Si no tienes un propósito todo puede significar cualquier cosa o nada,
y ninguna de esas dos opciones crea un espíritu tranquilo.
-Jordan Peterson.
1
—La de rojo quiere contigo— señaló Daniela.
Fingí darle un trago a mi paloma y miré hacia el otro lado de la pista. Ahí estaba la de rojo, con los ojos puestos en mí. Se pasó la lengua sobre los labios. No me estaba mirando; más bien, me estaba sabroseando.
—Obviamente —respondí—. Fue mi free en la prepa, seguro quiere un recalentado.
Continué mirándola. Parecía que sus senos iban a reventar la parte superior de su vestido en cualquier instante. En otro momento de mi vida me hubiera podido seducir la piel bronceada de sus piernas o se me hubiera antojado morderle los labios. Pero esa noche, mi mirada estaba apuntando hacia otro blanco.
—Entonces, ¿por qué dices que no hay solteras? Ya tienes para hoy.
—Ella sería mi plan zeta, quiero algo nuevo.
—Pues tírale el pedo a Marianita.
—Me la di el verano pasado, ¿no te dije?
—¿Qué tal Joana?
—Ex de mi primo.
—¿Cinthia?
—Imposible, le apesta la boca.
Daniela giró los ojos.
—¿Ves que no hay?— insistí.
—Cristóbal, deja de ponerte los moños, claro que hay.
Le di un trago a mi bebida. La mezcla de tequila y refresco de toronja se deslizó por mi garganta, causando ardor. Tenía que cuidar el ritmo al que bebía: la noche era larga y la experiencia me había enseñado que estar hermético reduce las posibilidades de acabar en la cama con algún culo.
—No me interesan ellas, quiero algo nuevo.
—Pues vete con un puñal. Se supone que el punto G del hombre está en el ano, la pasarías bien.
2
El novio le dio una vuelta a su mujer, dejándola caer en sus brazos. La besó apasionadamente. Fuegos artificiales estallaron detrás de ellos e iluminaron el entarimado que yacía sobre la arena, a pocos metros de la orilla del mar caribe. Las amigas de la novia gritaron como si la selección hubiese metido gol; las señoras menopáusicas se secaron las lágrimas y aplaudieron.
De pequeño adoraba las bodas. Imaginaba los nervios que debían sentir los esposos, la ilusión de un futuro prometedor junto a la persona con la que compartirían el resto de sus años; admiraba la decoración, deleitaba el banquete, y me quedaba perplejo ante el vestido de la novia; me fascinaba el significado del color blanco. Pero ya me vale pito todo eso. Aquella noche me acerqué a la pista solo para echarle un vistazo a las mujeres. Lo primero que se hace al inicio de una boda: leer el menú.
—Deja de llorar, Daniela, ni son tan amigas.
—Es la primera de mi grupo en casarse, déjame en paz.
Aplausos y más fuegos artificiales marcaron el fin del vals. El dj puso La Bicicleta, de Shakira; le subió al volumen y retumbó la boda entera. Daniela salió corriendo hacia el centro, donde sus amigas se abrazaban y brincaban alrededor de la novia. Me quedé solo, mirando la escena. Algunos amigos del novio se metieron a la pista en un intento de ambientar la fiesta. Sentí que la estaban forzando. La gente no estaba suficientemente peda para bailar.
Me di vuelta y regresé a mi mesa. Ahí estaba Roberto, él único de mis amigos que había sido invitado. Cuántas ganas tenía de revivir las noches de prepa. Agarrábamos el pedo acabando el entrenamiento de fútbol de los jueves. Nos daban mesas VIP en los antros, pedíamos las botellas más caras y conseguíamos a las mejores mujeres. Al día siguiente, comíamos en el Club; curábamos la cruda y hacíamos una recapitulación de lo que había sucedido. Se armaba el debate de quién había sido el más pedo y se reconocía al que se hubiera dado a la más guapa. Después de tantos años siendo mi compañero en los antros, me costaba trabajo ver a Roberto sonreír junto a su novia.
—Me dan risa las mujeres —le dije, mientras arrimaba una silla para sentarme junto a él—. Hace unos segundos estaban diciendo que su amiga era una gold digger; velas ahora: abrazándola como si no estuvieran celosas.
—¿Por qué no te metes a brincar con ellas?— preguntó, riéndose.
—Hasta que esté pedo.
Su novia se había ido a otra parte y yo lo tenía que aprovechar; eran pocos los momentos en los que podía estar a solas con mi amigo.
