Tragedia mexicana
Escenas de abuso en Quintana Roo
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Nota: Todos los nombres han sido cambiados por seguridad de las víctimas.
Acto I - María
María tenía trece. Tenía trece años cuando todo cambió y la infancia dejó de serlo.
Ese día, su madre, Pamela, la llevó al departamento de quien decía era “un amigo”. Estaba anocheciendo y el calor acostumbrado de Cozumel bajaba con el sol.
El departamento se encontraba lejos de su casa; en la avenida que atraviesa la isla y los locales conocen como “la transversal”—mismo donde, hasta ahora, abundan moteles usados para la prostitución—. Es la frontera del poblado, donde comienza la maleza y hay, tan solo, un puñado de ranchos y, más reciente, un centro para el tratamiento de aguas.
María recuerda poco del lugar. Dos cuartos divididos por un baño compartido. En ambos extremos de éste, puertas que dan acceso a las habitaciones. No guarda memoria de los colores o los muebles del departamento; si las tiene y no me las contó, reconozco, en parte, fue porque no me atreví a preguntar a detalle. Pero el lugar importa menos que los hechos.
Al llegar, su madre le dio un vaso de agua. María lo tomó. Después, no recuerda nada.
Cuando despertó, estaba desnuda y adolorida. Confundida. No entendía cómo llegó a la cama de uno de los cuartos. Instintivamente, abrió la puerta del baño y, del otro lado, vio a su madre desnuda, en la habitación contigua. Sobre de ella, su amigo. Estaban en el acto.
Pamela cerró la puerta de inmediato y, al terminar, volvió con su hija. Le dijo a María que se había orinado y, por ello, le quitaron la ropa. María no recuerda que eso hubiera pasado. No recordaba nada. Solo sabía que sus caderas le dolían y que, al regresar a casa—en un trayecto largo que hicieron a pie, a altas horas de la noche—sus partes íntimas estaban sangrando; seguirían haciéndolo en los próximos días.
La habían violado.
Su madre la había entregado a un hombre para que la violara.
Y de ello, a los trece años, había quedado embarazada.
La primera vez que escuché la historia de María, tenía, también, trece años. Eso habrá sido un año después de que ocurriera—como sugieren los números, nos llevamos, tan solo, un año de edad—. No lo sé de cierto.
Estaba en casa de mi abuelo, rodeado de espejos y, sin admitirlo, aterrorizado de ellos. Mi madre nos sentó a mi y a Mayte, mi hermana, en la sala. Nos preguntó si recordábamos a María quien, hace años, había sido su alumna de karate.
Para mi, esas épocas estaban vagamente hilvanadas en la memoria. Sabía que mi madre daba clases a niños y mujeres marginados de Cozumel. Muchas veces, venían sus alumnos a la casa y, en Halloween, organizaba una colecta de dulces. Pero eran tantos alumnos que se borraban en un abstracto en mi memoria.
Mayte, sin embargo, la recordaba—de hecho, ella fue la que recordó más de los detalles de la historia cuando, preparando esta crónica, le pregunté del tema—. Jugaban juntas cuando María iba a la casa.
En esa sala—a la que no hemos vuelto—nos contó que María le escribió por Facebook. La historia era, a grandes rasgos, la que María me contaría años después, sentados en un restaurante de Playa del Carmen, tras semanas coordinando una entrevista y hablando por mensaje. Su madre la había entregado a un hombre desconocido que quería tener sexo con una menor.
A los trece años—tres años antes de poder manejar legalmente y cinco antes de poder votar—, quedó embarazada. Antes de terminar la primaria, ya tenía una hija, a la cual llamó Juliana.
Hoy, trae una camisa que lee “Good Attitude Team”—“Equipo Buena Actitud”—. En su teléfono—un iPhone viejo que encontró en las calles de Cozumel al que ya no sirve bien—, noto que el fondo de pantalla es una foto de la graduación de primaria de Juliana. Está con uniforme escolar, haciendo una señal de paz con los dedos y con la sonrisa forzada de una preadolescente ante la cámara de su madre.
Le pregunto cuántos años tiene. Me dice que doce.
“Casi la misma edad que yo tenía cuando me pasó lo que me pasó” agrega María.
No recuerdo si mi madre lloró cuando nos contó la historia por primera vez—la he visto llorar solo unas tres veces en mi vida—. Tampoco si Mayte, mi hermana, lo hizo. Solo recuerdo sentir una inmensa tristeza y el enojo de que alguien de mi edad hubiera ya sufrido tanto.
