bien hecha o mierda mal hecha pero al fin y al cabo mierda: obra, como se le dice. -Luis Felipe Fabre, Escribir con caca
Caminaba por la Francisco I. Madero, idiotizado por la terca intención de visitar el Palacio de Cultura Banamex, también palacio del ex emperador Iturbide, quien —dicen— aún deambula por los pasillos desnudo, a sabiendas de que uno entre millones puede verlo. Eso lo escuché del profesor Fabrizio, tan detractor de las conspiraciones como defensor de sus teorías.
Como ha de suponerse ya, iba solo. Lula, mi amiga, desertó del plan sobre la hora; Estoy en el hospital, wey, me van a quitar el apéndice, me escribió por guats, y quedé en ir a visitarla más tarde. A pesar de las múltiples llamadas, no conseguí a nadie para llenar su plaza: Qué puta hueva ir al centro, se sinceró Shisha —Eduardo—; Carnal, tengo un evento, se inventó Ana —Anastasia—; ¿Por qué querría ir contigo?, preguntó Julieta —con quien había sido un patán—. También quise invitar a mi hermano, recién mudado a la Ciudad de México: …, …, …, … (Buzón de voz, su llamada se cobrará al terminar los tonos siguientes). Luego me resigné, resignación que se convirtió en terquedad, esa actitud parida en cesárea por recelos y expresada sensualmente, a manera de autoseducción, por medio del elegante enunciado siguiente: Se lo pierden, putos, se van a arrepentir.
Entonces, contaba, iba yo a paso firme por la Francisco I. Madero, con mi eterna obstinación —diría el maestro Delgadillo—, tras un viaje en metro donde varió la cantidad de pasajeros y durante el cual sólo pensé en lo cabrón que iba estar mi visita al palacio del ex emperador Iturbide, ahora Palacio de Cultura Banamex. En realidad no pensaba sólo en ello; por turnos, leía también unos poemas de Alejandro Albarrán. Me detuve en unos versos:
Eso no se dice. Se mira al sesgo, como se mira la luz en el párpado al cerrar el ojo.
Cerré los ojos, intentando mirar esa luz: aparecieron colores, pero más que nada oscuridad. Los abrí al escuchar el pitido unísono de los policías ante el sincronizado arribo de los trenes a la estación: Probablemente está esperando a que alguien se aviente a las vías, me dije al ver el rostro enfermizo y hastiado del agente que vigilaba mi lado en la estación Allende. Tosía tanto aburrimiento que casi me lo contagia e incentiva a dar media vuelta, un pronto regreso a casa, al balcón donde me esperaba una taza de café a medias; pero no, de otra forma sucumbiría a la pasividad de Shisha, a las mentiras de Ana, al rechazo de Julieta…
Ahora sí, al grano: caminaba yo por la Francisco I. Madero, rumbo al palacio del ex emperador Iturbide, ahora Palacio de Cultura Banamex. Cuando llegué a mi destino, se asomó en mi pecho una decepción —que es lo posterior a cualquier terquedad—: estaba cerrado. En obras hasta nuevo aviso. Ante el indiferente tránsito de cientos de personas, eché un par de gritos y di golpes a las puertas y ventanas, por si el fantasma desnudo de Iturbide acaso me oía. Nada. En obras hasta nuevo aviso.
Una decepción tiene dos caminos: o la rabia o la claridad. También se puede tener ambas, entonces importa el orden. Como no me decidía, evité decepcionarme. El desaliento se quedó en un asomo: el tufo de un eructo condensando en las encías. Surgió, pues, un plan B: iría al MUNAL —o bien, Museo Nacional de Arte, como le nombran los incultos—.
En mis dos-tres años como residente capitalino, nunca había cruzado el arco de entrada del Museo Nacional de Arte. Conocía todos los museos en Chapultepec, algunos en Coyoacán; el Museo Kaluz, el Franz Mayer. No así con el de Memoria y Tolerancia. Tampoco el Colegio de San Ildefonso. Sí conocía el palacio del ex emperador Iturbide, ahora Palacio de Cultura Banamex; sin embargo, hacía mucho de eso: por lo menos diez años, así que no contaba. Cuando se vive una ciudad, el luego se adueña de lo cotidiano; procrastinar, aprendí recién —la palabra, pues el concepto siempre lo he practicado—.
