El creativo es nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Cada semana publicamos un cuento y un poema acompañados de un par de comodines (entrevistas, recomendaciones, ensayos y más). Para recibirla en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Esta semana:
Armando Morales nos cuenta su rutina en versos.
Rui Caverta narra una historia de viaje, erotismos e inusuales ocurrencias.
El equipo editorial de Perpetuo presenta una selección de películas que debes ver (o te puedes saltar).
Nuestros editores comparten sus valores a modo de manifiesto.
Escucha nuestros podcast: Perpetuidades, una conversación con Javier Sinay sobre su relación con los supervivientes de accidentes aéreos; Inferencia, una charla con Cristóbal Valenzuela sobre los avances de la IA en generación de imágenes y video.
Es turno de El creativo Vol. XI.
Una edición que sabe a cumpleaños, pues en Perpetuo cantamos pastel. Y aunque corresponde una sola vela, aquí nos iluminan cinco: una por los poemas y sus versos, que nos acompañen siempre; otra por los cuentos y sus personajes, que nunca nos abandonen sus enredos; otra por el cine y la conversación de sus películas; una más por las charlas que nos enriquecen; y una quinta, para corona esta numerosa entrega, por lo que nos define como revista. Cantemos las mañanitas.
Armando Morales nos anuncia desde el título de qué irá su poema: hay cosas que hace y hay cosas que no. Hay también en esas cosas un discreto encanto de lo pasivo; en otras palabras, la labor del escritor frente a la página que lee, escribe o edita.
El cuento de Rui Caverta, a excepción del rol que toma su protagonista, es más activo. Una pregunta se convierte en aventura y la sorpresa es evidente. Lo que no queda claro es hasta qué punto el gozo deja de serlo para convertirse en martirio; cuándo al deseo se le acaba la llama y se le salen las tripas.
El equipo editorial de Perpetuo también se aventuró, pero al cine. Una nueva edición de reseñas acompaña los festejos, con la gran pantalla de testigo.
Igual acompañan la velada un par de conversaciones en torno a la generación de imágenes: en Perpetuidades, sobre la crónica y los supervivientes de siniestros aéreos; en Inferencia, sobre un mundo de píxeles.
Un último asunto, también del equipo editorial, compete a esta edición: un escrito identitario, un Manifiesto Perpetuo. Y que juzguen ustedes, que son esta historia.
Sin más, celebremos juntos otro año de vida.
Chinpo no Matsuri
de Rui Caverta
Heme aquí con el culo roto. No puedo llamarlo un simple desgarre; el dolor es tal que no puedo moverme. Aunque si pudiera tampoco lo haría, sospecho que un pedazo de mi intestino cuelga de mi ano. Malditas sean las culturas foráneas.
Mis viajes en busca del género neutro perdido del español me llevaron a este pueblo desconocido. Llegué buscando tradiciones y no tenía idea de lo que me encontraría. Para mi mala suerte, llegué por tren a altas horas de la noche; solo me recibió la oscuridad. Tuve a bien encontrar una posada. El único cuarto disponible era uno en el segundo piso con un gran ventanal donde nunca vi ni una seña de cama, pero encontré un pequeño colchón tieso doblado dentro del armario. Me resigné a pasar frío.
Al día siguiente, el fresco de la mañana entraba por los hoyos de las perneras de mis pantalones y surcaba mi piel cuesta arriba con miras a darme un cruel despertar al helar mis partes pudendas. No fue así. Un gran rugido de tambores —deben haber sido al menos unos cuarenta— me despertó.
Mientras mis oídos reparaban en el sonido, un gigantesco pene encalló como una pesada ballena fuera del cuarto.
Caí al suelo mientras el miembro de madera dominaba todo en mi vista. Se balanceaba de pared en pared y, por momentos, la punta acariciaba la ventana como si quisiera entrar. Cada golpe de tambor era un intento por entrar más en el cuarto. Las pocas nubes, dos o tres borrones en el firmamento, se volvían un añadido pornográfico a la escena. Estuve hipnotizado varios minutos por lo delicado del movimiento antes de siquiera preguntarme qué demonios estaba viendo.
