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El fenómeno de las drogas en Vancouver
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Esta semana, El estelar de Perpetuo es cortesía de PoloTab.
PoloTab tiene una ambición que nos encanta: quieren conocer, uno por uno, todos los cafés y restaurantes de México. Ya los eligen restaurantes y cafeterías en más de 70 ciudades del país: más de 800 negocios que en conjunto procesan 22.8 millones de comandas al año.
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Si tienes un café o restaurante y quieres dejar de pelearte con tu punto de venta:
Ahora, sin más, ¡volvemos al estelar!
-JL Sabau, Editor General
Esta crónica fue escrita por Sofia Leviaguirre. Puedes leer más de la autora y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.
Caminar por las calles de Vancouver es como entrar a un mundo apocalíptico. La gente, doblada por la mitad, con la cabeza tocándole los pies, apenas se mueve para llevar las pipas de opioides del suelo a sus bocas. El cielo, que cambia con las estaciones, ofrece un mal refugio para quienes viven en la calle. La rutina, las actividades, los horarios de varios locales y la oferta de servicios varían, pero el consumo de sustancias se mantiene constante.
Al llegar a esta ciudad, poco me imaginaba que acabaría sumergida en sus mundos, ocultos a plena vista. Mi madre me dejó instalada en un departamento en Abbott Street, frente a la estación de Chinatown del skytrain. Toda mi vida iba empacada en un par de maletas y miles de prejuicios –de los que a veces aún me avergüenzo– sobre la gente de la calle. Conforme avanzó el año, Vancouver me reveló su segundo corazón; un espacio de dolor, ira, muerte; y una extraña esperanza puesta sobre la comunidad invisible de los drogadictos.
El uso de drogas en Canadá se ha transformado desde que estas se legalizaron en el país. Cada provincia ha implementado distintas medidas de control. En 2023, la provincia de British Columbia lanzó un programa piloto para el consumo seguro de sustancias en pequeñas cantidades con el objetivo de reducir las muertes por sobredosis y mejorar la seguridad pública. Sin embargo, desde que este programa piloto se puso en marcha, las llamadas de emergencia relacionadas con intoxicación por drogas han llegado a un pico histórico mientras que, en noviembre del año pasado, el departamento de bomberos de Vancouver atendió un número récord de casos de sobredosis.
Hay que notar que los centros de inyección segura existen desde el 2003 y los datos se han monitoreado y publicado en la página del gobierno canadiense desde 2016. Si bien estos indican una disminución en el consumo de ciertas sustancias, también se contradicen con un aumento en muertes por sobredosis.
Al caminar por las calles de Vancouver, se fusionan los problemas del privilegio con la ignorancia que acompaña la pobreza. Las drogas —sustancias legalizadas para el uso recreativo— abundan en la ciudad y se han apoderado de una gran parte de la población canadiense. En 2023, una quinta parte de los ciudadanos reportaron haber consumido sustancias ilícitas en su vida. Víctimas de esta aflicción son, sobre todo, los estudiantes internacionales, quienes, al llegar —muchos solos por primera vez—, se pierden en la experiencia de una droga tras otra.
Primavera
Con la llegada de la primavera y el cambio de horario, aumentan las horas de luz solar. El Victory Square, en la calle de W Hastings, es uno de los primeros lugares en anunciarlo. Los vagabundos le secundan, salen a las calles.
Vacía durante el invierno, la plaza comienza a encontrar población en sus bancas; gente a medio vestir, siempre con algo cubriendo sus rostros, sostiene en sus manos desgastadas unas pipas de cristal. Queman fentanilo para poder dormir; entran en ese estado de inconsciencia mientras se dejan caer en eternos baños de sol. Sus cuerpos se van cubriendo de piel quemada por la radiación, pero cuidan que sus ojos no se expongan. Tras preguntar a un par de sujetos en el parque, me respondieron que «La luz duele cuando se baja —el efecto de la droga—».
Al caer la noche, regresan a East Hastings, a sus casas de campaña; a sus objetos robados. A juntar lo poco que tienen para poder comprarse un par de gramos.
