El vínculo afectivo suele pensarse bajo la expectativa de un equilibrio: dar y recibir, entregarse y ser correspondido. Esa expectativa orienta de forma tácita nuestra relación con los otros y con nosotros mismos, como si el afecto pudiera organizarse según un principio de equivalencia.
Sin embargo, esa suposición no se sostiene en la experiencia. Las emociones no responden a criterios de compensación ni admiten un cierre definitivo. De esa tensión entre ilusión y realidad surge lo que aquí se entiende por una economía emocional enferma.
La incurable asimetría
Toda relación está marcada por una disonancia. Uno ama más, otro menos; uno se entrega, otro calcula. Y el que ama en exceso se transforma en un mendigo sublime, que implora a las puertas del templo del otro sin recibir jamás la hostia de la reciprocidad. Allí se revela la enfermedad: no en la ausencia del afecto, sino en la expectativa de que este deba ser equitativo, justo, contable. Como si los latidos pudieran medirse en una balanza, como si la intensidad tuviera su exacto retorno.
El silencio como epitafio
El silencio del otro no es ausencia inocente: es el recordatorio de que la moneda de nuestras emociones no circula más allá de nuestras propias manos. El que aguarda respuesta escucha, en la pausa del interlocutor, un eco funerario. El mutismo se vuelve tumba y cada instante sin palabras es un epitafio invisible. En esa espera, ya no es posible distinguir entre dar y perder.
El espejo del ideal
Más grave aún: amamos no al otro, sino a nuestra proyección en él. Elevamos sus gestos mínimos a la categoría de símbolo; lo divinizamos, lo transformamos en cifra de nuestra propia insuficiencia. El otro no es ya un ser humano sino un espejo: cuanto más luminoso lo imaginamos, más nos hundimos en nuestra sombra. Esta transfiguración enferma el vínculo, porque lo condena a la imposibilidad: nadie puede sostener eternamente la carga de ser la salvación de otro.
La fatiga de existir ante los otros
En esta economía enferma, el deseo no es solo ser amado, sino ser visto sin pedirlo, comprendido sin explicaciones, necesitado sin tener que mendigar. Cuando esa expectativa no se cumple, no se produce únicamente una decepción, sino una forma persistente de desgaste en el vínculo.
Ese desgaste no adopta la forma de una ruptura ni de una soledad radical, sino de una distancia difícil de nombrar: la experiencia de sostener una presencia que parece no producir efecto alguno, de permanecer en un espacio compartido donde el estar no termina de adquirir consistencia. De allí surge la fatiga de existir ante los otros.
Redención negativa
Quizás la única cura posible no consista en sanar, sino en aceptar la enfermedad como destino. La economía emocional nunca será justa: siempre habrá exceso, falta, silencio. La tarea es soportar esa asimetría sin reclamarla como deuda. La redención no significa poseer lo amado, sino renunciar a la ilusión de poseerlo. Amar, entonces, no es reclamar equilibrio, sino abrirse al riesgo del desajuste, incluso a la angustia de la indiferencia.
Amar sin exigir retorno: esa sería la única forma de riqueza en medio de la ruina. Todo lo demás es contabilizar pérdidas en un libro ya escrito por adelantado.
Angelo Chacón Sequeira (San José, Costa Rica) es escritor y profesor en formación de Literatura y Castellano en la Universidad de Costa Rica. Escribe poesía, teatro, aforismo, ensayo y relato, con una marcada presencia de la tradición clásica, lo simbólico y lo fantástico. Su escritura se centra en la muerte, el desasosiego, la culpa y la reflexión metafísica. También ha traducido poesía de H. P. Lovecraft.



