No había rastro ni fotografías de él en los lugares comunes de esa enorme casa, pero su ausencia se podía notar entre las cortinas, los muebles, las botellas de alcohol y la falta de juguetes. Se podía sentir el abandono en cómo los niños saludaban, en cómo comían siempre con la cabeza agachada y se notaba en su único juego: mirar por la ventana. Pasaban horas pensando y esperando escuchar el giro del picaporte y el rechinar de la puerta, lo cual se cumplía tres o, con suerte, cuatro veces al año. Él tenía muchos negocios en las afueras de Cincinnati y con la excusa de no tener suficiente dinero, ahí se la pasaba hasta los fines de semana. La única ocasión en la que vi su rostro fue en un marco cubierto de cristal al lado de la cama, donde ella y yo hicimos el amor. Hoy no sé si estuvo bien meterme como parásito entre tanta tristeza y probar la vulnerabilidad de una señora mayor, pero no puedo negar que fue algo bellísimo sentir a momentos el salvaje e intenso esfuerzo con el que ella intentaba recuperar su juventud. Solamente una vez la probé por completo y ella respiró en mi oído mientras volteaba el marco de cristal para poder continuar sin el pudor que le causaba la mirada de su esposo.
Con la quietud y la calma que se vivía en ese lugar, la sala parecía inhabitada. Todos los muebles apuntaban hacia la ventana en vez de al televisor y era muy raro ver a dos niños pequeños sufriendo ya de tanta pesadez. Apenas se escuchaban voces desde el cuarto de juegos donde la señora Ortiz y sus amigas tomaban sin hacer mucho escándalo, mientras que en la sala donde me tocaba cuidar a los niños se sentía un silencio terrible. Esos dos niños desde la mañana sentían el tiempo muerto y seguramente crecerían para ser alcohólicos al igual que su madre. Sus miradas perdidas en el movimiento de la cortina y los alumbrados de noche me recordaban a mi abuelo, quien en sus últimos treinta días de vida, tocado por acumulación de infelicidades, se sentó a esperar a Dios. Murió solitario y con la cara contraída; su silla reclinable apuntaba hacia la puerta de vidrio en espera de algún milagro secreto.
El hijo pequeño se llamaba Miguel y padecía graves problemas de mareos. Después de largos ratos sin moverse, su cuerpo expulsaba la desesperanza en forma de vómitos repentinos que rebotaban hasta las paredes y la alfombra. Mi único trabajo era limpiarlo; les juro que nunca me hubiera imaginado poder ver tanta nostalgia en los ojos de un niño. Su papá los visitaba por unos días. Se iba para el aeropuerto, dejaba en el aire su recuerdo y nunca se le olvidaba prometer su siguiente llegada. No se me haría raro que tal vez Miguel y su hermano Martín tuvieran otros hermanos de otra madre al norte de Estados Unidos.
Siempre voy a mirar con ternura aquel día en el que, por primera vez, sentí algo por una mujer. Igual fue el día en que tomé mi primera cerveza.
Toqué el timbre. Abrió la señora Ortiz muy bien vestida: tacones, labios rojos y un escote que rozaba los límites de la vulgaridad. El atuendo se debía a que venían dos amigas suyas a jugar backgammon como excusa para beber y escuchar baladas lentas. Como siempre, pasé a la sala sin siquiera saludar a los niños; me quedé en una esquina esperando a que Miguel vomitara. Mirando el trapo sucio después de rozarlo contra la alfombra, me daba cuenta de que a todos en esa casa se les empezaba a caer el pelo y le pedían a la vida que estos niños nunca tuvieran recuerdos de su infancia. Yo conservo poca memoria de cuando tenía seis años, al igual que Miguel, y siempre me he aferrado a esos recuerdos borrosos, asumiendo que fueron años de fiestas y regalos…
Hoy pienso a diario en los tacones que se ponía para recibir a las visitas y el modo en el que a diario bebía para poder ignorar el ambiente frío y abandonado de su casa. No puedo dejar pasar ese preciso momento en el que me dejó acompañarla en su borrachera y pude dormir en sus brazos con la cabeza en su pecho sudado.