En la esquina de Abbott St. y Hastings se encuentra el Prado Café. Frente a él, en el poste de luz, está siempre una mujer pidiendo limosna. Aparenta unos cuarenta y tantos años, viste ropa vieja que le queda demasiado grande y se sienta en cuclillas. Cuando se mete el sol y la gente deja de pasar por ahí, ella se retira hacia alguna de las tiendas de campaña improvisadas que hay sobre East Hastings. Tiene una deformidad en las piernas que le dificulta caminar.
«Yo no tengo un problema», me dijo angustiada una tarde lluviosa. «Perdí mi casa, pero no fue por consumir. Las drogas casi ni las toco… solo un poquito, cuando me duelen mucho las piernas». Ella es una de las muchas personas en situación de calle que padecen del entorno de las drogas, aunque no estén directamente relacionadas.
Le pregunté cuántos años llevaba en la calle.
«No me acuerdo, muchos», me contestó. «No me acuerdo», volvió a decir cuando le pregunté su nombre. Tiempo después supe que en la comunidad de gente sin hogar la llamaban Maggie.
Otro es John, también de cuarenta y tantos años. Lleva más de ocho años sin ver a su hija y vende droga con la esperanza de juntar suficiente dinero para poder conseguir un techo bajo el cual vivir. Esa condición le puso la corte para que pueda recuperar sus derechos de padre. Dado que distribuir no exime de consumir, en los 16 años que lleva consumiendo ha tenido un total de 24 sobredosis, las últimas cinco en lo que va de este año.
Uno de los clientes frecuentes de John, quien no quiso dar su nombre verdadero, dijo haber comenzado a consumir marihuana durante la universidad. Con el tiempo, los efectos de esta no cumplían sus expectativas.
Dijo que conoció a su esposa cuando ambos tenían 29 años. Ella lo introdujo al mundo de los opioides. La pareja ahora está en sus cuarenta y tantos; vive con el dinero que les da el gobierno como parte del programa de apoyo a la gente sin hogar. Ninguno de los dos trabaja y ambos consumen opioides que les provee John.
Avanza la primavera y, a medida que aparece el color de los cerezos, también florecen otros factores por las calles de Vancouver. Con la puesta de sol a las siete y media de la noche, los adictos vagan con más luz de día que en invierno. Así como su piel gastada y heridas en los brazos son evidentes para el peatón común, nosotros también aparecemos a sus ojos con mayor claridad. Para algunos, en su mayoría hombres, la percepción ganada los lleva al bien conocido piropo. Caminar por las calles como mujer se convierte en una experiencia violenta.
La sorpresa llega cuando el piropo esperado no es «guapa», un familiar chiflido al son del «fiu, fiu», o incluso el muy desagradable «hazme un hijo». Ante estos, suele bastar con poner los ojos en blanco. Aquí, es distinto: algo mucho más soez, amenazante, agresivo. El llamado aquí suena a «te voy a meter mi pene en la boca» o a «yo te cogería». No es un «halago», es una amenaza.
La transición del juguetón piropo a la revelación violenta de una potencial violación es un cambio inesperado, extraño, que no sé si está ligado al uso de drogas, pero me obliga a preguntar: ¿la pérdida de consciencia por consumo de sustancias obliga al individuo a expresar sus deseos de manera violenta? ¿O será que la violencia es parte oculta de esta cultura y el efecto de las drogas en el cerebro solamente lo hace evidente?
Lo segundo se me ocurre tras un viaje a México, donde puedo ver algunas personas en estado de ebriedad o bajo la influencia de alguna sustancia en la calle. La diferencia que he percibido es monumental: la tendencia del drogadicto en la calle de México es reír, bailar, gritar. Lo que tengo frente a mí es el bien llamado «loquito del Centro» que no hace daño a nadie. La mayoría de los drogadictos en Vancouver son una volátil mezcla de agresividad y muerte que constantemente emana dolor.
Primavera también es una temporada de fuertes lluvias. En los días en los que se cae el cielo, Maggie se sienta sobre un charco, empapada. No hay día en que su figura falte de la esquina frente al Prado Café.





