Yaguareté
Caza, juzgados y una madre de tres patas
Esta crónica fue escrita por Natalia Gelós para Perpetuo. Puedes leer más de la autora al final del texto.
Lo que suele asomar es su huella, el rastro de que anda cerca, la certeza de que ese sello contra el suelo fue dejado por un cuerpo potente y plomizo que sabe habitar el silencio. El yaguareté aparece en los relatos de los cronistas de Indias; en máscaras de distintos pueblos—jaguar guerrero, jaguar místico, panthera onca—; en imágenes de cámara de seguridad en estos tiempos—en un patio, por ejemplo en la noche templada de Iguazú, en Misiones, Argentina—. En fotos de las oenegés, postales inmaculadas, belleza contra el verde. O lo vemos carneado, colgando de las patas, el cuerpo tieso, en el medio del monte, tres hombres alrededor, la sangre encharcando la tierra en un campo en la selva.
Lo que distingue a cada yaguareté son sus manchas, las rosetas. Cada una forma un patrón particular, como las callosidades de las ballenas, como nuestras huellas dactilares. Es el tercer felino más grande después del león y el tigre, y el único en su tipo, rey de reyes, en América. Un paseo por distintas vidas de algunos de ellos permite completar un tapiz que habla de desmonte, propiedad privada, miedo a lo que no se conoce y libertad.
Su nombre era Malú, pero entonces yo no lo sabía. La primera y única vez que vi a uno de su especie fue en Uruguay. Era 2017, habíamos ido de vacaciones a Piriápolis, una ciudad balnearia de Uruguay, y paseábamos por la Estación de Cría de Fauna Autóctona Tabaré González Sierra.
No esperaba encontrarme con un yaguareté en el Cerro Pan de Azúcar, un lugar turístico alejado de la playa donde el verde del morro resguardaba la sorpresa de un refugio para animales. Ni siquiera recuerdo demasiado qué otras especies cruzamos. Solo sé que había un puma en un predio vecino, y que mi hijo, entonces pequeño, lloraba angustiado porque toda la atención estaba puesta en el jaguar. El animal estaba a pocos centímetros de las rejas, tan cerca que se oía su respiración, imposible no sentir respeto ante sus patas grandes, el cuerpo robusto, el lomo ancho, y ese andar silente y plomizo.
Era hembra. No tuve muchos más datos aquel día. Apenas, que se trataba de los pocos ejemplares que quedaban en ese país, que había sido criada en cautiverio, que tenía dos años. En Uruguay, a los yaguaretés se los considera extintos en estado silvestre. Aquella visión era un privilegio. No se me ocurrió pensar ese día que volveríamos a compartir geografía más adelante. Faltaba tiempo, pero a Malú le esperaba otro destino más allá de esa parcela a unos kilómetros de la playa.
En Sumario de la natural historia de las Indias (1526), Gonzalo Fernández de Oviedo, botánico, etnólogo, colonizador, habla de tigres, aunque el nombre es engañoso. Las Indias, en verdad, es la América continental, y los tigres es como los llamaron ellos, los españoles que nombraban al “nuevo” mundo según su sistema de referencias. Para describir al yaguareté apuntaban así: “De aquestos animales hay muchos en la Tierra-Firme, y se comen muchos indios, y son muy dañosos; pero yo no me determino si son tigres, viendo lo que se escribe de la ligereza del tigre y lo que se ve de la torpeza de aquestos que tigres llamamos en las Indias”.
Para lograr verlos de cerca, los colonizadores incentivaban la caza: “El año de 1522 años yo y otros regidores de la ciudad de Santa María del Antigua del Darien hicimos en nuestro cabildo y ayuntamiento una ordenanza, en la cual prometimos cuatro o cinco pesos de oro al que matase cualquiera tigre de éstos, y por este premio se mataron muchos de ellos en breve tiempo”.
Desde entonces, en esos primeros viajes, se instaló una lógica que hoy, tantos y tantos años después, persiste: por un lado, una pulsión casi fascinada por atrapar al felino más grande de América, por probar una bravura, cierta ilusión de valentía. Por otro lado, la persecución por la defensa de la propiedad privada: si el tigre ataca una vaca, el tigre es el enemigo, deduce la lógica propietaria. Una escena que antes no se presentaba, pues el ganado tradicional llegó de la mano de los españoles.
Esos entuertos se sostienen en el presente, donde el animal, que perdió en los últimos cien años más de la mitad de su territorio, mantiene su halo potente y enigmático, aunque corrido por la pérdida de su casa, se arroja sin quererlo a los riesgos que lo llevaron en muchos casos al borde de la extinción.
