
Descubrí a Rosa Berbel por un accidente bibliotecario. No recuerdo el día exacto—quién recuerda los inicios, ahora que estamos de por medio—. Sé, tan solo, que fue una tarde de marzo, después de clases, cuando estaba, todavía, en la universidad y las hojas volvían a salirles a los árboles tras el imprudente invierno; sé, tan solo, que desde entonces Rosa me es un misterio.
Admito, con la sinceridad que me permito, apenas, por los años de distancia, que fui a la biblioteca para olvidar mis pesares. De haber sido más responsable, habría tomado el libro que me tocaba para una clase de historiografía—no recuerdo ya si era aquel sobre migración a Argentina o el de maquiladoras en Medellín; tampoco, como ahora es claro, habré hecho gran esfuerzo en leerlos—. Pero en ese entonces, la responsabilidad me parecía irresponsable. Tocaba algo de rebeldía justificada.
Hacía poco que, a los noventa y cinco, había fallecido mi abuela en su rancho a las afueras de la Ciudad de México. Yo seguía en otro rancho, universitario, a las afueras de San Francisco. No había dinero para que volara al velorio así que me quedé en el campus, llorando; pensando en ella.
Mi abuela, María Luisa, era mi todo cuando se trataba de poesía. Hablábamos todas las noches y, en esas llamadas, los últimos siete años de su vida, nos leíamos poesía. Le gustaban los sospechosos habituales. Adoraba a Neruda y a Benedetti; una vez, le leí algo de Borges y le pareció aburrido. Su favorito fue siempre Bécquer; sobre todo, aquel poema mítico de las golondrinas que, ahora como mi abuela, no han de regresar.
Estaba solo, triste; decidí buscar las rimas de aquel poeta español para recordar a mi abuela y, supongo, estar más triste pero en paz por recordarla un poco. Así fue que llegué al segundo o tercer piso de la biblioteca donde, en la penumbra, almacenan a los poetas españoles. Así fue que, iniciando por la M o la R, recorrí en desorden hasta llegar a la B. Bo, Bi… Be. “Be” de Bécquer quien, se acababa el pasillo y estaba en otro anaquel. Por suerte vi un librito rosado, pequeño, con un nombre cercano. Otra española. Rosa Berbel.
Lo habré agarrado sabiendo que Bécquer no me duraría. Tampoco lo habré pensado mucho. Había que ignorar la historiografía y, para eso, se necesita de mucha poesía. Así que me la llevé; también las rimas de Bécquer y algo de Benedetti—un festival en la B—.
A esos dos maestros los dejé cerrados, sobre alguna mesa junto algún sofá. Preferí iniciar por lo desconocido, por Berbel—parte mía sabe, aunque no lo iba a reconocer, que no podría leer a Bécquer sin llorar; quizá, todavía, sea el caso—. Así llegué a ella, esa tarde donde el frío se despedía del año, sabiendo que volvería.
No quisiera dar ideas falsas del destino. No creo que nadie enviara a Rosa a mi vida ni que, entonces, estuviera predicho que habría de leerla. Tampoco que eso significara mucho—ella, si algo, se enterará de la historia ahora, si es que lee estas páginas—. Lo que sí me parece digno fue la forma en que me hizo olvidarme, momentáneamente, de mis penas.
Lo hizo con unos versos que me evaden en su intriga. Los leí unas seis veces para asegurarme que, en verdad, no los entendía. Se llamaba “Primer amor” el poema; podría decirlo hasta el cansancio.
“Era verano entonces y a nosotros nos picaban las piernas del sudor y la euforia. Desde aquel día parece que los demás tan tibios se quieren siempre menos.”
No sabía, carajo, a qué se refería. No entendía si los que se quieren siempre menos eran los días, opacados, por siempre, por el amor primerizo. O si eran las otras gentes que parecían no existir entre la euforia. O, todavía más, si era la misma pareja, no descrita, que se iba desvaneciendo como el afecto, sin duda, acababa.
Aun así, era tan sincero que lo leí seis veces más y seis veces pensé en los amores nonatos de hace años atrás. Me sentí joven, más de lo que era; me acordé de lo que fueron esos años. Saqué el teléfono, sin considerar que era la biblioteca. Ya era de noche. Marqué el número acostumbrado. Quería leerle el poema. Me contestó una de las ayudantes. Mi abuela no estaba. Lo había olvidado.
Quise llorar, claro. Me lo aguanté. Leí, de nuevo, el poema de Rosa y recordé las tardes más lindas de los primeros versos cuando la vida me quería más y no me hacía, como entonces, sentirme menos.
Pienso mucho en esa tarde. Pienso que eso es la poesía. Es el misterioso encuentro con unos versos escritos al otro lado del mundo con otra gente en mente, sin saber que, algún día, por accidente, los encontraría un mexicano tristísimo pensando en su abuela, aguantándose las lágrimas y pensando en cómo la vida lo quería, parecía, cada vez menos (y luego, un poco más). Leo mucho en esos versos. Demasiado, quizá. Pero qué es la poesía si no un enigma que tratamos de descifrar a través de lo vivido. Qué es sino los primeros amores de Rosa que fueron, a su vez, la última llamada que hice a mi abuela—aun si Rosa no lo sabía y mi abuela tampoco, lo tendría en cuenta—.
Por otros azares, decidí escribirle a Rosa unos días después por alguna red social. Le decía cuánto la admiraba y, seguro de trasfondo, quería darle las gracias por esa tarde aunque no lo hice hasta ahora. Enigmáticamente, me contestó. Hablamos de poesía y del futuro; de cuánto la admiraba y cómo, ella, veía algo lindo en lo que quería armar en Perpetuo. En un misterio más grande, ella, que ya viaja por el mundo como autora y la leen en tantos otros rincones, nos envió unos poemas inéditos para Perpetuo. En un enigma aún mayor, toleró que no pudiera publicarlos hasta ahora que, al final, logré que Perpetuo tuviera algo de energía que lo impulse. Ahora, esos poemas suyos, podré decir, salieron en esta revista. Todo gracias a una tarde melancólica, en una biblioteca tenue, donde extrañaba a mi abuela y el alfabeto me tenía otros planes.
Le debo, entonces, bastante al orden alfabético. Si no hubiera sido por él, nunca me hubiera encontrado, por accidente, a Rosa, nunca la hubiera leído y nunca le hubiera escrito. Pero, más importante, seguiría pensando que la poesía son golondrinas que no vuelven en lugar de sudor, euforia y los demás, tan tibios, que se quieren siempre menos.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.
La ilustración es de Daniela Zorrilla.