Me dirigí al destino que el nuevo plan dictaba. Hice la fila, que fue rápida. Fui detenido breves segundos por un detective —su atuendo de Inspector Gadget lo delataba— que revisó las dimensiones de mi mariconera. En su interior: Persona fea y ridícula, de Albarrán; una libreta, dos plumas; El alucinante viaje de un afilador de cuchillos, de Pedro Salvador Ale; y benzocaína sabor miel para una garganta que no me dolía. También llevaba tabaco, pero en mis bolsillos. El detective realizó su protocolo; me dejó pasar: Le dejo pasar; bolso al frente, por favor, caballero. Como no revisó mis bolsillos, di por hecho que fumar estaba permitido.
Siguió la cola para taquilla: Solo efectivo, joven, me dijo el responsable —un niño con cara de anciano—. Como sólo tenía dos billetes de cincuenta, mis dos billetes de cincuenta con el ajolote —tan bellos y nuevos como cotizados por coleccionistas—, salí de la fila, salí del museo, caminé hacia el banco más cercano —cinco cuadras— y resolví sacar más dinero: uno de cien y dos de cincuenta, sin el ajolote.
Tardé alrededor de quince minutos. Mi paso por el cajero fue tan efímero como la abundancia en mi cartera. A mi salida del banco estaba comenzando a llover y las gotas se hicieron corriente con los transeúntes, acelerando su flujo, arrastrando todo a su paso. Pude librarla de milagro, aferrándome a un poste de luz. Otras tres personas hicieron lo mismo. Una más lo había intentado, pero ya no cabía. Entre los cuatro que alcanzamos a sujetarnos primero empujamos con el pie al intruso, remolcado, finalmente, por la marea. Compartimos un paraguas enorme. Cuando regresó la calma chicha, intercambiamos miradas de complicidad, asentimos quedito, dimos media vuelta, cada quien por su lado: nunca volveríamos a vernos —una constante en la capital mexicana—. Después me encaminé, de nueva cuenta, hacia el Museo Nacional de Arte.
Crucé el arco de entrada por segunda ocasión. La fila había aumentado, aunque avanzaba a prisa; muchos se salían antes de alcanzar la entrada: Yo pensaba que era la de los elotes, le escuché decir a alguien; ¡¿Dónde está Dua Lipa?! ¡Me dijeron que aquí estaría Dua Lipa!, gritaba otra voz ausente de cuerpo; ¡Voto por voto, casilla por casilla…!, cantaban al unísono un pequeño grupo de haitianos, liderados por un joven con camiseta del PRI.
En el filtro de seguridad, el detective ya no estaba. En su lugar, una señora bajita y canosa dejaba pasar a todos por igual, excepto a un par de turistas con sus maletas, a quienes mandó a chingar a su madre: ¡A chingar a su madre!, al museo se viene a ver, no a dormir, les dijo. Luego regresó el detective, quien se acomodaba el pantalón y se subía la bragueta, y mandó a chingar a su madre a la señora bajita y canosa: ¡A chingar a su madre, ya le he dicho que usted no trabaja aquí!, le gritó, y la señora bajita y canosa salió disparada hacia afuera, dejando un rastro de carcajadas que mutaron en un eco sombrío.
Cuando esto sucedió, yo aún me encontraba formado, en primera línea. Se me quedaron un par de ecos ancianos pegados a la camiseta. El detective me los sacudió con un pañuelo. Me advirtió sobre la locura: Cuidado con la locura, que es contagiosa, apuntaló, muy serio; Como el aburrimiento, contrasté, pensando en el policía del metro; y argüí en silencio: Quizás compartan el mismo vacío después de todo. Posteriormente, el detective repitió su dinámica y me dejó pasar: Le dejo pasar; bolso al frente, por favor, caballero.
Ahora sí, superé la taquilla sin ningún problema técnico u obsesivo.