Ahora, con ella frente de mí, escuchando la historia de nuevo, siento lo mismo que esa primera vez. Una frustración hermandada del enojo.
He pensado mucho en nuestra conversación. He leído y releído las notas; he editado tanto esta crónica que temo queden oraciones a medias. Mientras más lo hago, más vuelvo a una misma imagen. El abuso se me asemeja a un agujero negro. Al centro, hay un cuerpo tan grande que absorbe hasta la luz misma y no la deja salir; atrapa a sus víctimas en una órbita de destrucción y tormento.
Sabemos poco de los agujeros negros; hasta hace poco, no teníamos, siquiera, fotografías de ellos.l—cual, de nuevo, parece similar al abuso—. Es un hecho del que no puede hablarse; del que no sabemos cómo hablar. Pero eso no implica que no exista. Siguen moviendo cuerpos alrededor de los agujeros negro. Así como el abuso, aunque no se discuta, sigue siendo parte de la sociedad mexicana y sigue haciendo sufrir a millones de mujeres.
Cuando María habla de su violación, voltea a ver a la ventana. No está nerviosa, pero sí incómoda. Siente la fuerza del agujero. Se refiere a los hechos como “eso que me pasó” o "lo que me hizo ella” refiriéndose a su madre. Nunca usa la palabra “violación”—parece evadirla—.
Solo lo hablamos una vez. Me contó la historia seria; premeditada. Quizá, habiendola repasado en el camino. Quizá, entrando a un discurso al que ha llegado tras años de contar lo sucedido. Aún así, noto la incomodidad en cómo baja la mirada al hablar.
En México, no hablamos de abuso. Lo ignoramos aunque es la norma de este país. Es su tragedia; su agujero negro.
Las cifras de abuso a mujeres y menores en México son catastróficas. En 2021—nueve años después de que violaran a María—un 70.1% de las mujeres del país reportaban haber sido víctimas de algún tipo de violencia a lo largo de sus vidas, de acuerdo con cifras del INEGI. Esto incluye varios tipos de abuso, incluidos el abuso psicológico, económico y físico.
Desglosando la cifra, un 49.7% reportaron ser víctimas de violencia sexual en algún momento. Esto es un aumento del 2016, cuando 41.3% de mujeres reportaron haber sido víctimas del mismo tipo de abuso. Lo que es más, prácticamente la mitad de la cifra en 2021 (un 23.3% de las mujeres entrevistadas) reportaron que los incidentes ocurrieron en los últimos 12 meses.
Esas son las cifras más recientes disponibles. No hay motivos para creer que en los últimos años, las cosas han cambiado en el país.
Esto sugiere una realidad perturbante e incómoda. Historias como la de María no son la excepción. Son la norma de México.
Cuando inicié a preparar esta crónica, me senté con mi madre, Eloina Fernández, para hablar de su carrera. Ella es el principio—fue quien me contó de María y Pamela—; es partícipe—es quien habla con María en momentos difíciles—; es, también, experta en el tema. Lleva casi dos décadas dedicándose a la defensa personal, trabajando con ONGs para capacitar a mujeres en los rincones más recónditos de Quintana Roo. A veces, en las mañanas, me llega un mensaje suyo diciendo que estará “en las comunidades” recordando que tendrá poca señal y será mejor que hablemos por la tarde. Creo que no hay mejor descripción de ella.
Hablamos de María. Me contó la historia de nuevo—como ha hecho a lo largo de los años con esa y otras historias que la motivan a seguir enseñando defensa personal—. Cuando lo hace, su voz es más seria; monótona.
Mi madre inició a dar clases en una unidad deportiva de la isla después de que niños en un taller de verano del Programa de Atención a Menores y Adolescentes en Riesgo (o PAMAR, como siempre le ha dicho mi madre) la vieran correr en su karategui, el uniforme tradicional para clases de karate. PAMAR es un programa a nivel municipal para dar actividades por las tardes a niños y adolescentes de escasos recursos; mi madre no tenía participación con ellos salvo la insistencia de los niños que le pedían, cada vez que iba a la unidad, les diera clases de karate. Así hasta que, hablando con los directivos de PAMAR, llegaron a un acuerdo para hacerlo.
María estuvo entre esas alumnas del comienzo, primero en la unidad deportiva; luego en parques públicos de las colonias más humildes. Con el tiempo, las madres de los chicos se interesaron por las clases hasta que, mi madre, les abrió un espacio también.
En su primer grupo de adultos, eran unas 50 mujeres, todas madres de familia. Entre ellas, estaba Pamela, la madre de María. Cuando mi madre habla de ella, introduce un hecho crucial. Pamela, también, era víctima de abuso; de los golpes de su marido al llegar borracho a casa. Por eso quería entrenar; por eso, me decía mi madre, iban varias de las mujeres a las clases que daba.
