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Tres días de secuestro en Ecuador

de Néstor Vega

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Perpetuo y Néstor Vega
sep 14, 2026
∙ De pago

El estelar es nuestra historia insignia de la semana: textos que lees una tarde y piensas toda tu vida. En ediciones pasadas, hemos hablado de osos en peligro de extinción o de la crisis en Cuba.

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La semana pasada:

  • En nuestro podcast, Perpetuidades, hablamos con Sebastián Hoyos sobre la historia de Colombia y por qué los colombianos están obsesionados con el pasado.

  • En Inferencia, hablamos con Rodrigo Mendoza-Smith sobre la crisis que viven los matemáticos ante la llegada de la IA.

Sin más, les dejamos la historia de la semana…


La parte de la familia

—Siento que llaman y me despierto, es mi abuelita. «Mijita, se llevaron a tu ñaña». Me pongo lo que sea y voy a la sala, mi mamá camina de un lado a otro con el celular en la oreja, le veo la cara y enseguida sé que es verdad. Lo primero que dice mi mamá al verme es que no llore, que si lloro, ella se quiebra también; me necesita fuerte. De alguna forma lo consigo —me cuenta Britney. Su hermana Hania, de diecisiete años, fue secuestrada un jueves de septiembre de 2024.

Britney es una joven pequeña y delgada, su rostro no permite descifrar si está más cerca de los veinte o de los treinta años. Mientras hablamos tiene la mirada perdida, hacia un lado, y el ceño fruncido intentando recordar cada detalle de esos días, porque se lo he pedido. Durante los silencios se agarra los dedos de una mano con la otra.

La escucho y sin darme cuenta me adentro en la historia, que empieza de improviso, como es común en la vida real.

Hania y su mamá están abriendo la librería que manejan como cada mañana. Hania, todavía con los ojos cansados, sale a dar comida a unos perros del barrio. Un auto frena y se bajan dos hombres: el primero la levanta a la fuerza y la mete dentro del auto; cuando su mamá escucha los gritos y sale corriendo a ver qué pasa, el segundo le insulta y apunta con un arma para que se quede quieta.


Nací en Quevedo, el último lugar al que irías de visita en Ecuador. Lejos de la playa, la cordillera, Galápagos o cualquier destino que aparece en los blogs de turismo, por la mitad lo corta un río en el que mi mamá nadaba cuando era niña. Yo llegué unas toneladas de basura tarde para hacer lo mismo. Favorecidos por buena tierra para cultivo y una posición geográfica ideal para el comercio, la «Ciudad del Río» se convirtió en una de las más pobladas del país. Es un lugar al que se viene a buscar trabajo en los campos o en el centro lleno de comercio. O se venía.

A inicios de 2024, Quevedo ya destacaba en las alertas de secuestros a nivel nacional, superada solo por la ciudad más grande del país, Guayaquil. Treinta y ocho casos registrados entre enero y febrero en una población que no supera las doscientas mil personas. Y eso sin tomar en cuenta que muchos desaparecidos jamás llegan a denuncia por miedo a las represalias. La dichosa posición geográfica que nos favorece para la distribución comercial, ahora lo hace también con el tránsito de droga desde la costa, facilitando una base para el crimen organizado y con ello nuevas formas de economía criminal, como el secuestro extorsivo.

Quevedo es tan solo un reflejo del resto del país. En Ecuador los casos de secuestros reportados pasaron de setecientos trece en 2022 a más de dos mil en 2024.

El 5 de noviembre de 2025 se renovó el estado de excepción junto con las estadísticas: mil ochocientos veintidós secuestros y seis mil setecientas ochenta y siete extorsiones en el país. Las propuestas de seguridad lideran las campañas políticas. La frase más repetida en las conversaciones con taxistas y vecinos es que «Ya ningún lado es seguro» y las noticias de crímenes se nos meten por todo el cuerpo, hasta no sentir nada.

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Britney y su madre hablan con cualquiera que pueda ayudar. Tal vez los Anti Cuatreros sepan algo; ellos son una pandilla local que protegía el territorio, mantenían alejadas a otros pandillas violentas hasta antes del incremento del narcotráfico y la dinámica de poder se les fuera de las manos (Ecuador pasó de tener 4 a 37 grupos criminales en los últimos años, según un estudio internacional de 2025). Los contactan por medio de un conocido, pero asegura que ellos no tienen nada que ver, ni quieren involucrarse tampoco. Alguien comenta que hablen con cierto concejal que tiene relación con Los Lobos (una de las grandes organizaciones criminales del país, junto a otras como Los Choneros, Los Tiguerones o Los Lagartos). Llaman al resto de la familia y padres de los compañeros de escuela de Hania. Y con miedo a una represalia, también se contactan con la Unidad de Anti-Secuestros y Extorsión (UNASE).

—Los primeros en llegar fueron dos tíos políticos de la familia de mi papá, de los que siempre intentamos mantenernos alejadas —me dice Britney por encima, como si no quisiera profundizar en la relación con la familia del papá—. Uno de ellos creemos que es de la banda de Los Lobos. Este último conversa con mi mamá y le dice que ya habló con su gente, que se vaya preparando con dinero porque vieron que tiene una camioneta y los secuestradores perdieron un carro en el proceso de huida.