Mi visita al Museo Nacional de Arte fue igual a otras visitas de museo. Suelo ser lento, leer las cédulas de cada obra y los textos curatoriales en cada sala. A veces porque me interesa, a veces sólo para hacerme el interesante. Ernesto, mi primer amigo en la carrera, decía que era el lugar perfecto para ligar: Necesitas estar listo para ligar, Paco, con el oído puesto y atento a cualquier pregunta… Es un juego de atracción tan rápido como el de la publicidad. No obstante, aquel día sólo rondaban en planta baja algunas visitas escolares de primarias y de ancianos de diferentes asilos. Tocará leer por interés, pensé.
Subí las escaleras de caracol, donde se arremolinaba una masa de jóvenes de todas las edades tomándose fotos aesthetic o vídeos para Tiktok, lo cual justificaba su ausencia en planta baja. Sortearlos fue casi tan difícil como la corriente que intentara llevarme sobre la Francisco I. Madero, aunque bastaba con posar para la foto o entrar en las dinámicas de los tiktoks para abrirse paso entre la masa. Tras diez minutos, logré escabullirme.
Me aventuré a las aulas de la exposición permanente, dedicada a los siglos XIX y XX. En ellas se replicaba, en su mayoría, el ambiente de la planta baja; algunos jóvenes que no cabían en las escaleras se tomaban fotografías y tiktoks con algunas obras, aunque era fácil sortearlos.
Tras la primera sala, donde una estatua de Cuauhtémoc ofrecía tours guiados por seiscientos pesos —y que del susto recorrí a paso ligero—, me entretuve en alguna de las siguientes galerías, sintiéndome atraído por El amor del colibrí, pintura de Manuel Ocaranza. En ella, una mujercita de mirada virola observaba el revoloteo de un colibrí —no supe si con el ojo derecho o el izquierdo—; sobre un silla, un libro abierto con el nombre impreso de Dumas en portada llamó mi atención: al acercarme, noté en el lomo un atemporal código QR que, al escanearlo, me direccionó al libro completo en PDF de El Conde de Montecristo, el cual descargué para leer más tarde. Un guardia protestó al sorprenderme con el dedo cerca del lienzo. Yo intentaba comprobar su veracidad, el liso del óleo. Ante dicha imposibilidad, pensé: ¿Se habrá adelantado a la ciencia el romanticismo mexicano pictórico?; y: ¿Qué chingados hace el puto código en una pintura de hace más de ciento-cincuenta-años?; y: La vanguardia nació con la tricolor puesta y la vista hacia el águila sentada en un cactus.
Para mi sorpresa, El amor del colibrí no era la única obra con un código QR oculto, ni tampoco la última de Ocaranza: en Naturaleza muerta —donde los borrachos y su rastro en la mesa competen a lo natural—, había uno que enviaba a La máquina de follar, de Bukowski. En Exvoto (San Sebastián), de Ángel Zárraga —donde una beata reza ante el erotismo del santo muerto de pie, con un flechazo al corazón—, otro regalaba algunas páginas de Confesiones de una máscara, de Mishima: el pasaje exacto donde Kochan, el protagonista, se masturba ante la imagen del San Sebastián de Reni. Otro QR, escondido en Las tentaciones de San Antonio, de Diego Rivera —donde unos rábanos humanoides parecieran ensayar una escena porno—, me vinculó al libro completo, en español y en inglés, de los Secretos Taoistas del Amor. Cultivando la energía sexual masculina. También, en Reloj y teléfono, de Tamayo —donde el horario entre la una y las cuatro no existe, como un largo estar: una tarde en el balcón o en la terraza, contemplando sin más los pasos ajenos, el revoloteo, todo el festival diurno y nocturno (según quién acompañe al Meridiem, si la A o la P)—, otro más enlazaba a una versión pirata de la película Bajo California: El límite del tiempo, de Carlos Bolado. De hecho, en éste había dos: apenas visible, en la punta de la manecilla, otro llevaba a un mal escaneo de La hora de la estrella, de Clarice Lispector.
