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«Sale el sol, y se pone el sol,
y se apresura a volver al lugar de donde se levanta»
Eclesiastés 1:5
I. Tuya soy, para ti nací, sol de la mañana. Espero que cada destello me atraviese: sin reflejo, sin transparencia, sin artificio. Quiero que te hundas en la tierra para acariciar mis pies, que me abraces de verde los brazos, me maquilles café el rostro con un golpe y me bailes sobre la piel amarilla. Ya llegarán, desde las sombras, los girasoles arrastrándose a mi ventana. II. Ya puesta en tu palma, sol del cenit, atraviesas a voluntad lo oculto, ubicuo, ante mi alma ahora desnuda. No hay cielo que no poseas. Mientras me bañas de calor desde la coronilla, oscureces de luz mis ojos, con agujas caminas sobre mis brazos rojizos y sofocas vuelo y camino. Los frutos se secan sin sombra para esconderse. III. Fui tuya, sol quebrado. Atravesados ambos de luz y brasa somos ahora ceniza fértil. Recogerás tus sombras, sol, y yo armaré mi silueta con estrellas, regalaré mis palmas a la noche, y cerraré los ojos para verte. Ya moriste y otros soles volverán a tu lugar en mi ventana.
Edwin David Rubiano Pérez (Bogotá, Colombia) es profesional en Estudios Literarios de la Pontificia Universidad Javeriana. Ha sido profesor de lectura y escritura para niños, jóvenes y adultos, y ha publicado en otros espacios, entre ellos, anteriormente, en Perpetuo.




