«Hay momentos en que aquello que colocamos a los lados de nuestra vida y que parece que le servirá de marco entero—un imperio, un partido político, una fe, un monumento, o simplemente las personas que forman parte de nuestra cotidianeidad—se desmorona de un modo por completo inesperado, en el preciso instante en que otras mil cosas nos apremian».
Elena Ferrante, La niña perdida
Hace unos días, en lo que considero un error garrafal, borré todas mis conversaciones de WhatsApp. Podría hacer excusas—estaba tratando de crear un perfil de WhatsApp Business, a recomendación de un amigo; traté de restaurar mi copia de seguridad pero la aplicación me jugó en contra—; podría decir muchas cosas pero sería evadir el hecho. Lo ocurrido es que, por despiste mío—por no entender, del todo, cómo funcionaba la aplicación—perdí unos ocho años de conversaciones.
Perdí los mensajes que me enviaba con mi abuela, ahora que no está—y a pocos días de que se cumplan años de su muerte—; perdí los audios que me mando todos los días con mi madre y los mensajes con mis hermanas. Perdí, afortunadamente, una serie de mensajes vergonzosos del José Luis puberto y sus amigos; también, una biblioteca interminable de contenido político—todo falso—compartido por tíos en grupos familiares. Perdí, pues, gran parte del testimonio de mi existencia estos últimos años.
Lo primero que sentí fue un enojo profundo a conmigo. Le siguió una tristeza inmensa que, a mi sorpresa, se reflejaba inmediatamente a cualquiera a quien le contara la experiencia. En palabras más, palabras menos, todos expresaban algo de tristeza al escuchar lo perdido. No dudo que uno u otro fueran, acto seguido, a corroborar que sus respaldos de seguridad funcionaran adecuadamente. Siempre me hablaban con el tono apagado de la desgracia.
Supongo que hay algo ahí en ese consenso; algo que reconocer y que nos habla profundamente de nuestra naturaleza actual (ya no veo motivo de llamarla postmoderna). Nos hemos vuelto dependientes de una aplicación para guardar nuestras voces. Lo somos al grado que perder los mensajes significa una tragedia. Lo mismo perder los stickers—emoticones personalizados—que, sin percatarme, eran parte de mi alfabeto tanto como las vocales o la letra ñ; otra forma de expresar alguna emoción. Se pierde, sin exageración, una parte de uno.
Perdí todo lo anterior pero, también, parte de la voz mía escrita. La menos pura; la que difiere de esta, meticulosa—o aparentemente así—que practico en estos ensayos o la sincera de mi diario. Se ha ido una parte más sincera, he de creer; más cercana a cómo le hablo a mis amigos si me los encuentro en la calle. Sin cláusulas subordinadas; sin puntos y comas.
Me es inevitable pensar que esto es un problema de estos tiempos; que, en serlo, tiene algo que contar. Lo es en la perogrullada. Somos las primeras generaciones con acceso a mensajería tan instantánea y tan práctica que cabe en el bolsillo; también, la primera que puede borrar lo dicho sin tener que iniciar de nuevo la página o sufrir las consecuencias de interminables tachones. Pero también, lo digo en lo que está, en ello, implícito. Somos la generación que más testimonios dejará de su legado. La que más fotografías ha tomado y más videos ha grabado; por más que le duela a los vejestorios que añoran tiempos dorados, somos la generación que más ha escrito en la historia de la humanidad y cuyas palabras, hasta ahora, más se han preservado. Salvo momentos como el mío, serán cientos de miles (de millones, quizá), de gentes que preserven sus palabras para la posteridad. Si alguien las lee es una pregunta distinta.
Algo nos hará pensar que todo dura; que nada se va. Algo nos ha de influir en el actuar que nuestros mensajes estén en un éter y, con ellos, nuestras palabras. Tanto que no lo pensamos y solo sufrimos en los momentos en que, como los míos, desaparecen por un error garrafal.
No quiero merodear más en paralelos exagerados. Sí, se perdió evidencia de mis andares por la tierra. Misma evidencia que nadie ha tenido y que, seamos sinceros, aun si llegara a ser alguien de relevancia en un futuro—un presidente; un gran autor—, serán pocos los que lean. La tristeza no es generalizada, es personal. No es una guerra—si eso creyeron del título que puse a estas palabras, lo siento—; tampoco una hambruna. Pero sí es un dolor muy íntimo el de ver mis palabras desaparecer en un momento y saber que nunca volverán; el de entenderme como parte de la historia, diseñada para olvidar. Siempre he sabido que era el caso, pero ahora, también lo he vivido. Es sentir que se ha incendiado mi pequeña e inútil Biblioteca de Alejandría personal.
Supongo que esta es la parte donde me libero; donde siento alguna dicha de haber perdido el peso del pasado—o, por lo menos, me alegro al ver que mi teléfono tiene más espacio disponible—. No sé si es el caso. Sigo sintiendo algo de remordimiento y enojo a conmigo; la tristeza es latente. Tal vez se vaya y haya una lección profunda ahí, también. Algo sobre la paz que da sabernos olvidados y la inconsecuencia de nuestras acciones. De momento, eso me causa, sobre todas las cosas, una especie de terror además del lamento personal. Me preocupa que el tiempo pase y que yo, a mi sorpresa, no pase con él. Me aterra que me olviden como mi teléfono—o su memoria o la nube—olvidaran mis mensajes.
Me aterra que esto, tan personal, no signifique nada y que la vida continúe. Me aterra que nadie, en generaciones pasadas, sintiera este impulso de ver los detalles más inútiles preservados y me aterra que sienta, en mi deseo de lamentarlo, algo profundamente humano que no justifico más que con argumentos sobre el olvido ha mucho tiempo trillados.
Supongo esa es la experiencia humana. Sentirse parte de algo anterior a uno, por un lado y, por el otro, sentirse ajeno. Es perder tus mensajes de WhatsApp y lamentarlo aunque, muy en el fondo, sabes que estarás bien con ello.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.