Después de una larga mañana llega la Unidad de Anti-Secuestros y Extorsión al mediodía, caras cubiertas y postura autoritaria. Sin mucha introducción, explican cómo van a ser las cosas: «Un grupo se va a encargar de revisar las cámaras de seguridad de los alrededores para rastrear el auto, otro grupo va a comunicarse con nuestras conexiones en las bandas y Sara —la especialista en negociaciones— se va a quedar con ustedes para ayudarles con las negociaciones». Antes de irse, les mencionan que no hablen con la policía, «no trabajamos con ellos porque son los más vendidos». Nadie lo debate.

Las horas avanzan y el primer día termina sin recibir llamadas. Sara se queda a dormir, debe tener alrededor de treinta años y habla con calma.

Britney, en un arrebato de sinceridad, le cuenta a Sara sobre su relación con Hania. Su mamá suele estar ocupada en sus negocios, por lo que ella siempre ha sido la encargada de cuidarla. La vestía y le daba de comer antes de la escuela, le ayudaba con los deberes, le acompañaba a todos lados. «Prácticamente la he criado yo», dice Britney.

Al ponerse el sol —mientras se baña, para que su mamá no la vea— Britney finalmente puede llorar. Piensa cómo la noche anterior estaban celebrando las tres juntas el cumpleaños de un amigo; se tomaron fotos y estuvieron despiertas pasada la media noche, riendo y conversando entre todos.

Tuvieron que esperar hasta la tarde del siguiente día para recibir el primer contacto de los secuestradores, una llamada desbordando insultos y amenazas.

—Nos pedían cincuenta mil dólares, que saben que tenemos cacao y fincas —recordó Britney—; Es mentira, no tenemos nada de eso, pero gritaban de vuelta cada vez que mi mamá negaba algo. Tiempo después pensamos que seguro se equivocaron: la familia que nos alquila el local sí que tienen esas cosas, tal vez querían a la hija de ellos. Sara le dice a mi mami que grabe un audio quebrándose, que ruegue que le devuelvan a su hija, que no tienen cultivos ni dinero. Mi mamá no tuvo que actuar.


En Quevedo, igual que en otras zonas de alto índice criminal en Ecuador, el toque de queda varía de 10 p.m. a 2 a.m., de acuerdo con el escándalo que haya hecho el último secuestro o asesinato. En realidad, cualquier persona sensata apura sus deberes para estar de vuelta en casa a las 7 p.m. Estar fuera por la noche es lanzar los dados. Cuando estás de visita donde un familiar o amigo hasta esa hora, no es raro que te inviten a quedarte a dormir o acompañarte al regreso. Si sales caminando de tu casa, dejas el celular siempre que puedas. Si andas en carro, vigilas tus retrovisores cada vez que te detienes y antes de guardar el carro revisas tu alrededor. Hace años que no voy a un bar o discoteca en Quevedo y no me acuerdo la última vez que a un amigo se le ocurrió plantear la idea.

Las bandas criminales en la ciudad están normalizadas hasta el punto de escuchar cosas como: «el amigo de Sebas dijo que no hay que salir después de las 8 p.m. porque a esa hora ya los jefes dan rienda suelta a los jóvenes para que roben y secuestren a quien quieran», me dice una vieja amiga, aconsejándome; «Mi primo quería vacunarlos [extorsión], pero les dije que la dueña del local era amiga mía, así que no se preocupe». Eso último lo escuchó mi mamá —sin esforzarse mucho porque fue dicho como si hablaran de la novela de ayer— mientras se arreglaba las uñas en su centro estético de siempre. Y otra más: «Adivinen quién es el nuevo contratista para el municipio, es (inserte apodo criminal genérico)».


Unas horas después, el mismo viernes, llega un video al celular. Sara se los muestra, porque es ella quien ha estado respondiendo como si fuera la mamá. En la pantalla se alcanza a ver a Hania con manchas de sangre en la ropa y en la cara.

O eso querían hacer creer.

—Lo primero que vi fue el rostro de mi hermana y me di cuenta que era falso. Además, la consistencia de ese líquido rojo que se veía era diferente a la sangre. A mi mamá le dió un ataque de pánico antes de poder razonar con ella y demoré mucho en calmarla.

Sara les cuenta que es muy común esta táctica para asustar a los familiares y que accedan a dar dinero, pero que «en esta provincia los secuestros son tranquilos», que no se preocupen: Hania es menor de edad, por lo que hay más riesgo para ellos. Luego les muestra un video —de otra provincia no tan «tranquila»— donde se ve que le cortan los dedos a la víctima como parte de la negociación y otro video con el mismo líquido aparentando sangre, solo que con un machete en el cuello del hombre.

El equipo de rescate opina que no se debe pagar nada a los extorsionadores porque «te agarran como pato», haciendo referencia a que se convertirían en víctimas constantes de extorsión. Existe la opción de pasar más o menos un mes sin dar dinero ni contestar; en esos casos suelen soltar a la víctima en algún lugar, pero se corre el riesgo de agresión física.

Antes de tener que tomar una decisión, vuelve la UNASE diciendo que tienen un informante.

—El informante pedía tres mil dólares para dar la ubicación —recuerda Britney—, dijo que la persona que nos vendió era cercana a nosotros. Sin hacer ninguna pregunta más, mi mamá empieza a hacer llamadas para conseguir el dinero. Yo tenía dudas sobre ellos, pero el riesgo valía la pena y no le dije nada a mi mami.

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Néstor Vega
Por ahora no intento cambiar el mundo, solo experimentarlo | Escribo, medito, leo, me muevo, contemplo y vuelvo a escribir.
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