Bajé con prisa. Abrí la puerta del edificio y caminé unos pasos. Entonces lo vi: miles de personas llenaban el espacio de las calles con pequeños apuros. En sus manos veía erecciones de madera; las agitaban como si fuera una tradición llevarlas al parque cada domingo. Todo estaba coronado por falos: efigies, dulces, ropa, construcciones de varios metros de largo, disfraces de miembro para los perros en los que los pendejos se confundían con el pelo en sus cabezas. Hasta se veían personas con sandalias en forma viril.
Intenté escapar de vuelta al interior de la posada para arreglar mis ideas; ¿quién hubiera pensado en desayunar huevos y pan tostado frente a un espectáculo de salvaje copulación anal? Por dentro, agradecí no comer mis huevos con salsa de tomate.
Más tarde, el encargado del hotel me explicó. La religión imperante en este pueblo daba una gran importancia a la fertilidad de las personas. Para ellos, la concepción de una nueva vida supera en importancia a cualquier dios, pues dentro del mismo acto de un huevo fecundado se encuentra toda una enramada de posibilidades universales. Ellos ven los ojos de un recién nacido y observan la vida y sus intrincados problemas en gestación con un chorro de sus soluciones: la respuesta del universo es la vida; un fin en sí misma. Por ello los órganos sexuales son parte fundamental.
Una hermosa explicación, me repetía el encargado mientras caminábamos por calles donde veía niños correr con penes de madera labrada de más de veinticinco centímetros. Una hermosa explicación, decía mientras se perseguían uno al otro intentando golpearse con los glandes decorados… Oh, dios, debe ser una bella explicación, repetía esperando aminorar mi shock que no sabía si llamar cultural o sexual.
Después de deambular por las calles, terminé en un gran campo de briznas donde me tiré un rato a descansar. Sentí miles de hojas de hierba erectas bajo mi cuerpo. Con la vista hacia el cielo, me di cuenta de que nevaba. Me levanté de prisa, completamente estimulado.
Un tumulto de gente corría por entre unas estatuas, también fálicas; detrás de sus sombras, pude ver la razón de su espanto. El gigantesco apéndice emergió por un lado de las bases de las esculturas, acompañado de pasos tranquilos pero decididos. No solo vi un pene erecto: era todo un cuerpo desnudo con una máscara rematada por una nariz roja. El tono muscular era inmejorable. Su trasero era dos cerezas sobre unos labios. Su abdomen estaba tan labrado por el músculo que podía sentir al universo sobre esos cuadros. Lo imaginé de mármol o arcilla, tal vez del metal más duro. Mis piernas temblaron, la saliva rodó por mis comisuras y sentí un homenaje a la festividad en mis pantalones.
La gente pasó junto a mí. Después de unos momentos de dubitación, también me eché a la carrera: tal vez así sería más deseable para el de la nariz roja.
Nos empezamos a adentrar en un espacio vacío donde ni siquiera los árboles crecían. Ya no sabía si seguíamos cerca del hotel o muy lejos, en algún lugar desconocido. Comencé a preocuparme mientras corría con los demás, aunque esos músculos tan fornidos no abandonaron mi mente; imaginaba unas nalgas jugosas como un banquete nocturno listo para mis mordidas.
Los hombres penitentes, las bailarinas finas y hasta los guerreros habían quedado atrás. De pronto, me encontré solo frente a una serie de columnas: dieciséis gruesos pilotes de madera, divididos en cuatro hileras de cuatro, formaban una cuadrícula exacta. Ahí, el frío se había acumulado. Los pequeños copos de nieve se posaban en el suelo, sobre los pilares, alrededor del aire; pendían de un soplido. No había techo sobre ninguno de estos pilotes. Aun así podía sentir una sensación de hogar, maternal. Un seno materno puede ser cuadrado, me dije. Entré a pasos ligeros.
Caminé por los pilotes. El viento soplaba. No oía nada más. Cerré los ojos. Estos pilares, esta cuadrícula, estos copos de nieve, este silencio debían estar en un museo, al menos en uno aislado en mis propios pensamientos. Seguí con los ojos cerrados cuando sentí un piquete en mi nalga. El hombre de la máscara estaba junto a mí.
