Una última carta de amor
“hola mi cielo”, empiezas.
La pluma, más pesada que antes, arrastra su tinta por el papel rehusándose a decir adiós.
“no te preguntaré cómo estás, porque las respuestas pesan más que los recuerdos. así como no quiero saber que ya me olvidaste, pero me dolería más si mi recuerdo aún te tortura.”
Piensas un momento, respirando entre párrafos.
“vengo a decirte varias cosas. en primera, felicidades por haberte quedado con mi corazón. aunque ya no te sirva, lamento decir que te lo tienes que quedar. empezaré de cero. me estoy reconstruyendo. así que no veo el porque tengamos que intercambiar incómodamente algo que ya no nos pertenece. nos hemos perdido y es hora de afrontarlo, ¿no lo crees?”
Sientes como su fantasma aparece a tu lado. Acariciándote los hombros. Como antes hacía para aliviar tu tensión .
“quisiera imaginar tu confusión al abrir esta carta. pero no puedo. te digo nuevamente, que no soy capaz de entender tus penas. sin embargo, siento un aleteo similar en mi estomago. no como aquel detrás de un beso escondido entre escalones, sino uno que me nació al ver como una historia escrita en dos años puede caber, tan delicadamente como polvo o ceniza, en un contenedor de quinientos gramos. de cómo vi a una niña de 17 años evaporarse en llamas a mitad de la noche”
El cielo se ve igual que ayer, aunque sea un día distinto. Tus mejillas se adornan con lágrimas, reflejando las estrellas. Es un adiós, sí, pero aún así pesa el recuerdo.
“quiero que sepas que no te odio,” continuas, “ no porque no lo haga, sino que ya no tengo espacio para hacerlo. sinceramente te deseo lo mejor, que tus sueños se cumplan aunque no me incluyan. que disfrutes toda la música del mundo tal y como tú sabes hacer. que nunca dejes de ver al amor de tu vida, así como me veías a mi.”
“ojalá también se la merezca como yo lo hice —en su tiempo ”
Sientes cómo de pronto el aire pesa menos y como su perfume deja de aferrarse a tu habitación.
Como dejas de sentir sus manos, y en su lugar tu piel capta el rozar de la ropa en su contra.
“se que dijiste que no me ibas a odiar, pero también se que es tú mejor estrategia para soltarme. se que el escribir no es tu amigo, así que no espero una respuesta en lo más mínimo”
“podré calmar las aguas, pero al mar jamás le lograré arrancar sus olas. somos como somos. no te pediré que cambies eso. lo único que sé, es que esto es un adiós. adiós de mi mente, de mi corazón y de mi espíritu. no lo hago por rencor o por ganar una carrera, lo hago para finalmente respirar.
ojalá tú también puedas.”
te libera y te agradece,
quien alguna vez fue tu Chinos”
Con esa última danza de pluma, caen lágrimas, no de resentimiento o tristeza, más que nada, de esperanza.
De que algo nuevo vendrá.
Este poema fue escrito por María Díaz para Perpetuo.



