En el mismo movimiento la realidad se hacía delirio o sueño, pero el sueño también se hacía sueño, y eso era el ángel, o la realidad. -César Aira, Cómo me hice monja
¡Regla número uno! Jabonar las manecillas entre-dedos con cebo de manatí.
¡Regla número dos! Depilar las encías con rabo de cordero bañado en esencia de colibrí manso y tuerto.
¡Regla número cuatro! Evitar a toda costa la regla número… (Mutismo)
¡Regla número cinco! Olvidar el número que se ha evitado a toda costa: nunca nombrarlo en ayunas, digestión o durante el proceso eyaculatorio; por tanto, nunca nombrarlo en lo absoluto. Hay que recordarlo, eso sí.
¡Regla número seis…!
Un hombrecito declamaba los puntos de eso a lo que llamó, al finalizar con el inciso número veinte, la Normativa Superior de las Artes Sucias. Repetía el reglamento en cuanto concluía. Yo lo observaba, ahí frente a su estrado: una banca en la Alameda Central. Nadie parecía prestarle atención. Al menos nadie cuerdo; osease, gente que tiene un lugar a donde ir. Yo tenía a donde ir, pero me distraje y perdí el interés en mi destino.
Mientras escuchaba al hombrecito, observé los rostros de los demás oyentes; a los chiflados.
Había varios ojos idos: un par de viscos, un par de tuertos. Había bocas abiertas, babeantes. Había dos prostitutas con los troncos alojados únicamente por un blazer, con las tetas al aire y los pezones escondidos por estrellas. Un vagabundo, igual vestido de saco, igual en tetas, hojeaba un ejemplar de Sermones y prédicas del Cristo de Elqui y fumaba con las piernas cruzadas, indiferente al enorme hueco en la pernera derecha de su pantalón por el que relucía, si uno se fijaba poco, un testículo rosado; de mirada virola, con un ojo leía y con el otro observa al hombrecito, alternando su atención. También había un monje, quien lucía envuelto en hipnosis; con sus dedos jugueteaba, nervioso, las cuentas de un rosario. Una escribiente transcribía las palabras del hombrecito en una libreta; por su chaleco, la deduje periodista; por su letra elegante y chueca, y su pluma con un muñeco del presidente, la supe chayotera del gobierno. Pero quien realmente llamó mi atención fue una mujer con aspecto de pitonisa.
La musa, que no lo era para entonces, llevaba un paliacate a la cabeza por debajo de una finita diadema de lana, bordada a mano. Sus pelos enloquecidos formaban laberintos (digna guarida de Minotauro); las laderas de su nariz culminaban en un pico redondo, con las fosas exhibidas como dos cráteres volcánicos haciendo push-ups. El eclipse de unos lentes oscuros le ensombrecía los ojos —ya de por sí ennegrecidos por el maquillaje— en un par de sombras café-violeta; era un diseño con el armazón aplastado parecido a esos de moda entre la banda trendy en sus fotos trendy para su Instagram trendy… No los soporto. Tanta prédica a la libertad de elección, tanta humilde opinión acerca de lo nuevo, tanta diversidad también, y lo monótono es lo primero a tomar de la vitrina. Pero las cosas como son: a la pitonisa le quedaban bien.
Me acerqué a la mujer, quien me devolvía la mirada. O eso creí: cuando alcancé la escasa distancia de diez centímetros con su hombro derecho, tras una vuelta alrededor del escaso semi-círculo de oyentes, similar a la orchestra en el teatro griego, la pitonisa ni se inmutó. Escuchaba al hombrecito con determinación partidista. No reparó en mí, ni lo hubiera hecho de no ser por mi tropiezo tras un empujón transeúnte que llevó a mi frente contra su brazo…
Y tú qué quieres, me retó la pitonisa. Noté cómo las puntas de su melena me apuntaban amenazantes. Respondí: No sé. No había mentiras en ello; culpé al clásico impulso de mis piernas.
Sí, me atrajo el secreto de la mirada que suponía clavada en la mía; pero cierta es igual mi torpeza para cruzar la fronteras del coqueteo en espacios públicos. Y no obstante me hallaba ahí, frente a frente con la pitonisa de lentes trendy.
Ella rio. Le caí bien, así me lo dijo, con esas palabras y otras tantas: Me caíste bien, wey, nerviosito como chihuahua. Me ruboricé, no por efecto de ninguna ofensa —que quizá, viniendo de otra persona, hubiera existido—, sino por la ausencia de palabras en mi boca enmudecida, incapaz de codificar los pensamientos. El silencio y sus jugarretas. Ella volvió a reír.
¿Tienes destino?, me preguntó. El cliché de la superficialidad misma me hizo pensar en el zodiaco y en la vez que Catalina no quiso ser mi amiga por causa del signo inherente a mi fecha de nacimiento. Pensando en una respuesta astrológica, callé.
Silencio otra vez.
¿No vas a ningún lado o qué, wey?, insistió la pitonisa. Suspiré mis equívocas sospechas y negué con la cabeza; el motivo que originara mi paso por La Alameda había quedado relegado al olvido. ¿Entonces viniste a ver este cabrón?, añadió señalando al hombrecito. Un largo Ehhh se adueñó de mis vocales. Ella resopló, atorada en su sonrisa: Vente, acompáñame a caminar, dijo. Tomó mi mano y me dejé llevar por sus corrientes.
Si yo hubiera sido Ulises, la Odisea habría terminado con las sirenas.
La pitonisa se llamaba Julieta. Me prohibió dirigirme a ella por su nombre: Cuidadito, eh, que para ti soy Julita, Julita Cartas-brasas. Asentí, mientras correspondía la presentación: Soy Paco, Paco Magnolio. Volvió a reír y me sentí en un sueño, pero entonces recordé mi problema.
El problema, aclaro, correspondía a mi ausencia de sueños.
El asalto del no-sueño me privaba de una distracción mayor a la oscuridad durante breves y escasos periodos no mayores a una semana. Pero cumplía por entonces ya tres meses y los sueños no aparecían, dejando un vacío donde la neurosis encontraba campo fértil.
Cierto es, no mimaba el archivo de los sueños. Rara vez les dedicaba cualquier cuidado, cualquier esfuerzo de retención en la memoria: despertaba aún con alguna sensación, con algunas imágenes que no obstante se perdían en la inmediata consulta a la pantalla celular. Muy a pesar, conseguía disfrutar de ellos. Disfrutaba de esa solitaria sensación, de los residuos de imagen que me ayudaban a sobrellevar la rutina, a deslizarme por la vida sin perder la cabeza viviendo en esta ciudad pestilente.
Por más diminuto que fuera el recuerdo onírico, éste dotaba de un sentido a mi agenda; una lógica al reloj. Encontrar utilidad al tiempo muerto nocturno, puesto que me despertaba con la sensaciones a flor de piel, facilitaba el asalto a la tediosa vigilia que exige la jornada laboral; cuando se asomaba por mi ventana la gris y contaminada aurora capitalina, la ensoñación se regodeaba entre florituras sensoriales, alimentándolas el resto del día con disociaciones acompañadas del mismo brillo que con hongos alucinógenos adquieren las cosas. Disociaciones interrumpidas por el vicio a la vibración en el bolsillo, cuando no de él.
Los sueños eran, por tanto, una vía de escape para mi yo despierto. Eso, o bien una barricada que filtra el paso a la perversa monotonía de lo cotidiano o a la insensible virtualidad. Sin ellos, sin los sueños, la amargura se adueñó de mí y los instantes de lucidez se volvieron escasos; las quimeras migraron, dejaron yermo el terreno y se fueron, llevándose con ellas los hongos alucinógenos y condenándome al monocultivo de champiñones, unos champiñones insípidos, empaquetados, sintéticos.
Me culpo por la reacción tardía. No fue hasta que cumplí el primer mes que caí en cuenta de mi falta de sueños. Ni siquiera pesadillas. Mi psiquiatra, de manera más elegante, dijo que no me andara con mamadas: Siempre sueñas, no hacerlo implica muerte cerebral —o sea, morir, pensé—. Me pareció cataclista. Yo estaba seguro: había dejado de soñar. Dos meses después fui con un chamán, quien tras cobrarme unos cuantos pesos se negó a darme una limpia: N’hombre, m’hijo, mejor ándate con el Papa. Luego supe que se trataba de un farsante, pero eso no solucionaba absolutamente nada. Tampoco lo hacían las pastillas que la psiquiatra me recetó. Recurrir a las drogas no era una opción dadas las políticas de la empresa, que hacía antidoping aleatorio semanal y para el que, dado mi bigote y vestimenta colorida, era seleccionado recurrente.
Comencé a sentirme enfermo. Fumaba mucho. Me pregunté si volvería a vivir la experiencia onírica, el viaje fantástico de la noche en brazos de aquel a quien llaman Morfeo —algunos otros, Morfina—. Si no perdí la cabeza, fue gracias a lo real maravilloso de la capital, que figura como un sueño no soñado; sin embargo, temía que la magia pudiera agotarse y con ella drenara mi cordura.
