Talacha de Tapachula
de Pedro González Moctezuma
El día 31 del mes de enero del año en curso, un jurado compuesto por tres editores y el editor general de la revista otorgaron el segundo premio del concurso de cuentos de Perpetuo a “Talacha de Tapachula” del escritor mexicano Pedro González Moctezuma. González Moctezuma aplicó con el seudónimo Nicanor Iturrino.
Treinta mil pesos por jugar fútbol un fin de semana no está nada mal, la neta. Pero si esos treinta mil varos implican viajar a las entrañas del monstruo y poner en riesgo la vida no suena como una oferta tan buena. Pero bueno, para los que nos ganamos el pan en la talacha este tipo de oportunidades se presentan cada cierto tiempo y hay que tomarlas. Además, ya no había marcha atrás, ya estábamos llegando a Tapachula.
Nos recogieron en el aeropuerto y nos llevaron a una casa de seguridad. Me sacó de onda ver a toda esa banda armada y lista para los madrazos siendo tan amable con uno. Estoy seguro que después de recibir secuestrados, sicarios y policías, que llegue un grupo de futbolistas de la Ciudad de México es una experiencia agradable para los matones. Luego luego se vio, hasta nos pidieron fotos.
En corto ya estábamos destapando las primeras chelas y abriendo las bolsas de botana cuando se asomó una niña que tenía la quijada trabada. Tenía la mandíbula tan tensa que se ve que hasta le dolía la cabeza, pero no era prognata y era muy joven como para que se le hubiera torcido por la coca. Así era su cara, namás. Tendría unos 12 años, pero se movía con más seguridad que los pistoleros y los futbolistas. Nos abordó para decirnos que el primer partido se jugaría a la mañana siguiente y que iba a haber una cena normal en una hora, que no nos llenáramos de papitas, pinches puercos. Tampoco les recomiendo emborracharse, se juegan mucho en el partido de mañana.
Nos cagamos. Normalmente en los torneos de talacha uno cobra lo que le prometieron sin importar el resultado. O sea, nosotros esos treinta varos ya los teníamos en la bolsa. Pero ahora estaba claro que el monstruo no se iba a tocar el corazón si no cumplíamos sus expectativas.
La cosa con ese monstruo tan presente entre nosotros y al mismo tiempo tan escurridizo, es que cualquier chingadera lo puede molestar y eso te cuesta la vida. Pasó con el comerciante que no tenía cambio en la esquina de mi casa o la chava que no quiso aflojar unos besos en el antro. Ambos molestaron ligeramente al monstruo y pues se los quebró. Así.
Esa noche nos trataron como reyes. Dos platos de carne, barra de ensaladas y también había whisky, pero nadie pidió. Estaba raro, la neta, que por un lado nos trataran tan chido y por otro sentir que tantito la regáramos nos iban a quebrar.
Como no podía dormir, le pedí al guarro que me consiguiera un toque. Lo consiguió en corto y nos lo fumamos en la azotea viendo las estrellas. Al día siguiente nos jugábamos la vida en la talacha.
La niña de quijada tensa nos despertó a sartenazos, nos empujó un desayuno y nos acomodó en tres camionetones, unas pickups de llantotas, doble cabina y unos tubos respiradores que les salían de atrás de los espejos. Trocones. Como el patrón iba a manejar la camioneta de hasta adelante, todos se acomodaron en las de atrás. Pero yo me apendejé y me tocó ahí.
Nos subimos cuatro en el asiento trasero y el de adelante se quedó vacío. El capo guardó una pistola en la guantera y se puso otra entre las piernas. Yo era el único futbolista, todos los demás, pues matones. ¿Estás nervioso? Obvio estaba nervioso y me ponía más nervioso que me lo preguntaran. Les dije que no, que era el pan de cada día. No se habló mucho durante el viaje.
Cuando dejamos Tapachula, el patrón subió a una morra cubana que estaba buenísima. Traía un vestido corto, tenis y una chamarrita. Como que se quería poner muy elegante y muy cómoda al mismo tiempo. Vamos a cruzar la frontera, ¿traes tu pasaporte? Todos se cagaron de risa. Yo me cagué de miedo porque tampoco lo traía. Al final nadie lo necesitó. Cruzamos el río que divide a México y Guatemala con las camionetas. Para eso eran los respiradores, para poder pasar la troca por el agua sin que se chingara el motor. Ya a esas alturas solo pensaba que los treinta mil varos habían salido baratos.
Nos echamos todavía como una hora por un camino de terracería. La cancha estaba en medio de la selva, un lugar muy chido, la verdad, aunque el césped sí estaba medio madreado, para nada los estadios municipales a los que los talacheros de nuestro nivel estamos acostumbrados.
