Venecia no existe
Llegué por la tarde a Santa Lucía. Venezia Santa Lucia. Éramos pocos en el tren. La mayoría llega por la mañana a la función—entre las nueve y las once—. Los rezagados, como yo, vienen saltando de ciudad en ciudad; pasaron las primeras horas del día en Verona o Trento, vaya uno a saber.
En el andén, caminando delante mío, hay una pareja coreana (de rasgos asiáticos, por lo menos). Pulcros, impecables. El vestido negro de ella, combinaba encajes y corsette en un aggiornamento singular como esos atuendos de baile europeo del siglo XIX. Con la cámara frontal de su celular revisa su peinado meticulosamente, gira levemente la cabeza, una vez a la izquierda, otra a la derecha, manteniendo los ojos fijos en la pantalla, revisando su perfil. Luego toma la mano de su compañero, uniformado en el mismo color, y marchan a paso rápido por el andén. Temen llegar tarde. Parecían abandonar un camarín, listos para el rodaje.
La salida de la estación es un caos pintoresco. Los turistas ven el primer canal veneciano de su vida y se avalanchan para la foto. En la explanada que separa los escalones de la terminal, por un lado, y el agua arremolinada por vaporetti, lanchas y barcos, por otro, están los inspectores. Hace poco la ciudad de Venecia impuso una tarifa de cinco euros para los turistas de un solo día en la ciudad; para los que buscan un affaire fugaz con ella. Frenan a algunos entusiastas y les piden el comprobante del pago por su entrada. Se supone que con esto pretenden limitar el turismo masivo que trae innumerables problemas. Claramente no sé cómo se veía antes esta explanada. Pero si esta medida está siendo efectiva, no lo estaría notando.
Decido ir a Piazza San Marco caminando. Ya habrá otro día para góndolas. La idea es perderme un poco por los laberintos de islas y ponti. La idea termina convirtiéndose en necesidad–para respirar un poco de las hordas de turistas—. En las calles principales deambulan y se amontonan de a miles siguiendo la corriente. Siempre hay dos rebaños gigantes que se mueven en direcciones opuestas, unos van, otros regresan. ¿A dónde? Los carteles rezan “Per Rialto” o “Per S.Marco” y marcan el camino del que nadie se sale. No parece haber curiosidad por fuera de lo indicado. Muchos se aseguran de sus movimientos confirmando la ruta en Google Maps o en la guías de TripAdvisor. De vez en cuando me meto en un callejón vacío a tomar un respiro y estirar los brazos. Contra el romanticismo de los que venimos lejos, no son fotogénicos, algunos están en notable abandono. Otros son residencias de estudiantes, con el desorden del día a día, de la vida corriendo de fiesta en fiesta. No son atractivos para una visita de diez horas por Venecia, aunque también sean Venecia.
La marea turística me arrastra, inevitablemente, hasta Piazza San Marco. Cae el atardecer ocre sobre la fachada de la Basílica y el Campanario.Vendedores ambulantes, todos del subcontinente indio, ofrecen los mismos objetos por todo el ancho y largo de la plaza. Manteles y pañuelos producidos en serie, con los mismos cuatro o cinco diseños en arabescos y tramas coloridas. Remeras estampadas con diferentes arquetipos locales y grotescos “VENICE” escritos sobre ellos. Los imanes abundan, no solo de Venecia, sino que también se consiguen de Roma, Pisa, Palermo, Milán…¡Hasta tienen de Berlín o Amsterdam, todo en un mismo lugar!
Los turistas se entregan al vini, photo, vinci. Caminar hasta el monumento, darle la espalda, sacarte la foto, revisarla (sí, salí bien) y seguir al próximo. Vamos completando el check list para que la multitud—la de nuestras redes sociales—sepa que estuvimos ahí. No hay lugar para la contemplación. No hay tiempo, mejor dicho. Si no puedo sacarme fotos en todos los hitos, ¿puedo decir realmente que estuve allí? No importa si le doy la espalda a lo que admiro. Los caballos de San Marcos o los moros en la Torre del Reloj no pueden dar testimonio de mi presencia allí. Mi cámara sí, a ella miro. Pocos se percatan de los Tetrarcas, pétreos y mudos, en la esquina del Palazzo Ducale. Pocos miran con detenimiento, una por una, las piedras engarzadas en el Pala d´Oro.
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El colmo lo conocí por la noche. Cerca del Ponte di Rialto. En un cartel se lee “American Sandwiches”. Y así, cerré el círculo en mi cabeza. Algo me angustiaba. Un mes antes, pasando por Interlaken, había comenzado a sospechar. El pueblo (ya no tanto) de los alpes suizos estaba un paso más adelantado que Venecia. Concurrido principalmente por turismo indio y de Medio Oriente, los principales locales gastronómicos contaban solamente con avisos en árabe e hindi. Y por supuesto, en la avenida central funcionaba un Hooters, como para que los norteamericanos no extrañen Nueva York o Cleveland.
El avance de la subasta de la identidad al mejor postor era visible. Algo dentro de mí empezaba a preguntarse si el turismo masivo era un problema a combatir.
Sería hipócrita de mi parte, creo, ya que sin esta industria no sé si sería posible para mí estar en Venecia. Al fin y al cabo necesito un hostel, comida barata y paquetes de transporte accesibles para turistas. Y el turismo masivo también da mucho trabajo. Uno no puede juzgar la sed con que otro bebe. También sería utópico anhelar la antítesis, la Venecia virginal. La imagen ideal de góndolas, canales y carnaval no existe por fuera de las fotos. Hay de todo, lo sé. Si uno quiere buscar esa imagen en la realidad nunca la encontrará. Siempre está un paso por delante nuestro. Cuando el turismo masivo llega, esta ya se fugó. Y cuando el turismo no llegó, esta no existe. Así parece funcionar.
Sin embargo, la uniformidad de la globalización absoluta pone en peligro lo que, paradójicamente, esta vino a acercarnos. ¿Qué mejor que vuelos más baratos, transportes más rápidos y mayores comodidades para conocer todo el mundo? El problema se da si todo el mundo se vuelve igual. En Las Vegas tengo canales y góndolas. En Venecia tengo “American sandwiches” y smoothies.
La solución es buscar el justo medio. Uno no puede negarse completamente a los influjos del afuera, porque la Historia no funciona así. Pero sí lograr una síntesis que mantenga la esencia local, que no deje cascarones vacíos. No es gratis. Implica renunciar a comodidades, a probar cosas nuevas, a reconocer el otro lado de la moneda. Estas líneas son, más que nada, un llamado al turista contemplativo que se lleva más de lo que trae.
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Por la noche cruzo de vuelta el Puente de la Libertad hacia el continente. Me bajo del tren en Venezia Mestre. Poco va a encontrar uno en ese lugar más que terminales de ómnibus y colmenas gigantes de hormigón. Estos complejos de hostels enormemente funcionales sirven de puesto de recarga para el próximo día. Intento conciliar el sueño en mi habitación de cuatro camas, apiladas en pares, y un baño. Mi compañero de abajo, que no esboza palabra, pasa toda la noche scrolleando en su celular. Así estaba cuando llegué y así seguía cuando me fui por la madrugada.
Decidí rendirme ante el insomnio. “¡Estoy en Venecia, carajo!”, pensé. Si no iba a dormir, por lo menos tenía que aprovechar para conocer más aquellos canales. En media hora hago el recorrido desde mi hostel, pasando por Mestre y Santa Lucia. Estoy más apurado que cualquier turista del día anterior. Quiero ser el primero en San Marco. Hoy no hay tiempo para caminar. Me subo a un vaporetto, el número cinco. El motor arranca y en la popa, donde me encuentro, la estela blanca deja Santa Lucia detrás.
No nos movemos por el Gran Canal, sino que rodeamos la isla por fuera, por su cara no comercial. Mis compañeros de abordo no son turistas. Son operarios, puesteros, arlequines y actores, listos para comenzar la función que se prepara tras bambalinas. En las paradas se sube y baja mercadería, utilería necesaria del día a día. Imagen llamativa que desembarca, en su mayoría, en las cercanías de Piazza San Marco. Son recién las siete y media de la mañana.
La plaza está vacía. Pocos valientes llegaron con la aurora. Las palomas andan libres. No es como en la tarde, cuando algunos las atraen con comida, para usarlas como carnada de turistas en busca de fotos; fotos que, por supuesto, se cobran. Yo mismo saco un par de una Venecia desolada y luego me decido por tomar un café.
Lugar hay de sobra. No existe todavía una sola mesa ocupada en toda la plaza. Muchas todavía tienen las sillas inclinadas sobre ellas. Me siento en la esquina de un cuadrante de, al menos, treinta y seis mesas que el Bar Palazzo Ducale dispone al aire libre.
– Un caffè e due cornetti, per favore.
– Anche succo?
– Ok, va bene.
El mozo, todavía vestido de jeans y campera gastada, vuelve al local. Me dio gracia su cara de sorpresa al ver un comensal tan temprano. El guión no lo preveía.
Unos minutos después volvió, de esmoquín y sonrisa cómplice, trayendo mi pedido y el jugo sugerido. Mi vista era la fachada de la Basílica, en las sombras, con el sol asomando lentamente por detrás. Hermosa imagen. Lo más cercano a la Venecia pura.
Pero si lo original está en la soledad de esa plaza también estamos en problemas. No puedo encontrar respuesta a mis pensamientos cuando ya veo los preparativos del primer acto. Algunas personas empiezan a amontonarse en la entrada de la Basílica, en una ordenada fila que unas horas después, religiosamente, termina dando toda la vuelta al Palazzo Ducale.
Aparece la primera novia completando su book de fotos con el Campanario de fondo. Los primeros vendedores ambulantes comienzan a desembolsar sus imanes de Venecia, Bolzano y Verona. Pago la cuenta, un “ciao!” y me dirijo a integrar la fila que se empezaba a formar cruzando la plaza.
El sol ya se veía claro. El escenario, iluminado y listo.
Esta crónica fue escrita por Franco Occhipinti para Perpetuo