Cuando buscaba un nuevo QR en Las bañistas, de Jorge González Camarena, alguien llamó a mi espalda. Volteé a ver, esperando el nuevo regaño de un guardia. En su lugar, un tipo parecido al Peter Pan de Disney me observaba con una expresión de fingido entusiasmo. Preguntó: ¿Los descubriste, no es así?; y yo, tan inmerso en mi búsqueda, le enseñé los dientes que quise sonrisa, regresando sin chistar a lo mío… Oye, cabrón, te estoy hablando a ti, reclamó Peter Pan, de cuyos labios emanaba el insulto con engorro de infante; Estás buscando otro QR, ¿verdad? En ese cuadro no hay ninguno. Me parece que has encontrado todos. O casi todos. Felicidades. Ahora, ven conmigo.
Como ya empezaba a ser costumbre, opté porque mis piernas eligieran entre rechazar u obedecer el mandato —alguna vez, por ejemplo, determinaron correr cuando un miembro de la militarizada Guardia Nacional gritó: ¡DETÉNGASE!—; y vaya sorpresa la mía cuando concluyeron que no, que lo mejor era quedarse ahí, de frente a Las bañistas de González Camarena.
No contento con la decisión —y viéndose relegado a la indiferencia—, Peter Pan armó un escándalo tal que, en cosa de segundos, me vi rodeado por la mitad del personal de seguridad del museo: ¡¡ALERTA, ALERTA; ESE MUCHACHO —o sea, yo— ANDA LAMIENDO LAS OBRAS!!, gritaba el muy hijo de puta. No tuve tiempo ni para un asomo de redención: antes del primer pestañazo, un guardia me sostenía del dedo meñique de la mano izquierda; otro, de las orejas; otro, del costado derecho del bigote; uno más, del torso; otro, de las agujetas de los zapatos. Otro intentó atrapar mi lengua; le mordí los dedos. Los demás echaban porras, siguiendo a mis custodios en conga, tomados de los hombros y pateando a los lados para que nadie pudiera ayudarme. De todos modos, nadie intentó hacerlo: los jóvenes en las escaleras seguían en lo suyo, posando para las selfies y tiktoks; cruzamos el gentío, emulando su actividad, sin que la injusta detención fuese percibida. En la planta baja recibí el apoyo moral de los ancianos: ¡Viva la revolución!, exclamaron algunos; ¡Muerte al Estado opresor!, entonaron otros. Los niños aplaudían, a instrucción de sus profesores: ¡Aplaudan, niños! Nos tocó suerte, escuché decir a uno. Probablemente creían que se trataba de una actuación didáctica.
Llegados al arco de entrada, los guardias me echaron a la Plaza Manuel Tolsá, no sin antes ser invitado a volver pronto. Cuando se dispersaron, Peter Pan apareció a mi lado: Bien, ya estás afuera; ahora, sígueme. Me negué, irritado, dispuesto a regresar al interior del museo; sin embargo, mis piernas cambiaron de postura, traicionando a los insultos que impartían mis labios, y acataron la orden.
Seguí a Peter Pan. No parecía dar pasos: saltaba; dos brinquitos con la derecha, dos con la izquierda, alternados. El tronco se mantenía impasible, imperturbable: flotaba en línea recta de manera fantasmal. Sus manos formaban el Kali Mudra cerca de la barbilla. Su boca tenía la posición del silbido, pero nada salía de entre la frunción de sus labios. Yo intentaba adivinar la melodía silente.
Atravesamos toda la calle musical de Bolívar. Unos gitanos impartían a todo pulmón cantos guadalupanos con ritmos plagiados a Camarón de la Isla. El vocalista llevaba puesta una camiseta con la leyenda Novo is the shit / Lorca never dies. Más adelante, un organillero deleitaba al público con un cumbión. Los cuerpos de un grupo de drag queens paraban el tráfico, poseídos por la composición musical. Algunos conductores estacionaron y se unieron. También algunos policías de tránsito. Un par de cuadras arriba del barullo, un grupo de reggae cristiano promocionaba talleres bíblicos. Peter Pan se paró frente a ellos y le susurro algo al baterista; éste le entregó una bolsita de cuero. Cinco minutos después, todavía sobre la calle musical de Bolívar, entramos a un local.
