Yo soy de esos
que se conmueven por la guerra
y se indignan del hambre.
Soy de esos mercenarios idiotas
encerrados detrás de un balcón, dibujando
mandarinas que parecen llantas que
parecen pizzas:
¿y todo para qué?
Mis honorarios se deshebran en promesas sobre
hojas de plasma y las páginas marchitas y malolientes de mi libreta
se pudren con pensamientos
bonitos sin ideas concretas en un
paraíso de sinrazones: versos largos y sin
orden aparente aparentan reconocer el mundo de frente a
un tazón de comida fresca y llena de químicos: tales son
mi mejor atributo.
Soy, a resumidas cuentas, congénito al asesino colectivo
rasgando su propio vientre
en busca de vida:
desempleado,
repleto de llagas,
el título de “bestia” ha dejado de parecerme atractivo;
prefiero simplemente “humano”.Wenceslao Claudel nació en aguas internacionales, al límite del territorio marítimo de las Azores, aunque de vientre mexicano. Así como su nacimiento a la deriva, así también ha vivido: de lugar en lugar, escribiendo y trabajando de barista. Alguna vez ha pasado hambre, pero nunca le han faltado cuadernos ni tinta. A veces canta.