Había cuatro mesas largas acomodadas en paralelo a las líneas de cal. La morrita de cara torcida que quién sabe de dónde salió nos explicó que se trataba de un cuadrangular. Dos patrones de México y dos de Guatemala, cada uno traía su equipo. Iban a apostar y a jugarse el orgullo. Ahí me di cuenta de que traíamos la dignidad de los capos en la espalda. Con razón se sentía como que nos estábamos jugando la vida.
No dejaba de pensar que si jugábamos bien y ganábamos, probablemente se chingaban a alguno de los rivales. Y pues uno quiere salvarse el culo pero tampoco quería cargar en la consciencia que se quebraran a los demás.
Los otros se veían buenos. Hasta nos dijeron que uno de los guatemaltecos había traído un equipo completo de primera división. No nos quedaba otra más que jugar. Que Dios reparta suerte.
Cada equipo iba a jugar tres partidos. Era un todos contra todos, pues. Los primeros partidos estuvieron buenos, se notaba que estábamos cagados pero todos lo hicimos muy bien. Más que ganar, en ese momento me preocupaba que ningún equipo perdiera, y pues eso es imposible. Ganamos el primer partido dos a uno y el segundo estuvo más apretado. Cuando íbamos empatados dos a dos, el árbitro, que seguro estaba tan muerto de miedo como nosotros, marcó un penal en nuestro favor.
El patrón del equipo contrario se enfureció, entró a la cancha a encarar al árbitro y la banda que estaba tocando se silenció. ¿Cómo iba a marcar semejante pendejada? El árbitro, zurrado, quiso justificar su decisión y eso molestó todavía más al capo. Tanto que le pidió que le explicara la decisión fuera de la cancha, y sujetándolo del cuello de la camisa se lo llevó, con otros tipos armados, a las entrañas del monstruo. El árbitro abanderado tomó el rol de juez central y la niña de quijada tensa se puso en su lugar. La tensión era tal que fallamos el penal deliberadamente. El juego quedó dos a dos. El capo y los matones regresaron a su mesa. La fiesta se volvió a prender y siguió el torneo. Del árbitro no volvimos a saber nada.
El último partido nos tocó contra los profesionales guatemaltecos. Habíamos ganado uno y empatado uno, y ellos tenían un récord exactamente igual. Era como una final. Yo seguía preocupado por nuestra vida y por la de los rivales, hasta que los jugadores de primera, impresionados por la escena del árbitro, se acercaron a nosotros antes del saque inicial. Pinches mexicanos hasta en estos torneos los ayudan; Así como son culeros de ese lado del río, vamos a ser unos mierdas con ustedes por acá; Con nosotros sí se van a ir a la verga, pisados.
Ah cabrón, esa sí no la veía venir. De pronto, el partido se convirtió en un clásico centroamericano. A los chapines les valía madre jugar por su patrón, ellos estaban jugando por su patria y se nos vinieron a plantar. Y al chile nos calentamos y decidimos jugar ese partido a muerte. Literal.
Las gradas también se dividieron, sin llegar a los balazos las porras subieron de tono y las mesas de mexicanos y guatemaltecos se lanzaban insultos de un lado a otro, luego botellas, y luego amenazas. El partido se jugó con todo, hubo barridas, conatos de bronca y jugadas burlonas. De repente ya no estábamos pensando en salvarnos el pellejo, sino en ganarle a esos culeros para que se los quebraran.
El partido estaba tan rocoso que no hubo goles hasta el último minuto, cuando el portero chapín, cargado de emociones, quiso lanzar con tanta fuerza la pelota en sus manos que, en vez de salir hacia la cancha, el balón se le enganchó en la punta de los dedos y terminó entrando en su propia portería. Autogol. Chingó a su madre. Se acabó el partido y la turba alborotada se metió a la cancha. Para unos éramos héroes; para otros, unos culeros. La cancha se convirtió en un cagadero. Unos celebraban, otros discutían, otros se amenazaban a muerte. Unos se fueron a comer y el portero, pálido, lloraba sentado en la base del poste. Nadie tenía duda, estaba a punto de ser tragado por el monstruo. Y tal vez sus compañeros también.
Con el orgullo nacional a flor de piel a costa de los rivales chapines, nos regresamos en las camionetas a Tapachula. Dormiríamos otra vez en una casa de seguridad, pero ahora en una que estaba en la playa. Era una fiesta, había comida ilimitada, drogas y alcohol. Hasta llevaron unas putas. Sentados en la alberca cotorreamos lo que habíamos vivido. Si estos culeros no hubieran puesto el nacionalismo de por medio, seguro la cosa hubiera acabado diferente y en una de esas, habrían salvado el pellejo. Quién sabe.
Pedro González Moctezuma es periodista, fotógrafo y productor con una carrera de 15 años en medios de comunicación de deportes y noticias. Actualmente hace la serie Footwork para el medio británico Copa90 en la que explora las manifestaciones más auténticas de identidad en el futbol popular de México.




