Para cerrar el año, decidí hacer el acto más heroico para un intelectual en estos años. Junto con mi madre y celebrando el Nobel de Laszlo Krasznahorkai, vimos las siete horas y media que conforman la adaptación cinematográfica de su primera novela: Sátántangó.
Lo llamo heroico por el desgaste que implica para la retaguardia pasar tantas horas sentado. Pero, más aún, por lo que implica ver este fenómeno hoy, en el siglo veintiuno, cuando los lapsos de atención son cada vez más cortos y nuestro consumismo cada vez más adictivo. Era un reto personal, lo reconozco. Como intelectual, claro, para poder ponerse la medalla de ver cine experimental húngaro gran parte de un día—puntos extra por ser el último del año—. Como un veintitantosañero, porque he visto cómo, en los últimos tres años, mi consumo de redes sociales ha crecido en contra de mis mejores intentos. Tanto que, en reuniones o en llamadas—hasta escribiendo este ensayo—, caigo presa de Instagram o TikTok o cualquier otro estímulo corto que la tiránica pantalla en mi bolsillo busque alimentarme. Quería probar si, todavía, tenía la voluntad para concentrarme tantas horas como hacía, antes, en el colegio o jugando con mis amigos después de éste.
Arrancamos a eso del mediodía. Terminamos ya de noche cuando, apresurados por las festividades, tuvimos que dejar la sala y convivir con el resto de la familia. Pausé unas tres veces, siempre entre actos, para ir al baño y volver, con premura, a la pantalla.
No quiero reseñar Sátántangó. Eso se ha hecho mucho. Corona la lista de todos los ñoños del cine el verla y escribir sobre sus tomas pausadas que capturan, en un tiempo exagerado, el pasear de ganado por la plaza de un pueblo o a un pobre gato atrapado en una bolsa de hilos. Bastará con decir que, para una novela donde los puntos escasean y la oración corre y corre sin cesar, hace lo posible por replicar el abrumador sentimiento de la prosa de Krasznahorkai por medio de imágenes. Tanto que sí, te atrapa y sí, te sorprende que quieras ver, por una hora más, cómo los pueblerinos de un rincón olvidado de Hungría, bailan borrachos un tango que no suena a tango pero les crees porque, ¿qué vas a hacer, irte? quedan seis horas de película todavía.
Tampoco, hay que ser honestos, soy la persona para hacerlo. Y no por mi falta de experiencia—qué sabía García Márquez de la guerra cuando escribió Cien Años de Soledad—; más bien porque mi experiencia, de la que sí que puedo hablar, sesgó todo intento de disfrutarla. Porque, aunque confieso que me gustó una parte considerable de la película, confieso, a la vez, la tarea imposible que era verla de corrido con el teléfono tan cerca y un reloj inteligente en el cual, al ver la hora, me veía, instintivamente, revisando notificaciones.
Muy a decepción del gremio de escritores, confieso que no he consumido drogas como para entender lo que implica la abstinencia. Pero, si tuviera que intentarlo, ha de ser muy similar a estar en la segunda hora de Sátántangó, con el doctor caminando tan lento como le es posible por un pueblo lluvioso cayéndose dos, tres veces hasta que se queda dormido; sentir, entonces, cómo mi mano va hacia el bolsillo derecho del pantalón y, con una palmadita, comprueba que, en efecto, mi celular no está ahí; está escondido detrás de los cojines porque sabría llegaría este momento y no quería caer víctima de un impulso, aunque importa muy poco, me muevo rápido—demasiado—para agarrar mi teléfono, ver mensajes y contestar un par aprovechando que nadie está hablando y no hay subtítulos que leer.
De ahí, entré a Instagram donde, me decía, contestaría mensajes pero, en realidad, me dejé llevar por las trampas de la aplicación para ver videos cortos de los cuales, ahora, no recuerdo uno solo cómo puedo hablar de las escenas de Sátántangó que pasaban frente mío aunque ignoraba un par de sus momentos. Y me sentí débil tan débil, que tiré el teléfono más lejos, detrás de otros cojines en el sofá, para no poder llegar a él con la mano, tan solo; el gesto duró una media hora más—¿o fue una hora entera?—, hasta la parte donde una niña se pone a jugar con un gato—que más bien parece tortura—y yo ya estaba estirándome para volver al teléfono y ver, de nuevo, si alguien me había escrito y no, nadie lo había hecho, pero aun así entré a Instagram y aun así vi tontos videos, innecesarios videos, cuando ahí, seguía la niña jugando con el gato y yo veía cosas que no recuerdo como recuerdo a ese gato.
Así una y otra vez. Una y otra vez sin parar. Maldita sea. De nuevo. Lo veía de nuevo. Y no, no soy adicto, pero por qué no puede este intelectual disfrutar de siete horas y media de cine húngaro experimental sin el imperativo de ver lo que pasa en videos que no quiero y que detesto y que quisiera quitarme de encima pero no puedo, carajo no puedo. Vuelvo a ellos y ahora, aún mientras escribo este ensayo, ya pausé tres veces para ver el teléfono aun cuando escribo de cuánto lo odio.
Y quizá eso es de lo que quería escribir o de lo que puedo escribir más que de la película. Escribo de mi increíble incapacidad de verla de lleno, aún sabiendo que sería un reto tan grande, porque me he acostumbrado a un mundo de estímulos cortos—maldita sea—y no a cine experimental húngaro de siete horas y media—¿maldita sea?—.
Aunque sí, reconozco, no creo que haya nacido el humano capaz de verla toda sin perderse un par de veces, me gustaría pensar que ese soy yo. O que al menos me limitaría un par en lugar de las veintitantas o más que pasé y que me consumen con las cinco horas al día que promedia mi pantalla. Porque no sé qué decir de Sátántangó como película, pero sí de lo que yo, como persona, pasé al verla y lo que sufrí y cómo sufrí que ese fuera un sufrimiento sincero y que mi especie cazaba mamuts y yo no puedo contra un pedazo de cristal con suficientes semiconductores como para llevar al humano a la luna. Y quizá ese es el mérito y quizá es algo más meta y quizá el tango es el movimiento de mi mano a mi teléfono y Satán es el que me lleva a ese movimiento y el mayor logro de Sátántangó es lo que experimentas al verla y no la película misma—aun si, de nuevo, juro haberla disfrutado—. Quizá yo era el sujeto y no unos pueblerinos en Hungría después de la guerra.
Solo sé que la vi toda y puedo jactarme del logro aún si sé que es mentira y que me distraje y que de heroico solo tiene el sentido de enfrentarse a algo imposible como, para un ciudadano de estos tiempos, es el ver algo tan largo de un jalón. Es una pena que eso sea heroísmo. Mayor aún que yo no lo logre. Eso pienso, al menos, sabiendo que, el año entrante, tendré que verla de nuevo. Tendré que enfrentarme a mis demonios y bailar ese terrible tango. Espero, entonces, haberme dominado y negarle al diablo los pasos.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.