Le pregunté si recordaba cuántas le contaron que eran víctimas de algún tipo de violencia por parte de sus parejas.
“Que llegaran conmigo y me dijeran, explícitamente, ‘soy víctima de abuso’, un ochenta por ciento” me contestó, “pero estoy segura que todas eran víctimas de una forma u otra”.
Vuelvo a pensar en el agujero negro. Igual que un agujero negro, el abuso es una fuerza tan grande que atrae todo a su alrededor sin piedad. Sobre todo, es una fuerza inevitable. Una vez eres sujeto de su gravedad, es difícil salir de ahí. Tal y como es difícil evitar el abuso cuando es parte de tu realidad.
María y sus hermanos fueron víctimas de su padre, Claudio. Él llegaba borracho a la casa. Todo le irritaba. Se desquitaba con Pamela, sobre todo; los niños gritaban cuando lo veían. Servía poco. Si lo irritaban, les pegaba con la fuerza que entrenaba en clases de kickboxing.
“Mi mamá nos encerraba en el cuarto; a veces nos dejaba sin cenar” recordaba María “todo para que no nos escuchara nuestro papá y nos pegara”.
Cuando su padre se fue, Pamela cayó en el alcohol; se irritaba fácilmente. Ahí, los abusos que he contado. Los golpes; el entregar a María a un adulto cuando tenía trece años. Otra tanda de gritos; palos de escoba que quebraba a espaldas de sus hijos.
María se enteró que estaba embarazada por los mareos constantes que sufría. Tantos que su madre le compró una prueba de embarazo.
“Ella misma la compró” me dijo María, “ahí vi que salían dos tiritas. Estaba embarazada”.
Su familia no la apoyó. Su padre—quien había dejado la casa hace tiempo y vivía con otra familia—se interesó por María en un principio. Al poco tiempo, la ignoró. Sus tres hermanos tampoco la ayudaron. El mayor, Alejandro, no vivía con ellos; Claudio y Edgar eran menores y no podían hacer mucho.
Pamela hizo poco de ayuda.
Cuando María quedó embarazada, se volvió en el objeto de la ira materna.
“Mi madre me pegaba” recuerda María de los días después de enterarse que estaba embarazada “me tiraba al piso sentada para que abortara”.
Pronto se fue de la casa, con un vecino cinco años mayor. Él tomó a la niña como suya cuando se enteró que María estaba embarazada. Vivieron, primero, en casa de sus padres, a la vuelta de la de María y sus hermanos. Después, rentaron un cuarto juntos.
La alegría duró poco.
El irse con su primera pareja fue un respiro breve para María. Inhalaba, al fin. Cuenta esos tiempos con algo de alegría. Sonríe. El mismo año que nació Juliana, su primera hija, María quedó embarazada de nuevo. Tenía, entonces, catorce años y como me dijo, entre risas, “no sabía que me podía volver a embarazar tan rápido”.
Tuvieron una niña, Laura. Y lo que es más. Sus hijas tenían un padre.
Pero pronto vino la exhalación. El agujero negro seguía presente.
Su pareja, con quien tendría una tercera hija—siempre mujeres—se volvió abusiva. Comenzaba a pegarle. A enojarse con ella.
“Rentábamos en un cuartito” recuerda María. “Él me encerraba para poderme pegar, para que yo no me pudiera salir. Entonces, a mi Juliana también le tocaba; le pegaba”.
De los golpes del padre, a los de la madre, a los de la pareja. Un ciclo constante que parece ineludible.
Cuando por fin pudo salir de la relación, su pareja se mudó a Cancún. Dejó de lado toda responsabilidad. María quedó a cargo de tres hijas, sin familia ni sustento.
Seguía, en pie, la órbita del abuso. Volvía siempre a la gente que le había hecho daño; a su familia y sus parejas. En temporadas breves, volvía con su madre, jamás hablando de lo sucedido. A veces, con su padre, quien tampoco entendía el abuso que vivió su hija. En ocasiones, con parejas breves que terminaban dejándola.
Ahora, María está en lo que parece ser otra pausa del abuso. Vive en una casa sola con sus hijas, batallando para pagar la renta. Trabaja en jornadas largas para conseguir el dinero que necesita. Por ello, hablábamos por la tarde; a veces más de noche. Muchas veces cancelaba entrevistas de imprevisto por quedarse más horas o tomar cursos en su trabajo.
