Llegará mañana y te animarás a ti mismo a salir. Andá, dale. Vamos afuera. Sabes que te mueres de ganas por probar el aparato y que quieres hacerlo donde los estímulos te sobrepasen. Te dirás que ya es hora, que solo basta con abrir la puerta para que todo empiece. Y luego el primer paso, el primero hacia ese nuevo mundo por conocer. Andá, dale. Mañana.
Pero antes de ir a ese umbral, acercar la mano izquierda al pomo —porque la derecha está ocupada como es obvio—, girarlo solo lo suficiente para destrabar la cerradura y jalar hasta ver afuera, antes debes empezar por el inicio. Si mañana quieres estrenar ese ojo que no es un ojo y volver a ver todo por primera vez, debes primero implantar la cosa. Sabrás, y de hecho ya lo sabes, que lo mejor sería hacerlo con la ayuda de algún médico o enfermero, incluso un tatuador o cualquiera que esté acostumbrado a violentar la piel. Si quieres mañana cruzar la puerta para salir, debes primero cumplir ese paso. Y lo harás solo, porque eres un puto impaciente que es incapaz de aguantar un par de horas o días para que un profesional lo ayude. Así que tomarás tus llaves y con ellas rasgarás el plástico que envuelve esa caja tan fina que guarda lo que tanto nos emociona. Esa caja de un blanco impoluto, que para entonces te habrá estado esperando en el suelo junto al sillón del living —ahí la pusiste luego de haberte hecho con ella—, absorberá tu atención por un minuto, luego de rasgar el plástico con tus llaves. Incluso pensarás en qué sitio estratégico y disimulado de la casa podrías acomodarla para que si alguien llegara a visitarte la viese ahí en una esquina, como si te habrías olvidado de botarla —porque en lo profundo sabes que solo quieres presumirla, si alguien te visitara—. Tras eso despejarás tu mente y vaciarás el contenido sobre la mesa.
Pensarás en cómo se sentirá. Si será como un viaje o una borrachera, ya conoces ambos estados. Quieres que sea algo novedoso, para eso has pagado tanto, te dirás. Antes, sin embargo, deberás concentrarte en el contenido ante ti en la mesa. Dos piecitas de metal —supondrás que ese es el material— y un manual de instrucciones. Harás el procedimiento solo, pero eso no te convierte del todo en pelotudo, porque a pesar de tu ansiedad por cruzar de una vez la puerta con la cosa puesta para ver afuera, te tomarás tu tiempo para leer las instrucciones. Lo que te indignará es que las primeras páginas no son lo que esperabas y, para colmo, están en inglés. Hablarán de un estado de ayunas y de los tipos de anestesia local recomendados. Le seguirán tecnicismos médicos que no terminarás de entender. Y no estarás en ayunas a las seis de la tarde, como es obvio. Por favor, quién podría esperar hasta el día siguiente para esto, pensarás. Pero lograrás descifrar que una de las piezas va en el antebrazo y otra en la cabeza. Te levantarás a buscar ese estilete que compraste hace unos días y usaste apenas una vez. De hecho, podrías haberlo utilizado para abrir la caja, en lugar de las llaves, pensarás. No tendrás a mano, como es lógico, el bisturí homologado, ninguno de los que son citados en las instrucciones. La caja podría incluirlo, pensarás también.
Así que, para finalmente poder ir hacia la puerta de calle, girar el pomo con la mano izquierda —porque la derecha está ocupada, obvio— y ver afuera, luego de haber apreciado la caja, rasgado el plástico con tus llaves, vertido el contenido en la mesa y leído las instrucciones a medias, para finalmente lograrlo tendrás que abandonar el sillón, ponerte de pie y empezar a buscar el estilete. No sabrás por dónde empezar. Ni idea. Y para lo que deberás rasgar ahora las llaves no te sirven: procuras ejecutar un corte limpio. Entonces, la caja que ya estará en el suelo la apartarás con un pie y dejarás el manual de instrucciones en la mesa con las llaves encima para no perder la página—porque, como es obvio, no es un manual corto—. Te pondrás de pie e iniciarás una búsqueda ansiosa por la casa. No querrás salir a comprar otro estilete. Mucho menos un bisturí. Ni qué decir de un médico ni un profesional de los cortes. Necesito hacerlo ya, te dirás.