Sus garras, sus pieles, sus dientes; todo parece vendible en Internet y México parece tomar nota: se trata del país que vende más piezas de yaguareté de manera online. Pese a ello, ahí su población se recupera: según el último censo aumentó en un 10% en seis años, de 4,100 en 2018 pasó a tener más de 5,300 en el 2024. Al felino se lo encuentra también en algún desierto de Arizona, en Estados Unidos, cuando logran traspasar los muros de Trump; en Bolivia, en Brasil, en Paraguay. Pero donde corre mayor peligro, sin embargo, es en Argentina, en la zona del norte, acorralado por el modelo agroindustrial que se vuelve cada vez más voraz.
Para contrarrestar tanto arrasamiento, el pueblo ava guaraní prepara año a año una ceremonia en la que eleva pedidos. En las últimas el deseo es siempre igual: que la justicia argentina sea favorable a la especie, que se cumpla la ley de bosques, para parar el desmonte, que se deje de deforestar.
Las ceremonias para honrar al yaguareté al borde del río Pilcomayo son de noche, cuando se puede conectar mejor con su espíritu. En la celebración del Arete, por ejemplo, realizada cada febrero, se pide por la buena cosecha y al cierre se incorpora una danza que simula el enfrentamiento entre un toro y un jaguar. De un lado, el animal traído por los españoles, del otro, el local. Noemí Cruz ha estado en varias de ellas. En cada danza se recrea un encontronazo pasado, una especie de constelación psicodramática que trae a escena la fatal rivalidad sembrada por los hombres.
Desde el otro lado de la pantalla, rodeada de máscaras del felino gigante, hechas por distintas comunidades de la zona del Gran Chaco: guaraníes, chané y wichis, Cruz cuenta algunos detalles de esas ceremonias. En todas, están presentes las máscaras. Cada una tiene características diferentes, todas cuelgan de la pared, son varias. Hablan de su adoración, de su condición de sagrado.
En esa parte de Argentina el desmonte ha sido insaciable y eso acomoda, como efecto dominó, el escenario para la devastación. En 12 meses, cuatro provincias—Santiago del Estero, Chaco, Formosa y Salta—perdieron 119,886 hectáreas boscosas. Noemí colabora con Greenpeace y defiende al animal desde territorio, desde donde se encuentran sus pisadas. Ella grafica la situación y el vínculo entre la desaparición de espacio y la reducción de la especie: “El yaguareté, al quedarse sin territorio y sin presas naturales sale del espacio del monte a buscar fuera. Le queda tan poco que sí o sí sale en algún momento y ahí es cazado. Muchas veces porque le teme la gente, otras veces porque ataca el ganado y otras veces simplemente como deporte; una cacería para obtener un trofeo”.
En nombre del yaguareté, Greenpeace, con el patrocinio de Abogados Ambientalistas, presentó un amparo para proteger su hábitat. La Corte Suprema de la Nación se declaró competente y anunció que llamaría a audiencia a todas las provincias involucradas. Todavía esperan esa reunión. Mientras tanto, los bosques se siguen reduciendo.
En 2001, se lo declaró Monumento Natural en Argentina. Matar a uno de ellos es cometer un delito. Pero en muchos lugares por los que camina, ese blindaje legal no funciona. El Estado se pierde en la espesura del monte. No llega la prevención, pero tampoco la información para revertir un malentendido que lleva años.
Los mariscadores eran recolectores de cueros y plumas que cazaban al interior de los esteros hacia el 1900. “Con esto mataban al tigre cuando el tigre hacía un perjuicio en la estancia”; dice Tono Verón, un “mariscador” frente a la cámara, con una lanza en la mano. Habla de su infancia, de su bisabuelo, de tiempos donde en Iberá el yaguareté era sólo amenaza para algunos y no animal a salvar. Los mariscadores se internaban en el monte, en esos humedales vírgenes, pasaban días, cazaban y vendían cueros. Hoy, Verón es guía protector de los felinos. Quien lo filma es Sebastián Navajas. El hombre cuenta su historia y la de varios otros de su región que mutaron de predadores a guardianes de la especie.