Las demás personas habían desaparecido, tal vez de regreso a la posada o hacia otras estatuas, lejos en el horizonte. Sin pensarlo más, me lancé sobre él, me monté en su potente verga y comencé a besar su máscara; intentaba acomodarlo entre mis nalgas mientras me cargaba. Él me tomó de los brazos y fuimos hacia la posada.
Era mío. No sentía conquista, pero me llevaba una gran presa. Tampoco me tomó desprevenido, dado mi día entre genitales. Por Dios, al menos debía sacar algo. Me imaginé poderes eróticos y curativos en el aire del festival. Imaginé mi magnetismo propio e ineludible. Le indiqué dónde estaba mi cuarto.
Cuando entramos, recordé que no tenía una cama sino una imitación barata de colchón. No me importó. Me arranqué la ropa. Me tumbé en cuatro sobre la pequeña lona. Era una pila de hojas secas donde mi deseo crujía poco a poco. Necesitaba algo para quebrarlas todas de un golpe. Me sentía morir. Mi deseo sexual era inconmensurable. Nunca fui tan flexible.
Sentí las gratitudes de mi cuerpo vegetal, eléctrico. Oí al hombre de la máscara por primera vez. «No necesitas que te diga nada de mi vida. Esta hoja hablará por mí», dijo. No había pronunciado palabra antes de tenerme a su merced. La habitación se llenó de un repetido chasquido. De nuevo cada segundo. Chas, chas, con periodicidad. Me tardé en reconocer su pene. Lo golpeaba como si lo estuviera afilando.
No me giré en ningún instante. La decisión no era mía; en ese momento solo importaba la cavidad de mi cuerpo. Esperaba una pesada bomba V2 llena de deleitable carne superior; lubricante, crema, jugo, agua, saliva, un escupitajo… nada, no había nada entre los pliegues de mi trasero. Rezos, espero que los rezos sirvan, no solo para resbalar los pecados, sino también un gran número de centímetros… Gemí como un toro herido de muerte cuando sentí la gigantesca nariz roja dentro de mi ano. Me tomó por sorpresa; pude oír cómo los gemidos traicionaban mi careta de explorador firme. Ese candor carnal de carne suave se cerró en mí. Ni siquiera una pausa, la insertó de un impulso. La sensación de hojas secas quebrándose desapareció; ahora, con el hombre y su nariz roja en mí, era una vieja piel curtida sobre un gigantesco madero. Me movía de lado a lado. Mis extremidades se ladeaban en el aire sin tono muscular. Mis ojos, saltados cual cabeza disecada. Un tercero me hubiera confundido con un estandarte en los desfiles.
¿Qué es el tiempo? Una medida o una sensación. No lo sé, pero mi cuerpo se dividió en cuantiosas percepciones. Las entrañas se volvieron una tela con el peligro de desgarrarse en cualquier momento; ahí, los segundos se inflamaron, convirtiéndose en horas. Mis poros se agitaban y distendían entre sí con el sudor de cada infinito segundo; en ellos, la sensación se volvió corta, pasajera. Dentro de mi mente, los latidos acelerados y los choques eléctricos en mi cerebro se movían en sintonía, como en un electrocardiograma. Mi cuerpo no se decidía si vivir o morir en esa extensión maravillosa de dolor y locura. La sensación fue eterna, incontables universos donde fui el dios primigenio. El tiempo es variable. Y con todo, cesa. Del mismo modo, el placer sexual cesó.
Oí a lo lejos los tambores de la mañana. Ahora eran golpes como gotas, se despedían con un sonido de lluvia mientras regresaban a sus hogares o templos. Por mi parte, había perdido la consciencia. Cuando desperté, mi cuerpo era una pifia. El hombre había desaparecido.
Estoy tan destrozado. No puedo moverme. Debo verme como una alfombra de oso en una cabaña, aunque con los intestinos de fuera junto a una horrorosa cantidad de sangre a su alrededor. Cada fibra de mi cuerpo arde, sigo sin poder moverme. Ya no deseo narrar. Mi mente se encuentra ocupada. Pienso en la excusa para la posadera una vez me encuentre; espero no sea una ocurrencia tan extraña. Un hombre con el culo desgarrado. Suena insólito, pero debe creerlo.
Oh dios, debe ser una ocurrencia común. Debe serlo.