Tu punto de partida será el baño. La verdad es que no recordarás ni por si acaso dónde dejaste el estilete, porque tampoco sabrás para qué lo usaste la única vez. Tu mente barajará opciones entre tu nebulosa y oxidada memoria. Y, dentro de todo eso, el baño parecerá la mejor opción para empezar la búsqueda. Verás un flash que te recordará a ese condón que puede ser que hayas abierto con el estilete, porque con los dientes nunca puedes desgarrar el borde dentado del paquetito. Te preguntarás si lo hiciste en el baño o en el cuarto de invitados y creerás recordar una cama, así que hasta ahí irás. Pero lo que encontrarás junto a las sábanas blancas destendidas es una tijera que, aunque corte, no sirve a tus propósitos. Tu mirada se concentrará en el filo de la tijera, evitando la cama. Y ahí estará. Otro flash: usaste el estilete para cortar la esquinita del sachet de leche. Así que correrás a la cocina y en el camino la caja de un blanco impoluto volverá a llamar tu atención. Y sí, en efecto, el estilete estará sobre el mesón junto a la heladera y tendrá la puntita manchada con un rojo pálido de algún líquido que hace rato se secó. Dudarás de haberlo usado para abrir la leche y te darás cuenta de que en ese punto no solo no recuerdas para qué lo compraste, sino tampoco en qué realmente lo usaste. Pero la manchita roja y seca de la punta filosa te devolverá a la realidad: lo importante es para qué lo usarás ahora.
Mientras caminas casi trotando de regreso al living, pensarás que lo que vas a hacer, quién sabe, pueda ayudarte a llenar esos vacíos de tu memoria. Porque lo que te han prometido, y aquello por lo que has pagado tanto, es promocionado en todas partes como una expansión. Y te sentarás de nuevo en el sillón y tomarás la caja para volver a ver ese blanco liso e imposible mientras el desorden que hace tanto tienes en tu mente te recuerda a esa profesora de la universidad que, citando a McLuhan, citaba a Borges para pensar en la tecnología —y en los libros— como una extensión de los sentidos. Y te pondrás ansioso e incluso empezarás a sudar un poco debajo de la nuca porque estarás desesperado por saber cómo se sentirá esa extensión que cuesta tanta plata y que ahora deberás implantarte. Tanta plata, pensarás sin ser capaz de recordar de dónde la sacaste, como con el estilete. Entonces la caja resbalará al suelo desde tus manos húmedas y por un breve lapso serás consciente de que en realidad tu ansiedad por lo novedoso del aparato supera lo que sabes de él. Y estará bien, porque esperas una sorpresa. Un viaje hacia más afuera con un nuevo sentido, para salir de ti mismo, ojalá. O una mirada hacia adentro que te permita ordenar los cables. Lo único sobre lo que tendrás certeza es que quieres probarlo del otro lado de la puerta de calle. Afuera.
