Perpetuo

Perpetuo

Yo fui el guardaespaldas de Camilo Torres

Memorias de un cura guerrillero

Avatar de Perpetuo
Perpetuo
abr 13, 2026
∙ De pago

Esta crónica fue escrita por Sebastián Hoyos. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.


Perpetuo
Creando la mejor revista en español

En una pequeña casa rural de un municipio colombiano, tres ex combatientes del Ejército de Liberación Nacional (ELN) se reunieron tras escuchar las noticias. Se acababa de anunciar el hallazgo de los restos de Camilo Torres Restrepo, el cura guerrillero.

Los octogenarios habían seguido a Camilo desde su juventud. Desconfiaban del pronunciamiento público de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UPBD); aún más del comunicado del ELN, el pasado 26 de enero, en el que el grupo insurgente más longevo de Latinoamérica anunció inesperadamente el hallazgo del cuerpo del padre, justo en la víspera del sexagésimo aniversario de su muerte.

Camilo Torres desfila por las calles de Barrancabermeja (Santander). A su lado izquierdo,Jaime Arenas, líder estudiantil e integrante del ELN en ese entonces. Fuente: “El revolucionario sonriente”. Lorena López, Nicolás Herrera. Fundación colectivo Frente Unido.

El comunicado fue leído—desde varias orillas de la opinión pública—como un intento de situar la figura y el legado histórico de Camilo Torres en la inestable actualidad política e ideológica de la insurgencia comandada por Eliécer Erlinto Chamorro, mejor conocido como “Antonio García”. Una apuesta por “relanzar” a un ELN que optó por continuar la guerra, abandonando los diálogos de paz que sostuvo con el gobierno del presidente Gustavo Petro, el primer mandatario de izquierda en la historia del país y, a su vez, ex miembro de otra guerrilla: el Movimiento 19 de abril (M-19).

Fue en ese contexto que se reunieron los octogenarios.

Consternados por la apuesta política del ELN de “martirizar” nuevamente al sacerdote alzado en armas como un símbolo de su guerrilla, y preocupados por el resurgimiento del legado de Camilo en la actualidad del país, Jaime García Quijano (conocido como “El Flaco”) convocó a sus antiguos compañeros de armas para recordar el momento de su vida en el que fue el guardaespaldas del padre. Esto lo ha hecho en solo dos ocasiones: cuando habló con un medio alemán independiente y, después, con un sacerdote jesuíta.

Al llamado acudieron Condorito y Medardo Correa el Paisa, acompañados por Betty Giedelmann, compañera sentimental de este último. Son los remanentes de la primera generación de jóvenes que inauguró las filas del ELN, en lo corrido de 1965, cuando la guerrilla se extendía lentamente desde el municipio de San Vicente de Chucurí bajo el liderazgo de Fabio Vásquez Castaño.

Hoy en día los viejos critican no solo a la lucha armada como proyecto político sino también a la guerrilla a la que una vez dedicaron sus vidas. Mucho más cuando se trata de defender el legado de Camilo Torres, el sacerdote que marcó rotundamente a su generación: los jóvenes colombianos de los sesenta.


La figura de Camilo Torres marcó una parte de la convulsa historia contemporánea de Colombia. Nacido en el seno de una acomodada y prestigiosa familia de Bogotá, se dedicó al sacerdocio desde jóven, encontrando su identidad política de izquierda en los grupos de estudio de la Arquidiócesis de la capital, su labor social en el barrio obrero de Tunjuelito y los colectivos de resistencia argelina que conoció en París junto a su amiga y confidente, Marguerite-Marie Olivieri. A finales de la década del cincuenta, fue capellán auxiliar y profesor de sociología de la Universidad Nacional de Colombia—espacio donde se catapultó como una figura desafiante del alto clero y la élite del país—.

Durante años, sus ideas atrajeron a miles de estudiantes y simpatizantes de todo Colombia. En una época donde el panorama político era dominado por los partidos políticos tradicionales, Camilo Torres se convirtió en un líder de oposición y una figura pública nacional. Su frecuente choque con la Iglesia encontró un punto final después de varios encontronazos que tuvo con el cardenal Luis Concha Córdoba, quién le quitó su sotana en 1965.