El establecimiento era luminoso, de luz confundida —dirían mis tíos—: arriba, incandescente; de un lado, LED; del otro, fluorescente; del piso, una combinación de colores neón; al fondo, halógena. En la mitad LED se vendían libros de segunda mano; en la fluorescente, marcos de madera plástica y, en un pequeño rincón, cremas hidratantes. Sentada al borde de una mesa desnivelada, la recepcionista, una mujer flaca y con bigote, fumaba una pipa cuyos aros de humo desprendían un intenso olor a fresa-vainilla. Cruzamos a su lado: Hermoso silbido, querido, le dijo a Peter Pan. Yo seguía sin adivinar la melodía.
Detrás de una puerta falsa, que resultó verdadera, se escondían unos escalones. Subimos. Ciento-treinta-y-dos peldaños más tarde, me hallaba en un taller… No, un taller no: una pinacoteca entera. Había de todo: desde Orozcos hasta Carringtons; algunos cuadros firmados por el Dr. Atl, otros tantos por Claussel, Murillo, ¡Remedios Varo!; hombre, que había de todo: hasta un Miró —que parecía mirarme—, y otras tantas obras de cuyos autores jamás había escuchado. Había, por ejemplo, una pintura de un tal Gunther Salzo, de orígen húngaro o rumano, a la cual nombró Figuras. En ella, una amplia gama de tetas, culos, vergas, pelos púbicos y vulvas se distorsionaba como soplo que no desprende la melena completa al diente de león.
Mientras seguía una de las curvas púbicas, sonó una voz justo por encima de mi cabeza. Era rasposa, de fumador empedernido. Algo chillona. Mantuve los ojos en la pintura, ahora sobre un culo que parecía una boca con labio leporino. La voz preguntó si buscaba algún código: ¿Busca algún código, muchacho?; yo le respondí que no, que Peter Pan dejó claro que los cinco observados en el Museo Nacional de Arte eran todos, o casi todos; ¡Já!, cómo le gusta mentir al cabrón, exclamó la voz, y añadió: No llegas ni una quinta parte con ellos…
Volteé hacia arriba, hacia la voz, sorprendido por el anuncio. Un hombre se balanceaba en un trapecio, con el cuerpo suspendido cabeza abajo. Su aspecto me provocó un respingo y tuve ese impulso de huida que ahuyenté con un pedo insonoro: adulto desgastado, mediana estatura, piernas flacas de rifle, panzón, bigote cepillo de dientes a lo Hitler, un bronceado naranja a lo Trump, melena con olor a barniz a lo Elba Esther Gordillo —de quien también poesía esa mirada de zorro delirante— y una enorme frente descubierta a lo Netanyahu; el alivio: una playera del Club Deportivo Palestino de Chile y una banda deportiva con los colores elegebetecumás. El espanto a sus rasgos estherianos, no obstante, prevaleció: Pórtate bien o vendrá Elba Esther por ti, decía mi madre, y fue por ello que me mantuve virgen hasta los dieciséis.
Aún cabeza abajo, el trapecista me extendió la mano y saludó: Saludos, joven, soy Jacinto Cenobio, como el de la canción; soy acróbata, pintor, contrabandista y ratero. El espacio no era alto, por lo que, en realidad, nos encontrábamos a la misma altura: él con los pies en el techo, yo sobre los tablones del suelo. Le devolví el saludo: Mucho gusto, don Jacinto, ¿qué hace ahí arriba?, pregunté —una pregunta estúpida, pues ni siquiera hallaba cómo responderme a mí mismo qué chingados hacía yo ahí—; Entreno para mi siguiente robo, contestó; ¿Y cómo así?; Qué te digo, nadie presta atención al acróbata: basta con expresar la profesión para volverse invisible o sujeto de atracción turística, que es lo mismo, ¡más si es en un museo!; Ah…; …; …; ¿Y no te gustaría entender por qué te mandé a llamar?; La verdad que no. Me gustaría regresar al museo…; ¡Ajá! Con que te interesan mis QR, ¿no es así?; Sí, no voy a negarlo; …; …; ¿Y no deseas conocer su por qué?
