Hace unos días, pude ver cómo grababan, en vivo, un podcast sobre libros. Era un debate domesticado; más bien, habría que llamarlo una conversación, aun si la intención era discutir. La idea era que una persona hablara a favor de la ficción y otra de la no ficción.
Disfruté tanto de verlo—tanto, tanto—que quise escribir de un par de ideas, unas palabras y dos subjetividades que muestran la brecha entre mundos literarios. Aunque no me hicieron preguntas a mí—es más, yo hice preguntas a los panelistas al terminar—, me quedé con ganas de alzar, con mayor detalle, una cuestión que, ni siquiera, se tocó en el debate. Me he pasado el resto de la semana pensando en el tema—tanto que, temo, me saltaré otras cuestiones pertinentes a Perpetuo para escribir de ello. La cuestión, en sí, es si el debate que vi, valía, siquiera, la pena. Si, en verdad, es digno discutir entre ficción y no ficción.
Con ello, no me refiero a que exista un ganador entre las categorías. Ese sería un tema tan iluso como comparar los libros de México con los de Sudáfrica; los del inglés, con los del francés. Sería, pues, un debate entre literaturas. Uno que no disfrutaría porque es sujeto a sesgos que van más allá del mérito (comparar una novela con otra, me parece digno; comparar grupos enteros, ya es una exageración).
No. Me interesan los términos del debate. Me interesa examinar si es digno hablar de ficción y no ficción.
El debate, en principio, me parece ajeno. Es uno que nos evade como hispanohablantes y, sinceramente, había olvidado que dicha división existía o que, siquiera, fuera motivo de debate. La división en estos dos géneros es una invención estadounidense que, quizá dada su predilección a lo veraz, se inventaron estas categorías que distan de cualquier librería en el mundo hispanohablante.
Es, en resumidas cuentas, una división sobre la veracidad de una historia. La ficción fue creada, en su totalidad, por el autor; la no ficción, es un recuento de hechos reales. La ficción, entonces, representa la novela y los cuentos; la no ficción, al ensayo y las biografías—y todo lo demás que declare ser real—.
Me parece insensato. Así se lo dije a los interlocutores cuando terminaron de hablar. Me parece incoherente ver al mundo en estos absolutos que significan poco, por no decir que cosa alguna. ¿Qué pasa cuando, tiempo después, descubrimos que una historia fue inventada? ¿La cambian de anaquel? Y, ¿qué hay de las novelas que se inspiran en la realidad?
¿Qué diríamos del Laberinto de la soledad de Octavio Paz? Es un ensayo, pero se lee como poesía. ¿Y de El general en su laberinto; una novela sobre Bolívar?
Lo que es más y pensaba mientras los escuchaba hablar, no me queda del todo claro que las fronteras, siquiera, importen. Como dijo Javier Marías al entrar a la RAE, en un mundo de posverdades—donde todo se puede refutar—, la única manera de hacer algo veraz, es por medio de la ficción. Una paráfrasis, por no encontrar la frase exacta. La división, en cuestión, implica veracidad; la veracidad, a su vez, indica un juez de la misma. No sé, siquiera, si nos quedan esos jueces en la modernidad. No sé en quién confiaría más que en la figura abstracta de un librero moviendo los tomos de un lado al otro de la tienda.
Esa frase lo dice todo. La no ficción me parece tan innecesaria como categoría que, sus creadores, no se tomaron, siquiera, el esfuerzo de darle una palabra. La definieron en contra de su rival. ¿Qué esperanza podría tener? No es ficción. Es eso y ya. Es un absoluto que no dice más que la negación.
Prefiero, en desmedida, la forma en que organizamos los libros en español. Acá, la palabra clave es “literatura”. Luego puede haber sufijos (literatura mexicana, literatura universal, etc), pero la clave es lo que cuenta como literatura y lo que no. Ese no, sin embargo, no es “no literatura”, es una serie de otros términos: historia, filosofía, biografía.
Es evidente que, en esta preferencia, está mi sesgo por lo conocido. Por eso, lo reconozco. Pero, también, opino que es una cuestión con algo de fundamento. En el término “literatura” viene, implícito, la ambición, así como en “ficción” viene implícita la veracidad. Una obra de literatura, por lo general, es más ambiciosa que la que no. También, en general, habla de la calidad del texto—pero eso es tan subjetivo que mejor no volvernos más locos todavía—. Me parece, pues, que la ambición es una subjetividad más digna por la cual desquiciarse. Una que, al menos, puede ser más clara y que se entiende con la misma latencia que se sabe el azul es azul y una voz es grave.
Tiene, la clasificación hispana, el beneficio de quitar de los anaqueles, los libros de mérito escaso, sean de ficción o no ficción. Te deja, entonces, solo con los más ambiciosos; los que aspiran a la literatura y sus acólitos.
Hay problemas, sí. Los hay muchos. El ensayo, por ejemplo, sigue siendo, en esta categoría, una pregunta incómoda que, por lo general, sacamos del anaquel de literatura y les damos un propio—quizá, hasta segmentado, como “ensayo personal” y “ensayo literario”—. Lo único claro es que, en esta categoría, quitas un debate sobre veracidad, casi imposible en el siglo veintiuno y, en su lugar, te metes a uno de la misión del texto.
Quizá sea un debate igual de abstracto; igual de fútil. Solo sé que, si tuviera que pasarme una tarde discutiendo nomenclaturas, preferiría juzgar a un libro por su intención y no por su veracidad. Ahí, veo, hay un punto para el español.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. Puedes escribirle una carta presionando el siguiente botón:




