En cualquier estación, la ternura de las tardes se camuflaba entre lágrimas y risas expulsadas por ciudadanos atravesando profundos estados de crisis; se escondía bajo la carne de ojos que ocultan ojeras hinchadas y púrpuras de trabajo. Lucía aún recuerda la primera vez que (quizás durante una noche de otoño o verano) vio la crudeza de la tal “crisis”: sentada justo frente a ella, entablando un desafiante contacto visual al otro lado de la mesa.
Esa noche, durante la cena, el pitido que emanaba la televisión noventera (colocada en un rincón decadente de la cocina) le generó malestar en la columna. Era un sonido extraño que rozaba lo liminal. Empezó el noticiero nocturno y la pantalla se tiñó de un rojo violento y desagradable. El jingle al comienzo del programa se mezcló con el pitido agudo y filoso. En ese momento, Lucía supo lo difícil que sería masticar y digerir la comida con las noticias de fondo.
Estaba con su familia; como siempre, se reunían para comer y ver televisión. A la izquierda de Lucía estaba mamá, que servía más papas fritas en el plato de Ramiro sin que él se lo pidiera. A la izquierda de Ramiro se sentaba Magdalena, quien aún agarraba la cuchara con ternura y torpeza infantil. Al lado de Magdalena estaba papá, que cerraba el círculo familiar justo frente a Lucía: concentrado en la comida, manteniendo su característico ceño fruncido que proporcionaba un aire de furia y malestar. Fue a la izquierda del patriarca donde Lucía vio a “crisis”, y aunque sabía lo que eso significaba, notó que esa noche su familia de todas formas se había permitido cenar lomos y papas fritas.
A Lucía le interpelaba negativamente el acto de dejarse llevar por placeres innecesarios. Estaba en una etapa de efervescencia intelectual y la idea de entregarse a la abnegación le seducía. Ya no tenía una relación dependiente con lo material; había aprendido a despegarse de sus caprichos luego de ir a un par de reuniones políticas de izquierda trotskista, en las cuales un chico morocho, delgado y viril hablaba con firmeza desde una butaca de madera podrida. Tenía efectos magníficos en su formación ideológica y política, y en lo que constaba a la construcción de su identidad había decidido no avergonzarse más por vivir en un barrio de clase obrera.
Las actitudes furiosas de papá estaban justificadas. Ella también se sentía frustrada; sin embargo, tenía la sensación de que la familia no lograba romantizar la denuncia capitalista que ella estaba confeccionando. Por ejemplo, Ramiro quería tener el último Samsung Galaxy A52 y mamá se lo había comprado en treinta cuotas sin interés. Eso a Lucía le hirvió la sangre.
Pero había un bello detalle en el placer que exudaban mamá y papá al darse placeres materiales de alegría efímera. Cuando papá por fin consiguió el autito de juguete coleccionable color rojo, a Lucía se le apretujaba el corazón de ternura, y es que era imposible no sentirse así al ver una felicidad tan fugaz y pipilante en la mirada de un hombre agotado y triste. Lo mismo sucedía cuando mamá lograba cumplir con los caprichos inútiles de hijos perezosos. En teoría, era inaceptable que la mujer de la casa sintiera que malcriar a Ramiro era parte de su responsabilidad (de todas formas, todos los integrantes bien sabían que apenas tenían dinero para llegar a fin de mes), pero ahí estaba de nuevo, comprándole que si el xxx o el xxx: una afición en su mirada que pinchaba los nervios del corazón.
Fue esta simpatía ridícula hacia la devoción material de papá y mamá motivo suficiente para que Lucía cediera a que una compañía de origen misterioso excavara un agujero infinitamente profundo en el cuarto de estar de la casa.
Cuando el hombre de traje apareció ante la puerta, su olor a perfume cítrico barato y cigarrillos Red Point alarmó a Lucía; ella aguzó los tímpanos y escuchó con dolor la oferta ridícula que les propuso a papá y mamá. Supo que ambos aceptarían. De un maletín hecho de cuero artificial totalmente despellejado, el hombre de traje sacó papeles, documentos, dibujos y contratos.
Papá, con manos confundidas que se movían lentas y delicadas, agarraba todo lo que el hombre de traje le entregaba. Leyó sin leer los papeles con su característico ceño fruncido, el cual (solo por esta vez) enmarcaba un rostro triste, casi desesperado. Ramiro estaba dándoles la espalda, sentado en el sillón, mirando un partido de fútbol. Mamá posó su mano sobre el antebrazo de papá, y se movió hacia adelante para acompañar la lectura.