—¡Salud!
El vidrio de nuestros vasos hizo ruido al chocar. Ambos bebimos. El bigote de Roberto se mojó y chorrearon gotas de sus pelitos.
—Hoy sí te envidio —dije, poniéndole un brazo por encima de sus hombros—, es de las pocas noches en las que es mejor tener novia.
—Siempre es mejor.
Fingí una risita.
—Robert, ambos sabemos que mueres de ganas de tirarle el pedo a alguna vieja —le guiñé un ojo—. Admítelo, te divertías mucho más antes de que te amarraran.
—No lo sé —suspiró y dejó caer su espalda en el respaldo—. También disfruto estar con ella.
Revolvió su bebida con el popote, le dio un sorbo y volvió a mirarme.
—Entonces, ¿qué? —me dijo—, ¿te rendiste tan rápido?
—Está difícil encontrar algo bueno con tan pocas personas.
—No lo dudo —dijo, mientras echaba un vistazo a sus alrededores—. Había más gente en nuestra posada.
—Será una noche de cuates —le lancé una sonrisa de cómplices.
—Pero no me obligues a quedar bulto —sonrió de vuelta, y separó su espalda del respaldo.
—Nel, ya me da hueva el alcohol, requiere demasiado esfuerzo. Mis crudas han estado horribles últimamente.
—Nos está pegando la edad.
—¡Cállate! —le di un golpe en el hombro—. Ni que tengamos treinta. Antes nos mamábamos con tres vasos, ahora necesitamos diecisiete. Es por eso.
—Tienes razón —examinó su bebida como si fuera una mezcla de laboratorio de química—. Esta madre ya pasó de moda. Drogarse es lo de hoy.
Asentí con la cabeza.
—Es mi sueño convertirme en mariguano.
Nos acabamos los vasos. Le pedí dos más al mesero; me di cuenta de que había subido el volumen de la música porque tuve que gritar para que me escuchara. Levanté la mirada, la pista estaba semivacía. No había señal de ninguna mujer que tuviera lo que yo estaba buscando.
—¿Un shot o les da miedo? —Daniela apareció de la nada.
—Por favor, regresa con tus amiguitas —le dijo Roberto—. Estábamos platicando poca madre sin ti.
—Sí, ya deja de jodernos —añadí.
—Son unos putitos.
Se sentó junto a mí. El mesero trajo nuestras bebidas, le pedí que trajera una paloma más para Daniela.
—¿Y tú novia? —le preguntó Daniela a Roberto.
—Ahora viene, fue a sentarse con sus tíos un rato.
—¿Cuándo me va a dejar de odiar?
Roberto giró los ojos.
—Ya te expliqué que no te odia —dijo—. Nada más que ella no tiene amigos hombres, le cuesta trabajo entender nuestra amistad.
Trajeron el vaso de Daniela y brindamos los tres. Estuvimos conversando unos minutos más, hasta que un tipo de treinta se acercó a la mesa e invitó a Daniela a bailar. Roberto y yo nos quedamos solos otra vez.
—¿En serio no vas a intentar meter gol hoy? —me preguntó Roberto.
—No se trata de chingar por chingar —respondí, hastiado—. Prefiero el coqueteo, las risas, el bailecito, ¿sabes? No sé lo que es, pero ya no me emociona darme a una vieja nada más porque sí. Disfruto más el proceso previo.
Roberto levantó una ceja y me miró con cara de «watafoc».
—¿Estás bien del cerebro? —me preguntó.
—¿Qué?
—¡Cristóbal Suárez, el fuckboy, está madurando!
—¿Por qué sería madurar?
—Porque, Cris —me puso una mano en el hombro y se inclinó hacia mí—, estás entendiendo que ya no somos unos chavitos. Cuesta aceptarlo, pero tienes veintitrés, en un mes te vas a graduar, ¿y luego qué? ¿Quieres seguir viviendo para el fin de semana, dándote a una vieja distinta cada vez que salgas? Esas son cosas de pubertos urgidos. Si prefieres ligar y toda la experiencia previa, es porque inconscientemente estás buscando sentar cabeza, poner tu vida en orden.
—No digas mamadas, Robert. Mi vida ya está en orden. Nada más me di cuenta de que la parte divertida de darse a alguien es el coqueteo.
—Estás buscando algo más que un orgasmo, quieres conectar emocionalmente con una mujer.