“Es para ellas”, me dice cuando hablamos de su casa “para que puedan estar seguras”
Un breve respiro, sin saber si volverá a caer en la fuerza del abuso. Si sus hijas lo vivirán también. Si después de inhalar, tendría que exhalar o si podría aguantar otro rato la respiración.
Acto II - Pamela
Pamela trae una camisa oscura, con dibujos de flores amarillas en retoño. Su pelo oculta el plateado de canas con un tinte morado desgastado. Se hizo el contorno de los ojos con cuidado. Lleva sus llaves junto a unos veinte llaveros—entre ellos, uno de un peluche afelpado—. Sonríe mucho, aún cuando la conversación se tornaba difícil.
Nos vimos en un restaurante de franquicia en Playa del Carmen, donde vive desde hace ya unos meses. Trabaja en un consultorio. Su fondo de pantalla es una foto que parece ser suya en una pijama quirúrgica, pero no logro distinguirla a detalle.
Noto que tiene los brazos tatuados. En el derecho, al revés, lleva en griego el nombre de sus padres. Al derecho, están tres líneas en árabe. Le pregunto y me dice que son los nombres de sus hijos, los varones. Pregunté por María.
“María la tengo aquí” dice moviendo, instintivamente, la mano hacia atrás, “en la espalda”.
Sonríe de nuevo, pero le cuesta.
La historia de Pamela la escuché, también, de mi madre en las etapas tempranas de esta crónica. No recuerdo si me la contó, también, de niño, como hizo con la de María. Es probable. Desde que tenía seis años—tal vez antes—mi madre se ha dedicado a la defensa personal femenil. Es un tema difícil; naturalmente, no habla mucho de su trabajo. Pero, en tantos años de verla volver de entrenamientos o en viajes a las zonas periféricas de Quintana Roo, he acumulado historias de abusos constantes. Suficientes para que las cifras contundentes de maltrato a mujeres me den escalofríos.
La historia de Pamela es parte de ellas.
Como ya mencioné, se conocieron cuando mi madre daba sus primeras clases de karate. Le pregunté a mi madre lo que recuerda de Pamela entonces. La describe como robusta, alta entre las demás. Aunque no lo dice, me da la impresión que llegó con curiosidad. Veía a sus hijos aprender a defenderse y, a la distancia, pensaba en hacerlo también. Se fue incorporando a clases, entrenando. El proyecto se hizo más ambicioso—algo más holístico—. Como parte del proceso, inició a ir a terapia y empezó a vender multivitamínicos por su cuenta para ganar algo de dinero.
“Cuando las fui conociendo, a las señoras”, dijo mi madre por teléfono, yo aún en la Ciudad de México debatiendo cómo escribir lo que me contaba. “Pamela mostraba mucha inquietud por cómo salir del maltrato”.
Pamela está frente mío, en una cabina cerca de la entrada. Mi madre vino a la entrevista. Han pasado más de diez años desde la última vez que se vieron. En momentos repetidos, se agarran las manos o se abrazan. En parte, por la emoción del reencuentro. En parte, porque la conversación se complicaba y mi madre le pasaba servilletas para limpiar las lágrimas que interrumpen sus sonrisas acostumbradas.
Trato de resumir en párrafos lo que fueron años difíciles.
Cuando era niña, Pamela perdió a su padre tras un accidente al otro lado de la isla—así es como le dicen los cozumeleños a la parte este, donde hay apenas un puñado de restaurantes entre incontables playas vírgenes—. Era la tercera de cinco hermanos; las tres mayores, mujeres. Su madre, batalló por sacarlos adelante.
Pelearon con la pobreza, con la falta de oportunidades y con familiares distantes que trataron de quitarles la casa donde vivían. Pamela y sus hermanas, pronto actuaron como madres para sus hermanos menores. A los 14, trabajaba en la dulcería del único cine de la isla, ganando algo de dinero que llevar a casa; para los 17, había quedado embarazada de su primer hijo, Alejandro, con un hombre que no se hizo responsable. De esos años me cuenta poco. Brinca a lo que vino después; a Claudio, su marido.
De él, habla con rencor. Se conocieron porque Claudio trabajaba enfrente de la casa de Pamela. A los dos años de su primer encuentro, se habían casado y tenían a su primera hija; a María.
Al preguntarle de su relación, Pamela es clara: “Mi vida empezó con mentiras”. Claudio tenía una amante; con ella, tenía otros hijos; otra familia. Tomaba mucho, también. Regresaba a casa borracho, como conté antes; les pegaba. Encerraba a los niños para que no vieran la violencia; a veces, era inevitable.
Pamela era víctima, también. Era víctima de violencia.
Lo aterrador de historias como esta—de historias como las que me contaba mi madre de abusos entre parejas—es su prevalencia. La de Pamela no es la excepción. Es la norma.
En 2021—en las últimas cifras oficiales del gobierno mexicano—un 39.9% de las mujeres habían reportado haber sufrido de violencia por parte de sus parejas. Es decir, dos de cada cinco mujeres en todo México fueron violentadas, en alguna instancia, por personas con las que estaban en una relación. Durante los últimos doce meses, un 20.7% dijo haber sido víctima del mismo abuso.
Lo más común es sufrir violencia psicológica de parte de la pareja—reportado por un 35.4% de las mujeres entrevistadas—. Le sigue, sin embargo, un 16.8% que declararon haber sido víctimas de agresiones físicas.
La única categoría en dicha encuesta que supera la violencia por parte de parejas contra mujeres fue la violencia comunitaria—es decir, actos de violencia que ocurren en espacios públicos donde, en más del 72% de las veces, el perpetrador es un desconocido—. En otras palabras, después de actos por desconocidos, prevalece la violencia por parejas. Prevalecen historias como la de Pamela.
Eventualmente, hubieron cambios. Para Pamela, fueron dos que definen la historia. El primero fue cuando inició a entrenar y a cambiar su vida. Llevaba años sufriendo maltrato de su pareja, quien iba y venía entre sus dos familias. Con el karate, perdió peso; con la terapia, empezó a cuestionar los abusos; vendiendo multinivel, tenía un pequeño ingreso.
“Me atrevo a apostar a que le costó mucho trabajo sentirse segura” dijo mi madre recordando esos primeros meses. Agregó, con certeza: “pero hubo un momento en donde Pamela empezó a sentirse segura”.
Pamela lo recuerda igual, con afecto. Sobre todo cuando piensa en sus hijos.“Se entretenían y no iban a ser niños malos” me dijo cuando hablamos. Mi madre estaba sentada a su lado; sonreía al ver que, tras años, aún pensaban en sus lecciones. “Eso les ayudó bastante” agregó Pamela, “bastante”.
Fue ahí, cuando todo pintaba a mejorar, que todo colapsó; que vino el segundo cambio.
Una noche, llegó la otra pareja de Claudio a la casa. Quería llevarse a su amante con ella. Pamela salió a enfrentarla; su marido estaba adentro, borracho. Eventualmente, Claudio salió a ver el alboroto. Antes de irse, la otra mujer apedreó a Pamela, dejando a Claudio atrás, llorando, en el patio. A la noche le siguió el día. Cuando Claudio despertó, sobrio, tomó sus cosas y se fue.
Esa noche marcó la ruptura. Le precedían, sin embargo, meses de infidelidad, años de abuso y la tensión inevitable cuando Pamela trató de mejorar y aprender a defenderse.
“Era evidente”, recuerda mi madre sobre Pamela y las mujeres con las que entrenaba, “empiezan a bajar de peso, empiezan a tener un grupo funcional, las empiezo a llevar a terapia”, los maridos lo notan y se preocupan; comienzan a abusar de ellas por miedo a que cambie la relación de poder. En su explicación, siento una frustración que hace que se trave, como reconociendo que tanto esfuerzo no fue suficiente para pelear con una fuerza inevitable; un agujero negro de abusos tan típico de México.
No fue suficiente para Pamela.
La partida de Claudio fue el segundo giro. Pamela, que apenas empezaba a mejorar, se quedó con un reto aún mayor; tenía que mantener a su familia. “Yo no sabía ni trabajar, no sabía qué es llevarme sustento a mi casa” recuerda en el restaurante. Fue más o menos al mismo tiempo que mi madre dejó de entrenar en las colonias de Cozumel y dejó la isla por unos años. Pamela estaba sola.
Aquí, la historia la escuché de María. Pamela, cayó en el alcohol poco tiempo después. Se irritaba fácilmente. Se desquitaba con sus hijos. Lo había perdido todo y en el agujero en que se sumió, perdió más aún.
En algún momento de la entrevista, lo resumió con precisión reflexionando sobre su vida actual: “Hay un motivo por el que vivo aquí y ellos ahí”. Motivo por el cual ella está en Playa del Carmen y ellos en Cozumel, con un mar de por medio.
A la fecha, tiene una relación complicada con sus hijos. Los ve cada que va a Cozumel, pero son muchas las heridas.
Sobre todo, con María.
Quise hablar con Pamela para entender sus motivos. Quería entender cómo una mujer que fue violentada podía violentar, a su vez, a sus hijos.