Entonces conocí a Julita.
Antes de conocer a Julita Cartas-brasas, recuerdo, tuve una experiencia similar en el Museo Nacional de Arte. Una historia para otro momento, pero su asociación fue inevitable: la pitonisa no caminaba, levitaba. Tal como lo hiciera Peter Pan aquella vez, cuando todavía soñaba. Restregué los ojos para confirmar mis sospechas: ¿Qué, wey, andas jeteando?, interrumpió. Mis palabras se ahogaron en el vaivén de la marea de sus iris cafés-verdosos-grisáceos, de pronto al descubierto. Estoy seguro de haber avistado en sus pupilas el nacimiento de una flama; desvié la mirada para no quemarme. Ella rio: No eres de muchas palabras, me cae. Ahora sí respondí, excusándome en combinación con mis pensamientos: Es que ya no sueño, le dije. Esta vez, Julita Cartas-brasas no soltó ni media risa y la flama en sus pupilas desapareció. El soplido del viento, quizá. Volvió a esconder los ojos bajo sus lentes trendy. Los vestigios de sospecha sobre sus pasos levitativos también desaparecieron.
Puse al tanto de mi problema a Julita: Despierto todos los días ahuevado, sin recuerdos. Me siento enfermo. Fumo mucho. En algún lado leí que siempre soñamos, no importa si la amnesia se hace de la memoria. Así lo dijo mi psiquiatra: Siempre sueñas, no hacerlo significa muerte cerebral. Me pareció cataclista. Yo estoy seguro: he dejado de soñar…
Así que ya no sueñas, interrumpió. Asentí. Sentía cómo el efecto pitonisa se desvanecía, se esfumaba por la confesión, la vergüenza, la neurosis. Los lentes trendy comenzaron a lucir asquerosos. Quise irme, pero he de admitir que también me había puesto cachondo y esa llama no era fácil de extinguir.
Como si leyera mis pensamientos, Julita se quitó los lentes, aventándolos contra el pavimento, y los aplastó una, dos, tres, cinco, nueve veces con el talón de sus botas; luego paró un taxi, me echó dentro y dijo una dirección que no alcancé a escuchar. Mientras esto sucedía, mantuve la vista en el caparazón y cristales polarizados, cautivado por el tintineo de los diminutos añicos en los que se habían convertido: en ellos, pequeños seres alados que bien podría nombrar ángeles giraban sobre su propio eje, emulando a esas bailarinas de ballet sobre cajitas musicales. No podía estar soñando: He perdido la cabeza, me dije.
Cuando recobré el sentido y me volví hacia Julita, sus pupilas ardían no con las llamas de un incendio, sino con las de una viva brasa de sol y su radiación ultravioleta. Sin dar explicaciones por lo sucedido, arremetió: Oye, pendejo —me dijo—, no puedes andar contando tus problemas a la gente así nomás, puedes asustar a alguien. No entendí ni atendí el regaño; concentrado en no perder la vista, me reprochaba haber caído en los pasos de una loca. Un reproche con gusto, a decir verdad. Al menos así lo indicaba la erección contenida en mis pantalones.
Julita no volvió a levitar. Tampoco pareció notar el bulto en mi entrepierna. Por el contrario, me advirtió: No soñar es peligrosísimo, podrías ser objeto de Los Inconscientes… creeme, no quieres ser víctima de ellos; si te apendejas, te meten tuercas y aceite y te coco-washean y pues te hacen su máquina; creeme, no quieres ser una máquina.
Definitivamente, una loca, como también definitiva seguía siendo la erección en mis pantalones, que no cedía…
¡Hazme caso, cabrón!, recriminó Julita. Me tomó por ambas mejillas, acercándose con rapidez a unos cuantos centímetros de mi rostro: nariz con nariz, aunque labios sin labios a pesar de las gotículas entrando en la predisposición de mi hocico. Ella advirtió: Estás en peligro, ¿entiendes?: pe-li-gro. Asentí. Puso los ojos en blanco; Vente, aquí nos bajamos.
Salimos del taxi. Nos hallábamos a un costado de la estación Buenavista... ¡Chingada madre, nos bajó mal el imbécil!, gritó Julita y volvió a tomar mi mano; Anda, vamos, llegaremos tarde.
Corrimos las cuadras que nos separaban del Cine Opera, nuestro destino. No entramos, sino que fuimos a dar a la banqueta de enfrente, desde donde, sentados, entre carrozas estacionadas a cada lado, contemplamos las imponentes cariátides libradas de su prisión cenital, aunque ancladas por las suelas y vestiduras al recinto abandonado.
