¿Y qué hacemos con los tibios?
Carta desde Bogotá; tras las elecciones de primera vuelta en Colombia
Este ensayo fue escrito por Sarah Díaz. Puedes leer más de la autora y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final del texto.
Era sábado 24 de mayo de 2026, en una semana, los colombianos saldrían a las urnas y votarían, en primera vuelta, por su presidente. Es esa semana rara entre el día de la madre y el inicio del mes de las vacaciones de mitad de año, cuando los colombianos todavía están pagando las deudas de las flores, los regalos y la salida a almorzar. En Bogotá los trancones transcurrían como cualquier sábado (o cualquier día de la semana para ser más exactos) y en los pueblos la gente tomaba tinto en la puerta de la tienda. Los candidatos realizaban su cierre de campaña, reuniéndose con sus votantes para dar los últimos mensajes.
Así lo hizo Paloma Valencia, quien, hasta entonces, representaba la esperanza de la centroderecha moderada. Llegó rodeada de su familia. Sonriente, en traje blanco; una hora dentro de discursos, aplausos y vitores, pasa el micrófono a su hija Amapola y pregunta:
—¿Con quién estás?
La niña de 9 años no contesta. Se ve cansada, molesta, sin emoción, incluso apática. Su madre, ante su silencio, intenta ayudarle:
—Con Paloma—le susurra.
Ella sigue sin contestar. Murmura algo. Su madre, de nuevo, insiste. Le pide que diga «¡Vamos a ganar!». La niña le contesta
—Pero ¿y si perdemos?
—¡No vamos a perder!—le contesta Paloma, ante el eco silencioso de las palabras de su hija que resonaban en las paredes del recinto y en las mentes de los votantes.
Muchos de los que vivimos en Colombia conocemos muy bien su historia política, cómo ha estado permeada por la violencia desde la independencia, la gravedad de los conflictos internos y las disputas entre partidos. En el siglo XX, Colombia vivió una polarización bipartidista tan extrema que la identidad política era casi genética: se nacía liberal o conservador, igual que se nacía con un apellido. Ser de centro se consideraba como traición. Identificarte con un partido no solo era cómo votabas, era cómo te vestías, a qué iglesia ibas, con quién se casaban tus hijos, en qué tienda compraba tu familia. Cambiar de bando, o aún peor, no tener uno te podía costar la vida.
Aunque desde la entrada en vigor de la Constitución de 1991 es más fácil crear nuevos partidos y participar en política, la pluralidad nos duró poco.
En la última década estas tensiones entre los extremos han vuelto, pero con diferentes nombres y expresiones. Al ir a una cafetería a hablar con tus vecinos pasamos de escuchar: “Liberal o conservador, pero no sapo” a expresiones como «¿No eres petrista ni uribista? Entonces eres tibio»; «Cómo vas a ser de centro, si el centro en Colombia no existe.»; así la lógica rematada por un creativo refrán moderno: «tibio ni el café».
En Colombia parece una tarea imposible estar en el centro. La división en el país siempre ha sido común en más temas de los que recuerdo, desde el conflicto armado y el proceso de paz hasta la política de drogas. Estos choques son más visibles en los círculos que me rodean en época de elecciones. No importa cuántos proyectos de centro surjan, normalmente son aplastados por el “voto útil” y la polarización. Así les ha pasado a cientos de candidatos en elecciones nacionales y locales.
Al final la hija de Paloma Valencia tuvo razón. Perdieron.
El resultado fue contundente. Las posiciones de izquierda y derecha obtuvieron el 40.9 y 43.7 por ciento de los votos respectivamente, mientras que “arrastrando a los tibios” quedaron Sergio Fajardo (de centro) y Claudia López (de centroizquierda) que en conjunto reunieron menos del 5.5% de los votos. Paloma Valencia, con su apuesta por el centro, quedó en un distante tercero: 6.93%; con más de ocho millones de distancia contra el segundo.
Las personas no se identificaron con Paloma que, le apostó por acercarse a los votantes del medio, por intentar hacer algo con los tibios y ganárselos, mientras los dos candidatos que arrasaron con los votos hicieron todo lo contrario y le apostaron a los extremos, esto llevó a que los colombianos votaran a favor de dos voces opuestas.
Por la izquierda, el senador Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico, representa la sucesión del presidente actual, Gustavo Petro. Por otro lado, Abelardo de la Espriella, abogado representando la extrema derecha.
Pero para entender qué pasó en esta primera vuelta, hay que entender a Paloma Valencia.
Valencia es senadora del Centro Democrático—partido de derecha, (a pesar de tener la palabra centro en su nombre) asociado con el expresidente Álvaro Uribe famoso por sus posiciones duras contra las guerrillas y el conflicto armado—. Es hija del exmandatario Ignacio Valencia López. Sus estudios e ingeniosas respuestas en debates en el Congreso la llevaron a tener un gran apoyo popular en las encuestas antes de empezar la contienda electoral. Venía con varios metros de ventaja. Durante la campaña se identificaba como “la candidata de Uribe”, un rostro con mucha historia y peso político que le daba una base con la cual trabajar. El uribismo es un bloque fuerte en Colombia; eso no significa que la seguirían a ciegas, aún podía perderlos. Y lo hizo.
Aunque viene de la derecha, Paloma no es la más a la derecha de su partido. En lugar de ir sola con su partido, ganó la Gran Consulta por Colombia—un pacto entre partidos, predominantemente de centro y centroderecha, por nominar un solo candidato que hiciera frente a la izquierda, consulta realizada a la par de las elecciones legislativas—. Su partido fue el segundo más votado en el Congreso. Con margen de crecer en su nicho, se encontraba muy pareja con el otro candidato de la derecha, Abelardo de la Espriella, quien se abstuvo de la Gran Consulta. Sin embargo, como dice mi mamá: el que mucho abarca poco aprieta.
Paloma le apostó al centro para hacerse con los votos que no se identificaban con los extremos. Tras la Gran Consulta, Paloma nominó a Juan Daniel Oviedo como su candidato a vicepresidente. Encargado del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) durante la pandemia, perteneciente al Concejo de Bogotá y siendo el segundo más votado en la consulta, Oviedo acepta. Un candidato más progresista que Paloma. Un hombre homosexual que basó su campaña durante la consulta en “ser de centro”. Ese discurso ganó el voto de muchos, convirtiéndolo en la sorpresa de la jornada y la sorpresa, también, del Centro Democrático.
Aunque se veían bien en las fotos y en las redes, aunque la idea de unificar los centros cuadraba… para los ciudadanos, eran una pareja dispareja; una alianza mal articulada. Los votantes resaltaron la incoherencia de Oviedo, que durante su propia campaña a la presidencia abogó por ser un candidato que no se une “a los de siempre” y que al final terminó haciéndolo; notaron los debates entre ellos mismos en vez de con los otros candidatos. Paloma anunciaba al expresidente Álvaro Uribe como Ministro de Defensa; Oviedo se oponía. Paloma estaba a favor de unas cosas, Oviedo de otras.
De todos los roces entre la dupla, destaca uno grabado para la posteridad.
Sentados enfrente del entrevistador de la Revista Cambio, Juan Daniel explica muchos de los prejuicios de la campaña.
—Cuando Paloma dice familia, entonces automáticamente todo el mundo lee … la de macho y hembra, la de hombre y mujer.
—Digamos —le pregunta el entrevistador a la candidata, dirigiendo su atención a quien quiere ocupar la presidencia—¿Su concepción de la familia puede ser de dos hombres?
—Sí, puede ser de dos hombres— responde ella, mientras niega con la cabeza — claro que sí, nosotros reconocemos eso…
—Y esos dos hombres, — interrumpe el entrevistador— ¿usted está de acuerdo con que adopten niños?
—Yo no estoy de acuerdo con la adopción gay —dice con un tono de voz más suave, inseguro, mientras Oviedo la mira de lado, bebiendo un vaso de agua.
La sorpresa.
—¿No está de acuerdo?
—No
—O sea, usted no estaría de acuerdo con que Juan Daniel adopte un niño.
—Me cuesta…
Paloma titubea, duda, vuelve a empezar— yo… yo… yo lo digo claramente no.. no.. no estoy de acuerdo porque yo creo que ahí prevalece… —las palabras se le enredan, por un momento parece que va a decir la familia tradicional — … el niño.
Ahí la tensión. El entrevistador reformula las palabras de Paloma y vuelve la vista a Oviedo.
—Juan Daniel, oyendo eso ¿qué opina?
—Yo estoy en oposición a eso. Yo creo que sí existe la posibilidad, y hoy en Colombia está habilitado…
— Paloma lo mira fijamente, casi intentando rezar para que Oviedo logre salvar la situación.
Ahí empezó su debacle.
Muchos de los votantes de Abelardo afirman que, a pesar de ser de derecha, no se sienten representados por Paloma y el uribismo, por lo tanto, no votarían por ella. Sin embargo, los votantes del uribismo, por su parte, sí votarían por Abelardo de la Espriella para vencer a la izquierda y al “comunismo” (aunque Iván Cepeda no es comunista). La lógica se popularizó y nació la espiral. Muchos, buscando al candidato más fuerte contra la izquierda, se movieron a votar por Abelardo para “asegurar” ganarle a Cepeda -más ante el miedo de una victoria en primera vuelta de dicho candidato-.
Paloma pasó de crecer a intentar defender los votos que todavía tenía. En la campaña, vieron las encuestas preliminares y se confiaron. Paloma buscó ser la candidata del voto útil argumentando que era la única que le ganaba en segunda vuelta a Iván Cepeda.
Pero el argumento no cuajó. Detenido por el crecimiento de Abelardo y el peso de lo tradicional.
Paloma sufrió del síndrome de la “cobija corta”, es decir que, por tratar de llegar al “centro” con Oviedo como fórmula vicepresidencial, dejó descuidada la extrema derecha; por volver a buscar la derecha, los posibles votantes de centro la dejaron. Las encuestas pasaron de estar cerca con Abelardo de la Espriella a dejar a Paloma por lo bajo; de tener el 14% de la intención de voto a apenas tener el 6%.
Vuelvo, así, al cierre de campaña.
- “Ganamos votaciones, no encuestas”, decía Paloma durante las dos últimas semanas antes de la primera vuelta.
—”Pero ¿y si perdemos?” - Resonaban las palabras de su hija en las paredes del escenario del Movistar Arena en el cierre de campaña en Bogotá
Al final, no supo qué hacer con los tibios. Quedó el cascarón sin una idea programática, sin una base política y sin votantes.
Pasadas las cuatro de la tarde del 31 de mayo, Paloma admite la derrota. Declara su alianza con Abelardo de la Espriella, candidato que ella misma criticó y por el que fue criticada de vuelta. Su fórmula, Oviedo, rompe relaciones con ella; se sostiene en no apoyar a ningún candidato. Volvemos a donde todo comenzó—al siglo XX—: una pelea entre extremos. Fenómeno que se une a muchos otros procesos electorales recientes en Latinoamérica.
Colombia se encuentra dividida en dos, izquierda o derecha, Cepeda o Abelardo, Paz Total o Seguridad Total con Mano Dura, misma historia del 2022, y el plebiscito del 2016, mientras nos jugamos la institucionalidad del país. Al final, me gustaría creer que todos queremos lo mismo: un país diverso, con buena economía, empleo para todos, seguridad y el fin del conflicto armado. Solo que las vías para conseguirlo son distintas y es allí donde equidistan los partidos, los candidatos y asimismo, las personas.
Ahora la contienda está entre los de derecha y los de izquierda para recoger los votos de centro. Ambos lados han insultado a “los de centro” por ser tibios e ignoran que los votos de aquellos que insultan son los que van a necesitar para ganar la carrera a la presidencia. Es claro que los candidatos ya alcanzaron “su techo” y quien gane será quien haya logrado decidir “qué hacer con los tibios”
Quienes ya tienen un candidato seleccionado buscan a sus amigos tibios para persuadirlos de que su candidato es la mejor opción, dicen que Abelardo ganó en marketing, que Cepeda ganó en propuestas, las redes sociales están infestadas de noticias disfrazadas de análisis para convencer a los indecisos, mientras que los tibios ven desde otra perspectiva la contienda electoral al manifestar que las necesidades del país no responden a uno de los dos extremos, que votarán en blanco, haciendo que los clasifiquen de mil maneras en redes.
A tan solo unos días de las votaciones, el tiempo de convencer indecisos terminó, no hubo campaña, no hubo debates entre los candidatos, ni sus vicepresidentes, solo ataques vacíos en redes y aun así es una segunda vuelta que ha estado más tensa, más visceral y más incierta que antes. El 21 de junio saldremos todos nuevamente a las urnas a definir finalmente quién dirigirá el país por los próximos cuatro años. Hay temor, hay esperanza, y hay fútbol (que puede afectar el número de votantes). El resultado de la contienda y lo que pase de ahora en más será producto de la decisión de los tibios. Tibios como el café, como las mañanas en Bogotá y Medellín y como los votantes de centro que tienen en sus manos la elección del próximo presidente de Colombia.
Sarah Díaz. Profesional en Relaciones internacionales y estudios políticos, periodista, investigadora y diseñadora freelance enfocada en comunicacion internacional y análisis geopolitico.