Cedí a la oferta de don Jacinto. En realidad, no me movía otro capricho distinto al de la recolección del material pirata de los QR. Tal vez la concesión se debiera a un suspiro que levantase el velo del cual era yo víctima, y por el cual me negaba a la apertura de un cuento ajeno al mío…
Don Jacinto se balanceó con fuerza, soltó sus piernas del trapecio y, dando una, dos, tres piruetas en el aire, aterrizó en cuclillas sobre el borde de un marco en cuyo interior se encontraba Las tentaciones de San Antonio, de Rivera. Ver la obra original no me sorprendió tanto como el equilibrio del acróbata-pintor-contrabandista-y-ladrón. Tomó la cajetilla asentada en una periquera a lado suyo, unos Faros sin filtro; encendió un cigarro e inició su monólogo: Empecé a robar hace algunos años; recuerdo el primer atraco como si hubiera sido ayer —dio una calada enorme que consumió la mitad del cilindro entre sus dedos; exhaló casi tanto como una locomotora—. Caminaba por la Francisco I. Madero, un sábado oscuro de otoño, cuando me topé con un tipo desnudo y translúcido que, me hizo saber, era el ex emperador Iturbide. Le creí, sin espanto, pues ya en otra ocasión me había encontrado con León Trotsky en las mismas condiciones, cerca de su antigua casa en Coyoacán y quien me preguntara por su perro, que si lo había visto pues lo amaba mucho, lo amaba tanto que por eso se volvió fantasma, para seguir buscándolo…
Un chirrido erizante interrumpió el relato. Detrás, Peter Pan acercaba una banca de metal con ayuda de la bigotuda recepcionista. Ambos se sentaron, sin ofrecerme espacio en ella. Él seguía silbando; ella seguía la melodía con sus dedos, dirigiendo la orquesta. Yo seguía sin escuchar nada. Don Jacinto chistó: ¡Cállate, coño!; luego, prosiguió: Iturbide me dijo cómo la política había dejado de interesarle tras dos siglos, condenado como estaba por el amarre que le hiciera una antiquísima amante; que durante mucho tiempo vagó aburrido, deprimido en la oscuridad y temeroso a los vivos, hasta que la adaptación a museo de su antiguo palacio despertó su interés; entonces decidió que su pasión era el arte y se lamentó haber malgastado su tiempo de mortalidad en ideas imperialistas. Me contó, también, que ahora era crítico y se había dejado enamorar por la anarquía; que la contemplación estaba muerta y que más valía destruir la obra, volverla mierda o, por defecto, dejarla verse en la mierda para que así aquélla recibiera su debida contemplación; es necesaria, subrayó, la fetidez en las obras para que sus espectadores arrugen las narices al olerlas, abran los ojos como platos y, desconfigurado el rostro, exclamen: ¡vaya mierda…! Yo la verdad que no le creía: los museos se llenaban de gringos y de chaviza y de funcionarios y de discursos. Me dio la razón, pero refutó que nadie las contemplaba, que desde algún tiempo observaba cómo los asistentes tomaban el espacio para fornicar en los baños, fumar en las salas, retratarse con el retrato y escenificar una historia de amor refrito que me recordó a los encuentros casuales en las películas. Tampoco le creí, y me confesó su exageración, pues era él quien se imaginaba fornicando en los baños, como en los viejos tiempos del viejo Imperio, aquellos años de gloria, decía, y noté cómo su verga fantasmal crecía como crecen las vergas fantasmales, supuse, provocándome una erección simultánea…
De nuevo, don Jacinto fue interrumpido, ahora por un incómodo gruñir de Peter Pan, quien sostenía en sus manos un rosario: ¡Pinche mocoso mocho, déjame contar las cosas como son!, reclamó. Yo sospeché un arquetípico amorío entre alumno y maestro.
