Mosca se acercó a la chica con una pequeña jeringa en las manos y le inyectó en la carótida la primera dosis de adrenalina. Luego se apartó y le indicó a Nerea con la mirada que era su turno.
—Date prisa, está a punto de despertar.
Nerea giró a la chica de espaldas empujándola con su pie, luego sacó la guayaca de su bolsillo y la abrió. Extendió la mano para recibir un pequeño bisturí que le alcanzó Pablo. Se inclinó sobre ella y le comenzó a cortar un rectángulo mediano en la capa superficial de la piel de la nuca, hasta retirarla. La chica comenzaba a revolverse, emitiendo un extraño sonido, a modo de lamento. Finalmente Nerea levantó el rectángulo de piel y lo observó detenidamente a la luz de los faros del Corolla, asintió complacida, y lo introdujo en la guayaca antes de cerrarla.
—Estoy lista.
Mosca repitió el proceso con la segunda dosis y la chica despertó completamente. Miraba confundida a su alrededor, sin saber qué estaba sucediendo. De pronto, como solía pasar siempre, el dolor la asaltó y se llevó las manos a la nuca, mientras gritaba de dolor.
—¡¿QUÉ ME HICIERON?! ¡¿POR QUÉ A MÍ?! ¡DÉJENME IR, POR FAVOR!
Pablo dio un paso adelante, y la chica se cubrió el rostro aterrorizada.
—Hola, Graciela, siempre es un gusto verte. Aunque me temo que esta noche nuestros caminos se separarán. Cuando te mudaste con nosotros, un poco en contra de tu voluntad, por supuesto, te indiqué que tu propósito final era ser parte de un juego. El día ha llegado, cariño.
—¡POR FAVOR NO ME MATE, TENGO QUE CUIDAR A MI MAMÁ, ESTÁ MUY ENFERMA!
—El hecho de que tu vida termine hoy dependerá exclusivamente de vos. Te vamos a dar veinte minutos de ventaja, durante los cuales tendrás la oportunidad de escapar internándote en el bosque; luego, iremos tras tu pista. Y de encontrarte, te asesinaremos. Necesito que me indiques si comprendiste.
—¡¿POR QUÉ ME HACEN ESTO?! ¡NO QUIERO MORIR!
—Graciela, querida. Estamos a punto de comenzar. Necesito que me indiques si comprendiste.
Graciela asintió temblorosamente mientras se levantaba y entonces Pablo le indicó mediante una señal de su mano que se podía marchar. La chica se internó en el bosque, tambaleándose ligeramente. Su piel morena brillaba con un tono cobrizo por la luz de los faros del Corolla, y dentro del auto, Bonnie y Clyde salivaban agitados.
Andrés Falconer. Escritor costarricense de 28 años y residente de Cartago. Su vínculo con las letras nació a los 15 años, alimentado por la tradición oral de su abuela, de quien heredó la capacidad de encontrar lo extraordinario en lo cotidiano.
Falconer cultiva una narrativa de contrastes donde la melancolía urbana se entrelaza con un terror visceral e ineludible. Para él, el horror no reside en lo fantástico, sino en lo real: el deterioro de los seres amados, el peso del duelo y la violencia que late bajo la piel de la ciudad. Su estilo, visual y crudo, explora la delgada línea entre la memoria y lo macabro.
Actualmente, trabaja en dos novelas que consolidan su visión del suspenso psicológico y la fragilidad humana.





Me atrapó hasta el final, felicidades!
¡Necesito la continuación!