Este cuento fue escrito por Michelle Bermúdez Betancourt para Perpetuo. Puedes leer más de ella al final del cuento.
I
Lluvia. Obscuridad. Estruendo.
Lo ignoraba; sin embargo, conocía el mundo más que cualquier otra persona a su alrededor. ¿Conocía o vivía?
¿Vivía? Esa es la verdadera pregunta.
Encarcelado en la eternidad del tiempo, vivía en muerte y moría en vida. Era imposible ver la diferencia. Claro que a los seis años de edad no sólo no pensaba en eso, sino que no lo hubiese podido entender.
Esperaba a que su padre terminara su jornada laboral, que comenzaba a las 11p.m. y finalizaba 5a.m. de cada viernes.
En la capital del país, afuera del antro de moda para aquellos cuya mayor preocupación del momento era tener la imagen y cartera suficientes—para así evitar ser humillados por el muy prepotente cadenero—, Juan se arrullaba con el llanto del cielo.
Intentaba ayudar a su padre aun sin lograr ganar la batalla contra el sueño. Recargado al borde de aquel portal que conducía a un mundo de vacío, indecencia y perdición para muchos, sostenía con fuerza la pequeña y nada extraña caja amarilla de mazapanes “La Rosa”, siendo esta su única esperanza y lo único que podía conectarlo con el desfile de jóvenes que se tambaleaba a su lado—la inmensa mayoría sin tan siquiera notarlo—.
Para las decenas de jóvenes que pasaron por ahí, Carlos no existiría nunca; afortunadamente, no sería consciente de ello: su sueño lo protegía.
Cierto, perdón. Juan, se llamaba Juan. ¿Realmente era su nombre? Quizá.
El hombre de mediana edad, jorobado, con ojos cansados, voz rota y gestos desesperados que sostenía la caja con cigarrillos, dulces y chicles, ¿era realmente su padre? Quizá.
¿Importa? Probablemente no. ¿Por qué importaría algo que no tiene sentido? Algo que no existe.
Al final es una historia más; una milésima de segundo en la inagotable vida del universo.
II
Lo común aburre, lo ordinario deja de sorprender. Cuando la realidad se convierte en una fotografía de rostro homogéneo, la luz desaparece de toda mirada; no hay matiz, no hay sentir. La respiración propia se vuelve el escenario único y central mientras todo lo demás pasa a ser nada más que aire. Sin embargo, ni siquiera lo que se esconde a la vista puede ser ignorado por completo. Inclusive el aire, tan invisible, silencioso y ligero, con un solo soplo es capaz de imponerse a la existencia y destrucción enteras de cualquiera.
III (I)
Con la fuerza de un tambor, Laila gritó mientras se derrumbaba en la acera a tan solo quince pasos de Juan. Siempre recordaría, entre sombras, el grito de aquella chica de voz chillona, quien a pesar de su rodilla sangrante continuaba riéndose con sus amigas, como si nada hubiera pasado. No había dolor, no había pena.
Cuando Laila subió a su camioneta—o, mejor dicho, la subieron, entre gritos y burlas—, Juan apenas comenzaba a ver de nuevo con claridad. La noche ya no era obscura; sin embargo, la mañana aún se preparaba, tras bambalinas, para su gran entrada. Durante ese momento, en el que el día y la noche se besan sin enamorarse, el papá de Juan le dio la mano y, en silencio, emprendieron el viaje de vuelta a casa. Se dirigieron durante diez minutos—con sabor a mil—hacia la estación del metro Sevilla. Viéndose en la necesidad de esperar a que la estación abriera, se sentaron en las frías y pálidas escaleras, uno al lado del otro.
Para entonces, Laila ya descansaba en su suave cama disfrutando de un sueño bastante agitado que terminaría por borrar su memoria. Al día siguiente, ni siquiera recordaría cómo fue que se lastimó y mucho menos al señor que tiró e ignoró en el proceso.
Juan levantó la vista para encontrarse con la mirada, si bien cansada, aún brillante de su padre. Tras observarlo un par de minutos, se inclinó, recostó su cuerpo entero sobre el nada limpio escalón, recargó su pequeña cabeza sobre las piernas de su padre, cerró los ojos y regresó a dormir. Él también descansaba en una de sus muchas camas en la Ciudad; sin embargo, no existiría fuerza alguna que le hiciera olvidar. Por el contrario, sus recuerdos lo perseguirían por siempre.
IV (II)
Hay miradas que iluminan y cambian la vida. Hay momentos que parecen insignificantes; sin embargo, se convierten en el sello de cada uno de nuestros recuerdos. Dentro de cada respiración existe toda una realidad silenciada que se esconde tras la obscura ceguera de la indiferencia. Qué distinto sería este mundo de mundos si lo ilumináramos con miradas y no con el eterno resplandor de millones de estrellas; estrellas que ya no son y nunca serán porque decidimos no ver, no atender y no entender.
Michelle Bermúdez Betancourt. Licenciada en Gobierno y Economía por la Universidad Panamericana. Es columnista, analista, consultora y asesora política y económica. Igualmente es colaboradora en el programa Tiempo de Negocios de El Heraldo TV. Ha colaborado con distintas organizaciones civiles en un esfuerzo por fortalecer la democracia en México y América Latina. Es autora del cuento Libertad Dual premiado y reconocido como trabajo sobresaliente por el Instituto Nacional Electoral.



