
Este texto es parte de Los anteojos, nuestra newsletter de coyuntura. Cada semana, comisionamos dos crónicas de temas que todo mundo habla pero nadie te explica. Para recibirla en tu correo:
Guillermo apareció de la nada.
Hacía unos minutos el mundo se había detenido. Estaba ahí en su motocarro, pequeño vehículo que usan en mi país para transportar cosas que no requieren mucho espacio. Generalmente, mueven chatarra y escombros. Ahora que lo pienso, parece ironía o una jugarreta del destino, no sé.
En ropa de dormir, con sandalias de alguien que encontré en el camino y de la mano de mi hijo de 18 años, aún en calzoncillos y a pie limpio, como decimos en zonas costeras, nos atravesamos en la vía con el propósito único y perentorio de no permitir que el vehículo avanzara sin nosotros.
Sin más remedio y con buena voluntad, Guillermo aceptó llevarnos al encuentro con la madre y la abuela. Según decían, del edificio no quedaba nada.
El pasado lunes, un terremoto de magnitud 7.4 azotó el oeste de Colombia. El epicentro fue en la región del Chocó; se sintió en las inmediaciones de Cali, la tercera ciudad más poblada del país, Manizales y Pereira. El movimiento fue tal que llegó a sentirse incluso en Bogotá.
Al momento de escribir esta crónica, se registran más de 200 muertos y cientos de heridos por el temblor.
Lo viví en carne propia. Así conocí a Guillermo.
En ese carro diminuto, donde parecía caber el mundo entero, recorrimos sectores de Pereira, casas, edificios, centros de salud que antes posaban erguidos, se sumían ahora en la banal desgracia del desaparecido.
—Ni Houdini se atrevió a tanto—pensé.
Cuando ya era imposible avanzar porque el caos y el polvo se apoderaban de todo, decidimos bajar y, sandalias en mano, correr y correr.
Tantas veces cruzamos esa puerta, pero pocas como ahora, con esperanza de encontrar vida donde creíamos que ya no había. Se veía inmensa, como cuando Daniela se pegaba a la baranda a comprar un helado de cien.
La vi, en medio de sillas Rimax vacías. A sus 81 años parecía un ser mayor, su cuerpo permanecía, pero la mirada, el calor de sus manos y un pedazo de su alma estaban ausentes. Nos abrazamos y lloramos. Entre la confusión, no reconoció en mí a su hija; por poco, yo tampoco reconocí a mi madre. ¿Cómo sostenerla, si ni yo misma me sostenía en pie? ¿Cómo cuidarla sin saber cómo? ¿Cómo reírme de su diente caído si a mí ya el alma se me había caído hacía rato?
Un periquito, pequeño loro del trópico, fue testigo del encuentro y de las preguntas. ¿Dónde estaba mamá? ¿Cómo salió? ¿Por qué está cubierta con tierra? Algunos empezaron a tener señal en sus teléfonos y nos interrumpían con un grito.
—7.4 fue terremoto, la ciudad está destruida—dijo uno.
—Fue 6.4—dijo otro.
—Aquí dice Google y él no miente.
—Pregunten a ChatGPT.
Sirenas. Humo. Lamentos. Una ciudad ruidosa y alegre ahora postrada. Nietos, hijos, yerno, uno a uno fueron llegando en moto, en carro, a pie… volando, diría otro. Abrazos largos y sollozos eternos. Amigos y familiares que no aparecen, tal vez no lo hagan.
Sesenta minutos antes, el terremoto golpeó con furia la ciudad. Sectores acostumbrados a los movimientos telúricos, como el colector Egoyá y el centro de Pereira, volvían a ser azotados. Esta vez, la línea que atravesó y cercenó con fuerza fue más lejos. Ya no eran dos o tres los barrios afectados; eran decenas. Más que una ciudad, fue un mosaico de regiones.
Como zombies salidos de una película de terror, se hablaba ya de muertos por decenas, gritos de auxilio debajo de los escombros y heridos que llenaban los parqueaderos de centros hospitalarios que, desplomados, se negaban a atender a los pacientes ante la ausencia de camillas y personal.
En busca de calma o de angustia, caminé por el barrio donde crecí. ¿Cuál barrio? El de antes era diferente: los murales, bares y panaderías que abrían veinticuatro horas habían reemplazado las ventas de solteritas, sabrosos pasteles color naranja chillón rebosados de crema dulce, los raspados o copos de nieve con leche condensada y el algodón de azúcar. De aquello y de lo nuevo no quedaba nada.
Flores de cartón o «Gyplac» y el drywall que usan para hacer llamativas sus fachadas, ahora inundaban las calles que, con vidrios y cristales, creaban el efecto de un pueblo garciamarquiano en el borde de la catástrofe. Casas en el suelo, gente acomedida que empujaba puertas para sacar a la viejita que sabían que vivía sola; al gato, al perro, al que gritaba auxilio. Algunos barrían. Muchos lloraban solos, cogiéndose la cabeza y caminando en círculos; otros ya eran parte del viento que destrozó a Macondo y aún no lo sabían.
Necesitaba valeriana, alcohol y agua.
Anduve bastante y encontré lo mío. Ni el dependiente sabía cuánto costaba ni a mí me importaba. Ambos dijimos que, si alguno le quedó debiendo al otro, un día nos veríamos de nuevo. Ojalá así sea.
Me ofrecieron un aguardiente propio de mi tierra. «A la salud de la vida», pensé, y empujé pa’ dentro, como decimos los de esta montaña necia y juguetona que ayer «se alzó la bata» y trajo la tragedia.
De la casa de mi adolescencia se salvaron tres ángeles gigantes—ecuatorianos ellos, que adoraba mi mamá: San Rafael, San Miguel y San Gabriel—, una virgen sin cabeza y la foto de mi padre el día de su atentado. Lo demás lo vimos, como todo lo moderno, por un video y a través de WhatsApp.
Ella, mi madre, cree que volverá a su casa; nosotros, sus hijos, sabemos que no será así. Ayer, a las 7:34 de la mañana, se despidieron: ella de su casa y su casa de ella, para siempre.
Escribo distinto sin pensar. Oigo sirenas y, luego de haber pernoctado en un lugar lejano en calma, ahora estoy en la ciudad. Regresé al caos, al miedo, a mi hogar, al undécimo piso donde esperaban zapatos regados no sé por qué, más de cuatro tazas de café que seguro empecé a tomar ayer, las grietas, la manta nueva y ahora manchada, un PlayStation prendido que me va a enloquecer, otra virgen sin cabeza y la angustia de no saber qué pasará en una hora, en dos, en tres…
Esto lo escribo desde un celular que se queda sin batería cada cuanto, y que cargo cuando por fin llega por un momento la luz.
A la virgen sin cabeza y a los tres ángeles les pido que el internet funcione y llegue a su destino.
Ana Cadavid (Pereira, Colombia) es autora, profesora y periodista. Ha recibido el premio Isabel Allende y Autor de éxito por su novela Casa Grande.