“Básicamente, la excavación tomaría no más de dos o tres semanas. Tenemos a un grupo de mineros bien equipados. Después de eso no los molestaríamos más. El pozo será excavado solo para fines de lucro de la empresa, pero como ya les mencioné, ustedes tendrían derecho de exploración los martes entre la una y siete de la tarde”.
El hombre de traje no dejaba de hablar. Mientras, mamá y papá se miraban de vez en cuando, confundidos y apenados: ¿acaso tenían opción?
Lucía estaba parada en la puerta de la cocina, observando. Nadie notó que ella presenciaba los hechos; se sentía fantasmagórica, como miembro del público en un programa de preguntas y respuestas que no puede aportar más que aplausos y gritos de ovación. El hombre de traje extendió un mapa de planificación en la mesa y dibujó círculos enormes por toda la página mientras explicaba sin explicar absolutamente nada. Después, en una servilleta escribió un número representando la remuneración que la familia recibiría por ceder el espacio y junto a esta posó el contrato y un bolígrafo.
“Quién diría que justo su casa está tan bien posicionada, jajaja. Realmente la empresa estaría muy agradecida, esta es una localidad de muchas otras ¡sumamente ideal! Y, como les explico, esto es súper común hoy en día. Hasta gente de barrios exclusivos en la ciudad están dejando cavar pozos en sus casas. Es que los privilegios son de otro mundo… Y prometido que los martes pueden meterse y ver todo. Es una oportunidad única”.
Mamá y papá firmaron el contrato y, así como llegó, el hombre de traje desapareció usando una servilleta para girar la manilla de la puerta, que luego cerró de golpe. Papá se dirigió a Lucía sin mirarla, haciéndole saber que había notado su presencia necia y furiosa en la puerta de la cocina.
“Esta es una gran oportunidad para la familia. Espero que estés contenta”.
“No entiendo cómo es que un equipo de cincuenta mineros metidos en nuestro hogar excavando un pozo sea positivo”.
Mamá levantó la mirada y ahí estaba de nuevo ese aire soñador de esperanza rota. Ambos padres parecían pajaritos con alas dañadas dentro de una jaula con rejillas abiertas. El corazón de Lucía no aguantó la compasión, y aunque quería explicarles con toda su fuerza que habían arruinado el concepto de “hogar” que tanto tiempo se habían esmerado en construir, ella solo pudo cubrirse el rostro y llorar. Mamá y papá la abrazaron y le dijeron que no se preocupara, que, como todos los otros proyectos en los que se habían embarcado, este también era transitorio. Pero algo se sentía distinto.
La excavación duró lo mismo que un sueño febril, pero fue menos dolorosa de lo esperado. Después de tres semanas y media, los mineros desaparecieron. El agujero era de diámetro mediano; una persona de contextura gruesa cabría cómodamente en el interior.
Una vez terminado el trabajo, Lucía, mamá, papá, Ramiro y Magdalena se pararon alrededor a contemplarlo. Nadie dijo nada. Era sábado y tenían que esperar al martes para poder inspeccionar. Así que decidieron ignorarlo hasta que por fin pudieran saltar y ver para dónde salían.
Esa noche cenaron juntos mientras veían el noticiero. Después, cada quien a su ritmo, se fueron a dormir.
Lucía se despertó a las tres de la mañana a buscar agua. Desde la cocina pensó en el agujero que ahora existía en el cuarto de estar y, por mera curiosidad, caminó hasta la otra habitación para observarlo, sumida en la oscuridad nocturna. Todo estaba en silencio. Lucía tenía el vaso de agua en la mano derecha y los pies descalzos, y frente a ella estaba el hueco sin un final visible. Era absurdamente opaco y circular. La sala de estar ya le parecía lo suficientemente deprimente incluso antes de la excavación: un espacio característico de clase obrera, con paredes pintadas de verde menta y sillones tapados de frazadas añejas que emanaban olor a perro mojado. Había aprendido a convertir lo marginal en hogareño, pero ahora la miseria era inevitablemente palpable. Algo en la oscuridad de la excavación aterrorizó a Lucía; sintió que era errado pararse en soledad a observar el agujero a mitad de la noche. Caminó con prisa de vuelta a su habitación; cuando se acostó en la cama, cerró los ojos con fuerza para dormirse rápido.
