El estelar es nuestra historia insignia de la semana: textos que lees una tarde y piensas toda tu vida. En ediciones pasadas, hemos hablado de osos en peligro de extinción o de la crisis en Cuba. Si quieres recibirla, suscríbete a Perpetuo.
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En nuestro podcast, Perpetuidades, hablamos con Luna Miguel, sobre ternura y piratas.
Nuestro editor general, JL Sabau, habló con José Murillo de Primero AI sobre si la IA ganará un Nobel antes que un autor de Perpetuo para Inferencia.
Sin más, les dejamos la historia de la semana…
Según el primer coronel Mario Méndez Mayedo, jefe de la Dirección de Identificación, Inmigración y Extranjería del Ministerio del Interior de la República de Cuba, hay unos tres millones de cubanos en el exterior, entre nacidos en la isla y sus descendientes.
De esos tres millones, uno punto tres viven en Florida.
Durante algún tiempo fui parte de ellos. Hoy, soy parte de otras cifras.
Mi tía Toto acaba de cumplir ochenta y cinco años. Dijo que antes de morir quería que sus hermanos, hijos, sobrinos, nietos, bisnietos y tataranietos se juntaran para conocerse. Por eso estoy en un avión rumbo a Miami, dispuesto a saludar como si conociera de toda la vida a un número indeterminado de familiares a quienes no he visto jamás.
Hace trece años que no voy a Cuba. Bueno, a la Cuba que es la isla que flota desde hace unos treinta millones de años en el mar Caribe. Cuando mi familia se fue, no quedaba nada allí para mí. Mi padre dejó de ir porque tiene miedo de que lo dejen encerrado y no pueda volver al árbol de mango que hay en su patio de Miami. Sus hermanas volvieron un par de veces, pero su casa ya no era suya y prefirieron ser ellas quienes se olvidaran de Cuba y no Cuba de ellas. Todos se marcharon a Estados Unidos, país «enemigo» que conocieron a través de las fotos que, en los ochenta, una tía suya les mostraba.
Esa es mi tía Toto.
Ella se fue de Cuba en 1970, la primera de mi familia en partir. Eso la estableció como la gran matriarca; la que llevaba revistas americanas, perfumes, ropa y dejaba unos cuantos dólares a otros cuantos familiares elegidos. «Tenemos que ir, ella nos dio mucho», dice algún familiar cuyo parentesco prefiero no revelar. Vamos todos a rastras, pero vamos. Conforme ha pasado el tiempo, los cubanos de segunda generación se han mudado a ciudades «más americanas». Yatusabe.
En 2014 mi familia cubana, compuesta por mis tías Tía, Mamay, Aya y por mis primos Titina, Alejandro, Rubén y Rachel, se estableció en Miami tras salir de la isla grande. Llegaron a una ciudad de la que sus compatriotas se apoderaron tras el triunfo de la Revolución Cubana. Las dinámicas cambiaron: los primos y los tíos, los primos segundos, terceros y cuartos que se fueron antes que ellos ahora hablan en spanglish. Los que solían ser santeros ahora son testigos de Jehová; otros que en Cuba eran maestros, ahora limpian pisos y tienen que robar productos de higiene para poder pagar la renta. Los cubanos que antes se jactaban de un arraigo inmarcesible a la isla ahora juran y perjuran que jamás volverán.
Pero no olvidemos que estoy de viaje.
Llegamos a la finca del esposo de una prima de mi papá (¿o era de la esposa del primo de mi papá?; me extravío). «Santino, qué bueno que vinihtte, qué lindo y grande estás»; «Gracias, tía (¿cómo se llamaba?). Hace mucho no te veía (no la he visto en mi vida)». Hace calor, hay humedad, me sofoco. Parece que estamos en Cuba. Quién sabe si realmente nos fuimos.
Mi familia es de Pinar del Río, la provincia más al occidente de la isla. Zona tabacalera. Los españoles llevaron allí menos esclavos que a las zonas azucareras, por eso la mayor parte de la gente que ocupó la zona eran blancos. Andaluces, gallegos, asturianos y canarios. Casi toda mi familia es blanca. Yo no.
