Te acuerdas, mamá, cuando papá llegaba cansado del trabajo.
Tú ya estabas en casa pero él llegaba tarde. Siempre tarde. Sus manos olían a fierro y a grasa, pero sonreía cuando me veía.
Te acuerdas, mamá, que no teníamos tele.
Pero papá decía: «vamos, mijo», y me subía a sus hombros. Caminábamos muchas cuadras y llegábamos a una tienda grande, con luces. Ahí había televisores en la vitrina. La gente se juntaba a mirar, yo no entendía por qué. Pero papá me ponía arriba de una jardinera y decía: «desde aquí ves mejor», y yo veía una cancha verde. Unos hombres corrían detrás de una pelota blanca. La pelota iba y venía. La gente gritaba «gol» y papá me apretaba fuerte. Yo sentía su pecho; sonaba como un tambor.
Eso me gustaba, mamá, ver a papá contento.
Te acuerdas, mamá, que yo quería un balón.
Nunca te lo dije, pero una vez vi uno en una tienda: era naranja con manchas negras. Me quedé mirando mucho rato. Papá me jaló la mano. Dijo que costaba mucha plata. No se enojó pero tenía cara triste. Yo también me puse triste, pero no dije nada.
Te acuerdas, mamá, que veíamos los partidos afuera de la tienda.
Esa era nuestra tele. Papá atrás, con las manos en mis hombros, me explicaba cosas. Yo no entendía todo, pero me gustaba su voz.
Te acuerdas, mamá, del veinticuatro.
Ese día llovía. Papá salió a trabajar igual, dijiste que volvía temprano por Nochebuena. Yo hice una pelota de papel. La pateé hasta que se rompió. Después llegaron unos señores. Tú gritaste. Yo me escondí debajo de la cama. Alguien dijo algo de una fábrica. Alguien dijo que no me despertaran. No entendí.
Pero papá no volvió.
Lloraste mucho. Llegó la tía. Lloraron las dos. Yo miré la puerta. Pensé que papá iba a llegar tarde, como siempre.
Pero no llegó.
Te acuerdas, mamá, del veinticinco.
Me desperté solo. La casa olía a velas. Abrí los ojos y vi algo redondo en mi cama. Estaba envuelto en papel plateado. Lo toqué.
Lo abrí.
Era un balón, mamá. Nuevo. Naranja con manchas negras, igual al de la tienda.
Corrí a la cocina. Tú estabas sentada, tenías los ojos rojos. Te mostré el balón. Te pregunté quién lo había traído.
Dijiste que no sabías. Dijiste que quizás los Reyes pero los Reyes vienen después, mamá. Te pregunté otra vez. Lloraste más fuerte. Tomaste el papel y te lo llevaste a la nariz.
Yo no entendía.
Pero después supe. El papel olía a papá. Olía a su ropa, a su sudor, a sus manos.
Esa mañana no lloré pero tú llorabas mucho y yo abracé el balón. Estaba suavecito. Olía a nuevo pero también olía a él.
Te acuerdas, mamá, que después salí a la calle. Pateé el balón contra la pared, lo pateé muchas veces. Pensé que papá me estaba viendo desde algún lado, como cuando veíamos la tele en la vitrina.
Ahora el balón está viejito. Se desinfló. Tiene una mancha. Pero todavía lo tengo, mamá. Lo abrazo a veces. Cierro los ojos y me acuerdo de papá, de sus hombros, de la tienda, de su pecho sonando.
Te acuerdas, mamá.
Te acuerdas.
Angelo Chacón Sequeira (San José, Costa Rica) es escritor y profesor en formación de Literatura y Castellano en la Universidad de Costa Rica. Escribe poesía, teatro, aforismo, ensayo y relato, con una marcada presencia de la tradición clásica, lo simbólico y lo fantástico. Su escritura se centra en la muerte, el desasosiego, la culpa y la reflexión metafísica. También ha traducido poesía de H. P. Lovecraft.



