Y entonces, mi lengua se acostumbró a tu idioma, tu
respiración casi musical se armonizó con el tempo de mis
latidos.
Tus huellas dactilares se empalmaron con mis esquinas y
dobleces.
Las energías pulsantes y embriagantes
se alimentaron una de la otra.
Mis ojos memorizaron cada uno de tus matices;
cada rincón y pasillo tuyo.
Lloviste.
Mi flora se nutrió de tu rocío y mi sueño…
paulatinamente
se coordinó con tu temperatura.
Marina Garza es una joven mexicana de 21 años; hija de inmigrantes venezolanos. Desde pequeña mostró una inclinación natural por la escritura—antes de saber escribir, dictaba sus historias a su mamá para que las plasmara en papel—. Para Marina, escribir es una forma de descubrir los colores ocultos de cada persona, esos que se revelan solo cuando se transforman en palabras plasmadas en papel.



