Sobre el comunismo del capitalismo
Cartas al editor #6
Para LMF, por preguntón.
Ser comunista es como hacer el amor en público o vengarse de un enemigo: todos quieren hacerlo, pero nadie lo reconoce. Hay algo tentador del comunismo; hasta atrevido. Supongo que, en gran medida, es el acto de rebeldía por el cual a los jóvenes les gusta la música de vanguardia o, en la adolescencia, parecemos predispuestos a irnos por la persona más opuesta a nuestros padres que nos sea posible. Lo mismo con la política. Nada más radical que el modelo que niega a todos los modelos; que llama a su revocación e, incluso, tiene el coraje de decirles que se equivocan.
Así mismo, es algo impropio. Es un insulto en muchos círculos tanto que, entre la izquierda, salvo un par de ejemplos contados, los partidos comunistas se han ido desvaneciendo y quedan, a penas, un par de políticos que se autoproclamen de esa índole. De nuevo, la gente no va pregonando en público “me llamo José Luis, quiero coger en un parque”. Así, tampoco, se diría “me llamo José Luis, soy leninista”. Y no porque quiera hacerlo o porque lo sea. Solo porque hay un estigma a la palabra que toca evadir.
A pesar de ello, profeso que el comunismo está latente en nuestra sociedad. Tanto en lo bueno como en lo malo. Hay un ámbito comunista que me parece indiscutible en el capitalismo moderno; tanto que Marx, si estuviera vivo, quiero suponer que sonreiría ante un par de cosas de la empresa moderna y se reiría de otras tantas. Pues no hay nada más comunista que la empresa moderna. Así lo sostengo.
No lo admitirán porque es antitético—es hasta sacrilegio—pero es cierto. Mientras más lo pienso, más veo cómo en las empresas de nuestros tiempos permea algo tan similar al comunismo como para sonreír de lado a lado ante la coincidencia.
Inicio por lo bueno. Me parece indiscutible que, en este capitalismo de siglo XXI—y antes, mucho antes, ya por principios del XX—ha absorbido principios comunistas. El más claro es el de la propiedad colectiva de los medios de producción. No en lo literal—ningún trabajador es dueño de las máquinas que opera—, pero sí en lo abstracto. Cada vez son más las empresas que dan a sus empleados acciones. Otras tantas les pagan utilidades. Aunque sea un gesto pequeño, forma un reconocimiento tácito que el comunismo tenía algo de razón. Para que el trabajador no se rebele, tiene que ser dueño, aunque sea en parte, de la empresa a la que le dedica su vida. El contrato donde las horas de trabajo se intercambian por dinero es, en muchas veces, insuficiente.
(Un paréntesis que, de entre todos los capitalistas, no hay ninguno más comunista que el startupero; es decir, el que construye una empresa de tecnología desde cero. Muchos de ellos atraen talento con salarios bajos pero, en su lugar, con promesas de acciones—es decir, propiedad de la empresa—. Acá hay mucho debate. Que si es, en verdad, una fracción considerable; que si el trabajador, de verdad, quiere las acciones o solo planea venderlas. Pero me limito a destacar que Silicon Valley le aprendió algo a Moscú).
Puede decirse lo mismo cuando se habla de prestaciones laborales, seguros médicos, pensiones del retiro; toda esa red social auspiciada por la empresa. Nada más comunista que un estado fuerte que da servicios a sus ciudadanos siempre y cuando puedan colaborar. Siempre y cuando puedan hacer su jornada. El estado da; el estado regala. Lo mismo la empresa moderna. Da a sus trabajadores mucho más que dinero. (Aunque de nuevo, esto solo es un abstracto y siguen habiendo cientos de miles de empresas que se acercan más al capitalismo que veía Marx).
Pero lo que más me impresiona es lo malo. Las empresas han aprendido también del comunismo fallido. O lo que es lo mismo, son tan lectoras de Marx como de los discursos de Chavez o las prácticas de Stalin.
No son todas. Tampoco es generalizado. Pero sí existe una especie de empresa en el capitalismo que se asemeja tanto a los pecados del comunismo como para no mencionarlo.
Pienso acá en la empresa tiránica, con un jefe empoderado encima. Ya son tantos amigos que me han contado de experiencias similares que me parece innegable el imperativo a generalizar. Está el jefe que controla todos los medios; que monitorea los correos que se mandan y toma represalias cuando hay errores mínimos. Algo digno, en verdad, de la KGB estalinista. También el jefe que consolida todo alrededor de su persona y sus secuaces como el politburó. El jefe que es el estado pero aparenta que otros tienen poder de decisión.
Lo que es más, han aprendido a usar la retórica del estado a su ventaja. Cuántos amigos no me han contado de historias similares. Llega el final del año. La empresa ha crecido. Uno va a pedir un aumento. El jefe los ve con frustración y contesta: “José Luis, te entiendo y quisiera dártelo, pero en estos momentos no podemos hacerlo; la empresa no tiene los recursos”. O el más suculento: “si supieras cuánto gano, entenderías que esto aplica a todos” dicho a un costado de una foto junto a las pirámides de Giza o en la marina de Singapur.
Ahí, en la empresa, aplica el máxime de Marx sobre el comunismo, la sociedad donde cada quien da de acuerdo a su capacidad y recibe de acuerdo a su necesidad. El patrón, como arbitro del estado, puede recordártelo. Te menciona los valores de la empresa y la misión. Te dice que todos están juntos y que aguantes un poco más; que puedes aguantarlo. Da lo que eres capaz, toma lo que te podemos dar.
Es, en ocasiones, estalinista y hasta chavista en su cinismo. El patrón sigue saliendo de vacaciones. Sigue manejando un carro más caro. Sigue enviando a sus hijos a un mejor colegio. Muchos siguen llegando tarde y siguen yéndose temprano. Y siguen sin dar aumentos destacando el bien común y el propósito compartido de la empresa como un líder de partido hablaría de la gloria que vendrá con el ascenso de la Unión Soviética.
Pasa, sin duda, que es más fácil comprarse el romanticismo de un país que el de una empresa. En la URSS no se podía salir. Acá basta con renunciar. Espero los trabajadores, como siempre menciono, se percaten de ello y vayan a buscarse otras empresas que sean comunistas en lo bueno y no en lo malo. Al final, no tienen nada que perder más que sus cadenas y tienen el mundo para ganar. Pero eso lo dijo otro barbón en otro contexto. Supongo acá aplica igual.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. Puedes escribirle una carta presionando el siguiente botón:




