Sobre ser CEO a los 16 años
Notas sobre la nueva meritocracia adolescente
Esta crónica fue escrita por Brunella Tipismana. Puedes leer más de la autora y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.
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A inicios de 2018 me fue bastante bien en un par de exámenes y recibí una beca para acabar el bachillerato en el extranjero. El colegio que me becó—cuya pensión anual costaba diez años del sueldo de mi madre—buscaba crear «líderes transformadores que tengan un impacto positivo hoy y en el futuro», y era, no por casualidad, tierra fértil para over-achievers como yo.
Mis compañeros pasaron nuestros dos últimos años de bachillerato sacando buenas notas—pero también creando apps, fundando start-ups, bocetando patentes de health-tech y viajando a Tailandia a liderar talleres de enriquecimiento educacional. Yo cofundé una conferencia sobre justicia social y pasé, además, un verano en un programa que aspiraba a «empoderar a jóvenes de todos los sectores de la sociedad para ser líderes de cambio positivo de por vida». Vistas las cosas en retrospectiva, era previsible que en LinkedIn o en las postulaciones a la universidad muchos acabáramos autodenominándonos CEO o Founder o CEO and Founder de nuestras respectivas iniciativas. Cuando me gradué, en mayo de 2020, creía que lo que había visto era algo excepcional. Y tal vez lo era, pero me estoy adelantando.
Unos meses después de mi graduación, la escritora Marella Gayla publicó un artículo en el New Yorker que preguntaba si todo adolescente ambicioso hoy era un CEO and Founder. Me sorprendió, pero no tanto como cuando volví a mi país y reactivé mi Instagram y me di cuenta de que el fenómeno del CEO adolescente no estaba confinado al norte global ni a los suburbios afluentes. Mis amigos y excompañeros, limeños de clase media-baja, nuevos egresados de colegios públicos y agregadores de talento, también habían pasado esos años emprendiendo.
Y no eran los únicos. Amigos de amigos, amigos de amigos de amigos, el tipo de persona que Instagram me recomendaba conocer: las iniciativas eran diversas, y que fueran limitadas por los recursos materiales solo pulía el brillo de sus logros. Mascarillas biodegradables, aparatos tecnológicos sostenibles, programas de apoyo educativo a otros jóvenes. CEO, Founder, Founder and CEO. No era un fenómeno masivo: no todos los chicos que conocía se habían comenzado a identificar como jóvenes ejecutivos. Pero aquellos que sí lo hacían eran los suficientes para marcar el compás de un ritmo que yo había empezado a oír en todos lados.
Es difícil describírselo a quienes no lo han oído de primera mano. Me refiero a una constelación de ideas y comportamientos que han empezado a existir hace muy poco y que, sin embargo, se han vuelto increíblemente populares en los grupos de adolescentes ambiciosos alrededor del mundo. Algunas nomenclaturas y términos recurrentes: innovación, justicia social, agente de cambio, líder. Studygrams, activismo, activismo virtual, infografías de Instagram. Una filosofía del progreso social que podría resumirse en la frase «aporta tu granito de arena». Actividades como los emprendimientos sociales, voluntariados, y debate MUN. Verbos como «networking» y «empoderar». Frases hechas como «jóvenes de bajos recursos y alto rendimiento». Los perfiles de LinkedIn, tan exhaustivos como preuniversitarios; un discurso a medio camino el activismo interseccional y el departamento de recursos humanos de una multinacional.
Pero el elemento más reconocible de este ecosistema es el CEO adolescente. Y tal vez eso es porque el título es muchas veces más alegórico que descriptivo: funciona para aquellos que abren una organización cuya plataforma principal es Instagram, pero también para aquellos cuyos emprendimientos sociales alcanzan los periódicos y el Palacio de Gobierno.
Cuando me sumergí en este ecosistema por primera vez, recuerdo, yo hervía de optimismo: la ambición y la generosidad de mis compañeros me hacía sentir que todo era posible. Optimismo, entonces, y pasión y arrollador idealismo acompañado de un mucho más arrollador orgullo generacional.
A lo largo de mi último año de colegio comencé a dudar de muchas cosas que había dado por sentado, una curiosidad que se acrecentó en mi tránsito entre Perú y Estados Unidos. Veía en todos lados las mismas estructuras, los mismos símbolos incomprensibles: quería saber por qué.
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Esto empieza en Estados Unidos, como siempre. Allí, luego de la Segunda Guerra Mundial, CEO reemplazó a Presidente como título del oficial de más alto rango de una empresa. Pero la imagen del ejecutivo solo alcanzó su estatus mítico luego del ascenso de la industria de la tecnología.
En 2005, Steve Jobs dio un discurso de graduación en Stanford en el que narró, por primera vez, los problemas que enfrentó para fundar su compañía. El discurso, con su énfasis en el triunfo de la resiliencia, la curiosidad y el individualismo, cristalizó los primeros grandes temas de la narrativa heroica del CEO. Los Zuckerberg y Bezos y Musk del mundo luego expandirían este guión, apoyado en la tesis principal de Silicon Valley: el objetivo no era sólo maximizar sus ingresos, sino cambiar el mundo.
Move fast and break things. Hoy la tecnología ya no es sólo una industria: es un sistema de valores, una forma de interactuar con el mundo. Piensa entonces en el misticismo que rodea a la figura del CEO, las cafarenas negras de Steve Jobs o las publicaciones que coleccionan con fervor religioso los hábitos de los grandes ejecutivos. Éxito, autonomía, capital: a través del mito del CEO se refractan casi todas las otras imágenes del éxito de nuestra era.
Eso es, por lo menos, lo que me dijo Julia (cuyo nombre, como el de todos los otros entrevistados, ha sido cambiado para mantener su anonimato). Tiene 17 años. En LinkedIn y otras redes sociales, ella se identifica como CEO and Founder de una organización que divulga información científica en Instagram. Cuando conversamos, me dijo que creía que su trabajo en esta organización la había ayudado a ingresar hace unos meses a una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos. Los títulos ejecutivos los descubrió primero «en el perfil de LinkedIn de varias personas exitosas que yo admiro, como Bill Gates… Son palabras elegantes, pero siento que me acercan a mis objetivos del futuro».
Dicho así, es posible pensar que la influencia del mito del CEO en los jóvenes emprendedores es sólo nominal. Tal vez la distancia entre presidente del club de ajedrez y CEO de ChessForChange no es tan grande; tal vez las acciones que se ejecutan por debajo de ese título (comprar tableros, organizar reuniones, recaudar fondos) son las mismas. Y cabe la posibilidad, también, de que la popularidad de este título en ciertos bachilleratos responda a ciertas ansiedades alrededor de la autopresentación, ansiedades que la lógica de las redes sociales ha agudizado y democratizado. El mecanismo en acción aquí es el mismo al centro de la creator economy, el mismo que conocen bien YouTubers, los influencers, los creadores en Patreon y OnlyFans y Substack. La infraestructura del internet social nos incita a todos a volvernos emprendedores de nuestras marcas personales: es la lógica de una generación.
Sí, sin el internet social no habría un espacio donde presentarse y re-presentarse. Pero la narrativa del CEO no sólo provee el lenguaje para hablar de la ambición, sino también provee una dirección y forma para estos deseos. Porque Julia es clara cuando habla de esos objetivos del futuro: después de graduarse, me dice, «quiero tener organizaciones, empresas y ONGs. Quiero ser CEO».
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Con esto no basta para entender al ejecutivo adolescente. En 2009, la tarjeta de presentación de Mark Zuckerberg decía «I’m CEO, bitch!»: innovación radical, pero con el tono del lobo de Wall Street. Cuando hablo con chicas como Milagros, cuyo emprendimiento busca llevar acceso tecnológico sostenible a zonas rurales, la historia es distinta.
«La situación de la educación en el país es muy dolorosa», me dice mientras sacude la cabeza. Fue esa consciencia la que la llevó a fundar un proyecto para que más estudiantes «accedan a la información y que con esa información puedan transformar sus vidas y sus comunidades».
La escucho hablar y pienso en cómo la imagen pública de la generación Z—conformada por aquellos nacidos de 1997 en adelante—es una paradoja. Por un lado está el cliché de la generación de cristal y, por el otro, el cliché de la generación activista; al centro de la contradicción está la justicia social. Hoy se aspira no solamente al progreso y la justicia, sino a la hegemonía cultural de los movimientos que buscan estos ideales. Alguien más insoportable lo llamaría lo woke. BlackLivesMatter, LoveIsLove, MeToo, FridaysForTheFuture; Greta Thunberg, Malala Youzafai, Emma González.
Pero tal vez la evidencia más tangible del nuevo protagonismo de la justicia social es la adopción de su lenguaje por parte del capitalismo. Ahora existen áreas como el emprendimiento social, que es donde Milagros ubica a su proyecto: «La gente piensa que somos una empresa o una ONG», me dijo, «pero estamos entre ambos».
Llámalo la intersección Thunberg-Zuckerberg. Es que suena tan bien. «Los jóvenes emprendedores innovan y usan la tecnología para salvar el mundo» podría ser la premisa de una película Disney, o el título de una charla TED. El país se cae a pedazos, el mundo se cae a pedazos, las pandemias se sucederán para siempre hasta que la corte el cataclismo climático. Pero los jóvenes somos el futuro y parece que andamos bien.
No es cuestión de desmerecer los logros de ciertos emprendimientos sociales. El proyecto de Julia llevó a cabo veinte talleres de divulgación científica en Zoom; el proyecto de Milagros ha beneficiado a más de 700 jóvenes alrededor del mundo. Aún así, si estas historias nos hacen sentir que la generación Z va a cambiar el mundo, es por la misma razón por la que las premisas y promesas del campo-cliché del emprendimiento social han sido aceptadas sin reparos: es emocionalmente útil que sean ciertas. Vemos lo que necesitamos ver.
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«No critico», me dijo Milagros al inicio de nuestra conversación, «pero sí hago la observación de que muchas personas se atribuyen el nombre de activista o CEO pero tienen un interés más allá del hecho de ayudar».
Uno de sus amigos, que tiene una visión más tajante de las dinámicas de este ecosistema, me dijo algo parecido. Para él, «la clase de organizaciones más exitosas son las que terminan con un chico o chica entrando a una universidad gringa».
Para un extranjero, el sistema de admisiones estadounidense es foráneo y esotérico, un mundo aparte de la cuantitatividad rigurosa de los exámenes de admisión de América Latina. Para postular a la universidad en Estados Unidos, los alumnos envían sus puntajes del SAT (una suerte de examen de admisión universal), sus notas del bachillerato, dos cartas de recomendación, una lista de extracurriculares y premios recibidos y un ensayo personal de 650 palabras.
Las universidades dicen querer conocer a los alumnos, verlos ser imperfectos y vulnerables y auténticos en sus postulaciones. Para entrar a Harvard y universidades similares, entonces, no es suficiente con haber obtenido el puntaje máximo en el SAT: también es necesario tener extracurriculares sobresalientes y procurar una irresistible narrativa personal. Suenan a requerimientos tangenciales, pero hace ya décadas existe una industria entera dedicada a calibrar el perfil de un alumno y ayudarlo a «encontrarse a sí mismo» con el fin de que este pueda entrar a la universidad de sus sueños.
Con el adviento del neoliberalismo en los 80, las universidades de élite de Estados Unidos comenzaron a buscar posicionarse como instituciones de importancia global. Así fue como los extranjeros matriculados en universidades estadounidenses pasaron de ser 305,000 en 1980 a más de un millón en 2025. Las razones de este aumento, desde la perspectiva de los alumnos, son fáciles de explicar. El sistema de postulación de Estados Unidos está centralizado, lo que lo hace relativamente accesible; para los alumnos de bajos recursos, las universidades estadounidenses de élite dan mucha más asistencia financiera que las de Europa o Canadá; saber inglés es más común que saber alemán o francés. Y quién no quiere, imagínate: estudiar en las mejores universidades del mundo.
«Yo crecí con eso», me dijo Rosa, que acabó el bachillerato a finales del 2020. «Creo que el primer deseo de todo estudiante de clase baja, media-baja es eso: ir a la universidad, superarse. ‘Quiero romper círculos de pobreza, quiero tener una carrera, quiero ser el orgullo de mi familia’. Y después no sé si se deforma, pero se convierte en otras cosas. (...) Ya no es solamente ‘quiero tener una vida feliz y un buen sueldo’, sino ‘quiero ser el mejor, quiero estar en la mejor universidad, quiero tener el mejor sueldo’».
En 2018, Rosa comenzó a participar en debates del modelo de las Naciones Unidas (MUN, por sus siglas en inglés). A mediados de 2020 se dio cuenta que las personas que conocía en las competiciones de MUN comenzaban a fundar emprendimientos sociales y ONGs y, aunque ella nunca abrió la suya, se enfrentó a una lógica similar mientras alistaba sus postulaciones a la universidad. «Es como: ya, ya gané Best Delegate en MUN. ¿Qué sigue? Hacer mi conferencia. ¿Qué sigue? Fundar mi ONG. ¿Qué sigue, qué hago con todo esto? Estudiar en una universidad de Estados Unidos. Y seguir ascendiendo».
Una aclaración autobiográfica
Mi papá es guardia de seguridad y mi mamá auxiliar de inicial. Ninguno de los dos tiene título universitario. Para los programas que me han educado desde los trece años, califico como una alumna de bajos recursos y alto rendimiento; así califiqué para el colegio extranjero que, buscando a alumnos de una diversidad de contextos, me dio una beca completa. En ese momento no comprendía que la diversidad podía ser ornamental—en efecto, que alumnos como yo podíamos ser ornamentos con los cuales las élites se consuelan por su elitismo—, pero incluso si lo hubiera entendido, no me habría importado. Tenía una beca. Tenía otras cosas de las que preocuparme. Mi familia, mi trabajo, la universidad, la escuela, y esa conferencia de la que soy Founder en LinkedIn desde los diecisiete años.
La cofundé con una amiga. El objetivo, escrito en nuestros afiches publicitarios, era «fomentar las habilidades de liderazgo y comunicación de cada delegado para empoderarlos a convertirse en agentes de cambio». Con diez amigos alquilamos el transporte y el local, planeamos tres días de actividades y manejamos el proceso de admisión. En ese momento no me sentía como el vehículo de la narrativa de nadie: todo me parecía una extensión natural de mis propios deseos. Si me lo hubieran preguntado, habría dicho que iniciativas como esa eran la pasión de mi vida: acababa de leer Pedagogía del oprimido y caminaba por el mundo con los ojos brillantes, lista para esparcir el evangelio de Paulo Freire.
Pero también era cierto que pasé muchas de esas semanas enferma de miedo. Estaba postulando, como era la norma en ese colegio, a universidades gringas. Y era un privilegio tener acceso a ese tipo de expectativas, me recordaba constantemente. Era un privilegio estar rodeada de esa cantidad violenta de riqueza y oportunidades. ¿Por qué, entonces, no me sentía segura? ¿por qué sentía tanta desesperación?
Para empezar, porque tenía miedo de no entrar a la universidad y decepcionar a mis papás y así traer abajo la estabilidad económica que habían pasado tanto tiempo intentando construir. Pasé también por la misma transmutación que Rosa describió hace unos párrafos, porque en algún momento dejé de pensar quiero ir a la universidad y pasé a pensar tengo que ir a la mejor universidad posible. De cualquier forma, entendía, a un nivel instintivo, que demostrar que uno quería ser un líder y agente de cambio era crucial para acceder a esas instituciones. Si demuestras que quieres cambiar al mundo puedes acceder a todo eso, y ¿quién no quiere? ¿Quién no tiene, en mínimas cantidades, algún deseo de hacer bien?
Cuando uno siente que hay tanto en juego, no es sorpresa que la distinción entre lo artificial y lo auténtico colapse. Es decir, ambas cosas podían ser ciertas: que yo amaba lo que hacía y que lo hacía por miedo. Más allá de mis propias dudas, no tenía razones externas para delinear una línea entre ambas emociones. Los adultos estaban felices de ver a la juventud emprender. Los donantes que pagaban por mi beca me aplaudían. Y al final ingresé a Yale. Mi historia no es universal y sería un error asumir que todos los participantes de este ecosistema responden de la misma forma a los mismos incentivos. Pero no nos equivoquemos: los incentivos siguen estando allí.
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En diciembre a Rosa le llegaron las primeras cartas de rechazo de universidades estadounidenses. Cuando hablamos, en mayo, me dijo que ya se había hecho a la idea de estudiar en Perú, pero que el proceso de aceptarlo le había costado. «Me sentía muy mal conmigo misma. Me comparaba muchísimo con los chicos que postularon: ‘Ellos crearon su ONG, yo no he creado mi ONG’».
A lo largo de los largos meses de la postulación, me dijo, intentó resolver algunos de esos errores con herramientas adyacentes a las del CEO juvenil. Hablando de ese tiempo, me dice que era «súper apasionada por los derechos humanos, el feminismo, el [anti]racismo; me peleaba con mis amigas, las eliminaba de Facebook, tenía ganas de pelear por un mundo mejor, hashtag NiUnaMenos…».
«Pero estoy cansada», me dice y rueda los ojos y se tira suavemente del pelo. «Estoy tan cansada que no tengo ni ganas de opinar. ¿Realmente quiero ser el cambio? Fácil sólo quiero vivir».
«Y de repente es sólo una etapa», añade, súbitamente. «O de repente me quedo así. [Pero] si lo hubiera llevado mejor antes, si no hubiera perseguido esta ambición, si no me hubiera desgastado tanto antes, de repente ahora yo seguiría emocionada por ser un agente de cambio y creyendo que yo cambiaría el mundo».