En parte, entiendo, fue la impotencia de quedarse sola; esa de la que hablé en la sección anterior. Fue el alcohol en que recayó y el no tener de dónde aferrarse.
Pero en parte, también, es el agujero negro del abuso al que vuelvo. Es la fuerza gravitacional que atrae una y otra vez a sus víctimas sin poder describirlo del todo—sin más que una idea vaga de sus contornos—. Ya adentro, pareciera que te jala lentamente mientras orbitas a su alrededor. A veces, más lejos, en una curva ovalada. Hasta parece que podrías romper la atracción del centro; del abuso. Entonces, un giro inesperado te trae de vuelta en órbita.
Pamela, víctima de abuso, terminó abusando de sus hijos. Cuando le pregunté el por qué, tras una pausa, me contestó: “Nunca me di cuenta, yo pensé que hacía lo correcto”. Era lo que había visto; era lo que replicaba.
Volvió un par de veces con Claudio—esos retornos parecen inevitables—, acabando siempre en decepción. Su relación intermitente recaía en la violencia; acababa en la separación.
Escuchando esa letanía de golpes y gritos que había sido su vida, le pregunté, con ánimos de entenderla mejor, por qué volvía con Claudio después de tanto mal. Pamela tomó una servilleta más de las que mi madre le pasaba. Se limpió las lágrimas y contestó:
“¿Me creerás que, en todos estos años, nunca me he hecho esa pregunta?”
Como los planetas. Se movía sin saber que lo hacía. Sin saber que era sujeto de la gravedad del abuso.
Hablamos de eso que yacía en el centro. Hablamos de María y sus trece años.
A veces, sin embargo, es tan grande el abuso que lo único que puede hacerse es tomar una posición y evadirlo. La órbita acostumbrada, que duele pero se tolera.
Cuando llegamos al tema de María, Pamela repitió lo que parecía una respuesta premeditada. La describía siempre como “rebelde” o decía que en la pubertad, “entró la locura a mi hija”, agregando que “le entró pero terrible.”
Sostiene que, a los trece, María tuvo un amorío con un profesor—pareciera algo sacado de Lolita; hasta en ser contada por la perspectiva distorsionada del adulto—. De sus encuentros, afirma Pamela, su hija quedó embarazada y, para cubrirlo, inventó la historia del abuso. Describe cómo la denunciaron y cómo fueron oficiales a su casa pero, gracias al aviso de uno de sus hermanos, pudo evadir el arresto.
Le pregunté por qué María inventaría esas historias; si le había preguntado por qué lo hizo. No dio respuesta directa. Solo dijo que María “nunca se presta” a hablar del tema. Pronto cambió la conversación. Habló de sus nietas. Se notaba incómoda.
En todos los demás temas controversiales de su vida, Pamela admitió la culpa. Reconoce haber caído en el alcohol. También, haber abusado de sus hijos. La única historia que refuta es la de su hija; la de María
Tal vez, sabiendo que es lo más cerca que ha estado al epicentro del abuso y, para recorrerlo sin sufrir más—sin caer en sus garras—se apacigua con una historia premeditada. Una órbita que permite no ver, directamente, al centro del agujero.
Hay una tensión clara en la vida de Pamela. Una que ella misma parece incapaz de notar. La de una víctima que resiente a su abusador transformada en una abusadora que pide perdón a sus víctimas. Hablamos mucho de Claudio; de lo que opina deberían hacer las mujeres.
En un momento, le comenté los mismos datos que he mencionado en este ensayo. Volteando al restaurante—lleno, un viernes por la noche—señalé como siete de cada diez mujeres en el país han sido víctimas de abuso. Lo que es lo mismo, prácticamente todas las mujeres que veíamos, habían pasado por sus propias historias de sufrimiento, muchas con su pareja. Pamela insistió que eso era imperdonable, quizá pensando en las muchas veces que volvió con Claudio, sin entender, para acabar en los mismos conflictos.
Me dijo que el abusador “nunca va a cambiar”, que lo mejor era evitarlo y pedir ayuda—lo que ella hubiera querido hacer en su propia relación—.
Pero una y otra vez, en nuestra conversación, habló de cómo hace lo posible por hablar con sus hijos; incluso con María. De cómo los ve cada que puede y trata incluso de aconsejarlos que traten bien a sus parejas.
Sobre sí misma, vio un camino al perdón; uno que incluye ir a alcohólicos anónimos y hacerse consciente de sus fallas. “No puedo seguir cometiendo los mismos errores de hace 30 años, 20 años”, me dijo, a modo de explicación.