Las señoras jugaban al backgammon y yo ya había terminado de limpiar el vómito que por momentos se escurría por el trapo como si fuera aceite. Me dirigí hacia la cocina. Mientras tallaba mis manos entró una de las amigas preguntando ya con la lengua suelta por la última botella de vino blanco. Ella no era como la señora Ortiz: se le veía más esperanzada, tenía los brazos más sueltos. Los años no le sentaron bien como a sus otras dos amigas y casualmente era la más vulgar de las tres. Haciéndose la chistosa me agarró de la mano y me arrastró hacia el cuarto de juegos donde se solía destapar el alcohol de miércoles a domingo. Entré apenado y respetuosamente acepté la cerveza, intentando no mirar la camisa ajustada de la señora Ortiz mientras me la ofrecía. Ellas reían y comentaban acerca de mi juventud. Tomé asiento y fingí disfrutar del ambiente y del trago. Despertó mi curiosidad la música tan bella y triste que sonaba en la tornamesa de la esquina; era un disco de éxitos de Ibrahim Ferrer. El buen gusto se debía a que la amiga gorda que me arrastró al cuarto de juegos era música y por varios años se había dedicado a componer canciones de piano.
Después del alboroto momentáneo que brindó mi presencia, todos tomábamos en silencio y a la señora Ortiz ya se le veían los ojos cruzados de tanto seguir llenando la copa. Nunca voy a olvidar sus miradas de dolor cuando empezó a sonar una canción cuyo nombre no recuerdo, pero que decía algo sobre los dolores en presencia de la muerte de las flores y del silencio que se debe pasar mientras se secan al frente de tus ojos.
Todo se sentía en una armonía pareja y el eco de la canción en cada cuarto y en cada pasillo vacío resonaba a lo lejos. Seguramente Miguel ya preparaba su siguiente vómito; su panza se contraía de tanto esperar y de no poder voltear a ver a los ojos a su hermano. La señora Ortiz intentó pararse y, a medio tropiezo, dijo: No hay que hacer esta canción más triste de lo que ya es. Esa frase se metió y revolvió todo lo que tenía dentro de mí. Ella me miró y con autoridad me puso de pie; yo estaba listo para seguir cualquier instrucción. Sentí como si la canción volviera a empezar. El hombro se me llenó de maquillaje corrido y las piernas me temblaron cuando me intentó dar un beso. No se lo regresé porque no era necesario; el momento no necesitaba más intensidad. Le limpié las lágrimas. Cuando pegamos nuestros cuerpos y noté su respiración entrecortada, ese pequeño cuarto de juegos se llenó de niebla. A pesar de la diferencia de edad y de sexo, pude sentir toda su angustia, sus ganas de contacto. Eran similares a las mías.
La señora Ortiz se apartó de mi pecho cuando terminó la canción; a mis manos les dolió tener que soltar su cadera y mi cuello ya extrañaba su aire. Me tocó bailar con las otras dos señoras, pero nada en mi vida se ha sentido tan real y tan humano como el cuerpo de la señora Ortiz, respirando al ritmo lento de aquel son cubano. Afuera había una guerra y ella y yo nos resguardamos mirándonos de frente; sentíamos la tibia y seca enfermedad de nuestras pieles. Esa sequedad que habíamos acumulado: cada quien por su parte, en las afueras del mundo, en el paso de la vida.
Al día siguiente Miguel vomitó, pero no estuve ahí para limpiarlo. En cuanto entré a la casa la señora Ortiz, todavía borracha y sensible, abrió la puerta y sin decir mucho me llevó directo a su cama pidiéndome que la abrazara mientras se hacía bolita e intentaba dormir. Los dos entramos en sueño y ahí fue cuando, oliendo su aliento, pude tenerla encima de mí y decirle que nunca más se sentiría sola. Ella tocó mi cuerpo entero y me dijo que nunca me faltarían cuidados. La pude besar y borrar el recuerdo de su esposo. Ella pudo acercar sus pezones a mi boca y reemplazar el calor de mi madre. Su sudor se metió entre mi piel y yo la miré mostrándole el valor de sus años. Ella acarició mi pelo, me dijo que podría protegerme y que la angustia nunca podría aparecer entre sus brazos. Yo la moví con fuerza y le recordé la energía de sus años perdidos; la puse de espaldas y por un momento nunca estuvo casada…
Al final la miré y ella me miró, estábamos en espacios distintos, visitábamos nuestras calmas. Soñamos un sueño.
Con certeza puedo asumir que ella soñó lo que creo que soñó, por la infinita intimidad que se sintió a mitad del cuarto cuando nos dio por abrir los ojos. Estábamos cansados; pudimos descansar y a la vez hacer el amor cada uno desde su intención y necesidades propias. Nunca la volví a ver. Sé que se mudó a Estados Unidos y espero que haya dejado de tomar. Quizá a mi edad, Miguel y Martín encuentren en alguna mujer un sueño momentáneo que los ate a la vida y lo piensen como un recuerdo de belleza inexplicable.
Bruno Aramburu (Ciudad de México, México) es cineasta, guionista, fotógrafo diseñador sonoro y escritor. Egresado de la licenciatura en Cine y Televisión.