Diciéndome esto, Rosa se detiene y se queda un rato en silencio. Luego concluye: «oye, de verdad, qué pena».
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Cuando hablé con Diana ella acababa de recibir la carta de aceptación de una universidad prestigiosa en California. Fue un alivio: entrar a la universidad la había preocupado desde quinto de primaria, «cuando veía alrededor del asentamiento humano donde vivo, y (...) me decía que si no me esfuerzo yo, no lo va a hacer nadie».
«Por eso me encanta hacer networking con otros estudiantes», me dice sonriendo, la fuerza de sus diecisiete años refulgiéndole en los ojos. «El networking no sólo nos ayuda a nosotros como universitarios, sino como agentes de cambio para hacer un cambio social en nuestros países, nuestras universidades».
«Pero cuando uno logra algo ya no sientes que haya sido un logro, sino una personalidad», continuó, sonriendo. «Porque [ser primer puesto] era lo mínimo que yo podía hacer para seguir siendo Diana y seguir manteniendo esta imagen ante los demás’».
Le pregunto si alguna vez ha sentido que ese esfuerzo ha tenido consecuencias negativas. Se toma un momento para pensarlo. Cada vez que hablo con las personas que me rodean digo que siento que llegué a la vejez, porque tengo todo mapeado. Sé lo que tengo que hacer». Pero no se detiene ahí. También quiere un posgrado, tal vez un MBA. «Y ya estoy viendo cosas para el PhD: el tema de mi tesis, cómo la voy a estructurar, cosas así. No creo que haya disfrutado mucho de mi adolescencia por tener estos planes. Pero sé que va a valer mucho la pena para mi familia y para mi sociedad».
«No es malo», me dice, y se endereza sobre su escritorio cubierto de horarios y viejos exámenes. «Pero tampoco lo recomendaría».
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Por qué dudar de las buenas intenciones. Tal vez las organizaciones que este ecosistema crea son, al final, beneficiosas para alguien. Todas estas conferencias de justicia social y mascarillas biodegradables y páginas de divulgación científica deben estar creando un impacto positivo de alguna forma, en algún lugar. Tal vez es mejor pasar la adolescencia queriendo ser Elon Musk en vez de volverse punk o drogarse. Tal vez no hay ningún problema.
Pero no sé si estoy segura. Habiéndome beneficiado de esta tendencia, parte de mí piensa que es como mínimo contradictorio darme la vuelta y preguntar por qué. Aún así, pienso en algo que Jorge dice cerca al final de nuestra última conversación. Cuando le pregunto si cree que estamos en la cresta de la ola de esto, de las ONGs de Instagram, los CEOs adolescentes, la carrera armamentista del mérito, él responde que no. «¿Y sabes por qué? Porque está funcionando».
Es difícil hablarlo en cuestión de números, porque aún no existe mucha información cuantitativa sobre este ecosistema, pero creo que tiene razón. Los programas que buscan crear líderes emprendedores siguen naciendo y creciendo. Algunos chicos siguen entrando a las universidades gringas; otros los ven y siguen teniendo esperanza; la narrativa del joven CEO sigue siendo efectiva. Si Jorge tiene razón, entonces, sería útil comenzar a hacer algunas preguntas. Qué se pierde cuando asumimos sin cuestionamientos la retórica solucionista, el lenguaje corporativo, el sueño gringo. Dónde acaba esta carrera, hacia qué nos conduce. En qué momento dejan de acelerarse las cosas; qué pasa después.
Le pregunto a Jorge si tiene alguna idea de la forma en la que describiría esto, si se le ocurre algún nombre para este fenómeno, subcultura, moda, lo que sea. «La sistematización de ser bueno», me dice, y se ríe. «O no. Es una sistematización, lo tengo claro. Pero no sé de qué».
Se detiene un momento y rueda los ojos y en esta pausa en la conversación oigo el silbido de su teléfono. La mirada se le pierde mientras su mano vuela a su bolsillo. Pero no saca el celular. En cambio, añade: «No sé. No creo que tengamos las palabras para describir lo que está ocurriendo».
Brunella Tipismana es escritora y periodista. Sus textos han aparecido en El País, Bloomberg y The Point. Escribe la newsletter Qué Vergüenza.
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"la sistematización de ser bueno" .... Eso de ser over achiever y que el mundo te aplauda puede ser intoxicante