El domingo y el lunes pasaron más rápido de lo que ella hubiera deseado. Cuando el martes llegó, la familia estaba preparada para saltar al vacío. Lucía no quiso unirse a la introspección; sabía que probablemente se enfurecería aún más al ver que lo que estaba del otro lado era decepcionante. Para ella, esto era tan cierto como lo fue el hecho de que papá y mamá firmaran el contrato. Cuando todos se fueron, Lucía se sentó en el sillón que enfrentaba al agujero. Se sentó y esperó. Después de un par de horas, prendió el televisor e hizo zapping, y se tomó tres vasos de Coca-Cola.
Veinte minutos antes de que se hicieran las seis de la tarde, la familia regresó. Lucía se había entretenido mirando Las Mil y Una Noches, telenovela turca que estaba pasando por el canal de la TV pública. Ramiro, Magdalena, papá, y mamá, salieron uno detrás del otro. Despacio, con aires de cansancio, caminaron a la cocina para bajarse, a tragos violentos, litros de agua. Dejó que se recuperaran. Después de un rato, Lucía les preguntó cómo había estado la expedición. Todos asintieron con la cabeza y los hombros, sin decir nada. Esa noche se fueron a dormir sin cenar; el agotamiento les robó el hambre.
Ese fue el único y último martes en el que la familia hizo uso del agujero. Semana por medio venían diferentes hombres de traje a chequear la excavación. Entraban a la casa sin saludar, tomaban un par de medidas con una cinta métrica amarilla y se iban dando un portazo y con expresión de asco, narices arrugadas. A fin de mes llegaba un cheque, con el cual se permitían cenar lomos con papas fritas de vez en cuando. Sin embargo, la situación en el hogar no había mejorado: Ramiro ahora quería el Samsung Galaxy A55, pero mamá aún no terminaba de pagar las cuotas del Galaxy A52; Magdalena seguía agarrando mal la cuchara al comer y a todos les espantaba que aún no tuviera una motricidad más desarrollada; papá tomaba más cerveza y trabajaba horas extra, por lo que llegaba más agotado y miserable que antes.
Una noche que otra, Lucía se despertaba para tomar agua; en la oscuridad plúmbea y callada del cuarto de estar, se paraba a observar el agujero. Sin pestañear, y con el corazón palpitando al son de un antiguo reloj, se preguntaba qué sucedería si en vez de tirarse a inspeccionar un martes lo hacía un lunes. Quién sabe, quizás mejor no arriesgarse. De todas formas, la semana pasada por fin se le había acercado a hablar ese chico tan buen mozo, de ojos marrones violáceos, que parloteaba fuerte y claro sobre la insurrección obrera. La vida ahora estaba teniendo más saborcito, aunque en casa todo empeoraba de a poquito. Era como un mal lento que no se detenía, trepaba por las paredes y se escondía en los rincones del techo como moho venenoso.
Una noche de observación meticulosa, Lucía presintió que el diámetro del agujero había incrementado un poco. Movió la cabeza levemente hacia un costado. Sobre la abertura de oscuridad absoluta, creyó ver patrones y manchas medio rojas y lilas. Quizás tenía que dejar de observar con obsesión y locura. Cada vez le costaba más quitar la mirada, pero de vez en cuando se preguntaba: ¿Qué pasa cuando nadie está vigilando el agujero? ¿Y si una noche vengo y hay un tipo asomando?
Le dio un escalofrío por todo el cuerpo. Corrió a su cama, se hizo bolita bajo la frazada; cerró los ojos muy fuerte, apretó las rodillas contra su estómago. Pensó que no, que seguramente el hueco seguía del mismo tamaño y que ella solo estaba volviéndose loca.
Elena Chiavazza-Prieto (Mendoza, Argentina) completó una licenciatura en Literatura y Retórica en la Universidad de Bard. Actualmente está haciendo su carrera de posgrado en Literatura y Estudios Culturales Ingleses en la Freie Universität Berlin. Ha publicado cuentos de realismo mágico, ficto-criticismo y autoficción en revistas literarias de Estados Unidos, México y Francia. Eeside en Berlín, donde trabaja como librera y editora en la casa de publicación Archive Books y co-organiza el festival de literatura latinoamericana Barrio (Bairro) Berlín.