Rui Caverta (México) es un escritor. Ha publicado en revistas digitales y físicas de diversos continentes. Sus últimos libros son Salaryman y Guindaleza.
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Abro la ventana cual si fuera periódico sin páginas que anuncia con sobriedad, y sin dar señal de alarma, que es de mañana y hay tiempo todavía En ocasiones me encargo de los puntos sobre las íes y de las jotas si están de ánimo, hasta que las conspiradoras consonantes me hacen morder sus frases hechas polvo Que no me pongan, eso sí, a hacer limpieza de las grietas en los árboles caídos ni de las páginas transidas de algún libro ni de los rastros de vaho en los suspiros ni del tenue polvorín en los gatillos No hoy por lo menos ni tampoco todo el tiempo solamente a veces mañana tal vez será distinto.
Armando Morales (Perú) es un economista con estudios de literatura en la Universidad Católica del Perú. En el año 1988 recibió una mención honrosa en el concurso El Cuento de las Mil Palabras por el cuento Tiempo Doblado. Aún no ha publicado, pero espera que eso cambie próximamente. Lo que hago y lo que no es uno de los poemas que piensa incluir en su primer poemario. Armando reside en Maryland, EE.UU., y fuera de sus ocupaciones literarias se dedica a la docencia, luego de haberse retirado de sus labores como funcionario internacional.
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Las películas que ver (Septiembre 2026)
El cine ha hipnotizado a más de un siglo de humanidad. Sin embargo, pasa que la oferta es abundante; la generación de contenido, abrumadora. Hay muchas buenas películas, también hay muchas malas. Por eso, te traemos un acercamiento a algunos títulos que han rondado la conversación.
Debemos confesar que, sin embargo, tantas películas no alcanzan para nuestros ojos, así que decidimos abrir un espacio para ti… ¿Has visto alguna novedad? Envía tu propuesta a tomas@perpetuo.global con el asunto «Reseña de cine».
Una vez al mes, publicamos nuestras recomendaciones de las películas que ver y por qué verlas.
Vamos a ello.
Del equipo editorial de Perpetuo para ti…
Bouchra
Las artistas Orian Barki y Meriem Bennani, creadoras de 2 Lizards, vuelven con este hechizante largometraje sobre la vida de una coyote marroquí en Nueva York. Este mundo no-humano, animado con un rigor y una calidad artísticas exquisitas, está lleno de profundidad humana. Las y los animales nos presentan agudas reflexiones sobre la identidad, la creatividad y la vida queer en un paisaje animado entre Nueva York y Casablanca.
¿Por qué verla? Tiene una ambientación para chuparse los dedos. El estilo atmosférico, bizarro y de humor millenial que crearon las directoras tiene aquí su evolución. Aunque no es del todo nuevo, las imágenes y narrativa de Barki y Bennani son originales y refrescantes, mezclando, además de escenas y sonidos realistas con animación, momentos de ficción con otros documentales, entretejiendo una historia entre la ficción y el auto documental de la vida de Bennani.
Coyote vs Acme
Ganó la fantasía de las caricaturas y la alegría de un final feliz con esta película, aunque en la vida de todos los días no siempre sea así. Este gran guiño que Warner Bros hace a los eternos fans de los looney tunes está inesperadamente lleno de profundas lecciones sobre lo que significa ser humano, de la mano dibujos animados. Hay que imaginar al coyote feliz, y aunque esté llena de fracasos, su vida se define por la voluntad de seguir persiguiendo a ese alegre bípedo azul que, después de todo, resulta que es su amigo. Para este punto, James Gunn —con ayuda del gran guión de Sammy Burch— se ha consagrado como un maestro de descongelar y sazonar vieja propiedad intelectual. Tanto convence este nuevo giro de viejo IP que fue imperdible salir a tomar una foto con el coche destrozado por un piano ACME (y placas del Edomex).
¿Por qué verla? Sí, hay melodramas. Y chistes malos. Pero hay diversión animada como no ha habido este año. Las películas vainilla son importantes. La crítica ya nos tiene muy mal acostumbrados a solo profesar amor real a las películas en las que se suicida un conserje rumano después de enamorarse de una prostituta. También hay poesía en lo simple. ¡Perdiste, ACME!