Así que te visualizarás tomando el pomo de la puerta con la mano izquierda —por lo que ya a estas alturas es obvio sobre la derecha— y dando el paso hacia el otro lado; desde luego, tras haber rasgado el plástico con las llaves, apreciado la caja, leído las instrucciones y buscado el estilete. Tomarás de nuevo el manual y estudiarás el primer corte. Extenderás el antebrazo para compararlo con la ilustración y con la otra mano agarrarás esa manchada herramienta filosa. Respirarás contando hasta tres y casi cuando deberías llegar al cuatro pondrás la punta sobre la piel y harás presión. El filo se hundirá en ella y tendrás que hacer más fuerza para cortar. Aplicarás presión mientras lo mueves hacia un costado y verás brotar esa humedad roja que despierta otro flash. Pero no estarás dispuesto a recordar: debes continuar. Por lo que inclinarás el estilete en un ángulo de treinta grados y seguirás el corte con un movimiento circular. Lo que indican las instrucciones es abrir una especie de boquita, casi como la tapa de una lata de atún. Y así lo harías en dos maniobras si el estilete fuera nuevo, porque descubrirás que el filo está dañado. No lo pudiste ver, desde luego, pero la cuchilla está mota y tu piel te lo comunicará. Te enterarás cuando deje de deslizarse entre los dos pliegues y se trabe antes de que termines la medialuna que buscas. Aplicarás más fuerza y sentirás como hilitos soltándose en tu antebrazo. Para cuando te des cuenta de que a tus pies la caja del blanco impoluto ha sido violada por las gotitas de sangre, el corte estará completo. Seguirás entonces con las instrucciones y tomarás la primera pieza, que es circular y plana, como una pila de reloj. La insertarás en el corte que cerrarás con tu propia piel. Inevitablemente, te dirás que eres un boludo por no haber previsto toallas y vendas para contener el sangrado y cerrar la herida. Por suerte, tu mente te ayudará en esta y recordarás que junto al estilete habías comprado un rollo de cinta americana. Así que con toda la prisa que es posible harás presión sobre tu antebrazo derecho con tu mano izquierda e irás por la cinta.
Volverás a ignorar el desastre en el cuarto de invitados y localizarás la cinta en el suelo junto a la cama destendida. Por un instante soltarás el corte—que es menos pulcro de lo que esperabas—y abrirás la cinta con la zurda y, ahora sí, los dientes, aunque aprovecharás la tijera que sigue ahí para cortarla. Notarás, como es lógico, la cama y el suelo salpicados de sangre. Pero ya de nuevo en el sillón del living, con tu flamante vendaje gris brilloso, tomarás la segunda pieza y seguirás con el procedimiento. Con la mano buena empezarás a palpar y contar tus vértebras según la ilustración del manual de instrucciones, hasta identificar el espacio entre la C2 y la C3, bajo tu nuca sudorosa. La pieza que toca te recordará a un arete: circular y plana con un palito metálico, casi como una antena. O una aguja. Solo que, en lugar de introducirlo en el lóbulo de la oreja, lo presionarás ahí, debajo de tu nuca, hasta sentir la membrana que cede y una punzada eléctrica.
Habrá pasado un par de minutos para cuando sientas que puedes abrir los ojos. Eres un salvaje que se hizo el procedimiento a lo animal, pero las ansias le ganarán al dolor y ya te dispones a dirigirte a abrir la puerta girando el pomo con la mano izquierda, porque el brazo derecho estará recién vendado y luego salir a sentir el mundo. Entonces abrirás los ojos que tenías fuertemente cerrados y lo primero que verás a tus pies será la caja de un blanco impoluto ahora manchada de sangre. Inmediatamente sentirás una náusea que se irradia desde la nuca hacia todo el cuerpo. Y parecerá que dentro tuyo los cables empiezan a conectarse porque vuelves a ver la caja y la náusea solo se incrementa. Querrás salir a ese mundo con tus sentidos extendidos, abrir y cruzar la puerta hacia afuera, pero la indisposición cocina algo muy pesado dentro tuyo, que te ancla.
Se te antojará algo fresco, quizás un vaso de leche. Al menos ya está abierta, pensarás. Pero el peso interior te inmovilizará. Y al pensar de nuevo en la puerta de calle y en el afuera puede que reconsideres la idea y te dispongas a esperar un poco. Después de todo, le has dedicado todo el día a esto y estarás cansado, nauseabundo y con un estilete moto. Así que te permitirás un descanso y ya quizás mañana puedas hacerlo más tranquilo y limpio.
Sí. Mañana. Llegará mañana y te animarás a salir. Andá, dale. Vamos afuera.
Jorge Mustaffá es comunicador social por la Universidad Católica Boliviana y cursa la Maestría de Investigación en Literatura con mención en Literatura Latinoamericana de la Universidad Andina Simón Bolívar sede Ecuador. Ha publicado textos de no ficción en 88 Grados, Verdad con Tinta y otras revistas. Actualmente es profesor de Lenguaje y Literatura y trabaja en su tesis sobre la figura del muerto errante en la narrativa latinoamericana.





