A los organizadores de la semana del arte, a quienes congratulo por su fracaso—bien merecido—.
Por primera vez desde que vivo en la Ciudad de México, fui a una de las galerías que retoñan en este invierno de febrero por los rincones de la capital. Es decir, fui parte de la semana del arte de la ciudad.
Mi participación se limitó a una sola galería; pero, tras hablar con otros tantos amigos y colegas, concluyo que, de haber visitado más, mi conclusión habría sido la misma que me llevé de esa solitaria experiencia. Nunca, en mi vida, había visto tanto arte que no me evocara emoción alguna. Nunca había salido de una galería decepcionado. Y, a su manera, lo agradezco.
Vi, en una sola tarde, desnudos en fotografías a blanco y negro—no sé qué agregaba la falta de color—, una ballena de plástico rodeada de un condón estirado—espero, sin usar—y el logotipo bien pintado de una cadena televisiva—quizá, el cuadro más detallado que vi—. Aprecié cómo, una de esas estatuas móviles, parecía estar tan mal calibrada que pegaba muy tenue contra un platillo de batería sin emitir sonido; me reí con la astucia de quien hizo unas pesas con platos de talavera. Lo único que recuerdo sentir fue una confusión enorme mientras una parte de mi cerebro se estiraba alrededor de las obras frente mío, trataba de imponerles un significado y, tras un breve triunfo—las pesas eran fragilidad; la ballena y el condón, algo sobre los mares muriendo—, me percataba de cuánto esfuerzo había requerido para obtener solo la moderada satisfacción intelectual de haber comprendido algo que, tal vez no tenía sentido alguno.
Lo que prevalecía era una confusión latente ante el arte frente mío y el aterrador sentimiento de haberme vuelto viejo; incapaz de entender las vanguardias. Claro que, muy pronto, me di cuenta de lo contrario.
Se describe mejor con una escena. Ya en uno de los pisos superiores de la galería, entré a una habitación cubierta de alfombras. Me encontré a unos amigos, de sorpresa y, entre pláticas de nimiedades, me preguntaron qué opinaba de las piezas. Contesté, con sinceridad y con una voz lo suficientemente fuerte para que a los alrededores me escucharan: «creo que no entiendo un carajo del arte». Todos se rieron. Una señora desconocida que pasaba, volteó y, entre sus risillas, asintió a lo que decía. La gente entera con la que hablaba mostraba la misma confusión mientras subía al paraíso del arte: la terraza con bar y servicio a la carta.
Ahí, sentado, mientras bebía con amigos—aunque mucho menos de lo que la situación ameritaba—me intrigó el motivo por el cual tantos de nosotros pagamos por una galería que, francamente, evocó tres comentarios—todos sobre la falta de mérito en lo que vimos—, antes de pasar al humor y al chisme. Por no quedarme como haría un anciano y decir, tan solo, que los tiempos me superaban y que era incapaz de entender al arte, preferí ser optimista ante la barbarie. Había algo bueno en esa abundancia de rarezas.
Lo había en lo concreto. Vi, en ese lapso, una sola pintura que me evocó algo más allá de la confusión. Era de unas figuras verdes, redondas, que se asemejaban a las palmeras de tronco torcido en mi natal Cozumel; esas que se van cayendo y cayendo sin jamás tocar la arena. El fondo era de un negro mate y, en un giro, se reunían por trazos de un verde más claro que parecían hechos de fuego. Algo me decía de una paz dentro de un bullicio; algo me afirmaba de cómo hay un orden en el desordenpor el cuál para quien lo sabe encontrar. Me habló la pintura aún si desconozco al artista—no había placa cercana—y también sus motivos.
Lo había, también, en lo teórico. La existencia de esa singular pintura que admiré era lo suficiente para sugerir que esa exposición entera había valido la pena. Incluso, que en sus fracasos había algo mayor y admirable. Su propósito era exponer obras que buscaban hacerse en contra de lo establecido; de crear nuevo arte tras tantos y tantos siglos. En esa cercanía a la frontera de la vanguardia, era inevitable uno que otro fracaso. No todos los artistas están destinados a vencer al olvido.
Y ese, quizá, era el motivo por el cual valía la pena pagar por esa galería y tolerar el arte contemporáneo. Por la osadía de atreverse y el crear un espacio que, intencionalmente, se atreve a fracasar en un esfuerzo cándido por llegar a la vanguardia. Aún si la gran mayoría de las obras que vi no me hicieron sentir vivo como el arte debe; aún si, casi todas, por ende, fueron un fracaso, existe un mérito enorme en haberlo hecho. Valía la pena por salirse de lo establecido y no hacer más que copias de Van Gogh.
Más que un museo, donde las obras ya han sido vanagloriadas y añejas por los méritos del pasado, el propósito de las galerías es mirar de frente al futuro y traerlo a nuestro lado. Como ese futuro es hipotético, va en cientos de direcciones que no logramos distinguir, la una más atrevida que la otra. Un sólo sendero será el que sigamos; solo un manojo de obras se harán en clásicos. La semana del arte está para impulsarlo.
Así que sostengo lo que he dicho. No defenderé obras que me parecieron mediocres. Tampoco le buscaré explicaciones a eso que claramente no lo tiene por el placer de sentirme intelectual. Reconoceré, sin discusiones, el enorme fracaso de todo lo que vi esa mañana que se hizo tarde. Lo haré porque sé que ese es el propósito—o al menos, es ese el que me digo para vindicar mis actos—.
A los organizadores de la semana del arte de la Ciudad de México, quisiera tomar un segundo para aplaudir sus labores. Su curaduría fue un fracaso. No pediría que fuese de otra forma.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.