A la distancia aparece tía Eli (bueno, no es mi tía, es mi tía abuela, creo. En todo caso, toda la familia le dice tía, cuestión de jerarquías); «¡Mi niño, qué guhtto vette! Qué bello estás. ¿Te han dicho que pareces turco?».
Mis tías se la pasan viendo telenovelas turcas, así que si eres moreno y barbado, eres turco. He aceptado el destino.
Procuro no citar a mi padre, Rubén Cortés (mejor conocido como «papá»), para no parecer pedante. Sin embargo, en su libro Un bolero para Arnaldo escribe sobre las divisiones raciales en la isla que me heredó. Según Rubén «Papá» Cortés, son las siguientes: blancos, negro-azules, rubios, negros teléfono, trigueños, blanconazos, coco timbas, cabezas de puntilla, albinos, moros, indios, mulatos, mulatos color cartucho, jabaos y coloraos. La exposición de mis tías a las telenovelas antes referidas terminó por sustituir el término «moro» por «turco». Aunque en el sentido más estricto de nuestras dinámicas raciales yo sería trigueño. Color de piel, facciones, cosas inexplicables.
Mientras hablo con la tía Eli, la finca se abarrota. Las palmeras que la rodean, ahora lucen pequeñas cada vez que una gran barriga cubana se planta frente a sus troncos. Cinco sujetos (seguramente tíos o esposos de alguna prima de una tía) fuman y aplauden las últimas medidas tomadas por Donal Trón. Las mujeres mayores se juntan alrededor de una mesa como en un pequeño cónclave que decidirá la responsable de las croquetas en la siguiente reunión familiar.
En CNN, RT o Fox News, cuando hablan de Cuba suelen hablar del territorio de ciento nueve mil ochicientos ochenta y cuatro kilómetros cuadrados. Cientos de tuits hablan del exilio cubano en Estados Unidos y lo castigan por votar por Trump. Hablan de la URSS y Estados Unidos. De Castro, Reagan, Kruschev, Chávez, Kennedy, Ochoa y otra infinidad de apellidos que hace tiempo representan solamente a Cuba como símbolo de una utopía que no fue. O que los americanos no dejaron ser. O que los vampiros de la CIA no quisieron que fuera. O cualquier mentira conveniente.
Todo eso queda lejos para los cubanos que en Miami construyeron una simulación de lo que pudo haber sido. La mayoría de ellos no sale en libros de historia, pero son tres millones de cubanos a quienes se les ha quitado (uno podría argumentar que fue Henry Kissinger; uno podría argumentar, también, que fue Mr. Castro) la condición de seres humanos para ser convertidos en símbolos de un mundo que no existe desde la caída de la URSS (o CCCP en ruso, Союз Советских Социалистических Республик; o CCCP en cubano, Cuando Coño Comeremos Pollo). Y todos ignoran a estos que están aquí, fumando, bebiendo e intentando pagar el siguiente plazo de los anillos con rubíes que les decoran las falanges proximales de las manos.
Aquí hay otra Cuba.
En otro extremo de la finca, los más pequeños juegan a tirarse botellas de agua mientras sus padres les gritan «¡Concuidao!». Por supuesto, no tienen cuidao y un niño (me parece que el hijo de la mujer del primo de una tía) arroja su botella directamente al rostro de una niña que se suelta a llorar. En una esquina una mujer (no intentaré describir nuestro parentesco porque el paréntesis sería más largo que todo el texto) baila junto a la bocina.
De pronto, caigo en cuenta de que la música es Bad Bunny cantando Ojaláquelosmíosnuncaemuden. Ojalá que los míos nunca se vuelvan a mudar. Debítirarmásfotosdecuandotetuve. No tengo fotos de mi abuela, sólo unas cuantas de mi familia cuando todos estaban allá. Hace trece años que no veo la casa. Maldita sea, Bad Bunny, me vas a hacer llorar.