Don Jacinto carraspeó, aclarando la garganta; una mosca salió disparada de su hocico. Continuó: Iturbide, pues, me invitó a dar un recorrido por su palacio; quizás, con suerte, a visitar los baños; no obstante, se encontraba cerrado por remodelaciones. Entonces me indicó que fuera al museo de mi agrado, que seleccionara una obra y le hiciera una reproducción; que, llegado el momento, aprendiera de acrobacias pues así nadie me tomaría en serio al momento de intercambiarlas. Escogí el MUNAL e hice todo tal como indicó, sin poner traba alguna, aburrido como estaba en esta vida que presentaba sus sueños sin incluirme en ninguno, carajo, y fue así como decidí construir el mío propio: que todos vieran la ilusión de los cuadros, que lo pasaran por alto como la amnesia al despertar…
Un nuevo carraspeo, una nueva mosca disparada. A diferencia de la primera, esta cayó muerta, cerca de mi zapato. Impasibles, Peter Pan y la recepcionista mascaban chicle, con las miradas puestas en el Miró —que continuaba mirándome—. La otra mosca de don Jacinto revoloteaba por el salón: bzzz, bzzz, bzzzzzz; él, haciendo caso omiso a sus vómitos, continuó: Lo cierto es que tras hacer mi primer reemplazo sin complicación alguna, un Orozco, a plena luz del día, entre la indiferencia de los asistentes, mi trapecio y las paredes, me sentí vacío. Invadido por el ego del artista, no vi motivo a mi obra: para empezar, ¿cómo dar razón a Iturbide si no podía medir quién contemplaba, quién prestaba atención a los detalles? Y si los prestaban, ¿cómo ocasionar la intriga hacia ella? Robar y reemplazar era una cosa; sin embargo, el espacio quedaba lleno y yo quería crear alboroto, dar la impresión de que algo no encajaba. Fue pues que se me ocurrió añadir los QR; ingenuo, pensé que el escándalo estaría implícito, ¡vaya sorpresa la mía cuando sólo los encargados del museo se dieron cuenta de ellos y, aún así, decidieron hacer la vista gorda! Entonces me obsesioné, me obsesioné y seguí haciendo acrobacias, seguí imitando obras y poniendo cu-erres, seguí robando; entré al mercado negro y comencé a vender las pinturas originales a precio de ganga, lo suficiente para seguir imitando, lo suficiente para seguir robando…
Don Jacinto ya no carraspeó, tosió descontrolado: salieron proyectadas primero tres, después siete, luego quince moscas más. La vida y la muerte se repartía en ellas por tandas iguales. Se acercó a un falso ventanal que resultó verdadero y lo abrió; las moscas vivas salieron coordinadas, en fila conga. Me recordaron a los guardias del museo.
Cuando se compuso, don Jacinto chasqueó los dedos e hizo una seña con el índice a Peter Pan, quien se levantó y fue hacia mí. Me entregó la bolsita de cuero que el baterista del grupo de reggae cristiano le entregara a él. Dentro había un cofrecito en forma de caca: Recoge una mosca muerta y vete, la visita ha terminado, anunció, y señaló la salida. Obedecí, total que un souvenir nunca ha de rechazarse, y recogí la mosca muerta al costado de mi zapato; además, comenzaba a ser tarde para visitar a Lula y se me hacía de muy mal gusto llegar con las manos vacías —ese extraño imperativo de los hospitales a llevar regalos aunque el internado padezca diarrea leve—.
Previo a cruzar el marco hacia las escaleras, don Jacinto cantó desentonado un par de versos de la canción que le dio su nombre:
[Le digo]: un favor,
Vo’ a pedirle, ahijado
Que a naiden le cuente
Que me ha encontrado…
Procedió, siguiendo el ritmo de la canción, una estrofa inventada que remató su despedida:
Y si yo me entero
Que me que-más
La mosca en tu mierda
No ca-llará….
Me descubrí nuevamente sobre la Simón Bolívar. Confundido por los extraños eventos del día y los amenazantes versos finales de Jacinto Cenobio, no supe a qué conclusiones llegar respecto a mi visita al palacio del ex emperador Iturbide, ahora Palacio de Cultura Banamex, que terminó siendo visita al Museo Nacional de Arte que terminó siendo una especie de amable secuestro que terminó por ser una cátedra de algo oblicuo. Vaya mierda, acepté, citando el relato de don Jacinto. Pensé en las moscas y en mi mosca. Pensé en mis moscas. Me pregunté si yo también tendría algunas guardadas en el hocico. Pensé, sin argumento alguno para sostener la afirmación: A rezo de culo limpio, habré de tener la boca puerca.
Alonso Millet es escritor y editor en Perpetuo. Quiso ser pirata: terminó jorobado, con lentes y entre garabatos. Le gustan las biografías. Fantásticas y eróticas nomás.





