Este cuento es de Andrea Ceballos. Puedes leer más de ella en la biografía al final del texto.
Me acuerdo de tus manos. No sé por qué siempre me llamaron la atención. Eran largas y morenas, elegantes. Su movimiento contrastaba con la forma en la que el resto de tu cuerpo lo hacía. Tú siempre con prisa como si la vida te persiguiera. Tú siempre irritable, como si el mundo te perteneciera. Tus manos, en cambio, bailaban ballet o danza contemporánea. Eran sutiles, hermosas, frágiles. Sentía que se podían romper como cerámica, que las tenía que tomar con cuidado. Desde el principio me cautivaron y se robaron toda mi atención. No las podía dejar de ver y ni siquiera me daba cuenta. Mi mirada se perdía en tus nudillos, tratando de descifrar su mensaje. Investigaba el ritmo de tus dedos, pero no alcanzó el tiempo para descubrir cuál era la canción que bailaban.
Las mañanas empezaban muy temprano. Con tu horario australiano, que nunca pude copiar, abrías los ojos a las seis de la mañana. Yo, con todo y alarma, no lograba despegar los párpados. Me dabas besos por todo el cuerpo y yo sentía el poder que tenía sobre ti. El tacto de tus manos recorriendo mi cuerpo hacía darme cuenta de cuánto había extrañado el calor humano desde que había emigrado a esa ciudad tan lejana a mi país. Con los ojos cerrados imaginaba tus manos. El movimiento de tus dedos tocando mis muslos, apretándolos sutilmente. Tus palmas erectas deseándome. Tus dedos encontrando siempre su camino dentro de mí. Y yo, yo era tuya. En tan poco tiempo, mi cuerpo se había convertido en tu sendero y tus dedos eran mi extensión. Poco a poco empezaba a abrir los ojos y me encontraba con los tuyos, tan parecidos a los míos. También eran almendrados y color miel, pero tenías las pestañas más largas que las mías, aunque igual de lacias. Sonreías y me decías en tu inglés que aprendí a escuchar como si fuera mi lengua materna: I could stare at you all day long, decías, y movías la boca de una forma extraña, como si las palabras se escaparan de tu garganta sin tu permiso. Yo te daba un beso con aliento podrido demostrándote así, a mi modo, que yo también quería arriesgarlo todo por ti. Me querías seguir tocando, pero no teníamos tiempo para hacer el amor, se me hacía tarde para ir al trabajo…. ¡Qué estúpidos somos por dejar cosas trascendentales, urgentes, de vida o muerte, para después…!
Daría todo por poder estar en esa cama una vez más, por poder sentir tus manos en mis nalgas. Y diría tantas cosas que me guardé por miedo al futuro —¡Maldito, maldito miedo al futuro; maldita decencia, maldita la hora en la que quise ser precavida!—. Ahora te diría promesas como trabalenguas que ni sé si puedo cumplir. Juraría para siempres que viven en el presente. Recorrería con la boca cada parte de tu cuerpo. Me aprendería de memoria cada arruga de tus manos.
Me levantaba de la cama corriendo. Me vestía con el uniforme blanco y me ponía un poco de maquillaje para tapar el cansancio que cargaba desde que empecé a salir contigo. Casi no dormíamos porque el deseo se acostaba entre nosotros. Nos deseábamos tanto porque amarnos era urgente. El tiempo se nos escurría por las manos, nos quedaba poco juntos.
Preparabas mis vitaminas y me servías un vaso con agua. Explicabas la funcionalidad de cada pastilla; mientras, yo no podía dejar de sonreír aunque el gesto se repitiera todos los días. No me había dado cuenta de mi necesidad de cuidado. De ser cuidada. Llevaba tanto tiempo viviendo en supervivencia, que esas vitaminas diarias del hombre que amaba se sentían como una descarga de electrochoques que me traían de vuelta a la vida.
Empezaba a moverme por esa casa con una familiaridad que me aterraba. Ante la ausencia de estabilidad con la que crecí, siempre me prometí que la única que me proveería de casa en mi adultez sería yo. El hecho de tener mi cepillo de dientes junto al tuyo, escoger mi taza favorita en la cual servir té y tener asignado mi lado de la cama me daba un escalofrío que no sabía interpretar. Mis pies se sentían a salvo ahí, aún sabiendo que esa casa blanca de St Kilda, a miles de kilómetros de mi país, era tan lejana a mi realidad. Pero por alguna razón, aquí podía ser yo, o al menos podía inventarme una nueva versión de mí, la que yo quisiera.
Envuelta en esos ladrillos, le permití a mis pies jugar a ser una mujer que ni siquiera sabía si quería ser. Soñábamos con estar juntos y recorrer el mundo, casarnos y compartir la vida. Quería entregarme al sueño de la mujer heteronormativa patriarcal. Y para mi sorpresa, sonaba bien. Creo que le llaman madurar, o creo que también le llaman miedo. Miedo a caminar sola en una versión de mujer que no veo representada en mí.
Nos subíamos al coche. Bajabas violentamente el volumen del radio con esas manos frágiles. Nunca me dejaste subirle a la música; te gustaba el silencio, o más bien no te gustaba que nada de lo externo alterara tu estado interior. Me decías que no te gustaba escuchar música porque te hacía sentir cosas. Tenías tan reprimidos tus sentimientos que escuchar a Adele en la radio se sentía como una amenaza mortal a tu estabilidad emocional fantasiosa. Éramos agua y aceite. No podíamos ser más diferentes y, sin embargo, nos amábamos. Nada de mi mundo se parecía al tuyo, pero nos aferramos al nuevo mundo que empezábamos a crear juntos.
Tus manos reposaban en el volante como si estuvieras tocando un instrumento. Tú te sabías esas calles de memoria, mientras que, para mí, cada viaje en coche significaba un descubrimiento. Me fijaba en los árboles brillosos que decoraban las calles de Toorak y en la forma en la que la gente manejaba en esta ciudad, tan diferente a mi caótica metrópoli. Me dejabas en la puerta del trabajo y nos despedíamos con la zozobra de no podernos ver en diez horas. Extrañarte en ese entonces era una de las cuantas formas de amarte. Extrañarte ahora es la única forma de hacerlo.
Aferrarse al recuerdo de tus manos es mi forma de resistir al inminente olvido que vendrá con el tiempo. Me da nauseas pensar que llegará un día en el que ya no me acuerde de cómo sonaba tu voz, que no sabré recorrer con la memoria esa casa en la que me sentí protegida; que tu olor se desvanece, que se me empiezan a olvidar los pequeños detalles de esos días en los que pensamos que podíamos con todo; que ya no me voy a acordar de cómo me veían tus ojos, ni del tacto de tu mano en mi piel. Cuando todo eso se vaya y ya no queden más recuerdos de ti, quiero pensar en tus manos largas, morenas y elegantes para tener la certeza de que alguna vez existimos.
Andrea Ceballos Jaime, escritora, pensadora infinita, soñadora de profesión, nómada innata. Navegó entre mundos, pero el que siempre me sostiene es el de las palabras.