La batalla de Chile
Más que un documental, hay que entender a La Batalla de Chile como un testimonio; una serie de imágenes que, en conjunto, reflejan la erosión del gobierno chileno en el 73 y su eventual colapso ante manos extranjeras. Es, por eso mismo, un proceso lento de poner la cámara en la cotidianeidad chilena y hablar —sea en la calle, el congreso o en los hogares— con una nación dividida entre izquierda y derecha. Hay un momento, al principio de la primera entrega, donde la cámara deambula por las calles de Santiago entrevistando a transeúntes en plena noche electoral; en una misma toma, gente apoya a Allende y a su oposición: el país entero, en la mira de la cámara.
¿Por qué verla? Es, quizá, la mejor recolección de hechos sobre el 73. Es, a su vez, un documental escueto. En ese esfuerzo por retratar el día a día de la eventual crisis, la película se alarga; lo mismo por la falta de injerencia editorial y comentarios para posicionar los hechos.
El desconocido del gran arco (L’Inconnu de la Grande Arche)
Una alegoría de un edificio que, muy probablemente, desconoces —y que, al final, es lo que menos importa—. Más bien, una metáfora sobre la pasión desmedida y sus consecuencias. La historia de un arquitecto desconocido que gana el concurso para construir un edificio monumental en París y, acto seguido, se enfrenta a toda fuerza imaginable (dígase política, física o mental) para lograrlo tal y como lo desea. A diferencia de las narrativas de virtuosos y obsesivos, en El Desconocido del Gran Arco la ambición pasa cuenta.
¿Por qué verla? No es la historia predecible de adversidades superadas. Si algo, son adversidades que nos superan. Lo mejor que ofrece el cine francés este año.
Sense and Sensibility
Como el título lo exige, partamos de la sensatez: no muchos en la sala leyereon la novela original de 1811, ni vieron la primera adaptación fílmica de 1995. Ahora sí, los sentimientos: la última película basada en la obra de Jane Austen es de sobra bella y conmovedora. No damos halagos por darlos, pero todo lo que podía y debía salir bien, salió. Las convincentes actuaciones, el diseño de arte y vestuario meticuloso, transportan a los espectadores a la Inglaterra del siglo XVIII. Los diálogos también son una genialidad; es difícil decidir qué tanto crédito darle a la guionista Diana Reid y qué tanto a Austen. Se sale deseando regresar a aquellos romances de miradas a escondidas, de cartas perdidas y de emoción por la simple cercanía física del amado.
¿Por qué verla? La película emociona, seduce sin sexualidad. Te deja llevar tanto que ilusiona pensando en aquel gran amor que habrías tenido de ser una lady en la Inglaterra de hace doscientos cincuenta años; una realidad que, estadísticamente, habría sido otra: menos bailes con grandes vestidos, más enfermedades mortales y luchar por conseguir un pedazo de pan. Poco importa, no es un documental, es una película que enamora.
One Piece: La película (Wan Pisu Eiga)
One Piece es, quizá, la obra más importante de ficción del siglo XXI. Desde sus primeros episodios hasta el presente, ha creado una de las tramas más complicadas y profundas que ofrece la televisión. Las películas de la saga han sido, siempre, su debilidad: refritos televisivos hechos para sacarle un huevo de oro más a la gallina. Esta, la primera de las películas, sigue el mismo patrón.
¿Por qué verla? Nostalgia en formato cine. No más. Es injusto llamarla película; es, más bien, un episodio largo lleno de los vicios tempranos de la serie: tramas imposibles que se resuelven en segundos y personajes unidimensionales. Sirve para recordar cuánto ha progresado la serie, pero no mucho más que eso.
La bachata de Biónico
Biónico es un adicto al crack que vive en República Dominicana. Come lo que puede cuando puede, vive en una especie de comuna junto a otros adictos y está perdidamente enamorado de «La Flaca». En su segunda película, el director Yoel Morales, nos trae una historia que plantea una simple pregunta: ¿puede el amor vencer la adicción? No debería ser spoiler decir que no es tan sencillo.
¿Por qué verla? Las actuaciones son brillantes. Grabada con el formato de un falso documental, La bachata de Biónico constantemente nos hace cuestionarnos si estamos viendo a actores, o a transeúntes que la producción detuvo en la calle. La película está llena de humor incómodo, de escenas visualmente alucinantes, momentos reflexivos, y pequeñas tragedias que retratan cómo viven quienes ya se consideran perdidos. Si llegas al cine y te topas con que esta película dominicana de limitado presupuesto está en la cartelera, entra a la sala.
Hombre al agua
Es difícil clasificar la nueva película de Gael García Bernal. Eso no es un elogio. Trata de ser, en iguales partes, una novela sobre clases sociales y el ser extranjero; un thriller político y un conflicto de amoríos; un filme de la ambición cinematográfica y la decadencia de un matrimonio. Todo mientras combina una cantidad de identidades culturales que son, más bien, superficiales —el acento yucateco de algunos actores es fronterizo en lo insultante—. Cualquiera de estas exploraciones daba para una película entera. García Bernal intenta hacer una obra maestra que lidie con todos los temas a la vez y, en su lugar, no resuelve uno solo. Depende de un deus ex machina que, ni siquiera, da la satisfacción de atar los cabos sueltos.
¿Por qué verla? Porque es Gael, porque es interesante ver la ambición desbordarse y porque hay ciertas tomas que te hacen olvidar cuán deshilvanada está la trama.
Dogtooth: Canino, a 17 años de su estreno
El pasado 17 de septiembre nos juntamos con Pimienta Films para inaugurar la llegada a los cines de la restauración 4K de la película Dogtooth: Canino. Hemos decidido dedicar nuestra última reseña a esta experiencia, dejando algunas impresiones a dos manos. Pueden revisar la cartelera con exposiciones limitadas en este enlace.
«En unos meses, su madre dará a luz a un bebé, su hermanos y a un perro». En esta frase se puede definir la también titulada Canino, aunque no por esta viñeta. El cine de Lanthimos nace de la náusea de aquel espacio vacío que crea lo absurdo de la interacción social y asoma su cara más grotesca.
Este nuevo surrealismo, que ahora ha venido llamarse la «ola rara de Grecia», se define por su rigor formal. Impone una realidad cuyas condiciones epistemológicas están distorsionadas ligeramente, de una forma concreta, y te exige seguir esa lógica hasta el final.
Quiero mencionar, de paso, esa sonada comparación con El Castillo de la Pureza, que pasó de ser un rumor a un meme y ahora está en boca de todos los mamones del cine, tanto que hasta fue parte de la charla tras la proyección. En defensa de esta película —merecidamente ganadora de la categoría «una cierta mirada» en su estreno en Cannes en 2009— y también del gran Ripstein, esa comparación es espuria; son obras distintas.
Entre El Castillo de la Pureza y Dogtooth hay poco en común. La historia de Ripstein, un anti melodrama que te expone a lo verdaderamente repugnante de esta historia. Parte de la premisa de que es posible. Quiere, por ejemplo, que veas la oscuridad del padre.
Lanthimos trabaja en la dirección opuesta. Los hijos, en cambio, desarrollan, de la mano de los actores, una colorida e intensa vida personal al margen de las reglas del padre.
Más que el conflicto de un niño que vive encerrado, se nos muestra un adulto que vive en un mundo construido de ilusiones.
A 17 años del estreno de Dogtooth: Canino, celebro con el cine de Lanthimos la llegada de un nuevo surrealismo que corta la realidad con bisturí y que expone el horror de lo social a plena luz del día y tras las paredes y los cristales más bonitos.
La película de Dogtooth: Canino es desagradable. Lo es en el mejor de los sentidos. Yorgos Lanthimos logró encerrar un mundo distópico en una casa y enseñarnos, desde la intimidad, unas crudas dinámicas de poder. Los desvíos de mirada prevalecen con vigencia para nuevos públicos —yo, un poblador entre ellos— diecisiete años después.
Qué violencia, qué inocencia adulta tan explícita.
Las muecas las suscitan inmoralidades cometidas dentro de la familia que, pareciera, tiende a ser a primera vista una familia «común», con ingresos: padre, madre, tres hermanos; hay comida, hay casa con jardín y alberca, hay festejos. No tarda en darnos a entender lo contrario. A pesar de las comodidades hay opresión, hay castigo. La casona hereda las sombras de la caverna que milenios atrás otro hombre, también griego, convirtiera en mito.
Un clásico para los tiempos que han sido y que vendrán.
Reseñas de nuestros lectores perpetuos…
Some Like It Hot
por Bruno Aramburu
Antes de White Chicks (2004) existió Some Like It Hot (1959). Jerry y Joe portando perlas, tacones y altos manerismos se hacen pasar por Daphne y Josephine infiltrándose en una banda de mujeres para salvar sus vidas escondiéndose de la mafia. La banda se los lleva a una playa en Florida en donde, entre el conflicto de su nueva «persona» y sus propios deseos hacia Marilyn Monroe —quien interpreta a Sugar—, deberán repetirse a sí mismos «Remember, you are a girl, you are a girl» o «no pastries, no butter and NO SUGAR» si quieren mantenerse escondidos y no recibir un tiro directo en la frente.
¿Por qué verla? Some Like It Hot fue un éxito en los años cincuenta a pesar de ser acusada de tener un tono demasiado «sucio» o «vulgar» por la asociación de productores hollywoodenses a quienes tal vez hizo enojar que su efecto cómico se crea a partir de la artificialidad del género y del efecto de la imagen en el comportamiento. Ojo que acaba de salir en el catálogo de MUBI.
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Manifiesto Perpetuo
«No importa quién da la noticia primero, importa quién la da mejor. Y no importa quién la da mejor, importa quién se supo que la dio».
-Gabriel García Márquez (con una parte apócrifa que, nos confiaron, dijo el Nobel en confianza)
Si el español es un cuerpo de agua, se asemeja a un lago artificial cercado por una represa de autores antiguos que contienen el devenir natural del idioma. Un estanque que quiere fluir —cuyos cauces, a veces adquieren forma pero, en su andar, no logran más que recorrer un par de kilómetros—; una retención insensata por pesos que se creen pesados pero, en verdad, son solo estorbosos.
Es hora de romper esa presa y dejar las aguas correr.
En Perpetuo, creemos que el español debe moverse. Queremos perforar esos definitivos agujeros que destruyan los límites de la presa que nos detiene y dejen fluir las aguas del idioma, como es su destino.
Por eso, presentamos nuestros principios, a modo de manifiesto. Pensamos en ellos como nuestro cartucho de dinamita con el que contribuimos a desmoronar por fin ese concreto arcaico que retiene el idioma. Sabemos que no podemos solos; que necesitamos de más revistas, editoriales y autores que compartan el deseo de flujo. Esperamos que estos valores sean, para otros, el estallido necesario.
Esperamos que, juntos, podamos detonar diez veces; cien mil.
Esperamos que pronto se rompa la represa.
Esperamos que el español fluya libremente.
Perpetuidad: El nombre de nuestra revista lo dice todo. Queremos una revista que dure para siempre —que perdure; que nos supere a nosotros como sus fundadores—; que sus textos le hablen a la eternidad y que la eternidad los encuentre intrigantes. Lo que publicamos, por ello, debe poder leerse, a la par, en todo momento futuro así como se lee hoy día. Le hablamos a lo que se viene tanto como a lo que es ahora. Todo lo que hacemos es para durar.
Excelencia: Queremos que el Nobel vuelva al español. Que hayan tantos autores que se lo merezcan que en Estocolmo no sepan qué hacer con tantos hispanohablantes. Solo publicamos a los mejores de los mejores. No nos comprometemos. También sabemos que lo mejor no nace, se forja. La excelencia es algo que construimos en una búsqueda constante de mejora, tanto en los textos de Perpetuo como en nosotros como revista. Ayudamos a que los autores lleguen a la excelencia; ayudamos a que el Nobel vuelva al idioma.
Ambición desmedida: Somos la mejor revista. No existen los puntos medios. Tenemos que soñar lo imposible para lograrlo. Si una meta parece que puede lograrse, no es lo suficientemente ambiciosa para ser considerada en Perpetuo. Queremos que todos —autores, lectores; transeúntes— piensen lo mismo.
Eficiencia: Nos movemos rápido. Tenemos plena confianza en nuestro equipo fundador. Para todos aplica el refrán: «más vale pedir perdón que pedir permiso».