Por ese entonces, el padre Camilo decidió apostarle a la lucha armada entre las filas del ELN, una guerrilla marxista-leninista que nacía en las montañas profundas de Santander. Cuando Torres pensó que la revolución estaba a la vuelta de la esquina y que él sería quien lideraría a las masas contra la oligarquía, fue abatido en una emboscada del Ejército en el Magdalena Medio el 15 de febrero de 1966. Murió en su primer combate.

A Camilo Torres también se le conoce por ser el precursor de la Teología de la Liberación en Colombia, promulgando la unión entre el marxismo y el catolicismo, pero sobre todo por el carisma con el que atrajo a grandes multitudes desde el púlpito y el atril. Existen romantizaciones sobre su legado, pero aún más sobre lo que representó su vida. El sacerdote, sociólogo y guerrillero marcó al país de una manera tan profunda como lo hicieron los grandes políticos de su historia. Pero fue su muerte la que lo puso en medio de una disputa pública sobre lo que representa su legado, incluso hasta hoy en día. Para el ELN, es uno de los “mártires” de su turbulenta historia. Para la Iglesia colombiana, su oveja negra. Para sus simpatizantes, unos ya entrados en la tercera edad y otros jóvenes, la gran influencia de su pensamiento.

El debate sobre lo que representa Camilo Torres se revivió recientemente en Colombia después de que se resolvió una de las grandes incógnitas de su muerte: el paradero de su cuerpo. Nadie, excepto el coronel Álvaro Valencia Tovar (quien lo enterró después de que sus hombres lo dieron de baja en combate) sabía del lugar donde fueron enterrados sus restos. A Camilo se le dió por desaparecido por más de cinco décadas.


La de Jaime García, quien fue su guardaespaldas cuando tan solo tenía dieciocho años, es una de las pocas voces que aún queda de quienes conocieron al padre Camilo Torres en vida. Mientras ajusta su audífono intrauricular, sobre la cúspide de sus ochenta años, se sumerge en un extenso monólogo sin haber escuchado la primera pregunta, como quien espera toda una vida por contar sus recuerdos.

“Camilo no son sus huesos, es sus ideas y como se entienden en nuestro presente. Lo del ELN con los restos de Camilo es oportunismo”, dijo Jaime García mientras prendía el primer cigarrillo de la tarde, asomado sobre la terraza de su hogar, extendiendo su vista por las montañas en las que decidió pasar su vejez, huyendo de la ciudad. “Si fueran camilistas hubieran actuado de una forma distinta. Más de sesenta años en la lucha armada, ¿para qué? ¿Qué han hecho? Antonio García no es Camilista, es un narciso que cree tener la verdad absoluta. Se acordaría de la frase de Camilo: ´es más lo que nos une que lo que nos separa´. Adiós a las armas”.

García lleva quince años retirado en una pequeña casa, sobre la colina de una humilde fanegada, perdiéndose en sus soliloquios, como él mismo los llama. Desde que amanece, piensa sobre su pasado y lo que vivió, tanto como guerrillero del ELN, como un excombatiente que ahora le apuesta a la paz y rechaza el abstencionismo político. Entre su risa nerviosa, se oculta la angustia constante por quién se pregunta—sobre el ocaso de su vida—qué debe ser recordado por los demás y qué debe permanecer en silencio hasta su tumba.

A sus ochenta años, sigue declarándose como un Camilista devoto a la máxima del pensamiento teológico y político del padre: el Amor eficaz. De su juventud aún queda su gran altura y el hábito de fumar un cigarrillo hora de por medio. Solo que ahora, se ve obligado a usar un auricular frente a su evidente sordera.

Mientras camina por su abundante librería, que alberga primeras ediciones y clásicos que todo librero quisiera tener, se queja constantemente de un dolor en su cadera que le permanece por un tiro que le pegaron en el monte: es el fantasma que aún lo persigue en su cotidianidad.

Después de seis décadas en las que se comprometió con el silencio y a pasar desapercibido de quienes han escrito sobre la historia de Colombia, decidió que había llegado el momento de que sus soliloquios fueran conocidos por el país, no solo por el longevo eco de su interior. Esta es su historia.

Queremos crear la mejor revista del español. Para eso necesitamos los mejores lectores. ¡Suscríbete!

Avatar de User

Continúa leyendo este Post gratis, cortesía de Perpetuo.

O compra una suscripción de pago.
© 2026 Perpetuo · Privacidad ∙ Términos ∙ Aviso de recolección
Crea tu SubstackDescargar la app
Substack es el hogar de la gran cultura