Todavía me acuerdo, aunque fue hace mucho tiempo. Vivíamos ese momento en el que medíamos los años con los cursos, ¿te acuerdas? Nos mareaba más septiembre que enero y te despedías de más cosas en agosto que en diciembre. Yo sí me acuerdo. No he conseguido olvidarlo. Cierro los ojos y lo recuerdo, igual que recuerdo el verte por primera vez.
Estaba en aquel viejo local, donde ya se habían acostumbrado a mi presencia y a la de los chicos, e incluso el dueño (que nos había apadrinado durante ese verano en el que rozábamos con la punta de los dedos la veintena) nos concedía el inmenso privilegio de elegir canciones que dieran un ambiente “juvenil”, como decía él. Recuerdo que estaba apurando lo que quedaba de mi copa, intentando que se me pasara un berrinche estúpido por un rechazo a mi propuesta musical, cuando Carlos interrumpió mi monólogo interno para comunicarme que había entrado la chica nueva de la facultad, esa de la que habían estado hablando antes de que llegara todo el mundo. Me contó que se decía que siempre llevabas faldas largas con mucho vuelo, que te reías muy alto y que tenías los ojos verdes más bonitos que Madrid había visto jamás.
Tras esta breve introducción no tuve otra más que dejar que mis ojos te siguieran mientras Nat King Cole ponía la banda sonora. Recuerdo también que no pude disimular mi sorpresa cuando de repente dejaste de bailar y reír para dirigirte con decisión hacia mí. Con la boca repentinamente seca y las manos temblorosas, me acomodé el pelo y la camisa pensando en algún saludo apropiado para presentarme; pero fue el colmo de mis desgracias darme cuenta de que me encontraba todavía en la barra y tú venías a pedir una bebida.
En un intento de ocultar mi decepción y mi cara desencajada —no sé si te acordarás— me aproximé a tu lado a decirte lo primero que se me pasó por la cabeza: “¿No te encanta esta canción?”. Con una sonrisa desconfiada me contestaste que sí, que te encantaba, pero que intentabas evitarla porque te la solía cantar tu ex novio. (Pobre de mí, que sólo había escuchado la maldita canción un par de veces por la radio y no sabía que a partir de ese momento la melodía se solaparía en mi subconsciente para acabar suplicando que la pusieran en cada bar en el que entrábamos y así poder invitarte a algo.) En un arrebato de galantería, y sin ser capaz de separarme de tus ojos, te dije que eso había que cambiarlo y te saqué a bailar.
Todavía hoy espero haberlo logrado, haber cambiado en alguno de los bailes que compartimos ese curso tu forma de escuchar esa canción. También espero que recuerdes algo.
Sí, me acuerdo. Claro que me acuerdo. Tampoco yo puedo olvidarlo. Recuerdo la desconfianza de las primeras tardes que dieron paso a semanas repletas de risas fáciles, fruto de los nervios. Recuerdo cómo me esperabas en la esquina detrás del quiosco para que no te vieran mi tía o las vecinas, la adrenalina que me producía salir del portal buscando tu largo abrigo azul, sabiéndome portadora de algo inmenso que todavía no entendía bien.
Recuerdo aquellos días en los que mezclábamos declaraciones con reflexiones sobre el mundo que conocíamos y que se caía a pedazos mientras nos sosteníamos con ojos llenos de ternura. Conversaciones que derivaban a partir de un “Hola, te quiero”, porque a ti te podía contar todo sin que importara nada.
—Cuando no podamos hablar, pídeme ir al cine—te dije una vez mientras me mirabas con atención–. Pídeme ir al cine cuando esté presa, cuando nada importe. Prométeme una película y te juro que no me negaré. No podría—te brillaron los ojos y yo seguí hablando—. Es más: pídeme ir al cine, que te contestaré cantando.
—¿Sí? ¿Y qué me cantarás?—preguntaste mientras reías.
—Eso no importa—contesté—, no importa en absoluto, porque la cuestión será que yo he recibido tu mensaje y tú, cuando yo cante, entenderás que estoy ahí. Entenderás mi señal. Se habrá creado un código.
—¿Y qué significará ese código?—dijiste, incorporándote. Ya había conseguido captar tu atención, no había vuelta atrás.
—Que estamos vivas. Que nos queremos.
—¿Que estamos vivas o que nos queremos?—me mirabas fijamente—. ¿No te parece lo mismo?
Las palabras salían solas y no podía parar de sonreír.
—Touché
Me abrazaste y quedamos tumbadas en silencio.
—Pero déjame pedirte algo, Almudena.
—Das miedo cuando me pides cosas con esa voz.
—¿Qué voz?—reíste—. Perdóname. No te asustes.
—Vale, vale, no me asusto. ¿Qué es lo que me quieres pedir?
Con toda mi curiosidad esperé esa propuesta, que llegó acompañada por la mejor de tus sonrisas.
—Te pido que, para nuestro código, me cantes algo bonito.
Quise reírme, pero me interrumpiste.
—No, no te rías. Promételo.
—De acuerdo, te lo prometo: te cantaré una canción bonita, de esas que ponen en la radio y que pides cuando salimos a bailar.
Lo siento. Lo siento porque lo siento tanto que no sé ni por dónde empezar. Lo siento porque me duele esto, porque me acuerdo de todo y sé que tú también. Y lo siento por ti. Lo siento por mí. Porque te has llevado lejos tus inmensos abrigos de tela azul y yo soy la que se ha quedado atrás con el señor de aspiraciones ahogadas y el sueño de la familia feliz. Porque subestimándote di por hecho que conseguiría quererle como te quería a ti. Pero no lo he conseguido y por eso sigo en el mismo sitio, con el mismo miedo. Ahora, en vez de hablar contigo dejo que la gente me hable de ti. Y lo siento, porque pensé que esto iba a acabar de otra forma diferente. De cualquier otra forma, pero no de ésta en la que busco melodías instintivamente para darme cuenta de que en realidad te busco a ti en ellas. No de ésta, en la que confirmo con amargura la reflexión que te confesé hace veinte años al decirte que me daba miedo la adultez que se iba apropiando de nosotras. Sigo creyendo que damos miedo. Yo, por lo menos, me lo doy.
Hace mucho tiempo que no me conozco.
Llueve mucho, y de manera insistente. He llegado empapada y sin aliento a la cabina telefónica. Con los dedos entumecidos, consigo marcar tu número. El teléfono comunica y la espera se hace eterna. Ha pasado mucho tiempo desde que te llamé por última vez.
—¿Sí?
Contengo la respiración al escuchar la tuya. Ya no hay marcha atrás. —Almudena, tengo que habl…
—Ya te he dicho que no me llames a este número—susurras al auricular y yo no sé por qué susurras, si nada de lo que hagamos juntas podrá nunca estar mal. O eso decíamos, ¿no…?
¿No?
—Tranquila, estoy hablándote desde una cabina.
—Me da igual –tu respiración es agitada.
—Pero…
—Mario va a llegar dentro de nada con los niños.
—Ya lo sé, no me importa. ¿Puedes relajarte y escucharme un momento?
No me dices nada, así que interpreto tu silencio de forma afirmativa y continúo.
—Almudena, ¿me acompañas al cine?
No escucho respuesta al otro lado de la línea. Es una idea estúpida haberte llamado con la ilusión de que te acordaras de una ensoñación que compartimos como dos crías que éramos.
Iba ya a rendirme y colgar, cuando oigo que estás llorando. Oigo también tu murmullo entonado.
Y río aliviada, más enamorada que nunca. Al fin y al cabo, era inevitable.
Este cuento fue escrito por Claudia Ortega.