—¿Te volviste psicólogo o qué? —me burlé—. Se me hace una babosada lo que dices. Todavía estamos en edad de echar desmadre, ¿para qué tener una relación y vivir el resto de mi vida como señor? Ni madres, quiero aprovechar lo último que me queda.
Al decir eso, sentí un mal aliento salir de mi boca. Me eché hacia atrás en mi asiento para procurar que Roberto no lo oliera.
—Tener novia no es casarte. Es conocerla, descubrir con qué clase de persona te gustaría compartir tu vida.
—No tengo prisa. Ya tuve dos novias y fueron un desperdicio de tiempo… ¡Jefe!, ¿nos traes otra ronda? ¡Gracias!
Su novia regresó y se sentó a su lado. Hizo contacto visual conmigo y me sonrió. Entendí perfectamente todo lo que quiso decirme en esos segundos que sostuvimos miradas: «te dejé estar con Roberto un buen rato, ahora me toca a mí». Le sonreí de vuelta y cambié la conversación a un tema que pudiera incluir a los tres. Platicamos del Rayo McQueen y la Copa Pistón.
3
No me percaté de que estaba pedo hasta que me levanté de la mesa. En ese momento la pista se encontraba llena, tanto señores como jóvenes coreaban la típica canción de boda: «quieeero, casarme contiiigo, quedarme a tu laaado, ser el bendecido por tu amor…». Roberto y su novia se pusieron de pie para bailar y me invitaron, por mera cortesía. Los rechacé y me fui al baño, solo.
Estaba orinando tranquilo hasta que el tipo del mingitorio de al lado comenzó a explicarme las razones por las que cortó con su exnovia. Lo último que quería era que un desconocido se desahogara conmigo. Quise responderle «¿quién te preguntó?», pero me contuve y salí corriendo de ahí.
Roberto y su novia seguían bailando. ¿Dónde estará Daniela?, me pregunté. El sentimiento que más detestaba en la vida era el de flotar en una fiesta. Las pocas veces que me pasaba, sentía como si todos me estuvieran observando; escuchaba sus pensamientos, que decían «ese pendejo no tiene nada que hacer». Necesitaba estar con alguien.
Di una vuelta en busca de Daniela y no tardé en encontrarla. Se estaba besuqueando al de treinta cerca de la pista. Me reí internamente. Maldita descarada.
Tenía la opción de unirme a los que estaban fumando en la esquina. Conocía perfectamente su situación: perdedores que tampoco tenían nada que hacer, así que se refugiaban entre ellos conversando de fútbol, autos, apuestas, o cualquier otro tema superficial que los hombres tenemos en común. Para todo caso, prefería irme a dormir.
Lo que en realidad necesitaba era ligar. Así que puse cronómetro: si en veinte minutos no sucedía nada, me largaría de la fiesta.
4
Para dejar de sentirme imbécil, fui a la barra que estaba alejada de la pista. Ahí, el volumen era menos fuerte, solo estaban los meseros. Era un buen sitio para que las águilas seleccionáramos a nuestra presa, gracias a la visión panorámica que ofrecía. Me dio agua el bartender y la bebí como camello. Le pedí chicles, pero no tenía. Bebí más agua. Tenía que refrescar mi aliento para ligar.
—Yo tengo, ¿quieres? —dijo una voz ronca, femenina.
Me atraganté. Me tapé la boca con un puño para no regurgitar el agua.
—¿Te asusté?
Levanté la mirada y me encontré con una mujer. Sus ojos esmeraldas hicieron contacto con los míos. Parecía que estaban encendidos; dos pequeñas esferas con brillo propio. Me sonrió, sin mostrar los dientes, e hice todo lo posible para no parecer sorprendido. El cabello café ondulado cayendo sobre sus hombros, sus cejas despeinadas, la seguridad con la que se dirigió a mí; me dio una sensación de familiaridad.
—¿Entonces? —me preguntó, dejando de sonreír.
—¿Qué cosa?
—¿Vas a querer chicles o no?
—Porfa.
Su vestido colgaba sobre sus senos: no tenía tirantes, ni nada que le cubriera el cuello, hombros ni brazos. Normalmente, cuando tenía frente a mí a una mujer vestida de esa manera, solo la miraba con morbo. Pero con ella fue más fuerte la atracción que sentí hacia el brillo de sus ojos, intensificados por el verde de su atuendo, que mis pensamientos lascivos.
—Están en mi mesa, iré por ellos.
Antes de que se diera media vuelta, la detuve, poniendo una mano sobre su hombro desnudo.
—Te acompaño.