La contradicción es evidente y humana. Queremos que los que nos han hecho mal sufran las consecuencias de sus actos. Cuando hacemos mal, queremos el perdón.
Le destaqué esto al final de nuestra conversación. Hice notar cómo decía que su pareja nunca cambiaría—quizá incluso cómo hablaba de su hija—y, sin embargo, destacaba su camino hacia la redención. El comentario no le hizo mucha gracia. Fue el único que no contestó.
La entendí. Le di las gracias por su tiempo tras la pausa reglamentaria de un periodista que espera una respuesta más de lo necesario. A mí tampoco me gustaría enfrentarme de frente con mi pasado.
Mientras más medito de esta historia, más veo fuerzas que le pasan a la gente. Tolstoi habló de cómo éramos sujetos de la historia; Kundera hablaba de una “marcha” que nos movía hacia el futuro. Cuando dejamos de vernos como sujetos de la sociedad entera, apreciamos también unas fuerzas similares. La del abuso es la que prevalece en estas páginas. La misma que llevó a que Pamela volviera con su pareja tantas veces y que cayera en los mismos errores.
María, a su modo, ha sido víctima también de la gravedad del abuso. No porque abuse de sus hijas, como su madre. Más bien porque ha vuelto, una y otra vez, a lugares donde fue abusada. Le ha pasado con sus parejas. Pero, sobre todo, con su madre.
Recuerdo que María lloró dos veces durante nuestra entrevista. La primera fue cuando noté que, en la mano derecha, llevaba el nombre de su madre tatuado. Lo vi cuando hablábamos de las muchas veces que salió de casa de sus padres solo para volver poco después—tal y cómo Pamela volvía a Claudio a pesar de los abusos—.
Le pregunté del tatuaje cuando acabó la historia. Lo levantó y me dijo que, en efecto, es el nombre de su madre. Se lo hizo en una de las últimas veces en que vivieron juntas. “El tatuaje lo escogió ella”, me comenta.
Me sorprendió. No entendía por qué, tras tantos abusos, ella podía llevar el nombre de su madre en el brazo. Se lo pregunté. Las lágrimas salieron de inmediato.
Cuando tuvo fuerzas, contestó: “Yo solo he querido que mi mamá me quiera”.
Dos cuerpos que giran alrededor de una misma masa; que se encuentran y con esperanza, hacen lo posible por cambiar. Esos cuerpos también se atraen entre sí. Se quieren ver y se quieren perdonar. Pero a veces, es tanto mayor la fuerza de por medio, que esos breves encuentros no logran el cambio. La gravedad del abuso supera la del afecto.
Queremos que nos quieran, es eso. Pamela quiere que sus hijos la perdonen por sus abusos. María quiere que su madre la vea sin rencores. Todos queremos algo y en ese querer, nos dejamos llevar por una fuerza similar a esa gravedad que describo.
Si algo, esta historia es sobre lo inevitable. Sobre el abuso del que, tan difícilmente, se logra salir. Pero también de las emociones tan humanas que se sienten de por medio.
Acto III - Juliana
La segunda vez que María lloró en nuestra conversación, fue cuando habló de su hija, Juliana. Su primogénita, nacida hace doce años.
Juliana se acaba de graduar de la primaria. La cursó en un colegio público de Cozumel. Su pelo es oscuro, peinado en un óvalo contiguo que le oculta la cara y cuyo fleco tapa su ojo izquierdo. María me contó que le gusta la música pop de Asia—que parece muy popular entre las nuevas generaciones—y también dibujar. De las cuatro hijas, es la más seria.
Cuando las niñas eran pequeñas—antes de que María consiguiera la casa donde hoy vive, sola, con sus hijas—, les tocó vivir en casas compartidas con otros miembros de la familia. Principalmente, con sus abuelos y los tíos menores—Alejandro, el mayor, dejó la casa a edad temprana—.
En el restaurante, sentada frente mío, María me contó de esos años—del éxodo constante entre hogares—. Ya había dejado a su primera pareja—su primera experiencia de abuso en una relación—. Comenzaban los brincos entre la casa de su padre y la de su madre, quienes, también, seguían hablando y reconciliándose solo para separarse meses o años después.
María volvía como madre soltera. Entre trabajar e ir por alguna de sus hijas a la escuela, era común que alguna se quedara en la casa al cuidado de un tío o alguno de los abuelos. Tal y como haría cualquier familia, pidiendo el favor por unos minutos.