Cuéntales tu problema, ordenó Julita; En voz alta, que te escuchen. Yo obedecí, temeroso a que notara mi rebelde erección o, peor, descubrirla notando mi incómoda firmeza; y dije: Despierto todos los días ahuevado, sin recuerdos. Me siento enfermo. Fumo mucho…
Uy, no, joven, eso sí que le hará daño, interrumpió la voz agravada de Julita, pero cuando voltee a verla eché un salto felino al capote del Chevy, la carroza a mi costado: su rostro no era su rostro, o sí aunque pedrozo, como el de las estatuas; mantenía algunas facciones, como los ojos que volvían a destellar a deslumbrar a derretirme. Entonces dijo: Así que no sueñas. Un bufido afirmativo salió de mis fauces cohibidas; con las manos a cuatro patas, la escuché desde el capote: Eso está mal, eso está muy mal, pero no te preocupes, viniste al lugar indicado, aquí, conmigo, yo que he visto tanto, ¡si supieras cuánto he visto!, y nada peor que un inconsciente, eh, nada peor que ellos, he de decirte, pero no pasa nada, yo tengo la receta: escribirás los sueños no soñados.
Tras escuchar la prescripción, se me escaparon por fin unas palabras: ¿Y cómo así?
Chasqueó la lengua con decepción y gravilla. Escribir sueños no es algo para tomarse a la ligera, dijo; Más si nunca se han soñado, más si no se sabe si son sueños: requiere concentración, compromiso: el cuaderno indicado, la pluma precisa; requiere percibir la partícula más partícula del átomo de la saliva de una nube lejana; requiere escuchar la huelga de las hormigas; también: sentir el pulso del aire como una erección en fuga de un pantalón sin bragueta… debes entender: echar peces en una cubeta no la hace océano; para eso hay que ser pescador.
Me sonrojé, avergonzado por la evidente revelación de mi erecta vergüenza ante ojos ajenos. Esto, por supuesto, no cejó la tensión fálica en mis pantalones; al contrario, la agravó. Igual pensé que no poseía yo ninguna de esas virtudes; ¿por qué me recetaba algo así? ¿O es que su propósito fue siempre humillarme a costa de los impulsos viriles de mi pene? Y también, ¿por qué me excitaba este exhibicionismo?
La estatua en el rostro de Julita trazó un paréntesis en el espacio y dijo llamarse Faustas, en plural; Mucho gusto, eh, ya veo que andas tras Julita, eh, pícaro, añadió riendo gravilla y guiñando una pestaña a cuyo cierre aumentaba el brillo del ojo contrario. Luego preguntó, indiferente a mi vergüenza: Bien, joven, dígame, ¿qué sueño no ha soñado últimamente?
Estaba perdido, ha decir verdad. Mareado, olvidando mi reaccionario espectro gatuno, volví a la banqueta junto a Faustas. Algo en su cuestión me llevó a recordar un episodio lejano, oculto en la memoria: iba con Manuel —mi amigo de la infancia, de visita en la capital— camino a un supuesto prostíbulo cerca del centro. Al llegar, sobre una callejuela cercana a una iglesia cuyo nombre no distinguí, supimos que no era un prostíbulo, sino una orgía de sombreros. De personas con sombreros, pues. Alto, mocosos, ustedes no pasan, dijo el guardia obeso y temible, y así sin más dimos media vuelta, regresando la mirada un par de veces a las nalgas de una pelirroja bien dotada que saludó a nuestro verdugo e ingresó por una discreta puerta de un rojo cereza; del brevísimo abrir y cerrar se escabulló un cúmulo de fantásticos gemidos. Desmotivados, con la cara gacha, caminamos sin rumbo hasta las paredes de la Catedral; cerca, un viejo deliraba en dirección nuestra: ¡Lloran! ¡Cómo lloran! ¡Cómo llora mi pared! Quítense de ellas, pelmazos, güeros inútiles, sordos, pedazos de mierda, ¡déjenlas llorar! ¡Dejen a mis piedras en paz! ¡Sáquense, largo de aquí!, gritaba el viejo, que sin embargo permanecía distante. Nos fuimos sin más, no asustados pero sí hambrientos, hastiados, cachondos.