Negocio. Negocio. Negocio: Somos un negocio. Las revistas fracasan cuando dejan de serlo. No tenemos que ser un negocio billonario; tampoco tenemos que ser el más grande en medios, pero sí tenemos que generar lo suficiente para vivir nosotros de ello y permitir que autores vivan de lo mismo. No hay que olvidarnos de ello. Perpetuo tiene que generar ingresos. No podemos arriesgarlo.
Comunidad: No somos solo una revista, somos una agrupación de autores y lectores. Más que letras, somos las gentes que escriben esas letras y aquellas que las leen. Tenemos que ser un espacio para lectores y autores por igual. Debemos escuchar sus voces y opiniones, guiarnos por lo que nos indiquen.
Globalismo hispano: El español es nuestro idioma y, a la vez, somos ciudadanos del planeta entero. Escribimos en español, pero escribimos de cualquier tema, en cualquier lugar y de cualquier tiempo. En el siglo XIX, el objetivo era traer el mundo al español. En el siglo XX, fue contar historias del mundo hispano. El siglo XXI será el de contar el mundo en español. Queremos ayudar a ese globalismo; Perpetuo debe ser la revista que empuje las fronteras del idioma a los resquicios no considerados con anterioridad.
Tecnología primero: Muchos de los problemas de las publicaciones nacen de una incompetencia al usar tecnología. Ese pensamiento es antitético a Perpetuo. Al ser una revista del siglo XXI, debemos usar las herramientas del siglo XXI a nuestra ventaja. No le tememos a la IA. La IA trabaja para nosotros.
Comparte el Manifiesto Perpetuo:
Perpetuidades es el podcast en el que hablamos con los autores emergentes del español antes de que ganen el Premio Nobel de Literatura, y que han publicado en Perpetuo.
En este nuevo episodio, platicamos con Javier Sinay, quien es uno de los cronistas más importantes de América Latina. Fue editor de Rolling Stone Argentina; ha escrito para Gatopardo, Etiqueta Negra, Letras Libres, La Nación, Reportagen y Tablet; es coautor de ¡Extra!, una antología de 150 años de crónica policial argentina; y en 2015 ganó el Premio Gabriel García Márquez por «Rápido. Furioso. Muerto».
Conversamos sobre su libro más reciente, El secreto de los sobrevivientes, y de las historias que se quedaron fuera de sus páginas, una de las cuales terminó convertida en «El sobreviviente contrafáctico», su crónica para Perpetuo. También hablamos de aviones, del azar, de por qué hay quien se salva y quien no, y de lo que Sinay está preparando.
Puedes escuchar la charla enYouTube:
Inferencia es el podcast con las mejores conversaciones sobre inteligencia artificial, negocios y políticas públicas; conversaciones en serio con quienes están construyendo el cambio tecnológico. Conducido por José Antonio Murillo, de Primero AI, y José Luis Sabau, director general de Perpetuo.
En este nuevo episodio, los conductores recibieron a Cristóbal Valenzuela, co-CEO y cofundador de Runway, una empresa global de investigación y tecnología en inteligencia artificial que desarrolla modelos fundacionales de investigación en IA y herramientas para crear superinteligencia en el mundo real. Antes de Runway, Cris fue investigador en la Tisch School of the Arts de la Universidad de Nueva York (NYU).
La conversación giró en torno a la inteligencia artificial detrás de la generación de imágenes y video: cómo se construye y hacia dónde va esta tecnología. Cristóbal explica por qué, a diferencia del texto, nuestros ojos son implacables detectando el más mínimo error visual y por qué ese problema de calidad ya está prácticamente resuelto. También conversamos sobre Hollywood y los world models, sobre todo por qué Cristóbal cree que la trayectoria natural de estos modelos es convertirse en sistemas de simulación total de la realidad.
Puedes escuchar sus reflexiones en Spotify:
O en YouTube:
Luz Pastén (CDMX, México). Diseñadora editorial y fotógrafa en búsqueda de historias que contar. Siempre experimentando con texturas, formas y colores y coleccionando stickers que se encuentra por las calles.












































