«Ya no es mágico el mundo»
-Jorge Luis Borges, 1964.
Hace unas semanas—quizá meses, pero los pretéritos me agobian—compré una nueva televisión para mi apartamento. Fui víctima del consumismo, lo confieso; de las falsas promesas de una experiencia mejorada y de tener acceso a enemil aplicaciones de las cuales uso tan solo tres. Ha sido, por mucho, la compra más reflexiva que he hecho aún si, en su momento, fue por un vendedor bien informado que me sacó una oferta inesperada y yo, sumiso, no encontré un argumento válido para negarme. Sería poco decir que me sumió en una crisis de la que, a duras penas, me voy percatando de sus consecuencias.
Vino primero en una crisis de espacio. Hubo que reacomodar el departamento entero para que este rectángulo inmenso tuviera su lugar. (También desató una ola de limpieza donde tuve que esconder gran parte de mis revistas y llevarme gorras a mi cuarto, seguida por una ola de compras para acompañar que culminaron con un sofá nuevo, pero ya no quiero humillarme más ante las garras del capitalismo). Ahora, está al centro de una pared con los sofás acomodados de tal forma que guían hacia la tele.
Supongo que la conclusión de estos movimientos es que la casa gira alrededor suyo. Y no solo porque es lo más caro que poseo (bueno, después de ese maldito sofá); también por el espacio que ocupa y porque su función es la atención que llama. Esa crisis fue menor. Concluí que era natural tras examinar un par de recuerdos. Así fue cuando yo era niño y, en la cocina, los asientos codiciados eran esos que dejaban ver el televisor; aquel que le daba la espalda era meramente decorativo. También en mi cuarto, donde la televisión ocupaba el mayor de los espacios frente de mi cama. Y el de mis abuelas y el de mi padre y el de tantas gentes que he visitado, desde los dormitorios diminutos de la universidad hasta los más espaciosos de la vida adulta.
Así que ahí está el armatoste de foquítos. Lo tengo a un lado mío mientras escribo y me mira prácticamente desde todos los ángulos—en una de esas bromas cósmicas, incluso, mira hacia mi cuarto—.
Pasa, sin embargo, que está apagado. No vi motivo de contratarle una línea de cable ni ponerle una antena satelital. Si soy sincero, ni siquiera sé cómo se hacen esas cosas ni a quién llamar. Está conectada al internet y a las aplicaciones de películas que todos conocemos. O lo que es lo mismo y no me había percatado, esa televisión impulsiva pasa gran parte del día apagada. Si se prende es cuando decido poner algo para quitarme el estrés del día y navego a donde acostumbro—que casi siempre, estos años, es un episodio de One Piece—. Fuera de esos treinta minutos, está apagada.
Y pienso entonces en cómo ha cambiado el poder que tenía la televisión. Pienso en cómo hace años no veo un anuncio fuera de YouTube y, mucho menos, la canción de entrada de una serie. En cómo ahora decido yo qué ver y cuándo verlo de un catálogo casi infinito que nunca navego y, cuando lo hago, vuelvo a caer en One Piece o una comedia o algo conocido. Pienso, sobre todo, en que hay algo profundamente triste en esto.
Que es triste vivir en un mundo donde todo lo tenemos de inmediato y que basta con presionar unos botones y pagar una suscripción para ver la serie que deseas. Además, podrás verla sin anuncios o pausas. Si algo, tienes el control en la mano y puedes detener el flujo de contenido en un instante para ver el teléfono.
Qué triste es que ahora las series se pongan todas de tirón y que no haya un calendario predeterminado que dicte cuándo salgan. No porque la espera en sí se buena o porque sea yo un monstruo que no quiere ver todo Breaking Bad y saber qué le pasa a Walter White. Más bien por lo que esas pausas nos obligaban a hacer. Nos obligaban a esperar; a pensar. Nos hacían hablar con otras gentes y preguntar si habían visto lo mismo. De cierta forma, también, dictaban los momentos compartidos. Hacían que todos viéramos un dominio definido de series y que tuviéramos el espacio para hablarlas. Tanto en los comerciales, a los que iba construyendo el suspenso, como en los días que nos separaban del siguiente capítulo.
Y no, ya no existe eso. Ya no hay comerciales para pausar y preguntarle a alguien qué pensó. No hay días entre episodios para preguntar qué pasaría y usar la imaginación. Con un mar de contenido, incluso, son cada vez más raras las series que todos vemos y anticipábamos por los mismos comerciales que veíamos y nos convencían que valía la pena verlas. Lentamente nos perdemos de esos temas compartidos de los que hablar y solo rezamos que otros vieran los mismos memes que nos encontramos en nuestro celular.
Todo eso es lo que implica prender mi televisión; lo que implica el poder que nos da una sociedad de consumo interminable. Es el poder de prender la televisión sin una hora para apagarla; ya no puedo decir que a las nueve acaban los Simpsons o a las ocho los Padrinos Mágicos. Solo sé que hay otro episodio que ver. Otro video. Otro pedazo de contenido. Y yo elijo cuando empieza (quizá no cuando acaba).
No puedo más que pensar en cuán triste es la forma en que consumimos contenido hoy día. En cómo veo series que no discuto; que ya no hay jingles de productos que le repita a la gente; no hay esperas que agranden un episodio. Todo está ahí, al alcance, como la televisión a mi izquierda.
Quizá por eso está apagada todo el tiempo. Porque me aterran sus consecuencias. Quizá debería prenderla y disfrutar; pero ese disfrute también me aterra.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.