María batallaba, sobre todo, durante los primeros años de primaria de Juliana. Entonces, su segunda hija, Laura, estaba en el kínder; iban en planteles distintos. Usualmente, pasaba por Juliana primero, dejándola en la casa y luego pasaba, por Laura. Ella tenía que dividirse “así como pulpo” me dice moviendo sus brazos al aire.
Cuando volvió a casa, una de esas tardes, con Laura a la mano, escuchó gritos que no eran los típicos de un juego. Le brotó la primera lágrima cuando me dijo “Cada mamá conoce cuando un llanto de su hijo es normal”. Venían desde fuera los gritos; se escuchaban en la calle.
Entró para encontrar a Juliana llorando, sobre la cama. Tras abrazarla y lograr que contuviera el llanto, Juliana le contó.
"No, mamá, es que mi tío Edgar me apretó acá" dijo, agarrándose la cintura.
“¿Cómo?”, contestó María.
“Sí mamá, mi tío Edgar me apretó”.
Cuando contuvo más el llanto, entendió que Edgar la había montado sobre su entrepierna y la había apretado forzosamente de la cintura, con ambas manos. Antes, le había prestado un celular para que jugara y, entre las cobijas, quitándole los calzones y quitándose, también, los suyos, frotaba sus partes con las de su sobrina. Entonces, Juliana tenía seis años.
Frente mío, María estaba llorando mientras le pasaba servilletas a falta de pañuelos.
“Honestamente” me dijo “hasta la fecha aún sigo teniendo pesadillas”. Una pausa mientras se limpia los ojos. “Me atormenta porque no logré hacer algo por mi hija”.
Poco ha cambiado en México desde que María quedó embarazada. El abuso sigue siendo la norma y más aún entre menores. Pasan los años, pasan las generaciones y México sigue igual.
Es difícil cuantificar el abuso en el país para menores de edad. Es raro que se hagan encuestas a niños, menos aún que se tomen en serio. Por ello, casos como el de Juliana, son parte de una enorme cifra negra que no aparece hasta que, tiempo después, se pregunta a las mujeres si han sufrido de abuso en algún momento de su vida. Parte del mismo agujero negro que dificilmente logramos fotografiar.
Aún así, hay ciertos datos ineludibles del tema. El principal viene de embarazos infantiles—tal y como lo vivió María para tener a Juliana—. Tan solo el año pasado, se registraron más de 56,000 casos de embarazo en mujeres menores de 16 años—suena mal decir “mujer” cuando en cualquier otro contexto hablaríamos de “niñas”—. Eso equivale prácticamente a la mitad de la población de Cozumel, donde viven María y sus hijas.
De nuevo, muchos de los abusos a menores ocurren en el hogar. En lugar de por parte de la pareja, por parte de familiares cercanos. En 2021, se encontró que un 90% de violaciones de menores en México fueron causadas por algún familiar.
Después de lo ocurrido, María dejó la casa de su madre por última vez. Trató de confrontar a su familia. Sirvió de poco. Edgar negó lo sucedido. Su madre y hermanos tomaron su lado.
Fue entonces que María decidió rentar una casa sola para ella y sus hijas. En la renta, se va gran parte del dinero que gana semana con semana. A la fecha, siguen viviendo en esa casa. Están solas, pero al menos fuera de riesgos.
Quise contar esta historia porque ya no bastan las cifras. Porque, por años, he escuchado historias de mi madre de abusos a sus alumnas y, por años también, he visto las cifras de violencia del gobierno federal. Quise escribirla porque entre números, no hay historias; hay sólo generalidades que causan enojo pero suelen olvidarse. Quise escribirla para que más gente sepa de María y de Juliana, que escucharan de Pamela y cuán complejo es nuestro país. Sobre todo, para que la próxima vez que vean números de abuso, sepan al menos una historia de las que engloban y puedan hacer la aritmética emocional de exponenciarla.
Quise contarla, porque he escuchado tantas historias como esta y veo, sin parar, cómo se repiten con los años.
Al día siguiente de las entrevistas, salí a comer con mi madre. Hablamos de Pamela y de María en el camino. De cuánto nos frustraba ver que en México el abuso seguía y, generación tras generación, habían más víctimas.
Pensé en un artículo que leí recientemente sobre la pobreza y cómo escapar de ella. Le mencioné un dato a mi madre:
“¿Sabes? Se supone que en México se tarda cuatro generaciones en salir de la pobreza” pensando en cómo habíamos escuchado tres historias de una misma familia a través del tiempo.
Con la vista en la carretera, mi madre contestó tras un suspiro que puso fin a la plática:
“No sé cuántas generaciones tome salir del abuso”
La crónica es de J.L. Sabau