Caminando detrás de ella, alcancé a ver los tiernos vellos dorados que brotaban en su espalda y contemplé sus hombros delgados, femeninos. Me brindó un placer extraño: era la misma sensación de serenidad que me producían las pinturas de puestas de sol en casa de mi abuela.
Llegamos a su mesa. Me extendió una caja de chicles de menta y me metí dos a la boca. «¿Quién es esta mujer?», me pregunté. No había nadie más en su mesa, así que no pude establecer ninguna conexión. Definitivamente no era amiga de la novia, a ellas las conocía todas.
La miré de nuevo y caí en la cuenta de que tenía máximo unos diecisiete años. Se encendió mi sentido de alerta. Si una chavita estaba en la boda, lo más probable es que fuera pariente de alguno de los esposos. Eso significaba que su familia estaba ahí, vigilándola. Estuve a punto de darle las gracias y apartarme de ella. Pero una fuerza exterior hizo que me quedara.
—¿Cuantos años tienes? —le pregunté.
Hizo un gesto serio y cruzó los brazos.
—¿Por qué tienes que empezar la conversación así? —me reclamó—. Igual que todos los hombres.
Quise responder: «porque me pareciste muy atractiva, tengo ganas de ligar contigo toda la noche y llevarte a mi cuarto, pero necesito saber si me podrían meter a la cárcel por eso», pero me quedé mirándola, esperando a que respondiera.
—Dieciocho —dijo finalmente.
Sentí la menta refrescar mi garganta y suspiré, aliviado.
Jaló una silla hacia ella, se sentó y me invitó a hacer lo mismo. Coloqué mi silla exactamente frente a la suya. Quedamos sentados cara a cara, nuestras rodillas rozándose.
—¿Puedo saber tu nombre o también te vas a ofender?
—No lo sé—me miró de arriba abajo —, no me das confianza.
Se rió y me reí con ella. Me quedé esperando a que me respondiera, lanzándole la misma mirada con la que conseguí que me dijera su edad. Se quedó en silencio, sin romper el contacto visual. Después de varios segundos, me di cuenta de que en verdad no tenía intenciones de decirme su nombre.
—En serio, quiero saber cómo se llama la niña que me invitó chicles.
—¿Para qué?
—¿Cómo qué para qué? Para poder llamarte por tu nombre y no decirte “oye”.
Se hizo hacia atrás en su asiento y frunció el ceño. Nunca nadie me había hecho tanto espectáculo para decirme su nombre. Después de considerarlo, se inclinó hacia mí y puso una mano sobre mi rodilla.
—¿Quieres jugar algo?
—Depende de qué.
—Sé que no tienes nada más que hacer —dijo, soltando una risita burlona—. Te observé caminando alrededor del lugar y te veías completamente desorientado.
—No es cierto —respondí en seco—. Estaba buscando a alguien.
Me miró con cara de «no te creo».
—¿Qué juego? —regresé al tema.
—Más que un juego —se mordió el labio—, es una propuesta. Inventemos nombres falsos y llamémonos de esa manera. Si cuando salga el sol seguimos estando juntos, nos diremos nuestros nombres reales.
¿Qué le sucede a esta mujer?, me pregunté. ¿Acaso es de aquellas sinvergüenzas que le hablan a cualquiera y lo hacen sentir especial?
—¿Por qué no quieres que sepa tu nombre de verdad? —le dije, confundido—¿Trabajas para el servicio secreto o qué?
—Olvídalo —suspiró, mirando hacia el suelo—. Nada más estoy cansada de tener las mismas conversaciones superficiales con todos: dónde estudias, de dónde eres, tu nombre, tu edad, quieres ir por un shot… Todo ese palabroteo sin sentido que al final no te hace conocer a una persona.
Me quedé paralizado unos segundos, tratando de procesar a esta mujer. Lo más simple es clasificarlas en mustias, zorras, y wannabe santitas, pero ella no encajaba en ninguna de esas categorías. Mi cerebro estaba haciendo corto circuito.
—Acepto.
Levantó la mirada y me examinó, como para asegurarse de que estuviera diciendo la verdad. Sus ojos verdes se clavaron en los míos; volví a percibir su brillo. Tomé aire y sentí la frescura de la menta llegar a mis fosas nasales.
—Entonces, ¿cuál va a ser tu nombre? —le pregunté.
La sonrisa regresó a sus labios.
—Frida —dijo, mientras sus mejillas enrojecían—. ¿Y el tuyo?
—Diego.
