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Durante las semanas previas a la elección, en São Paulo se sentía una tranquilidad amenazante. Mientras la propaganda política se acumulaba en las esquinas, arrastrada por la lluvia, noté un cambio en las conversaciones con personas absorbidas por el trabajo cotidiano —lejos de las cámaras de eco que suelen ser las universidades y otros círculos progresistas—. Entre suspiros de fatiga, me acostumbré a escuchar frases al estilo de «no me gusta Bolsonaro, pero necesitamos un cambio al PT».
Las movilizaciones no llegaron sino después de la primera vuelta electoral, cuando el regreso del bolsonarismo se proyectó como una realidad inminente. Hasta entonces, tanto el gobierno en turno, presidido por el histórico Luiz Inácio Lula da Silva en su tercer mandato, como la campaña del PT habían subestimado la capacidad de movilización de la extrema derecha. Convencidos de que el legado de Lula y el apelo a la soberanía nacional bastaban, apostaron por administrar la ventaja.
Después de la primera vuelta, el Partido Liberal (PL) de Flávio Bolsonaro —senador e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, hoy bajo arresto por insurrección— comenzó a hablar de gobierno, mientras el Partido dos Trabalhadores (PT) de Lula continuó hablando de campaña. Este último obtuvo el 45% del voto frente al 47% del PL y perdió terreno respecto a 2022 en los estados más importantes del país: São Paulo, Minas Gerais y Río de Janeiro. Perdió votos también en el Nordeste, tradicional bastión petista. El Sur, bolsonarista, se mantuvo firme.
Aunque la izquierda no perdió escaños de forma significativa, el mapa que sale de estas elecciones es el de un país más a la derecha: quince de las veinte gubernaturas definidas en primera vuelta quedaron en manos de partidos de derecha y el Senado será dominado por el bolsonarismo que prácticamente duplicó su bancada y se consolidó como fuerza política. Es una derecha sin mucho proyecto de nación. Por el contrario, abandona el nacionalismo militar con el que ascendió para abrazar el proyecto de dominio estadounidense del continente. Hoy ya no la encarna Jair Bolsonaro, esa figura ideológicamente imponente, sino su hijo mayor, Flávio, sin mucho carisma político.




