Si es Jane Austen termina en boda
Adelanto: Queremos tanto a Jane de Juana Libedinsky
A modo de introducción
Este es un adelanto exclusivo del libro Queremos tanto a Jane de Juana Libedinsky. El libro es una exploración a detalle de la obsesión que, por siglos ya, la humanidad ha tenido con la obra de Jane Austen. Misma que une a gente en Estados Unidos, la India y Argentina, llevando a que muchos, cada año, se vistan con prendas de la época victoriana para personificar a Emma Woodhouse o a Elizabeth Bennet.
Libedinsky es una persona radiante, que, en sus palabras, te explica la fascinación con Austen con el rigor de una investigadora buscando respuestas pero, también, con la fijación de una fanática que lleva la vida entera queriendo la obra de Austen. Por algo, es de las mejores personas para contar esta historia y tratar de desenmascarar lo que oculta su título. ¿Por qué puede, con tanta certeza, afirmar que el mundo quiere tanto a Jane?
Ahora, antes de dejarles el texto, una nota aclaratoria. Libedinsky nos dio el libro entero y nos dejó con la tarea de escoger el capítulo que quisiéramos para compartir con nuestra audiencia. Optamos, en un giro que amerita explicación, por compartir el epílogo. Lo hicimos por dos motivos. Primero, porque es el capítulo que mejor refleja esa naturaleza dual de Libedinsky—investigadora y fanática—. Es una pena que no se pueda sentar el mundo entero a hablar con ella; este epílogo es, a su manera, lo más cercano a la experiencia. Segundo, porque llega al corazón de la cuestión. Es la parte del libro que, con más detalle, se adentra en la obsesión moderna con Austen—y lo hace de tal forma que es inevitable salir a la librería más cercana y comprarse Emma u Orgullo y Prejuicio al terminar de leerla—.
Con esto dicho, dejamos a Libedinsky hablar de Austen. Si quieren leer el libro completo, les dejamos el siguiente enlace:
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Es una verdad universalmente reconocida que, cuando uno está camino a un Regency Ball y la gente, en vez de susurrar sobre lo decoroso de los nuevos botones de madreperla para cerrar los guantes de seda largos o lo exquisito del arpa que va a acompañar la entrada de señoritas, empieza a gritar «¡Hijos de puta, hijos de puta, piquete, piqueteeee!» y tiene que intervenir la policía aeronáutica, no estamos exactamente en tiempos del Príncipe Regente.
Ese era, al menos en teoría, mi viaje a Buenos Aires para asistir a un evento inmersivo con música y baile de época en homenaje a Jane Austen por los doscientos cincuenta años de su nacimiento. Pero el avión no despegó aquella noche del aeropuerto Kennedy. Y cuando al día siguiente, tras tantas horas de espera, anunciaron, sin dar una sola explicación, que tampoco saldría, la turba de pasajeros —mayoritariamente argentinos y muy indignados— se descontroló. El clímax fue cuando los empleados de la aerolínea intentaron calmar los ánimos repartiendo vouchers de 12 dólares para consumir en el aeropuerto (sólo el flat white de Starbucks ya cuesta unos 7 dólares). Fue un momento María Antonieta diciendo «que coman torta» a quienes pedían pan o, en este caso, simplemente volver a casa.
Mi marido intentó consolarme recordándome que los trayectos complicados abundan en las novelas de Jane Austen: «A la hermana grande linda la agarra un diluvio cuando va a caballo a lo de los ricos, se enferma y casi se muere, pero después todo termina bien», me dijo. Acabábamos de ver juntos la producción de Orgullo y prejuicio de un grupo shakesperiano que se había desviado de su repertorio isabelino para homenajearla, así que él tenía al argumento bien presente. Pero yo estaba muy triste. Mis padres encima me habían encontrado en San Telmo un encaje exquisito apenas decolorado que era ideal para poner un ribete sobre mi vestido de poliéster y darle una pátina de autenticidad/respetabilidad. Tendría que esperar.