5
Debatimos sobre la monogamia, le conté algunos de mis problemas familiares, me contó los suyos. Me preguntó si prefería ser un héroe viviendo en soledad o un Nadie con familia; yo le pregunté si prefería ser la mejor cantante del país o la mejor pianista del mundo. Concluimos que las bodas se habían vuelto una competencia de estatus social y que opacaban el significado especial que deberían tener en los novios.
Saltamos a la pista, pero solo bailamos tres canciones porque un gorila le metió un codazo a Frida; me quise hacer al machito y le dije que le pidiera perdón, pero el animal me encaró, me mandó a chingar a mi madre y me dijo de qué se iba a morir toda mi familia.
Cuando miré mi reloj, habían pasado tres horas desde que me encontré con Frida. En todo ese tiempo, no tuve necesidad de beber ni una sola gota de alcohol. Seguía sintiendo la intensidad de la menta dentro de mí, a pesar de que no había vuelto a masticar chicles. Fue insólito el efecto que tuvo haberme puesto un nombre falso: escondí mi identidad y emergió mi verdadero ser.
—¿Quieres ir a la arena? —le pregunté.
Nos quitamos los zapatos y los dejamos bajo su mesa. Sin tacones, Frida me llegaba a los hombros. Me miró hacia arriba y me sonrió una vez más. Su frente estaba roja del lado donde la habían golpeado. El peinado que traía antes se había revuelto al bailar, ahora su cabello le cubría las orejas. Hubo una explosión de ternura en mi interior, me brotaron ganas de abrazarla, protegerla.
Remojamos nuestros pies en la orilla del mar y nos alejamos de la boda. Caminamos en silencio, escuchando el sonido de nuestros pasos al salpicar el agua salada. En dos ocasiones chocaron nuestras manos. Quería tomar la suya, pero tuve miedo. El mismo miedo que me ocasionaba hablarle a las niñas bonitas en la secundaria: unos nervios de puberto que no sentía hace una década.
Nos alejamos tanto que las luces de la boda apenas se percibían en la distancia. Sacamos nuestros pies del agua y nos sentamos en la arena seca, mirando hacia el mar. La luz de la luna se reflejaba sobre el agua, aumentando su majestuosidad. Una brisa refrescó mi rostro, Frida asentó su cabeza sobre mi hombro, y me estremecí. El único sonido que llegaba a nuestros oídos era el de las olas débiles al acariciar la arena.
—Es como si el mar durmiera —dijo Frida—, descansando para volver a ser feroz durante el día.
Quería prolongar ese instante; el peso de su cabeza sobre mi hombro, el olor de su piel, su voz grave. Quería cerrar los ojos, dormir allí junto con ella, despertar cuando el sol estuviera afuera y conocer su verdadero nombre.
—Diego, ¿cuál es tu meta? —dijo Frida de repente.
Me tomó desprevenido.
—¿Mi meta de qué? —pregunté.
—De la vida.
—Mmm…creo que me gustaría poner una empresa.
Frida separó su cabeza de mi hombro y se giró para verme.
—¿Qué tipo de empresa? Cuéntame.
Tragué saliva y dije lo primero que se me vino a la mente.
—No tiene que ser de algo en específico. Simplemente que me genere buenos ingresos y me permita tener tiempo libre para divertirme. Lo último que deseo es estar clavado en un cubículo cincuenta horas a la semana, trabajando para alguien más.
Frida guardó silencio. Apartó su mirada de mí, girando su cabeza hacia el frente.
—Qué padre.
Percibí un tono de decepción en sus palabras. Parecía que esperaba algo más de mí. ¿Qué pensaba que iba a decir, que quería convertirme en un Bill Gates o alguien así? Esos no eran mis sueños.
—¿Y la tuya? —pregunté, nervioso.
Volvió a girarse hacia mí.
—Tengo varias. Ahora estoy enfocada en clasificar a las olimpiadas.
—¿Olimpiadas? —levanté una ceja— ¿Qué deporte practicas?
—Fútbol. Hace un año debuté con el equipo de Houston y la selección me acaba de convocar para la clasificatoria olímpica.
Abrí los ojos. En ningún momento se me hubiera ocurrido que estaba platicando con una futbolista profesional. Esa debería ser la explicación de por qué nunca la había visto. Su vida era ocupada como para perder el tiempo en fiestas y en alcohol.
—Qué raro —dije—, no estoy acostumbrado a ver fútbol femenil. Hay que echar una reta.
—Te destruiría.
—Mañana mismo, ¿puedes?