La descripción de esta y otras formas de cacería de cerca del 1800 se encuentra en el libro Viaje al Paraguay del médico y naturalista suizo Johann Rengger. Este viajero ávido de aventuras y de explicarles a los blancos lo que encontraba en este mundo tiene encuentros cercanos (algo que otros no habían logrado). En un periplo que incluye Uruguay, Paraguay, Brasil y el litoral argentino, compara cuerpos muertos, cuerpos vivos, pieles. De todo ello saca conclusiones: medidas, pesaje, características de las manchas. Es allí donde cuenta que su abundancia en esa región que recorre se explica por la presencia de ganado para comer. El camino del felino es el de la carne. Así se conjura el devenir de sus días. Y en ese mismo libro, el autor agrega otros datos: que los cazadores se ataban un cuero de oveja con lana en el brazo como escudo, reunían a un grupo de perros y con esa lanza se mandaban a salvar el día. No eran pocos los que terminaban muertos en esas campañas. En una convivencia pregnada por el dominio de uno sobre otro, el animal no regalaba nunca su docilidad.
La posesión, en definitiva, traza una marca en el destino del animal: la posesión del ganado, y por eso su defensa, la posesión de su cuero, por eso su carneada. Una economía que rompe con el lugar de sagrado que le daban las comunidades nativas, de respeto, de altar.
“El miedo, el temor y la desinformación. La mayoría de la gente cuando uno va a hablar en el monte te dice que si lo cazan es por represalia o como medida preventiva ante la depredación de ganado doméstico. Sin embargo, si te pones a excavar un poco más, ese argumento se cae por todos lados, porque cuando vos le preguntás a la gente cuántas vacas pierden por año por sequía, por pastura, por robo, porque le picó una víbora, porque no saben cuántos tenían y no saben qué le pasó, por múltiples causas, porque no vacunaron, porque se enfermaron, la tasa de pérdida naturalizada en estos ámbitos rurales de pequeños productores es altísima”. Quien dice esto es Lucero Corrales, que forma parte de Proyecto Yaguareté en el Gran Chaco argentino, ejecutado por el Ceiba (centro de investigaciones del bosque atlántico) y dirigido por investigadores del CONICET. La llaman la guardiana de los yaguaretés.
Sigue: “A un hombre le pregunté: ‘¿Cuántas vacas te predó el yaguareté en toda tu vida?’ Con números muy altos te dirían una. Tal vez dos. ‘Vi la huella y creo que me la cazó el tigre’, te dicen. Entonces, la intolerancia se debe principalmente al miedo. Pero la gente en el campo no habla de miedo, porque ¿cómo un hombre de campo de 60 años va a tener miedo? El miedo es algo que pocas personas manifiestan”.
Corrales cuenta la historia del Negro Figueroa. Lo encontró en Nueva Pompeya, en un campo que se llama El Palmar, en Chaco. Figueroa, hombre rudo, le confesó: “Yo cuando vi las huellas fui [a] buscar la Biblia. La leí todos los días y la dejé arriba de la mesa de luz, al lado de la cama porque tenía miedo que el bicho me venga a comer”.
Dice Corrales: “¿Quién quiere vivir con ese miedo? Esta gente duerme afuera, a la intemperie, debajo de un árbol, en un catre, de tiento, de cuero, de vaca, con sus cuatro perros alrededor, se levanta la mañana, de noche va a buscar sus vacas, vuelve a la noche del monte de cazar para comer, está todo el día a la intemperie y con posibilidad de encontrarse con el bicho y un día a 15 metros de su casa encuentra huellas de este animal que no conoce. Desde que nació y hasta que se muera le van a decir que el bicho lo va a comer. Entonces el trabajo más grande es manejar de otra manera el ganado, pero la gente no tiene ni agua para tomar, ni una bolsa de arena. La única manera de cambiar el miedo es con presencia y con trabajo territorial”.
No llegaron a bautizarlo. Al momento de morir todavía era “M7” para los investigadores: el macho número siete en el orden de registros captados en cámaras trampa en la región chaqueña. Lo habían detectado en febrero y marzo, en dos oportunidades dentro de un área clave para la conservación de la especie: un campo donde habían registrado a otros tres especímenes más.
En el video se lo ve magnánimo. Cruza de un lado al otro; de fondo, el verde. Es un segundo, nada más. Tres meses después, apareció muerto a 30 km de ahí. Las razones: a un dueño de un campo le había desaparecido una vaca lechera que alimentaba a varias familias, salió a buscarla monte adentro junto a tres trabajadores y cerca del cuerpo muerto de la vaca apareció M7.
Las imágenes de lo que siguió circularon por las redes. Lo cazaron, lo desollaron y se lo comieron. “Nunca supimos que era tan protegido. No teníamos idea… Pero tuvimos que decidir, era la vida del bicho o la nuestra”, dijo por entonces a un medio argentino uno de los protagonistas. La historia de cacería, una más en el monte, de pronto se convirtió en otra trama, más compleja. Todo derivó en una causa penal que se concretó como la primera condena penal por la caza de un yaguareté, con pena de cumplimiento efectivo y la primera vez que una causa judicial de este tipo llegó a juicio oral.
Vayamos un poco atrás en el tiempo: Corrales y su gente, de Proyecto Yaguareté, habían tenido que hacer un trabajo fino con Don Pica, el dueño de la tierra donde antes caminaba M7. Hombre solo, de unos ochenta años, no entendía qué buscaba esa gente, esos investigadores, en el lugar. Al principio se mostró distante, el señor. Dejó que hicieran su trabajo, que pusieran las cámaras, que observaran. Después, cuando le llevaron fotos, curioseó más. La foto del primero, en libertad, en su campo, cambió algo. Con el tiempo, comenzó a recomendar dónde poner las próximas cámaras. Hablaba de sus tigres. Los miraba emocionado. No llegó a saber que M7 murió antes de ser bautizado. Falleció antes. Ahora está su hijo, como cuidador del campo.
Corrales resume el trabajo posible: “construir el vínculo de confianza con la gente, recibir datos, bajar la impunidad, llevar información, tratar de sensibilizar y construir un puente entre yaguareté y las personas”.
Quienes estudian y protegen a los yaguaretés dicen que hoy, el principal riesgo, es el desmonte, el arrasamiento de una zona de vegetación típica de la zona del Gran Chaco. La ganadería, la industria forestal, vuelven al territorio una alfombra despejada que ya no se puede habitar ni para el tigre ni para los tapires, los aguará guazú.
“Los cueros y trofeos que se han encontrado en Buenos Aires, probablemente vienen del Chaco. Pero no nos parece que hoy en día sea esa una práctica, tal vez porque el circuito no está armado, ¿no? O el esfuerzo para encontrar estos animales es muy alto porque la población es muy baja; tenemos menos de veinte animales en cuatro provincias. Encontrar a estos bichos es realmente algo muy difícil. Creo que para alguien que quiere ir a buscar un tigre para cobrarle a un turista para que lo mate sería realmente algo muy difícil”, analiza Corrales.
Hace dos décadas, las condiciones eran otras. O la justicia todavía no intervenía lo suficiente, más allá de las leyes protectoras. Pero hubo un caso que resonó..
En 2006, el presidente del Safari Club Internacional Béla Hidvégi se internó en el monte santiagueño para buscar una cabeza que completara su colección: la de un jaguar americano. En la revista húngara Nimród Safari contó su hazaña. Hidvegi se encontraba entre los cuatro europeos que habían conseguido un “Triple Grand Slam”, un premio por haber cazado a más de 30 diferentes especies de cabras, ovejas y antílopes. En las fotos que sacó en su excursión a Santiago del Estero se lo ve cargando su presa en los hombros, con gorra de visera y sonrisa de ganador.
Una organización intentó llevar la causa a la justicia. En 2015, la justicia provincial informó que prescribió por falta de actividad. Hidvégi no pagó ni una multa. En septiembre de este año, recibió un premio a la conservación por la “caza ética”. Trajeado, aparece en la foto junto a Serguéi Yastrzhembsky, otro cazador.
Cuando los cronistas de indias describían ese nuevo mundo a partir de las semejanzas, seguramente no podrían imaginar los cambios que ocurrirían en la justicia dos siglos después. Tampoco que, la gente de estas tierras seguiría diciéndole “tigres” a esos felinos gigantes.
Tania es una yaguareté mayor, grande, de tres patas y tuvo muchas vidas en una. Nació en un zoológico en la costera de Mar del Plata, en 2011. Es hija de Tobuna, que también había nacido en cautiverio pero en Tucumán, a unos 1,500 km de ahí en una ciudad sin mar. De pequeña, en ese zoológico, Tania tuvo un accidente. Desde una jaula cercana, un tigre la atacó y de ese encontronazo perdió su pata trasera. Todo podía indicar que pasaría su vida sin conocer el monte, pero todo siempre puede cambiar.
En 2012 nació el Centro de Reintroducción de Yaguareté en la isla San Alonso, en el corazón de los Esteros del Iberá. Un proyecto de Conservation Land Trust y Fundación Rewilding que buscaba lograr yaguaretés con aptitudes básicas para vivir libres y lograr recuperar al animal en la zona como predador tope de esa ecorregión. Tobuna, la madre de Tania, fue enviada allí como la piedra basal de esa misión. En 2017, a Tania, con seis años, le tocó una tarea similar. Llegó a esa zona de los humedales donde debería haber nacido naturalmente y fue emparejada con Chiqui, uno de su especie nacido en Paraguay. En 2018 parió dos crías: Arami y Mbarete. En el año 2019, fue trasladada a la provincia vecina de Chaco, al parque nacional “El Impenetrable” y fue emparejada con Qaramtá, con quien tuvo otras dos crías: Takajay y Nala, en 2021 y dos años después a Quiyoc. En 2024 fue preñada de nuevo, pero como ya estaba grande, el veterinario de Rewilding consideró que era mejor que trasladarla a otro lugar. Por esos días, además, trabajaban en la reintroducción del guacamayo colorado en la zona y la cercanía de la yaguareté contribuía al estrés de los pájaros y eso, a la alterar su taza de fecundidad. De fondo, se sumaba el acuerdo con el zoológico de Batán, que la había prestado y que esperaba su devolución cuando cumpliera “su trabajo”.
Tania parió a su cría antes del traslado y viajaron juntos al Ecoparque en la Ciudad de Buenos Aires durante 2024. Ahí es cuando comienza la historia judicial. En septiembre de ese año, algunos medios anunciaban la llegada como “la nueva gran atracción” del lugar.
Andrés Gil Dominguez es un jurista famoso en Argentina. Entre muchos campos, el de la animalidad y la defensa de los seres sintientes es uno de sus más destacados territorios. Fue quien logró que la orangutana Sandra fuera considerada “persona no humana” y hasta tuviera pasaporte para recuperar una cuidada libertad luego de una vida de cautiverio.
Fue él quien intervino para cambiar el destino de la última parte de la vida de Tania. Intervino judicialmente para que Tania, que tanto había hecho por su especie, pudiera pasar los últimos años de vida en libertad.
La causa es interesante, porque pone en discusión la idea de defensa de la naturaleza, de los derechos de todos los seres, y repasa jurisdicciones.
El final de esta historia es hasta el momento luminoso: se ordenó el traslado de ella y su cría a la isla San Alonso, en Iberá. Una vez más, Tania hizo historia y sentó un precedente.
En La mirada del jaguar, el antropólogo brasileño Eduardo Viveiros de Castro habla del perspectivismo amerindio. En uno de sus pasajes dice así:
“Cuando los indios dicen que ‘los jaguares son personas’, esto nos dice algo sobre el concepto de jaguar y también sobre el concepto de “persona”. Los jaguares son personas porque, al mismo tiempo, la jaguaridad es una potencialidad de las personas, y en particular de las personas humanas. Y, además, no nos tiene que extrañar tanto una idea como “los animales son personas”. Hay varios contextos importantes en nuestra cultura en los cuales la proposición inversa, “los seres humanos son animales”, es tomada como perfectamente evidente.(...). Del mismo modo, considerar que los jaguares son personas no significa que si un indio encuentra un jaguar en la selva va necesariamente a tratarlo como se trata a un cuñado humano. Todo depende de cómo lo trate el jaguar... y al cuñado”.
El yaguareté es un paraguas, dice por su parte Noemí Cruz. “Si sigue andando y existiendo es porque hay una buena porción conservada, porque tiene corredores para andar, presas, y asegura que también estén el tapir, el pecarí, el tatú, los quirquinchos, todos los que vienen debajo de él”. Si se salva él, se salvan todos. Como dice la poeta Mary Oliver, todo pertenecemos, en definitiva, a “la familia de las cosas”.

La segunda vez que supe de Malú fue en 2022. Yo había viajado a la provincia de Corrientes para reportear sobre los incendios rabiosos que devoraban los esteros de Iberá por aquellos días, luego de una sequía intensa que se combinaba con una situación crítica por el modelo de monocultivo de pinos y el desmonte.
En los medios locales, la llegada de una yaguareté desde Uruguay era una noticia de color entre tanta angustia. Como parte de un intercambio para la prolongación de la especie, Malú había cruzado el Río de la Plata y otros miles de kilómetros más para habitar por primera vez una casa sin rejas: la isla San Alonso, en Iberá. No la vi, pero me la imaginaba en la avioneta, llegando desde el cielo a algo parecido a la libertad.
Natalia Gelós (@nataliagelos). Nació en Cabildo, un pequeño pueblo del sur boaerense en Argentina. Es periodista, editora de la revista Crisis y ha colaborado con diversos medios de su país y del exterios. Explora los vínculos entre naturaleza, política y poesía. Es autora de Antonio Di Benedetto Periodista (Capital Intelectual) y Criaturas Disperas (Leteo Edito).