Nada interesante, la verdad, respondí a Faustas sin mirarla, pensando en qué habrá querido decir el viejo en su delirio, si en verdad escucharía las piedras de la Catedral y qué le dirían, que estarían llorando…
Nada de qué, wey, dijo la voz de Julita, tan dulce como la había escuchado por primera vez. Es que…, balbuceé: ante mí volvía el rostro con nariz de pico redondo, desaparecida durante la posesión de Faustas, y lo mismo con los laberínticos cabellos, el ensombrecido maquillaje. Julita volvía a ser Julita. Palpitante en mis pantalones, la erección se hizo más rígida.
De nuevo, silencio.
¿Es que qué?, madres, no acabas ni una, mano, me dijo Julita, y esa sí me la tomé personal; Ora, yo no te he faltado al respeto, reclamé; ella, risueña, comenzó a reír. Rio, rio y rio, y a cada risotada la flama que en sus ojos había sobrevivido a la posesión y exorcismo de Faustas creció y creció, salió de sus órbitas, salió de sus fogatas óseas y abrazó el campo seco de su piel, encendiéndola sin quemarse y sin quemarme pero deslumbrando, deslumbrando abrumadoramente, y ella reía y yo flotaba, y yo flotaba y ella reía más fuerte: Jajajaja, jajajajaja, JAJAJAJAJA; y entonces no me quedó de otra que reír también: Jajajaja, jajajajaja, JAJAJAJAJA; y Julita comenzó a flotar igual, hasta alcanzarme, y al hacerlo me besó, un besó hermoso, húmedo, suave, dulce, que al terminar con mis labios bajo a mi cuello y del cuello al pecho, que despojó botón a botón de su prisión de algodón y poliéster, y botón a botón su lengua vitalizando mi piel con sus llamas, nutriendo de fuego cada vello, el pezón izquierdo, luego el derecho, más negro que el otro, y luego un cambio de dirección al ombligo, de ahí al pantalón y… y… y…
Y empezó a llover. Una enorme gota rebotó en mi jeta y de mi jeta en la de Julita, cuyos besos no concluyeron la ruta sobre mi cuerpo de la misma forma que mis palabras atropelladas no concluían el camino hacia sus oídos y los sueños no llegaban a mi descanso, y entonces la gota reventó sin mojarnos pero arrastrándonos lejos uno del otro con su onda expansiva, como lejos salen los personajes animados tras recibir un golpe. Julita alcanzó a decir algo y ese algo escupió una última gotícula que no alcanzó mi hocico predispuesto, pero sí a la punta de mi erección que la recibió con gozo y estalló en un orgasmo, deshinchó su capricho hasta recuperar los dotes naturales de sus centímetros y se robó, junto al éxtasis, mi conciscienca y con ella la luz de las cosas. Luego devino la oscuridad que deviene al eclipse de las pestañas.
Desperté sentado en una banca de la Alameda Central. Lo hice como si acabara de hacerlo por primera vez en meses y en una hamaca frente a mi amado Caribe. Reparé en que la banca a mi lado era la del hombrecito declamando la Normativa Superior de las Artes Sucias, de quien no había más rastro. Ni de él ni de su séquito. En su lugar, un predicador del fin del mundo hablaba a las sombras transeúntes. Nadie le prestaba atención. Poco después llegó a mi cabeza el recuerdo de Julita: Julita… ¡Julita!; ¿dónde estaba mi musa?
Di un brinco desde mi reposo y me acerqué al predicador: Eh, carnal, ¿no viste a una morrita con paliacate, chingos de maquillaje, muy guapa, con aire de pitonisa?, le pregunté. Él negó con la cabeza, sin cesar su prédica, y me lanzó una mirada reprobatoria al torso y a la entrepierna. Bajé la vista y me di cuenta de algunos botones desabrochados, así como de una mancha húmeda a un costado del zipper.
No quise averiguar si aquello era una gota de lluvia —el cielo estaba gris, las nubes visiblemente cargadas—, o un escupitajo o la eyaculación de mis mieles. A mi celular llegó un mensaje de Alejandro: Dónde estás weeeey, llevo media hora esperando.
Alejandro. Había quedado con Alejandro en La Opera, cantina histórica que conserva, acorde a los chismes, un balazo de Pancho Villa en el techo. Me encaminé a su encuentro.
En el trayecto pensé en Julita, de quien nunca volvería a saber, a pesar de los dos meses dedicados a pedir —cuando no suplicar— múltiples deseos para reencontrarla. Ni la Guadalupana ni San Juditas ni Buda me creyeron digno.
Eso sí: los sueños regresaron como consuelo a mis días.
Alonso Millet es escritor y editor en Perpetuo. Quiso ser pirata: terminó jorobado, con lentes y entre garabatos. Le gustan las biografías. Fantásticas y eróticas nomás.




