Este texto fue publicado en el volumen XIII de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
A Anne Carson la descubrí en la universidad como traductora. En mi primer semestre de facultad, tomé la decisión de inscribirme a un programa intensivo de humanidades donde, cada semana, nos adentramos en un clásico del canon occidental. Por ahí de la tercera lectura —después de la Odisea pero antes de la Biblia—, tuvimos la tarea de estudiar los poemas de Safo. La traductora, anunciada en la portada, era una tal Anne Carson quien ahora, al despertar, sonrío al enterarme que se ha hecho con el Nobel de literatura. El nombre no me significaba gran cosa. Con el tiempo, fue cambiando.
Carson es de esas presencias latentes en mi vida de lector. Tras su Safo moderno, me llegaría con su Autobiografía del rojo —que ahora, en un frenesí del laurel, corro a tomar del librero—. Luego aparecería en distintos fragmentos de conferencias que me compartían esos amigos que cursaron el programa de humanidades, todos siempre en una carrera por reivindicar los clásicos (o, lo que es lo mismo, justificar las horas que pasamos leyendo a los griegos en lugar de saliendo de fiesta). Más recientemente, alguien a quien quiero tanto —a pesar de los tiempos y las distancias—, me envió un poema suyo, «Short Talk on Major and Minor», en el cuál no dejo de pensar (sobre todo, en el imperativo de vivir en las cosas pequeñas y no ser presa de las grandes).
Vuelvo a ese primer encuentro; al descubrimiento de Carson como una académica que, según mis profesores, era lo menos impresionante de su carrera (hecho con el cual no tengo más que estar de acuerdo) pero que, por el prejuicio del primer encuentro, siempre la pensaría como traductora del mundo ancestral. Y así como vuelvo, ella también vuelve: lo hace como un sutil recordatorio de que la academia también puede producir grandes obras de arte.
Carson se me figura como la transición de los siglos. Su Nobel, de cierta manera, es el triunfo de un cambio en los patronos de las artes. Pasamos de un siglo XIX donde el autor se mantenía de fortuna propia o de la generosidad de algún mecenas, a un siglo XX de contratos editoriales y presiones de narrar al mundo. Ahora, en el XXI, Carson pertenece a una secta de autores que puede distanciarse del mundo mismo y encontrar arte en el pasado, en el resguardo que otorga la universidad.
Por ello hago énfasis en esa edición de Safo que aún perdura en casa de mi madre —y que lamento no tener conmigo—; hay algo a decir de cómo una académica escribió algunos de los mejores poemas del siglo nuestro y no lo hizo un Hemingway paseando por las alturas del Kilimanjaro o un García Márquez en las junglas colombianas. Toca reconocer a una nueva generación de autores forjados en los cálidos salones de la academia y de los cuales Carson es solo un ejemplo (en español, basta con ver a Yuri Herrera o a Cristina Rivera Garza).
Es un Nobel a una gran obra poética. También a un esmero de reencontrarnos en el pasado. Pero, sobre todo, leo el triunfo de Carson como un triunfo a la universidad y los académicos que, casi siempre, son objeto de desdenes más que de aprecios.
Ganó Carson la poeta. También Carson la que se pone a lado de Safo. Ganó Carson la académica y mi corazón ñoño, que aún fantasea con un profesorado, no puede más que sonreír.
JL Sabau (CDMX, México) es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.




