Este texto es parte de Los anteojos, nuestra newsletter de coyuntura. Cada semana, comisionamos dos crónicas de temas que todo mundo habla pero nadie te explica. Para recibirla en tu correo:
Los aplausos se escucharon por todo el avión apenas aterrizamos del vuelo Panamá-Caracas. Que yo recordara, en Venezuela nunca existió la costumbre de aplaudir al aterrizar. Quise confirmarlo con mi mamá. Habían pasado once años sin que yo fuera de visita, pero la encontré igual de conmovida: «Imagínate cuántos venimos después de tantos años, hay mucha emoción». En la fila de abordaje habíamos hablado con otros cuatro venezolanos que, como nosotras, regresaban a visitar a la familia después de años de ausencia. Había una simulada luz de reencuentro aquel 13 de junio.
Cruzar migración fue extrañamente fácil: sin carteles de propaganda a la vista, sin interrogatorios para confiscar pertenencias personales, ni agentes revisando el equipaje. En mi maleta cargaba cámaras, una grabadora, una botella de tequila, botanas y dulces mexicanos. Nadie me quitó nada, nadie se molestó siquiera en preguntar.
Mis ojos buscaban el piso del aeropuerto diseñado por Cruz-Diez; quería que esa fuera la primera foto de mi llegada, pero estaba desorientada: los azulejos que pretendía encontrar estaban del otro lado de la terminal. Dejé la foto pendiente para el viaje de vuelta en dos meses, cuando regresara a México al terminar mis días de visita a la familia entre Caracas, Barinas y Mérida. Ese día nunca llegó. La sacudida que la naturaleza preparaba para los días siguientes traería consigo —de un solo apagón— la realidad del país herido en que nací y que tuve que dejar ir a mis cinco años, rumbo a México.
Al día siguiente de mi llegada vino mi abuela desde Barinas. Nos quedamos una noche en La Guaira para recibirla por la mañana. Se sentía un aire húmedo caribeño que se combinaba con el asfalto caliente y el olor a gasolina —la gran bendición y maldición de Venezuela—. Entre el hotel, la arepera y el camino de vuelta al aeropuerto, me comí una empanada de queso, me tomé la primera malta bien fría y recibí los primeros «mi amor» del viaje. Sentí que por fin estaba en el lugar donde, de forma inexplicable, deseaba estar desde hacía años.