—Me regreso a Houston. Solamente vine a Cancún para la boda.
Apenas tiene dieciocho, pensé. Yo a esa edad no tenía idea de que quería hacer… Aún sigo sin saberlo.
—¿Cómo decidiste ser futbolista? —pregunté intrigado.
—Lo decidí desde los diez, era la mejor de la escuela.
—Pero ¿tienes algún ídolo o algo?
Aún en la oscuridad noté que me sonrió, a su manera, sin mostrar los dientes.
—No me gusta ver el fútbol en la tele —dijo entre risas—. Sé que está raro, pero no lo disfruto si no es en vivo. No tengo ningún ídolo en específico, pero uno de los jugadores que más he disfrutado ver jugaba en el equipo de la secundaria de mi primo, era el número once. Cuando le daban el balón, pasaba entre los defensas como si fueran conos. Pero lo que más me gustaba era su garra. No paraba de correr hasta el último minuto; se enfurecía cuando les metían gol a pesar de que estuvieran ganando por tres. No era un jugador común.
6
Después de un largo rato en la arena regresamos a la fiesta. En la pista solamente quedaban los borrachos que no sabían aceptar cuando la noche había muerto y obligaban al DJ a poner Pop mexicano de los noventa. Los meseros trapeaban las astillas de vidrio y recogían los centros de mesa.
—Voy al baño, espérame aquí —dijo Frida.
Me quedé solo, observando los residuos de la boda. A unos metros de mí, un tipo intentaba hacer break dance frente a un grupo de mujeres que estaban igual de herméticas que él. Daniela era una de ellas. Se acercó a mí.
—¿Conseguiste palo? —me preguntó.
—Conocí a una vieja, ahora me la voy a chingar.
—¿Quién es?
—Se fue al…
Cuando giré para señalar el baño, vi a Frida, que estaba de pie justo detrás de mí, con mis zapatos en la mano.
—Ten —dijo. Dejó caer los zapatos al suelo y se dio media vuelta.
—¡Frida! —ignoré los zapatos y corrí hacia ella.
—Aléjate.
Me paré frente a ella, bloqueándole el camino. Estaba cabizbaja, evitando mirarme a los ojos.
—Por favor, déjame sola —dijo, mientras una lágrima se escurría por su mejilla.
—Soy un estúpido, perdón, te juro que…
—Cristóbal —me interrumpió—, no me pidas perdón. La estúpida soy yo por haber pasado la noche contigo.
Reanudó su marcha.
—¿Cómo sabes mi nombre? —exclamé con voz quebrantada.
Se detuvo. Levantó el rostro y noté que sus ojos verdes se habían enrojecido, reflejaban dolor.
—El número once del que te platiqué, ese delantero eras tú, Cristóbal Suárez. Me hablaron mal de ti antes de que viniera a la boda, pero no quise creerles. Ahora veo que mis amigas tenían razón.
Se secó las lágrimas y sentenció:
—Solo eres un fuckboy más.
Me quedé atónito, viendo a Frida desaparecer. Un nudo se formó en mi garganta. Daniela se acercó a preguntarme qué era lo que había pasado, pero no respondí; tenía ganas de gritar, lanzar una silla, pegarle a alguien.
Daniela me trajo dos shots de tequila. Los vacié y le pedí que me trajera siete más. El mal aliento regresó a mi boca con una intensidad tan fuerte que ni siquiera tenía que hablar para olerlo. Hice gárgaras con un shot, pero ni así pude deshacerme del olor a putrefacción que salía de mí. Cuando terminé de beberlos, me metí a la pista a cantar Luis Miguel con el resto de los ebrios. Ahí encontré a la de rojo. Y la llevé a mi cuarto.
7
Desperté con la garganta seca y un dolor de cabeza agudo. La de rojo roncaba desnuda junto a mí, se le escurría baba de la boca y tenía el rímel corrido. La desperté y le pedí que se largara.
Un rayo de luz tenue se filtraba a través de las cortinas. No las abrí porque no quería ver el sol, no quería recordar que estuve a unos minutos de conocer el verdadero nombre de Frida. Me cepillé los dientes cinco veces y me metí a bañar. Estuve dos horas debajo del chorro de agua caliente intentando limpiar la repulsión que sentía.
En mi cabeza hizo eco la pregunta que Frida me había hecho en la arena: «¿Cuál es tu meta?» Vomité, no por el alcohol, sino por el asco que me daba yo mismo.
Este cuento fue escrito por Pavo Goff.



