Este cuento fue publicado en el volumen XII de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Empiezo la mañana como cualquier persona normal: delante del espejo, haciéndome una skincare de veinte pasos que he visto por TikTok como un must have for the girlies. Mirándome fijamente, trato de aniquilar cualquier imperfección que las luces LED seguramente me están ocultando. Temen mi reacción. Da igual. Luego cogeré el móvil, pondré la linterna y volveré a comprobar si esta tierra fértil que tengo como piel está plagada de hierbajos a podar.
Mi compañera de piso está gritándome desde el otro lado de la puerta, que se está cagando. Menuda tía más pesada, siempre quejándose, que se espere un momento, que yo la espero cuando se está duchando con Bad Bunny de fondo a máximo volumen.
Actúo como si fuera la protagonista en un vídeo de Vogue Beauty Secrets. Pienso en qué les diría exactamente a mis fans. Mi secreto son los productos coreanos que no comprendo qué hacen, pero me producen un tilín cuando los aplico, diría a cámara, pero se lo digo a la del reflejo. Así debe ser como las coreanas se sienten al utilizarlos, prosigo. Ácido hialurónico, ceramidas, tónico de rosas y algas… ¿Sérum de? No sé de qué será el sérum, pero si es de MAC Cosmetics, debe ser bueno. Aunque no es coreano. Juzgo todo empaque que no esté en un idioma que desconozco.
Hasta que mi piel no luce como un donut glaseado que huele a verano, no me permito parar. Una vez terminado el ritual, me quedo frente al espejo un poco más, observando la juventud antes de que se pudra. Aunque claro, estos productos me harán lucir joven eternamente. ¿Cuántos años me echarán por la calle hoy? Si me echan catorce, valdrá la pena haberme levantado a las seis de la mañana para prepararme. A partir de los veintiocho debería empezar a ponerme botox, lo ha dicho una gurú influencer. Por prevenir, claro. Claro. Por prevenir.
Mi compañera de piso suspira cuando me ve salir del baño, aliviada, pero juzgo por su mirada que envidia mi constancia. Maika, con k, solo utiliza Ceravé, usa productos de droguería y come como le da la gana. No tiene constancia. Siempre está demasiado ocupada como para concentrarse en cómo se verá de aquí a diez años si no empieza una rutina antienvejecimiento hoy mismo. Me dice: ¡Tenemos veintisiete años!; ¿y qué? Mira a Jesucristo con treinta y tres: hecho un Cristo.
Mi desayuno consiste en agua templada con zumo de limón y cúrcuma. A veces shots de jengibre; he visto que ayudan con el gut health (no sé qué significa eso, pero yo quiero sentirme así, sana). A veces un té verde; los chinos lo hacen tras cada comida porque ayuda con la digestión, o eso he leído. A veces dos cigarrillos para poder ir al baño y para quitarme el apetito; un desayuno saludable y económico. Así puedo aguantar hasta la hora de comer.
Huelo los huevos fritos y la panceta de Maika. Me atacan las fosas nasales, me atacan hasta el gusto y me pillo salivando: tengo que limpiarme las comisuras con disimulo, no fuese a provocar una confrontación en la que me insista que debo comer más para tener energía. Creo que lo hace a posta, me debe detestar lo suficiente como para hacerme esto todas las mañanas sabiendo que estoy a dieta. Puede que me odie porque una vez le dije que su novio me tiraba la caña por Bumble, si bien fui yo quien inició la conversación (por eso Bumble era mejor que Tinder; empoderadas, éramos las que iniciaban el apareamiento, como en el reino animal). No se esperaba que su novio siguiese utilizando la aplicación después de empezar a salir con ella. También puede ser que me odie porque la llamo cornuda amargada. No me follé a su novio, pero podría haberlo hecho si hubiese querido: yo sí estoy a dieta y me echo cosméticos en la cara.
Más tarde, en la media hora libre en el trabajo, paseo para hacer cardio y quedo con una amiga para ir a un bar nuevo que han puesto en el centro, de especialidad. ¿Especialidad de qué?, me pregunto mientras analizo a un chico performativo leer Pura pasión de Annie Ernaux: tiene bigote, un arito o dos que no distingo a través de su pelo rizado y lleva ese tipo de gafas que hacen a los hombres parecer intelectuales atractivos. Sí, ese tipo. Seguro que hoy liga con la barista, que le está mirando tanto como yo le miro. Mientras mi amiga llega y no llega, pido un matcha latte, ignoro los mensajes de mi madre y abro TikTok.
El viaje por la app me deja con más dudas que respuestas. Una me deja picada: ¿por qué critican la cirugía estética con tanto retintín? Deben ser mujeres envidiosas que celan a otras más jóvenes, más guapas, con más dinero y con más sororidad que ellas; creía que habíamos dejado de criticar a otras, que somos todas compañeras de lucha, que somos todas amigas… ¿es que acaso no les importa mi mental health?
Mi amiga Natalia, con la que he quedado, es una de esas que critico: una hippie perroflauta con rastas en el pelo y tabaco de liar. Cree que debo leer más ensayos acerca de los cánones de belleza y del patriarcado en general para poder hacerme con un pensamiento más crítico para con las rutinas que llevo. Dice que son obsesivas, que debería ir a su terapeuta que en realidad no es un psicólogo porque no cree en ellos, que es un chamán del que hablan muy bien por toda Barcelona. Le puntualizo que ella no es mejor por leer más que yo, que ya leo mucho los correos electrónicos del trabajo, las instrucciones de los botes coreanos y los comentarios de TikTok, y que un chamán es un hippie de mierda.
Tal vez Natalia no entienda que esto lo hago por mí. Por mí. No por gustar a nadie más. Los hombres son todos unos mentirosos que se quedaran calvos antes de llegar a la treintena; no puedo hacerlo por ellos… ¿Por qué lo haría por Pablo, si me puso los cuernos con mi hermana? Hijo de puta. Le ha dejado preñada y todavía tengo en el bolso la invitación de boda que llevo sin contestar tres semanas. No creo responder nunca, ni aunque mi madre me presione. Encima me pedirán dinero para los cubiertos y un regalo carísimo de una lista de Amazon. A lo mejor les regalo un perro, que mi hermana es alérgica.
—Tía, ¿me estás escuchando? —me pregunta Natalia con un tono que entiendo un poco latoso.
Luce molesta, seguramente estaba hablando sobre cómo nunca va a acabar la carrera porque siempre hay algún contratiempo que le frena, como cuando se murió su padre. Emana una fragancia especial: perfume árabe mezclado con tabaco. Siempre hace un ruido estrepitoso cuando camina por la cantidad ingente de pulseras que lleva en las muñecas y cachivaches en la tote bag.
—Sí, claro, nena. ¿Cuántos créditos decías que te faltaban? —mi amiga vuelve a expresar molestia por alguna razón que desconozco. Pocos minutos después, comprendo que no estaba hablando de las asignaturas que le faltaban, sino de que su casera no les quiere cambiar la lavadora. Encima es engreída, que si no le estoy escuchando me pregunta la tía… ¿Pero quién se cree que es a veces? ¿El ombligo del mundo? Su voz se disipa bajo mis pensamientos mientras observo el menú una vez más, analizando qué podría comerme y qué no según las comidas que llevaré a cabo a lo largo de la semana.
Para comer, ella se pide una hamburguesa vegana, cómo no. Tan preocupada siempre por los animalitos, tan empática, tan alta a diferencia de las demás. Cuando miro el menú por cuarta o quinta vez, solo pienso en las calorías que podría tener cada plato… ¿Por qué no ponen las calorías exactas a un lado? Así sería más fácil saber lo que una quiere. Al final, como no estoy segura pido una ensalada César. Me digo a mí misma que tiene minerales, grasas saludables, proteínas, hidratos de carbono. Tiene todo lo necesario sin comerme una hamburguesa. Las hamburguesas son como ensaladas, pero su problema es que tienen demasiado pan. Si fuera espelta en vez de trigo, me lo pensaría.
Natalia debería cuidarse más. Fuma demasiado. Observo que, mientras come, fuma un cigarro; dice que así le entra mejor la comida, con más ganas. En cambio, yo solo fumo antes del desayuno y de la cena.
Mientras comemos, no deja de hablarme de los niños en Gaza. Le indico que me parece una putada, pero en realidad no me importa tanto como parece importarle a ella. A veces sé que piensa que soy mala persona. Comemos rápido. Tengo que volver al trabajo y ella a la facultad. En realidad, ese es el único momento en el que podemos estar juntas; agradezco el poder hablar con alguien de mi edad: en el trabajo son todos muy mayores, muy preocupados por Hacienda, por Excel, por la hipoteca y por invertir. Mis amigas tienen lo suyo... ¿Debería invertir yo también? Para poder comprarme un apartamento, digo; llevo compartiendo piso desde que nací, si me apuras.
Tras pagar la cuenta, debatiendo sobre si mi amiga me pasará el bizum que le he pedido o tendré que recordarle los quince euros que me debe toda la vida hasta la muerte (me imagino en su funeral, todos llorando y yo, en cambio, mendigando quince euros que lleva cincuenta años debiendo), me doy cuenta de que la barista miraba tanto al chico performativo porque había sobrepasado el tiempo de consumición. Otro matcha latte o a tu casa, le escucho decir mientras recogemos y nos vamos. Me sale una risita maligna; hoy no liga el chico performativo. Que le den por culo.
En el metro nos para el típico rapero. De mi amiga comenta que está muy buena. De mí no dice nada. Me deja tocada. No paro de pensar en ello hasta llegar a casa. Pensé que me diría algo, lo que fuese. Siempre comenta algo de todo el mundo, ¿no? Eso dice mi amiga. Pensé que, cuando me lo encontrara, diría algo de mí. Nada. Relegada a la nada. Todos los hombres me hacen daño.
Con todo esto, vuelvo al trabajo. Soy becaria. Llevo siendo becaria años. Alguien debe hacer los cafés, responder los correos y lucirse por la oficina. Me necesitan.
Gemma Gómez Rivas (Córdoba, España, 1998) es una escritora residente en Estepona, Málaga. Su poemario más reciente es Una colcha de retales (Editorial Loto Azul, 2024), el cual trata de las relaciones materno-filiales como una entidad universal. Anterior a este publicó Bajo la lluvia de fuego. Ha colaborado en antologías independientes como Madre (Arrebol, 2026) y la revista Palabra que dormía.