Mandé entonces a unas amigas del colegio en mi lugar. Marilyn Butler, la gran especialista en Jane Austen de la Universidad de Cambridge, decía que las amistades son testimonio del «carácter y del sentido moral» de las heroínas de sus novelas y que «revelan tanto sobre ellas como las elecciones románticas».
En ese sentido, las chicas (¡viva la camada 91!) me hicieron pasar la prueba con honores. Se armaron un vestuario de época a último momento y marcharon al auditorio del colegio San José, en el barrio del Once, donde se realizaba.
Se encontraron, para su sorpresa, con cientos de personas. Entre ellas, Yerimen Iglesias, quien desde 2013 lidera un grupo de fans dedicado a Jane Austen. «La mayoría somos del conurbano, algunos del interior. Hay chicas que están haciendo la licenciatura en Letras, pero también muchos como yo, que nos interesamos por Jane Austen gracias a las películas o la posibilidad de disfrazarnos y recrear escenas históricas. Cada vez se suman más hombres, que se animan a vencer prejuicios y ayudan a mostrar cuán amplia es esta comunidad, que ya era diversa en edades. Es un gran combo.»
Yerimen subraya que para llegar a un público joven más masivo fue clave haber sido invitados al FantastiCon Buenos Aires en 2017: un espacio híbrido entre feria, encuentro literario y celebración pop, donde se comparte la pasión por los mundos imaginarios en comunidad, algo típico de la cultura geek.
Esta participación, si bien puede resultar sorprendente, era más que legítima. Mucho antes de que existieran los Trekkies o cualquier otra tribu del fandom moderno, ya estaban los Janeites. Para la académica Adrienne Wadewitz —feminista, fan de Star Trek y ferozmente leal a la comunidad de admiradores de Jane Austen— se trata nada menos que del linaje fundador de la fan culture contemporánea. Sostiene que fueron pioneros en prácticas hoy reconocibles como centrales del fenómeno fan: la creación de espacios compartidos, las peregrinaciones a lugares clave, las ficciones derivadas, la apropiación afectiva de los personajes y hasta formas tempranas de cosplay decimonónico. Para Wadewitz, estas conductas nunca fueron meras excentricidades, sino modos sofisticados de interacción cultural que desafiaban la división entre lectura «seria» y placer popular. Los mismos organizadores estaban detrás del gran encuentro Regency porteño en el que mi alma Janeite bailó, pero mi cuerpo no pudo hacerlo por fallas aeronáuticas.
En el auditorio del colegio San José también había gente bastante mayor, con gran amor por las novelas y por la serie de la BBC de 1995. Lo curioso fue que, entre las anécdotas que compartían los distintos grupos, había una historia que se repetía y que era muy parecida a la retratada en la joyita francesa Jane Austen arruinó mi vida. A muchas mujeres les parecía que ningún hombre real estaba a la altura de los protagonistas de sus novelas favoritas. Otras, más terrenales, aclaraban que Austen les había arruinado la vida por la plata que gastaban en géneros para confeccionarse los vestidos de época, a lo que había que sumar los souvenirs y el merchandising —guantes de seda, carteritas— que estaban a la venta y que eran irresistibles. Hacía mucho frío, en plena ola polar porteña, pero lo que más les sorprendió a mis amigas fue la calidez generada entre todos. Era la misma que se repetía en los encuentros austenianos en otros puntos del globo.
«¿Las personas bondadosas y generosas se sienten atraídas por Jane Austen? ¿O leer a Jane Austen inspira bondad y generosidad? Sea cual fuere la explicación, los Janeites que conocí mientras investigaba para hacer este libro fueron de las personas más encantadoras con las que he tratado jamás», concluye Deborah Yaffe en Among the Janeites, su estudio fundamental sobre los fanáticos de Austen.
En la Argentina, la referencia literaria obligada cuando se habla de fanatismo por una figura cultural suele ser Queremos tanto a Glenda, de Julio Cortázar. En ese cuento, quienes adoran a la actriz Glenda Jackson se vuelven tan posesivos como los austenianos con su autora, pero no saben canalizar positivamente su adoración y todo termina en violencia.
Quienes queremos tanto a Jane, parece, somos bastante distintos.







